28 de marzo de 2011

Y con puño de hierro gobernarás


La acorraló en el salón.

Sabiamente esperó a que todos se fueran para, arropado por la oscuridad del convento, atrapar entre su cuerpo y las pesadas puertas de madera, su figura pequeña y morena.

La jovencita no opuso resistencia.

Como él, ella también sentía la urgente y húmeda necesidad de saborear la sal de sus besos, de frotar su cuerpo al suyo, de unirse en un abrazo salvaje, irracional, animal y escandaloso.

Los besos fueron hambrientos de parte de ambos.

Pero los de él eran hábiles, pecaminosos y expertos. Los de ella, en cambio, eran anhelantes y torpes. Sin embargo, el profesor los disfrutó. Disfrutó cada uno de sus entusiastas avances, de sus gemidos ahogados. Incluso disfrutó el sabor de cada mechón de cabello liso y negro escapado del moño de la pequeña indígena.

Pero ella gozaba sus gruesos dedos rugosos.

Descubría el placer del dolor causado por las enormes manos llenas de tiza que, infames e irrespetuosas, llevaban una danza rítmica dentro de su cuerpo, alternando el calor de sus dedos con el frío mortecino de los anillos de seminarista.

María descubría la irrefrenable ansia de ser manoseada sin escrúpulos. El infinito gozo de ser violentada, mordida, utilizada.

Descubrió que el pecado no es más, al contrario de lo que le enseñaba su sometedor en clases, que la liberación de las cadenas morales para ser un poquito más quienes somos y un poquito menos quienes debemos ser.

María, así fue llamada siguiendo la costumbre de todas las madres del pueblo, conocía de esta manera que el ardor de su vagina era una llamada divina y carnal para el seminarista que la educaba, y que estaba a pocos minutos de penetrarla montarazmente.

Cada jalón de cabello, cada caricia entre las espesas ropas de seminario de él y de estudiante de ella, cada mordisco, cada gritito excitado, cada nuevo rincón explorado en su cuerpo virgen eran gestos infernales que, paradójicamente, la acercaban al cielo.

Fray Luis, que así se llamaba el joven profesor, batía incontroladamente su cabellera rubia por debajo de la falda de colegiala de María, expuesta ante las imágenes de la Sagrada Familia que asistían sin quererlo a la entrega de dos cuerpos.

Fray Luis relamía a María y María empujaba con una mano su cabeza más adentro de la ropa y exponía y acariciaba sus senos con la otra. Fray Luis alternaba lengua y dedos. María gemía y ascendía al pecado.

María levitó al pecado a horcajadas sobre el escritorio, con su falda de volantes grises levantada hasta su espalda. Mientras Fray Luis descendió al infierno ultrajando con permiso la selva indómita de las Américas que la indiecita le ofreció.

"Y con puño de hierro gobernarás en Cielo y Tierra" escribió algún fallecido sacerdote en letras doradas sobre el pizarrón testigo, junto a los santos católicos, del pecado de la carne.

Del simple y divino placer del pecado permitido.