26 de mayo de 2011

Querido mío, nos vemos en el infierno


La bestia me miraba desafiante, desde el otro lado de mi escritorio.

Siempre me sentí particularmente orgulloso de mi gusto al adquirir muebles. El dinero que he acumulado a lo largo de la vida me ha permitido comprarlos de diversos materiales, marcas, años e incluso antigüedades, como este Jean Bérain de caoba pulida.

Y la bestia que hoy me visita lo está babeando con su fétida y espesa saliva, la misma que deja escapar por los espacios entre sus puntiagudos e irregulares colmillos. Es curiosa la sonrisa (si se le puede dar este nombre) del animalejo. Es desagradable y aún así hipnótica. Me sonríe, espumajea y no deja de fruncir su nariz como si fuese yo quien produce asco y no ella.

Levanté, presa de un pánico repentino, la vista -hace no sé cuántos minutos- hacia la ventana de mi estudio, sólo para ver una extraña figura, con heridas supurantes sobre su piel arrugada e irregular. Ella, al mismo tiempo que yo, debió percibir mi mirada, porque instantáneamente volteó para posar sus pequeños ojos sobre mí.

Yo estaba asustado mientras, aparentemente triunfante, se acercaba cojeando, arrastrando las largas y oscuras uñas en mi alfombra, mirándome fijamente. Curiosamente noté que, entretanto, en vez de bloquear la luz que se colaba por mis ventanales, conforme avanzaba hacia mí, la luz se hacía más brillante y cálida, como si ella la atrajera en vez de repelerla.

Allí se sentó, posando sus codos desnudos sobre la mesa, y fijó su mirada cínica. Sin decir nada. Sin hacer ademán alguno que me indicara el motivo de su visita.

‘¿Quién eres?’, me atreví al fin a preguntarle. ‘¿Qué eres?’, me pareció más apropiado repreguntar. Y ella no respondía. De vez en cuando movía sus ojillos diabólicos desde los papeles que tenía bajo mis manos hasta mi cara.

Estaba asustado, sí, pero por alguna razón que aún no comprendo, sentía que la conocía. Sentía que de alguna manera yo sabía quién y qué era y, lo que más me inquietaba, qué hacía allí.

Esperé. Uno. Dos. Cinco. Diez. Veinte minutos. Y no respondía aún. Al contrario, me veía. Y yo a ella.

‘¿Quién… qué eres? ¡Exijo saber qué haces acá! ¿Sueño? ¡¿Qué broma de mierda es esta?!’, bramé. Ella sólo movía las puntiagudas orejas, sobresalientes de la parte posterior de su cabeza, a cada una de mis palabras. Viéndome.

Finalmente, en un gesto que jamás creí que tendría, me habló, con una voz terroríficamente familiar. ‘¿No sabes quién soy?’, respondió. ‘El qué no me pertenece sino el quién’, añadió. ‘¿De verdad no sabes quién soy?’, sentenció exultante.

Como por obra del Diablo mismo vi, juro que la vi, mi cara en ella, y la cara de cientos de personas que he conocido a lo largo de mi vida. ‘¡Maldita sea! ¿Qué eres?’, grité desesperado mientras sentía caer un ardiente hilo de orina por mis pantalones. Salté de la silla con tal fuerza que los papeles cayeron al suelo, que me golpeé la cabeza contra la pared y que, de cierta forma, abrí la gaveta donde guardaba la Colt.45.

Como si pensáramos lo mismo, la bestia multiforme y yo nos abalanzamos al mismo tiempo hacia el cajetín abierto, ella, empero a ser pesada y enorme, fue más rápida y ágil. La tomó en un suspiro y la levantó apuntándome.

Alcé las manos rendido y cerré los ojos esperando el golpe mortal. No llegó. No escuché nada. Esperé. Esperé. Y con verdadero pánico, abrí los ojos lentamente para verla de nuevo sentada, babeando con mueca de placer sobre las costras que se arrancaba con los dedos cadavéricos. Cada costra negra dejaba tras de sí un rastro de pus verde y pestilente que inundaba cada rincón de mi oficina. Cada poro de mi piel.

La pistola estaba ahí, intacta, frente a ambos. Equidistante entre ella y yo, sobre la madera prístina. Como marcando una frontera entre su inhumanidad y la mía.

‘Siéntate’, me ordenó, ‘siéntate’. ‘Yo no haré nada para dañarte, aún’, dijo poniendo especial énfasis en esta última palabra. ‘Mantente sentado’, bufó.

La vi pararse y caminar hasta ponerse detrás de mí, entre la pared y mi silla. La escuché temblar y hacer espantosos ruidos mientras vomitaba un espeso (y dulzón) líquido rojo, que parecía ser sangre, junto a trozos babosos grisáceos, sobre el fino papel tapiz francés que protegía mis muros.

‘¿Qué haces?’, inquirí molesto. Y ella sólo se limitó a lanzar su furiosa mirada sobre mi cuerpo desencajado mientras con una mano (siempre viéndome fijamente) sacaba restos de esa mezcla purulenta de los espacios entre sus colmillos y con la otra rasguñaba, casi delicadamente, hasta romperlo, el Matisse que adornaba la cabecera de lo que me gustaba llamar ‘mi centro de poder’, mi despacho, el lugar desde donde no sólo me hice rico, sino también poderoso y temido.

‘Pongo, querido mío, los últimos detalles de mi obra’, respondió casi en un chillido, alejándose orgullosa, caminando hacia atrás, sin dejar de ver la pared con la misma mirada con la cual estoy seguro Da Vinci admiraba sus obras una vez terminadas.

Así, yendo de espaldas, se sentó de nuevo en la silla que estuvo ocupando hasta hacía unos minutos. ‘Soy, para responder a tu pregunta, esa voz que te ha acompañado a lo largo de la vida, algunos me llaman conciencia, tú siempre me llamaste puta y tomo, querido mío, la forma del alma de quien me posee. Así, pestilente y supurante es tu alma. Así, pestilente y supurante eres tú. Asco das. Yo no.’, concluyó victoriosa.

Y en un gesto agresivo se me abalanzó y por medio de algún truco infernal se fundió con mi cuerpo. Una vez dentro la sentí rasgando mi alma con sus uñas, sentí que transpiraba su hedor y la escuché reír, gritar impaciente, directamente en mis oídos: ‘Mi vómito son tus sesos. Tu mano ahora es la mía. La Colt.45 te hará daño’.

Sentí cómo la bestia forzaba desde dentro, usando como una manga de carne y hueso mi brazo, mi voluntad, haciéndome tomar la pistola y acercarla a mi boca. Sentí cómo me hacía echar la cabeza atrás y la sentí estremecerse, presa de una sádica excitación, antes de decirme: ‘tras el disparo, querido mío, nos vemos en el infierno’.