23 de abril de 2011

El regreso (Nelvana 6)


¿Qué tan oscuros pueden ser unos ojos para perderse en ellos? ¿Qué tan oscura tiene que ser una piel para manchar el alma? ¿Puede ser verdad que los gitanos tienen un pacto con el diablo y que Nelvana no es más que una maldita bruja que vino a llevarme al infierno?
Una raza tan sucia, tan impura, siempre degradada a la limpieza y servidumbre y viene esta mujercita a tambalear mi mundo, a entrar en mis sueños y no permitirme comer, pensar, vivir o siquiera follar a mi novia.
Nelvana me consume. Su olor a especias. Su pelo negro. Sus tetas llenas. Su nombre y su sabor. El trino de su voz.
La gitana, perdida quién sabe en cuál chabola de las afueras, me persigue. Su recuerdo me quema, presiona mi estómago lleno de vodka y whisky. Todas las putas de las caminerías de Isar se parecen a ella, pero ninguna tiene la mirada altanera de Nelvana, ni su brillante piel, ni siquiera tienen los dientes completos o el cabello cuidado.
Sin embargo, esta noche hay una nueva, una que no tendrá 15 años, cuyo cabello y figura es muy similar a las de la innombrable, aunque sus rasgos no son tan delicados sí son muy atractivos en conjunto. Suficiente como para llevármela.
Una de las cosas que más me gusta de nuestra vieja casa señorial es que tiene habitaciones separadas de la estancia principal. Justo las habitaciones designadas a la servidumbre.
Entré con la putita -buscando profanar su esencia- a la primera y única habitación de servicio donde durmió Nelvana antes de pasar a la alcoba de mi hermana en la casa familiar.
Venía murmurando algo por el camino mientras la traía a rastras, su nombre (Sizma, me pareció que dijo), el precio de las cosas que estaba dispuesta a hacer, su edad (13, casi la edad de la hechicera cuando llegó), alabanzas vacías y palabras sucias que en vez de excitarme me molestaban.
La arrojé a la cama sin cuidado, me eché sobre ella, levanté su falda y ni siquiera me sorprendi al ver que no llevaba calzones. Alcé su cadera, separé sus piernas y hundí mi nariz en su frondoso monte. Olía a poco uso. Como huele una mujer tan joven. Lamí con flojera, sin gusto. Cuando me aburrí alcé la cabeza y le arrebaté la ropa violentamente, haciendo que Sizma diera un gritito asustado (ahí noté que era nueva en esto).
Me restregué contra su cuerpo prensado, chupé, mastiqué, amasé y palmeé sus tetas. Me recreé en los pezones oscuros. Mordí su cuello. Desordené su peinado jalando con saña su cabello. La manoseé lo más irrespetuosamente que pude. Incluso llegué a masturbarla con cuatro dedos, sin importarme que ya al meter el tercer dedo la muchacha se echaba atrás visiblemente adolorida. Violé su culo y la hice limpiarme con la boca los dedos.
No me importó. Yo pagaba, yo mandaba.
Me restregué sobre ella hasta que eyaculé en mis ropas. Bebí de su olor, de su sabor y aún así el olor y sabor de Nelvana me quemaba los sentidos. Nada amainaba la impresión ardiente del tamarindo en mis labios. Nada.
Seguía duro a pesar de la eyaculación, así que me bajé los pantalones, la saqué de la cama y la hice comerme completo. Le metía el miembro en la boca mientras estaba arrodillada en la roca fría, casi asfixiándola, así continué empujando su cabecita oscura sobre mí hasta que descargué dentro, obligándola a tragar.
Si yo no pude sentir un sabor distinto al de Nelvana con ella, entonces ella llevaría mi sabor varias horas. Seguramente tan agrio como mi corazón en ese momento.
Cuando hubo tomado todo el líquido que le ofrecí, la alcé, la vestí como pude, le pagué metiendo los billetes en su vagina (de donde resbalaban graciosamente) y la arrojé a la calle.
Creo que de nuevo murmuró algo, pero no le di importancia, le arrojé otros billetes (más de lo acordado) para pagarle las 'molestias' ocasionadas por la poca caballeresca rudeza y cerré la puerta tras de mí, sólo para sentarme a la orilla de su cama a llorar y esperar que levantara el día.
Cuando el primer rayo del alba quemó mis ojos, enrojecidos e inmóviles desde hacía horas, me desperecé, acomodé mis ropas, arreglé como pude mi cabello y salí.
Al cruzar del patio lateral hacia la entrada de servicio a la casa, alcé por instinto la mirada y la vi.
Ahí estaba Nelvana, majestuosa ante la puerta.

