10 de febrero de 2012

Pétrea


Abría las alas e imaginaba que saltaría, pero no lo hacía. El huracanado viento frío golpeando su rostro era impedimento suficiente para tomar ese riesgo. Así que se mantuvo ahí, aterido e inmóvil esperando la oportunidad para saltar, dejarse caer y levantar vuelo.

Sus alas, negras y venudas, eran brillantes y fuertes. Cuando las agitaba, recortaban el denso aire como cuchillas. Sus hombros, pesados y redondos, eran sólidos, de ellos nacían los músculos que sostenían sus alas. Al contrario de lo que la gente cree, las alas de las gárgolas no nacen de su espalda sino de sus hombros y, en su caso, estas eran particularmente hermosas.

Si las desplegaba, rompiendo la luz del amanecer, el gélido amarillo del inicio del día las teñía con un velo verdoso, metálico, pero si las abría, invadiendo la noche, un hermoso brillo púrpura se posaba sobre ellas. Este color le agradaba más, consideraba él que hacía juego con los colores de los vitrales de la iglesia donde vigilaba, siempre al acecho, ante los frecuentes ataques de los demonios.

Los demonios hace mucho que no se acercaban, las brujas tampoco. Aparentemente, el descreimiento de los mortales había hecho mella en sus visitas, por lo cual tampoco las gárgolas se hacían necesarias; sin embargo, ahí seguía él, atrapado, suficientemente acobardado como para no levantar vuelo. Convirtiéndose en piedra poco a poco.