1 de agosto de 2011

Pablo


Describir a Pablo Ordaz puede ser una tarea difícil según sea quien lo describa, aunque para algunos, quizá para la mayoría de quienes lo veían en las calles, sea sencillo, un acto simple, silencioso y para algunos asqueroso: recogelatas.

Pablo, físicamente, era alto, con una cabeza desproporcionada en relación con su delgado, enjuto y pellejoso cuerpo trigueño, el cabello, que en algún momento debió ser hermoso, se repartía a duras penas en rizos cerrados y grises y marrones por una cabezota en forma de bombillo, unida débilmente a un cuello frágil, coronado por una manzana de Adán prominente y desde donde se proyectaba una voz gruesa pero cálida.

El rostro de Pablo no delataba su edad, pero no se engañen, no se veía más joven de lo que era sino más viejo, acabado, tal vez como lo que durante años fue: un muerto viviente. Un hombre muerto caminando descalzo y sucio por las calles, defendiéndose con mañas de vagabundo, durmiendo donde lo alcanzaba la noche y la policía se lo permitía, ocultando bajo un bigote cantinflesco una sonrisa, al igual que él, muerta.

Pablo, el que yo conocí, en cambio, era un hombre amable, ansioso por querer y ser querido, desesperado por recordar o, mejor dicho, no olvidar cada uno de los detalles de su vida antes del 16 de diciembre de 1999. Pablo Ordaz, el padre y esposo, se ocultaba bajo el disfraz de vagabundo que la vida lo obligó a usar pero de vez en cuando salía y se despejaba de lo que no era para recordar lo que dejó de ser.

Pablo, el que yo conocí, fue, cuando no lo conocía, el orgulloso padre de una joven parecida a su esposa y de un joven parecido a su papá. Pablo, el que yo conocí, fue, cuando yo no lo conocía, el esposo de la única novia que tuvo en su vida, la misma que nació del vientre de la mejor amiga de su madre cuando ella quería niño, exactamente 60 días después de que él nació del vientre de su madre cuando ella quería niña.

Pablo, el que conocí, fue, cuando no lo conocía, programador de vuelos en Viasa, un carajito que tenía una casa con vista al mar (construida con sus propias manos unas veces y con manos prestadas otras) en Carmen de Uría. Pablo, el que conocí, fue, cuando no lo conocía, un poeta, bailarín torpe pero entusiasta y un hombre completo.

En cambio Pablo, el que sí conocí, era un hombre solo, recogido de la calle por una misión “piadosa” y reinsertado (a medias) en una sociedad que jamás lo aceptaría de vuelta, al fin y al cabo una sociedad a la que él dejó de pertenecer cuando, bajo una lluvia endemoniada y cruel, el agua lo hizo soltar la mano del último miembro de su familia que sobrevivía -junto a él sobre una terraza- una venganza desproporcionada de la naturaleza.

Yo no recuerdo palabras exactas de Pablo, tampoco los nombres de la esposa (la primera víctima de la vaguada), su hijo mayor (el segundo que el agua tragó) o su hija, la favorita, ésa que el río de escombros le arrebató de la mano cuando la insignificante fuerza humana cedió ante la del cerro.

Yo no recuerdo un cuento específico de él: los recuerdo todos. Recuerdo, y quizás esta sea una manera en la cual Pablo aún viva, lo agradable que era, lo llena que fue su vida, lo hermoso que él recordaba fue su infancia cuando su papá (un catire de un metro 50) le regalaba a escondidas de su estricta mamá (una negra de un metro 80) un carrito de hojalata cada vez que sacaba buenas notas.

Recuerdo, y quizás así también la revivo a ella, que la primera vez que besó a su esposa ambos tenían cinco años y estuvieron toda la tarde en una feria mecánica que Pablo pudo pagar porque le robó del vuelto dos bolívares a su mamá. Pablo y su esposa tuvieron un primer beso sabor a refresco de colita, el mismo que comían en el raspado que bajo el sol varguense los hidrataba.

Recuerdo que Pablo nació y creció en La Guaira, como su familia, pero no sé dónde murió, porque supongo que está muerto. Recuerdo que Pablo luchó con el alma partida por sobrevivir en las calles cuando ya no le quedaban razones para vivir, pues sus razones murieron destrozadas en un río de escombros y basura que el Ávila embravecido escupió sobre el estrecho litoral.

No quiero recordar que al final fui como cualquiera otro que ignora a “los de la calle” y que más nunca me preocupé por caminar cerca de El León en Altamira para ver si me lo tropezaba, para preguntarle si necesitaba algo, para darle algo de lo que él, sin saberlo, me dio alguna vez: un lindo recuerdo.

Lo que sí quiero recordar es que tuve el honor de verlo unas pocas veces más y que una vez, habiéndomelo tropezado en las calles, pude abrazarlo, pude bloquear el hedor de vagabundo y pude hablar con él como se habla con un amigo querido. Quiero recordar que antes de esconderse en algún hueco en la ribera del Guaire Pablo corrió a una tienda del este caraqueño, caminó digno un centro comercial y me compró un anillo que aún conservo con el dinero que se ganó lavando carros en el tráfico.

Y más que recordar (o no recordar) quiero pensar, necesito creer, que Pablo murió al menos en un hospital antes que en una acera y que, alrededor de su cama, en medio de una visión maravillosa e idílica, pudo tomar una vez más la mano de su hija y esta vez no soltarla. Necesito creer que Pablo Ordaz esa noche, bajo la lluvia, sostuvo la mano de su hija así como la de su esposa e hijo. Necesito creer que esa noche la terraza no cedió, la lluvia cesó y el día aclaró rompiendo con el fuego del alba la resistencia de la noche y que Pablo, junto a su familia, vio los rayos del sol calentar de nuevo la tierra y sus cuerpos.

Necesito creer que Pablo, en su lecho de muerte, pudo ver a sus muertos junto a él y tomar su mano para adentrarse en el inframundo, finalmente. Quiero pensar que, ante la muerte física a la que ya fue sometido, tuvo la epifanía prometida en el cristianismo de ser recibido en la otra vida, en su Paraíso personal, por aquellos que la naturaleza una vez le arrebató y que ahora es tan feliz como nunca debió dejar de serlo.

Dedicado a Pablo Ordaz (La Guaira, 1956-¿?)