14 de febrero de 2011

El veneno del amor


Cuando esa mañana Bella se levantó la luz del sol iluminaba toda la habitación, inundando de un brillo dorado las paredes de mármol y caliza. A su lado dormía calladamente Príncipe, los halos soleados iluminaban pálidamente su rostro, resaltando sus perfectas facciones y la sonrisa atontada con la que amanecía luego de cada sesión de sexo que tenía con ella.
Sin mayor apuro, la delgada mujer se levantó de la cama, extendió sus brazos y alargó su cuerpo tratando de desperezarse; así que alzaba sus manos hacia el alto techo del castillo. Verla haciendo eso era uno de las mayores deleites de su esposo, quien detallaba cada una de las curvas de la campesina, sus teticas paradas y sus pezones rosados erizados, el culito empinado, como pidiendo nalgadas, y las largas piernas, ligeramente vellosas.
Al caminar, Bella dejaba una sublime estela de vainilla y bayas tras ella. Este aroma hipnotizaba los animalillos del bosque, que la acompañaban cantando hermosas melodías, cada vez que la princesa salía a recoger manzanas, fresas y lirios. Pero, muy especialmente, cuando Bella cabalgaba a su marido y agitaba su larga y espesa melena chocolate, la fragancia embriagante y pesada hundía en fuertes sopores a Príncipe.
Este aroma muchas veces mareaba al hombre-bestia. Siempre empezaba con un ligero ardor en la nariz, continuaba con un insistente dolor de cabeza -palpitante en las sienes- y luego un desconcertante vahído seguido de pasajeros instantes en que Príncipe perdía la conciencia. Cosa extraña, que él siempre atribuía al dulce efluvio.
¡Bella! -dijo el rubio y perfecto joven cuando abrió los celestes ojos- acércate a mí –pidió cortésmente. Su esposa, algo tensa, obedeció pero en ese instante él creyó ver cierto ademán de desprecio y burla, seguido de un acerino brillo en los verdiazules ojos de la niña. Aún así, al acercarse lo suficiente, Príncipe tomó a la frágil mujer por la minúscula cintura, arropándola con sus enormes manos nervosas e impulsándola violentamente hacia él.
Cuando tuvo a la joven desnuda adosada a su grande y fuerte pecho, dirigió su mano izquierda a la vagina e introdujo sin previo aviso dos de sus dedos en ella, moviéndolos rítmicamente para luego sacarlos y olerlos con su enorme nariz y lamerlos con una lengua tan rugosa como una lija; mientras con la otra mano tomaba la de Bella –tan delicada y sutil- y la llevaba hacia su pene, enorme, bestial y erecto.
Le pareció por unos segundos que Bella se resistía, pero lo achacó al sopor que restaba de su sueño. Automáticamente y sin pensarlo tomó a su mujer por los hombros y la hizo arrodillarse ante él y entre sus piernas, se orilló en la cama y dirigió la cabeza de Bella directo hacia su miembro.
Autoritariamente, sin piedad y sobre todo sin pedir permiso empujó hasta lo más profundo la cabecita avellanada hacia sí mismo, sabía –y eso lo excitaba más- que tal impulso provocaba arcadas en la muchachita, apenas respirando mientras saboreaba su atroz y agrio miembro. La boca pequeña y húmeda de la campesina que le fue vendida hace pocos años siempre era un refugio oscuro que le proveía los más salvajes orgasmos, eyectados directamente en la garganta femenina.
Esta vez no fue tan buena como otras veces y hoy, por tercera vez en un mes, Bella se negó a tragar el ácido semen que expulsó, “me siento mal, mi amo” fue la escueta explicación dada por la jovencita.
Sin embargo y de cualquier manera eso no le preocupaba, Bella cedía sin quejas a sus caprichos sexuales, como ayer cuando atada de manos y brazos, con sus rodillas a la altura de sus orejas recibió violentas estocadas sin siquiera pestañear. Lo que más le placía de su esposa era cuando se rendía a sus fantasías, alimentadas por años de encierro y caminatas solitarias, obligadas por el aislamiento al que lo llevó su condición de hombre-bestia.
Anoche especialmente hubo un buen encuentro. Bella estaba agachada en el dintel anquilosado observando la luna llena sobre el bosque, miles de maripositas doradas aleteaban cerca de la princesita de cuento de hadas y el argentino brillo del satélite destacaba aún más sus provocativas curvas.
Sin poder dejar atrás sus costumbres carnívoras aún en su forma humana Príncipe corrió hacia ella y embistió con su pesado cuerpo la figurita de su mujer, alzándola por los aires para luego arrojarla sobre la cama, saltar sobre ella y arrancar con los afilados dientes sus ropas de seda.
Las teticas desnudas de la jovencita saltaron gloriosas fuera del corsé, redondas y compactas, el hombre-bestia las tomó en sus manos y lamió con hambre, mordiendo cruelmente las puntas enrojecidas. Cuando supo que Bella no podría ofrecer más resistencia, se desplomó sobre ella, abrió salvajemente sus piernas, las alzó por encima de sus cuadrados hombros y la penetró varios minutos en esa posición, forzando el poco elástico cuerpo de la mujer hasta el límite.
Al saber que la campesina ya no podría tolerar más jaló sus cabellos, alzó su cadera y la giró con una sola mano para luego acuchillar su prensado culito, resistente aún a semejante violación. Las lágrimas ardientes de Bella caían tímidamente sobre las sábanas y sus quejidos rompían el silencio del Bosque Encantado.
En esto se distrajo Bestia mientras la hermosa joven seguía arrodillada entre sus piernas arropando su falo con sus perfectos labios afrutados, plegados sobre el único órgano masculino que jamás había visto.
Luego de que Bella le hubiera lamido los testículos, inmediatamente después de la eyaculación, la chiquilla decidió subirse sobre su bestia, de espaldas a él, bajó cuidadosamente sobre su pene aún dispuesto y muy, pero muy lenta y rítmicamente, movió su cuerpo arriba y abajo, adelante y atrás, batiendo incansablemente su cabellera sobre el rostro masculino.
Ahí estaba -una vez más- el desconcertante aroma. Dulce y desesperante. Volvieron los mareos y las sienes inflamadas. Esta situación aceleró sus eyecciones y rindió su cuerpo, ya no dispuesto a seguir con el sexo. Príncipe dejó caer -agotado y abatido- su humanidad sobre el colchón relleno de plumas. Bella se paró y fríamente le dijo: "bajaré a hacerte el desayuno".
Cuando Bella hubo bajado, se decidió a servirle una taza de té de grosellas al hombre que vivía con ella, pero -antes de añadir el azúcar- prefirió tomar unas gotas de la esencia de vainilla que la Bruja del Bosque le preparó, roció un poco más en su cabello y el restante lo echó en el brebaje de Príncipe.
Un poco hoy, quizás el día de mañana otro poco más, y para finales de este mes la bestia al fin habrá muerto.