10 de abril de 2012

El cursor

Estaba echado en la silla, como si su cuerpo quisiera desparramarse desde allí. La camisa de cuadros rojos (‘de leñador’, como le decía ella), mal abotonada, a punto de reventar donde la fuerza de los botones metálicos ya no podía contenerla. El cigarro, a medio acabar y guindando de sus labios, esparcía cenizas sobre su pecho. El bigote, ya recrecido, de vez en cuando se estremecía cuando él suspiraba.


Sus ojos rojos y cansados por la mezcla de invierno, insomnio, despecho, cocaína y ginebra estaban llenos de lagañas que amenazaban con bajar a su nariz, enrojecida también por la misma mezcla descrita. Su mirada fija, desde sabe Dios cuándo, en la pantalla de la computadora. El cursor parpadeando una y otra vez, tic, tic, tic, sobre la hoja blanca. La última frase escrita “ella se fue”. Tic. Tic. Tic.

“Ella se fue”, ¿hace cuánto? ¿Cuatro días? ¿Una semana? ¿Anoche? No lo recordaba bien, sólo sabe que ella se fue, dejándolo en la oscuridad del abandono, del no saber qué pudo cambiar. Desvariando entre fantasías de regreso, iluminado y poético, o de venganza, premeditada y salvaje. Pero la realidad pesada que lo golpeaba con cada chupada al cigarrillo era “ella se fue”.

Ella no era particularmente bonita. Sus ojos eran demasiado grandes para su cara, las cejas eran escasas y desordenadas y sus tetas, pequeñas y enjutas, colgaban muy libremente más allá del límite estéticamente permitido. Sus arrugas ya habían pasado de la comisura de los labios a la de los ojos, así como su cabello ya estaba poblándose de canas, rebeldes y gruesas.

Sin embargo, para él, era el conjunto de estos defectos -unidos a su culo perfecto, sus dientes perlados y el aguamarina de sus pupilas- lo que le daba su belleza primigenia. Una de esas que atrae, arrebata y vuelve loco a quien la observa. O quizás solo a él. Aparentemente, eso ya no importaba mucho desde que la vio cerrar detrás de sí la puerta.

Desde que cerró la puerta, ¿hace cuánto?, ¿cuatro días?, ¿una semana?, ¿anoche?, él se sentó en la mesa de acero y madera a tratar de escribir un último poema para ella. Sin embargo, ahí seguía sentado, desparramado, destrozado. Viendo cómo el sol atravesaba las persianas y se corría lentamente desde el techo hasta el piso a lo largo del día. Viendo después cómo la luz de los carros y la calle interrumpía la perfecta oscuridad que lo rodeaba de noche.

De vez en cuando, en la noche, él se levantaba para buscar más ginebra, extender tres rayas de nieve sobre la fórmica de la cocina y darle de comer al gato. El gato de ella, única herencia que le dejó. Cuando estaba de humor, buscaba una foto de ella desnuda, en blanco y negro, echada sobre la cama, con el culito parado, y se masturbaba rápidamente sobre ella, derramándose sobre la foto, ya manchada e irreconocible por los constantes baños.

Hoy, esta noche, ya no se masturbó sobre su foto sino en la ventana, viendo hacia la calle. Vio pasar una viejita bajo la lluvia e imaginó que la arrodillaba para obligarla a mamar hasta tragar todo. Después vio pasar una negra enorme, con unas tetas imposibles, e imaginó que la extendía sobre la fórmica de la cocina y la esnifaba una y otra vez hasta hacerla gemir y llorar de éxtasis. Luego pasó una niña, de no más de trece, tomada de la mano con su padre…, y se sintió culpable por lo que imaginó.

El esperma salpicó los pesados vidrios, ensució las persianas y goteó sobre el marco de madera. A pocos metros el tic, tic, tic del cursor le recordó que debía terminar su poema. Así que se limpió las manos mojadas de la camisa de leñador, encendió otro cigarrillo, se acomodó las bolas dentro del pantalón y se sentó. A tratar de escribir.

Tic. Tic. Tic. “Ella se fue” y la nada inmensa de la hoja blanca en la pantalla. Sin palabras para dedicarle aún se distrajo acariciando al gato, que se había subido sobre sus piernas mientras veía el parpadeo infinito del cursor. Acariciaba una y otra vez al animalito, cada vez más cerca del cuello, con mayor fuerza, hasta que segundos después se dio cuenta de que el gato lo arañaba con crueldad, como última defensa para escapar de las manos que lo ahorcaban.

Bajó la mirada a su regazo, con más indiferencia que espanto (cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo), para ver los ojos aguamarina del gato, demasiado grandes para su cara, saltar de sus órbitas a la vez que perdía la vida entre sus manos. Estaba muerto. Orinado sobre su dueño. Con las garras aún aferradas a su piel. ¿Culpa? No la percibió, “a fin de cuentas es sólo un animal” recordó que le dijo ella cuando le preguntó si se llevaría al felino junto a sus maletas. “A fin de cuentas es un animal” se dijo a sí mismo cuando echó al piso el cadáver.

Levantó la mirada, vio el tic, tic, tic en la pantalla, las luces de un carro iluminaron lúgubremente la sala al pasar y, de repente, supo cómo terminar su poema.