15 de agosto de 2012

El ADN del amor

Sus manos marcaban el compás en la guitarra. Sobre el mástil resbalaba su mano izquierda mientras la derecha movía y tensaba las cuerdas sobre la roseta. Una antigua tonada romántica se deslizaba desde la caja y rompía el pesado silencio que se había posado sobre ellos.

Ella aún tenía la ropa de anoche, y de la noche antes de anoche y la anterior a esa. No había sido capaz de levantarse desde “el evento”, estaba viviendo sin querer vivir, por eso la falta de higiene que ya estaba pasando factura al ambiente que la rodeaba.

Irónicamente, a pesar del descuido en el aseo de la dueña de la casa, todo estaba en su justo lugar. Todo limpio. Al final del pasillo se acumulaban las flores del “quetemejores” y sobre los muebles de la sala y la mesa del comedor las flores del “misentidopésame”. Flores que marchitaban por un lado mientras unos capullos florecían entre la putrefacción del agua acumulada en los floreros. La brisa que por la ventana entraba de vez en cuando agitaba todos los pétalos desprendiendo los moribundos y estremeciendo los ramos que yacían, por aquí y por allá, fuera de cualquier vasija que los sostuviera.

De vez en cuando, una lágrima rodaba lenta por las mejillas demacradas de ella. Cuando eso ocurrió las primeras veces él se acercaba y las secaba con sus manos (o tiernos besos). Pero desde determinado momento, dejó de tener cuidado en socorrerla cuando lloraba, así como dejó de sostener su mano y tratar de convencerla para que comiera o se levantara de la cama. Cuando abandonó la aparentemente difícil tarea de traerla de nuevo a la cotidianidad se encargó de hacerle compañía a su lado, rasgando la guitarra.

Así transcurrieron los días. La luz colaba por las rendijas que dejaban las pesadas cortinas y el humo de sus cigarrillos (los de él) enrarecían un ambiente ya bastante lúgubre.

Eventualmente, él se separó de su cama. Ahora se le sentía en la cocina a ratos cocinando, a ratos rasgando la guitarra, a ratos (los más) callado. De vez en vez volvía al cuarto y le preguntaba, ya exasperado, cuándo saldría del tálamo. La desesperación daba intermitentemente paso a la lástima; cuando era la lástima la que hablaba, se acercaba a ella y le decía “prontointentamosdenuevo”, “noeselfindelmundo”, “nosintiónada” o “noestababienformado”. Realmente, nada de lo que le dijera podría hacerla sentir mejor.

La mujer lo veía inerte, sin reaccionar. La última vez que lo vio, él salía de la casa, con su guitarra a la espalda y una pequeña maleta en la mano. No se volteó a verla por última vez. No dijo nada. Solo se fue. El vínculo que los unió era frágil antes del accidente y luego de este, de la muerte del feto (aunque ella lo llamaba bebé), se había quebrado irremediablemente. Que le quería no lo dudaba. Que él la quería, tampoco era objeto de dudas. Otra certeza entre ambos es que ella estaba tan muerta como el feto que le arrancaron del vientre. Tan muerta como su útero. Tan muerta como todas las flores que se disolvían en la oscuridad de lo que en algún momento llamó “hogar”.



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