21 de abril de 2011

Juego de poder


"¡Penétrame!" Dijo desesperada. "¡Hazlo ya!" Me ordenaba alterada mientras se sobaba el cuerpo, la totonita húmeda, mientras me acercaba a ella, mientras tomaba mi miembro.
Era como una versión femenina de Shivá, sus manos iban y venían por mi espalda, jalaban mi cabello, atraían mis labios a su boca... Me mordía, me arañaba, se retorcía debajo de mi cuerpo, alzaba sus caderas para frotarlas en mí y vaporizaba su aliento cálido sobre mi piel...
Se comía mi polla con avidez durante los momentos que no se sobaba. Se movía rápidamente. Como una gata. A veces estaba encima de mí mamándomela y otras veces debajo, frotándose contra mi piel...
Sus mamadas eran magistrales. Su lengua gruesa y rugosa recorría todo el tronco desde las bolas hasta el frenillo y se detenía ahí, se recreaba en el hoyito, saboreando los jugos que expulsaba involuntariamente... Magdalena me comía todo y yo quería ser devorado...
La carajita tomaba mi pene con dureza y jugaba con él con crueldad, apretando más fuerte de lo normal, impidiendo la circulación de la sangre para liberarla luego en efluvios más placenteros...
Repetidamente 'besaba' la cabeza ensalivada por ella mientras abría los labios lo suficiente como para envolverlo apretadamente en su boca y luego, como una ventosa, creando un vacío frío, bajaba por todo él hasta meterlo muy dentro de su garganta... Juro que disfrutaba cuando, incluso, creaba reflejos de vómito... Le gustaba su sabor, eso era claro...
A veces solamente me masturbaba con sus manitos, coronadas en largas uñas pintadas de violeta, mientras hundía su naricita debajo de las bolas para lamer el espacio entre mis testículos y mi ano (y al descuido, el ano también)... De vez en vez, como si no fuera suficiente, succionaba con deleite (hasta torneaba los ojos ambarinos al hacerlo) testículo por testículo...
Así estuvo hasta que no pude más y descargué en ella... Mejor dicho, dentro de ella mi semen... Eso, me di cuenta al momento, no le agradó mucho, pero no hizo ademán de retirarse ni yo se lo permití, la tomé por el cabello obligándola a tragar...
"¿Ves lo que me haces, Magda?", le dije, "¿ves?", repetí aliviado pero no flojo. Y ella asentía mirándome fijamente, con algunos rizos cayendo fuera de mi mano en puño. Se veían lindos, casi tipo Lolita, esos rizos enmarcando su carita enrojecida... Sus fosas nasales abiertas y su pecho agitado...
"¿Me lo metes ya?", preguntó con la voz entrecortada, "necesito que me cojas, ¡dame duro por favor!", remató anhelante mientras se extendía sobre la cama, arqueando la espalda y sobándose la entrepierna, regando su viscoso flujo por sus muslos canela...
Allí me recreé largo rato. Comí. Lamí. Olí. Saboreé su concha como si fuera un amargo manjar, de fuerte olor, pero delicioso. Tan delicioso como ella. Pero no me provocaba penetrarlo con algún miembro distinto a mis manos o lengua.
Estaba, supongo, cansado en ese momento de las vaginas.
Mi precio era más alto y estaba cerca de 10 centímetros separado de la abertura. Allí, sequito y cerrado. Inocente de lo que iba a pasar. Así que disimuladamente lo empecé a lubricar con mi saliva y su flujo, alternativamente. Cuando estuvo preparado y yo ya estaba totalmente recuperado de la primera 'descarga', levanté una pierna de Magda al aire y le di vuelta, forzándola a cambiar de posición, de la misma manera que ella movía a su hermanito para untarle Crema Cero en el rabito antes de ponerle el pañal nuevo.
Así la volteé de espaldas a mí. La levanté atrayendo sus caderas, abrí sus piernas lo más que pude, cerré de nuevo en un puño sus rizos y estampé su cara en sus sábanas de flores. Ella soltó un gritito de excitación y su vagina se agitó a la vez que su ano me observaba impávido. Tomé en dos dedos un poco más de su flujo y lo unté en mi pene y en su culo.
En ese momento Magda se dio cuenta de hacia dónde iba y trató de zafarse, pero se lo impedí mientras coronaba violentamente sus nalgas. Los aullidos entre excitados y dolorosos sólo aumentaron mi violencia y así, con ella contorsionándose bajo mi peso y suplicando delicadeza, continué enfurecido, dándole nalgadas o apretando tanto hasta dejar mis uñas marcadas en su cuerpo o tomándola de los hombros o tetas como si fuera un potro salvaje, hasta que la descarga -más caliente y copiosa que la primera- le indicó a la putita de Magda que había acabado.
Mi semen le indicó que en esa cama, y fuera de ella, mandaba yo.

