
La primera vez que vi un cadáver tenía 7 años. Lo recuerdo vívidamente.
Había sido un domingo de misa, paradójicamente esa mañana el padre había hablado sobre la resurrección, el Juicio Final y el perdón definitivo de Cristo Redentor. Él habló de la vida eterna y yo vi la muerte irremediable.
A la vereda del río, entre arbustos secos -esos que dejan los veranos del llano-, estaba el cuerpo inerte y frío de un hombre joven. Un negro. De ojos cristalinos, alguna vez tan negros como su piel.
No vi signo que me indicara la razón de su fallecimiento, su 'excusa' para estar ahí. Sólo podía ver, parado desde donde estaba, que su camisa estaba sucia, que sus manos yacían como al descuido a cada lado de su torso y que su boca y ojos contemplaban abiertos y confiadamente vacíos el cielo despejado.
Los insectos todavía no habían invadido su materia, eso lo pude notar cuando me acerqué a tocarlo. La inspección fue rápida, temerosa, pero completa. Sobé su piel, hundía mi índice en sus cachetes y veía cómo la piel se quedaba arrugada largo rato, hasta que perezosamente volvía a su lugar, pero siempre dejando una mancha oscura en donde señalaba mi dedo.
No estaba frío ni tieso. Era extrañamente cálido y manejable. Varias veces levanté sus manos y las dejaba caer estrepitosamente. Tamborileé en su barriga sólo para escuchar el eco seco de las tripas vacías. Incluso, cuando levanté su pantalón para ver qué tan grande era su verga en comparación con la de papá, enredé mis dedos en los largos y cerrados pelos.
En ese momento percibí, primero muy sutilmente, pero después como una revelación su olor: dulzón, invasivo, con una pizca de acidez en la bocanada final. Irresistible.
'Morti' lo bauticé. Mi negro tenía nombre y era 'Morti'. Ahí lo dejé, decidí no decirle a nadie, ni a mamá ni a mi hermanita. Durante tres días lo visité. Acudí a la putrefacción de su carne hasta que el olor se hizo desagradable, la piel perdió su color original y los gusanos y líquidos lo deformaron.
El tercer día dejé de tocarlo, sólo me limitaba a verlo a distancia. La distancia tuve que alargarla durante 4 semanas, hasta que las alimañas y la tierra reclamaron todos los órganos blandos. A Morti nadie lo extrañó. Únicamente yo cuando perdió el olor dulzón, aunque lo acompañé en su desaparición definitiva (al menos la de sus carnes).
Desde esa primera experiencia me dediqué a matar animales pequeños. Los pájaros eran los más fáciles de manejar y los que más rápido tomaban el delicado olor de la muerte reciente. A ellos los estrujaba contra mi nariz para absorber su aroma. Lo malo es que tan velozmente llegaba el perfume dulce, tan velozmente desaparecía.
Cuando mi abuela murió, echada en su cama, la contemplé en silencio por horas antes de avisarle a mamá. La vieja no era tan bonita como Morti. Murió torcida, víctima de un infarto fulminante, botando espesa saliva por la boca. Su olor tampoco era tan exquisito. Aún así, repasé mi nariz por su piel gastada, hundí mis dedos en ella, pero el pellejo no era divertido. No cambiaba de color. No volvía perezosamente a su lugar. No hacía nada.
Sin embargo, el no hacer nada es quizá, desde siempre, lo que más me gusta de los muertos. Están ahí, disolviéndose lentamente. Perdiendo lo que los hizo humanos mientras nos recuerdan, en silencio, que todavía somos. Ellos están pero no son. Nosotros estamos y somos. Yo los huelo y los toco. Soy más humano, poderoso e invencible. Veo a la muerte a los ojos y le hago el amor con mi nariz. Irresistible.
Pero no se confundan. No soy algún sádico. No me gustan los mutilados, no me gustan los viejos ni los tullidos ni los deformes. Mucho menos los niños, la muerte de un niño tiene dos lamentos: el niño que ya no es, que está pero no es más, y la madre que lo perdió, la madre que es y está pero ya no vive. Muerta en vida.
La muerte huele a caramelo avinagrado, pero no es siempre agradable a mis ojos.
Me considero (porque ya lo dije: no soy un sádico) un 'artista de la muerte'. A mi mesa llegan los cadáveres del pueblo. 20 años después los ya-no-son vienen a mí, involuntariamente arrastrados por sus dolientes. Frescos, recién perdida la rigidez inicial, con miradas perdidas y despedidas, cristalizadas en gris lechoso.
Inertes y exquisitamente dulzones.
Acá paso tiempo con ellos. Los peino. Los visto. Los maquillo. Los preparo. Los entrego. Ese es el proceso de embellecimiento, de esteticismo de los mortis para sus abandonados en la tierra, quienes los lloran penosamente apoyados en el vidrio del ataúd. Ese es el proceso para los de afuera. Pero acá dentro, acá dentro, es otra cosa.
Yo los recibo, los desnudo y lavo con agua. Dejo que el agua se seque sobre la piel helada, pero seco sus cabellos con toallas mullidas para luego peinarlo delicadamente. Al año de empezar como preparador descubrí casualmente que si -sentándonos en el extremo superior de la bandeja- tomamos los mechones y los peinamos desde la coronilla hasta las puntas, siempre viniendo hacia nosotros el peine, los primeros efluvios del dulce de vinagre flotan invasivos en el aire.
Ahí, en ese sublime momento, empieza nuestra danza. El ya-no-es y yo empezamos a conocernos.
Los viejos, como los enfermos crónicos y quienes mueren de susto no huelen tan bien. Tampoco lo hacen quienes llegan ensangrentados. Empero, su aroma no me molesta. En cambio, los hombres y mujeres jóvenes, especialmente aquellos a quienes la muerte no reventó o laceró de alguna manera su carne, ¡oh!, esos, esos sí que huelen bien.
Con ellos tardo más. A ellos los toco. En ellos froto mi nariz. A veces, cuando se trata de personas muy bonitas, repaso respetuosamente (con la humildad que todo artista de la muerte como yo debe tener ante estos dioses del inframundo físico) con la punta de mi lengua sus labios. Este ritual me deja un sabor consistente, sólido, un manjar metálico, en la boca por horas. Si se trata de una mujer tetona, sus pezones -especialmente los oscuros- también son visitados por mi boca.
También reviso, al vestirlos para la posteridad, sus pelos. No me gusta cuando las apretadas sortijas íntimas no están (eso es más común en las mujeres), es frustrante. No obstante, si hay arbustos, mis dedos recorren ávidos, felizmente enredados, su pubis. Pero sólo su pubis, porque masturbarlos sería sadismo y yo respeto a los mortis, los venero.
Pero los mortis, en su despedida final de este servidor, siempre dejan caer una mano un poco fuera de la camilla (esas irresistibles manos frías y duras), en agradecimiento por hacerlos bellos eternamente.
La dejan ahí, extendida, para que -mientras los termino de vestir, maquillar y peinar- mi pene duro e impaciente la roce, desde lo tímido a lo frenético, desde lo prudente a lo orgásmico, hasta desparramar sobre ellos un último y tibio tributo de vida. El mío.
1 comentario:
¡Sencillamente magistral!
Publicar un comentario