15 de enero de 2011

Minotauro


Metió su mano en mis pantalones, así, sin más. Importándole poco o nada que estábamos en un lugar público. Escondidos apenas tras una columna dentro de su carro negro.

Afuera escuchábamos las risas de otros jóvenes como nosotros que salían de las discotecas del centro comercial. Unos quizás iban con los mismos planes de sexo hacia sus carros, otros pensaban tan sólo en dormir… Unos reían… Otros pasaban como un celaje y se paraban con la duda de si lo que veían era verdad o si simplemente el alcohol los hacía alucinar… Lo cierto es que pocos se quedaban mucho tiempo a averiguarlo…

Dentro del sedán un hombre enceguecido, cual Minotauro ante su presa, tenía atada de manos a una mujer con los pechos expuestos. Las cintas que ceñían sus muñecas eran las trenzas de los zapatos de gamuza negra de él. Cortaban el paso de las venas de sus brazos en su apretado camino hacia el nudo hecho alrededor de los manubrios de los asientos traseros del automóvil.

Mientras estaba sometida e indefensa, él se servía caníbalmente de su carne. Mordía con maldad sus senos, oscureciendo aún más sus negros pezones mientras con una de sus manos la penetraba en dos orificios a la vez.

La otra mano, menos descarada que la otra pero aún más cruel, asfixiaba levemente a la mujer, ejerciendo presión, un poco más o menos cada vez, alrededor del cuello de ella. A veces, para demostrar quién mandaba, golpeaba su cara o jalaba su cabello.

La mano se movía ejerciendo presión, un poco más o menos cada vez, según el ritmo que la masturbación llevara dentro de su cuerpo con sobrepeso. Acompasadas ambas manos. Estremecidos ambos cuerpos.

Minotauro, vestido con chaqueta de cuero, no se preocupó en quitarse alguna pieza de ropa. Simplemente disfrutaba sirviéndose de su amiga. A veces sólo degustaba el sabor de su carne entre sus labios. Absorbiendo con su lengua los rastros de sudor en su cuello. A veces, mezclando con su sabor el de la botella de vodka que los acompañó durante la noche.

La derramaba divertido sobre su cuerpo, para luego lamer el líquido con su lengua rugosa. La derramaba sobre sus labios cuando con crueldad la besaba. Mordiendo. A veces, incluso, dejaba que un poco del vodka bañara sus muñecas amoratadas, dejando correr el alcohol por sus brazos, para lamerlos también.

Abierta como estaba, el moreno y atractivo hombre mojó sus dedos con la bebida y, con ellos empapados, jugaba de nuevo con su vagina y ano. Haciéndola gemir de placer y dolor en un delicado y frágil equilibrio.

De esta manera continuó hasta que la excitación fue tal que la penetración ahora sólo podía ser totalmente carnal, con dos cuerpos juntos, enredados e indivisibles. Así que, dejó salir su pene del pantalón y, antes de empujarlo dentro de ella, la forzó a tomarlo en su boca. A beber ávidamente sus jugos mezclados con el líquido restante en la botella.

Él la probó con vodka y ella a él.

El acto fue simple. Un hombre sobre una mujer atada en un carro. Un pene inflamado en la vagina y la boca de una botella en el ano.

Llegaron al orgasmo con segundos de diferencia. Él satisfecho y ella rendida y sudorosa. Violentada pero complacida. Sometida pero entregada a la amalgama de sensaciones que el dolor y el placer le prodigaron a su cuerpo.

Agradecida. Agitada y nerviosa. Viendo cómo la luz del amanecer se colaba entre las rendijas del estacionamiento. Deseando, simplemente, que el minotauro no prendiera el motor y que su sonido rompiera la melodía de nuestras respiraciones entrecortadas.

Recobrando con hormigueos incesantes la sensación en mis manos, que no paraban de masturbarme para prolongar el placer de la violencia en mi cuerpo.