6 de abril de 2011

Irresistible


La primera vez que vi un cadáver tenía 7 años. Lo recuerdo vívidamente.

Había sido un domingo de misa, paradójicamente esa mañana el padre había hablado sobre la resurrección, el Juicio Final y el perdón definitivo de Cristo Redentor. Él habló de la vida eterna y yo vi la muerte irremediable.

A la vereda del río, entre arbustos secos -esos que dejan los veranos del llano-, estaba el cuerpo inerte y frío de un hombre joven. Un negro. De ojos cristalinos, alguna vez tan negros como su piel.

No vi signo que me indicara la razón de su fallecimiento, su 'excusa' para estar ahí. Sólo podía ver, parado desde donde estaba, que su camisa estaba sucia, que sus manos yacían como al descuido a cada lado de su torso y que su boca y ojos contemplaban abiertos y confiadamente vacíos el cielo despejado.

Los insectos todavía no habían invadido su materia, eso lo pude notar cuando me acerqué a tocarlo. La inspección fue rápida, temerosa, pero completa. Sobé su piel, hundía mi índice en sus cachetes y veía cómo la piel se quedaba arrugada largo rato, hasta que perezosamente volvía a su lugar, pero siempre dejando una mancha oscura en donde señalaba mi dedo.

No estaba frío ni tieso. Era extrañamente cálido y manejable. Varias veces levanté sus manos y las dejaba caer estrepitosamente. Tamborileé en su barriga sólo para escuchar el eco seco de las tripas vacías. Incluso, cuando levanté su pantalón para ver qué tan grande era su verga en comparación con la de papá, enredé mis dedos en los largos y cerrados pelos.

En ese momento percibí, primero muy sutilmente, pero después como una revelación su olor: dulzón, invasivo, con una pizca de acidez en la bocanada final. Irresistible.

'Morti' lo bauticé. Mi negro tenía nombre y era 'Morti'. Ahí lo dejé, decidí no decirle a nadie, ni a mamá ni a mi hermanita. Durante tres días lo visité. Acudí a la putrefacción de su carne hasta que el olor se hizo desagradable, la piel perdió su color original y los gusanos y líquidos lo deformaron.

El tercer día dejé de tocarlo, sólo me limitaba a verlo a distancia. La distancia tuve que alargarla durante 4 semanas, hasta que las alimañas y la tierra reclamaron todos los órganos blandos. A Morti nadie lo extrañó. Únicamente yo cuando perdió el olor dulzón, aunque lo acompañé en su desaparición definitiva (al menos la de sus carnes).

Desde esa primera experiencia me dediqué a matar animales pequeños. Los pájaros eran los más fáciles de manejar y los que más rápido tomaban el delicado olor de la muerte reciente. A ellos los estrujaba contra mi nariz para absorber su aroma. Lo malo es que tan velozmente llegaba el perfume dulce, tan velozmente desaparecía.

