9 de octubre de 2012

El rey de Judea

Al Rey Herodes, el Grande, no le quedó otro camino que ser un déspota. Nombrado por Marco Antonio como regente de los judíos, asumió como misión recuperar la tierra de sus ancestros, a sangre y fuego, que es como suelen recuperarse los reinos.

Durante tres años luchó contra la reina legítima de Judea, hasta que –por un golpe de suerte- alguien dijo cerca de uno de sus soldados por cuál puerta y a qué hora saldría Antígona para su paseo por los frentes de batalla. Allí la capturó y, con un único movimiento de su verdugo, separó la cabeza del pequeño cuerpo rechoncho de la semita.

Como todo nuevo rey, Herodes tuvo que instalarse en el palacio de Judea para dirigir los destinos de la provincia romana. Poco le agradó ese cambio a los súbditos y a los cortesanos, pues la ‘bastardía’ de Herodes era poca cosa para merecer el trono, aunque hubiese ganado de manera justa (como suele entenderse la justicia en un campo de guerra) el mismo.

Presionado por las murmuraciones y las trifulcas acá y allá por toda Judea reclamando la restitución de los verdaderos herederos, desafiando la dureza con la cual gobernaba, Herodes tuvo que tomar una decisión que cambiaría para siempre su destino y, posteriormente, el de miles de judíos: asesinar a todos los que compartieran lazos de sangre con la depuesta Antígona, de esta manera fueron ejecutados, un domingo, uno por uno, la suegra, la esposa, el cuñado y los tres primeros hijos del Rey. Uno por uno.

La muerte de la familia política, claro está, no le generó a Herodes mayor aspaviento, pero la de los niños sí. No solo fueron sus ruegos y llantos, sus miradas suplicantes y la lucha inútil que hacían para librarse de las cadenas en el cadalso sino la expresión en sus rostros, ese descreimiento, el negarse una y otra vez que su padre hubiera ordenado su ejecución. El menor de ellos, de apenas dos años y cuyo nombre no fue registrado por la historia, era el más parecido al rey palestino: tenía su barbilla aguda y los ojos verdes.

Cuando el benjamín cayó de rodillas ante la piedra de la ejecución, aún sin entender su destino, las lágrimas pararon, ya por sus mejillas no corrían las gotas, en segundos, por sus venas, tampoco corría la sangre. La cabeza adornada ahora con la mirada atroz del principito rodó desde el patíbulo hasta los pies del Rey para posar los muertos ojos esmeralda sobre el padre traidor, esa imagen, el desorden de sus rizos, el río de sangre que dejó su camino hacia él, el olor nauseabundo y dulzón de la sangre derramada de su familia y, muy en el fondo, los murmullos de plebeyos y cortesanos se grabaron a fuego en la mente del gran Rey.

Muchas fueron las noches infernales que vivió Herodes recordando el asesinato. En cada esquina del palacio y Jerusalén los fantasmas descabezados de su familia aparecían, cazándolo, embrujando su vida. El único espectro que se le mostraba completo era el del niño, que lo llamaba cariñosamente.

El pequeño se convirtió en poco tiempo en la única cosa muerta que confortaba al atormentado Rey, era su compañía incondicional, no pocas fueron las mañanas que el hombre encontraba al niño sentado en la orilla de la cama, como tampoco fueron pocas las tardes que, aislado en su despacho, veía rodar hasta su escritorio, las peloticas de algodón egipcio con las que jugaba el benjamín en vida. A veces, Herodes creía sentir sus manitos alrededor del cuello, halando su barba y su aliento tibio sobre el cuello; la mayor parte del tiempo era un frío acerino el que rodeaba al Rey.

Fue un día de primavera que el Rey, convertido en presa de la locura, ordenó a sus tropas recorrer las calles de Belén para degollar a los menores de dos años, creía que si todos los niños con la misma edad de su benjamín asesinado morían al menos él, el más pequeño, ya no necesitaría sentarse a su lado en la cama lamentándose pues ya tendría compañía de ultratumba.