Cuando mi abuela murió, echada en su cama, la contemplé en silencio por horas antes de avisarle a mamá. La vieja no era tan bonita como Morti. Murió torcida, víctima de un infarto fulminante, botando espesa saliva por la boca. Su olor tampoco era tan exquisito. Aún así, repasé mi nariz por su piel gastada, hundí mis dedos en ella, pero el pellejo no era divertido. No cambiaba de color. No volvía perezosamente a su lugar. No hacía nada.

Sin embargo, el no hacer nada es quizá, desde siempre, lo que más me gusta de los muertos. Están ahí, disolviéndose lentamente. Perdiendo lo que los hizo humanos mientras nos recuerdan, en silencio, que todavía somos. Ellos están pero no son. Nosotros estamos y somos. Yo los huelo y los toco. Soy más humano, poderoso e invencible. Veo a la muerte a los ojos y le hago el amor con mi nariz. Irresistible.

Pero no se confundan. No soy algún sádico. No me gustan los mutilados, no me gustan los viejos ni los tullidos ni los deformes. Mucho menos los niños, la muerte de un niño tiene dos lamentos: el niño que ya no es, que está pero no es más, y la madre que lo perdió, la madre que es y está pero ya no vive. Muerta en vida.

La muerte huele a caramelo avinagrado, pero no es siempre agradable a mis ojos.

Me considero (porque ya lo dije: no soy un sádico) un 'artista de la muerte'. A mi mesa llegan los cadáveres del pueblo. 20 años después los ya-no-son vienen a mí, involuntariamente arrastrados por sus dolientes. Frescos, recién perdida la rigidez inicial, con miradas perdidas y despedidas, cristalizadas en gris lechoso.

Inertes y exquisitamente dulzones.

Acá paso tiempo con ellos. Los peino. Los visto. Los maquillo. Los preparo. Los entrego. Ese es el proceso de embellecimiento, de esteticismo de los mortis para sus abandonados en la tierra, quienes los lloran penosamente apoyados en el vidrio del ataúd. Ese es el proceso para los de afuera. Pero acá dentro, acá dentro, es otra cosa.

Yo los recibo, los desnudo y lavo con agua. Dejo que el agua se seque sobre la piel helada, pero seco sus cabellos con toallas mullidas para luego peinarlo delicadamente. Al año de empezar como preparador descubrí casualmente que si -sentándonos en el extremo superior de la bandeja- tomamos los mechones y los peinamos desde la coronilla hasta las puntas, siempre viniendo hacia nosotros el peine, los primeros efluvios del dulce de vinagre flotan invasivos en el aire.

Ahí, en ese sublime momento, empieza nuestra danza. El ya-no-es y yo empezamos a conocernos.

Los viejos, como los enfermos crónicos y quienes mueren de susto no huelen tan bien. Tampoco lo hacen quienes llegan ensangrentados. Empero, su aroma no me molesta. En cambio, los hombres y mujeres jóvenes, especialmente aquellos a quienes la muerte no reventó o laceró de alguna manera su carne, ¡oh!, esos, esos sí que huelen bien.

Con ellos tardo más. A ellos los toco. En ellos froto mi nariz. A veces, cuando se trata de personas muy bonitas, repaso respetuosamente (con la humildad que todo artista de la muerte como yo debe tener ante estos dioses del inframundo físico) con la punta de mi lengua sus labios. Este ritual me deja un sabor consistente, sólido, un manjar metálico, en la boca por horas. Si se trata de una mujer tetona, sus pezones -especialmente los oscuros- también son visitados por mi boca.

También reviso, al vestirlos para la posteridad, sus pelos. No me gusta cuando las apretadas sortijas íntimas no están (eso es más común en las mujeres), es frustrante. No obstante, si hay arbustos, mis dedos recorren ávidos, felizmente enredados, su pubis. Pero sólo su pubis, porque masturbarlos sería sadismo y yo respeto a los mortis, los venero.

Pero los mortis, en su despedida final de este servidor, siempre dejan caer una mano un poco fuera de la camilla (esas irresistibles manos frías y duras), en agradecimiento por hacerlos bellos eternamente.

La dejan ahí, extendida, para que -mientras los termino de vestir, maquillar y peinar- mi pene duro e impaciente la roce, desde lo tímido a lo frenético, desde lo prudente a lo orgásmico, hasta desparramar sobre ellos un último y tibio tributo de vida. El mío.