1 de agosto de 2011

Pablo


Describir a Pablo Ordaz puede ser una tarea difícil según sea quien lo describa, aunque para algunos, quizá para la mayoría de quienes lo veían en las calles, sea sencillo, un acto simple, silencioso y para algunos asqueroso: recogelatas.

Pablo, físicamente, era alto, con una cabeza desproporcionada en relación con su delgado, enjuto y pellejoso cuerpo trigueño, el cabello, que en algún momento debió ser hermoso, se repartía a duras penas en rizos cerrados y grises y marrones por una cabezota en forma de bombillo, unida débilmente a un cuello frágil, coronado por una manzana de Adán prominente y desde donde se proyectaba una voz gruesa pero cálida.

El rostro de Pablo no delataba su edad, pero no se engañen, no se veía más joven de lo que era sino más viejo, acabado, tal vez como lo que durante años fue: un muerto viviente. Un hombre muerto caminando descalzo y sucio por las calles, defendiéndose con mañas de vagabundo, durmiendo donde lo alcanzaba la noche y la policía se lo permitía, ocultando bajo un bigote cantinflesco una sonrisa, al igual que él, muerta.

Pablo, el que yo conocí, en cambio, era un hombre amable, ansioso por querer y ser querido, desesperado por recordar o, mejor dicho, no olvidar cada uno de los detalles de su vida antes del 16 de diciembre de 1999. Pablo Ordaz, el padre y esposo, se ocultaba bajo el disfraz de vagabundo que la vida lo obligó a usar pero de vez en cuando salía y se despejaba de lo que no era para recordar lo que dejó de ser.

Pablo, el que yo conocí, fue, cuando no lo conocía, el orgulloso padre de una joven parecida a su esposa y de un joven parecido a su papá. Pablo, el que yo conocí, fue, cuando yo no lo conocía, el esposo de la única novia que tuvo en su vida, la misma que nació del vientre de la mejor amiga de su madre cuando ella quería niño, exactamente 60 días después de que él nació del vientre de su madre cuando ella quería niña.

Pablo, el que conocí, fue, cuando no lo conocía, programador de vuelos en Viasa, un carajito que tenía una casa con vista al mar (construida con sus propias manos unas veces y con manos prestadas otras) en Carmen de Uría. Pablo, el que conocí, fue, cuando no lo conocía, un poeta, bailarín torpe pero entusiasta y un hombre completo.

En cambio Pablo, el que sí conocí, era un hombre solo, recogido de la calle por una misión “piadosa” y reinsertado (a medias) en una sociedad que jamás lo aceptaría de vuelta, al fin y al cabo una sociedad a la que él dejó de pertenecer cuando, bajo una lluvia endemoniada y cruel, el agua lo hizo soltar la mano del último miembro de su familia que sobrevivía -junto a él sobre una terraza- una venganza desproporcionada de la naturaleza.

Yo no recuerdo palabras exactas de Pablo, tampoco los nombres de la esposa (la primera víctima de la vaguada), su hijo mayor (el segundo que el agua tragó) o su hija, la favorita, ésa que el río de escombros le arrebató de la mano cuando la insignificante fuerza humana cedió ante la del cerro.

Yo no recuerdo un cuento específico de él: los recuerdo todos. Recuerdo, y quizás esta sea una manera en la cual Pablo aún viva, lo agradable que era, lo llena que fue su vida, lo hermoso que él recordaba fue su infancia cuando su papá (un catire de un metro 50) le regalaba a escondidas de su estricta mamá (una negra de un metro 80) un carrito de hojalata cada vez que sacaba buenas notas.

Recuerdo, y quizás así también la revivo a ella, que la primera vez que besó a su esposa ambos tenían cinco años y estuvieron toda la tarde en una feria mecánica que Pablo pudo pagar porque le robó del vuelto dos bolívares a su mamá. Pablo y su esposa tuvieron un primer beso sabor a refresco de colita, el mismo que comían en el raspado que bajo el sol varguense los hidrataba.

Recuerdo que Pablo nació y creció en La Guaira, como su familia, pero no sé dónde murió, porque supongo que está muerto. Recuerdo que Pablo luchó con el alma partida por sobrevivir en las calles cuando ya no le quedaban razones para vivir, pues sus razones murieron destrozadas en un río de escombros y basura que el Ávila embravecido escupió sobre el estrecho litoral.

No quiero recordar que al final fui como cualquiera otro que ignora a “los de la calle” y que más nunca me preocupé por caminar cerca de El León en Altamira para ver si me lo tropezaba, para preguntarle si necesitaba algo, para darle algo de lo que él, sin saberlo, me dio alguna vez: un lindo recuerdo.

Lo que sí quiero recordar es que tuve el honor de verlo unas pocas veces más y que una vez, habiéndomelo tropezado en las calles, pude abrazarlo, pude bloquear el hedor de vagabundo y pude hablar con él como se habla con un amigo querido. Quiero recordar que antes de esconderse en algún hueco en la ribera del Guaire Pablo corrió a una tienda del este caraqueño, caminó digno un centro comercial y me compró un anillo que aún conservo con el dinero que se ganó lavando carros en el tráfico.

Y más que recordar (o no recordar) quiero pensar, necesito creer, que Pablo murió al menos en un hospital antes que en una acera y que, alrededor de su cama, en medio de una visión maravillosa e idílica, pudo tomar una vez más la mano de su hija y esta vez no soltarla. Necesito creer que Pablo Ordaz esa noche, bajo la lluvia, sostuvo la mano de su hija así como la de su esposa e hijo. Necesito creer que esa noche la terraza no cedió, la lluvia cesó y el día aclaró rompiendo con el fuego del alba la resistencia de la noche y que Pablo, junto a su familia, vio los rayos del sol calentar de nuevo la tierra y sus cuerpos.

Necesito creer que Pablo, en su lecho de muerte, pudo ver a sus muertos junto a él y tomar su mano para adentrarse en el inframundo, finalmente. Quiero pensar que, ante la muerte física a la que ya fue sometido, tuvo la epifanía prometida en el cristianismo de ser recibido en la otra vida, en su Paraíso personal, por aquellos que la naturaleza una vez le arrebató y que ahora es tan feliz como nunca debió dejar de serlo.

Dedicado a Pablo Ordaz (La Guaira, 1956-¿?)

26 de mayo de 2011

Querido mío, nos vemos en el infierno


La bestia me miraba desafiante, desde el otro lado de mi escritorio.

Siempre me sentí particularmente orgulloso de mi gusto al adquirir muebles. El dinero que he acumulado a lo largo de la vida me ha permitido comprarlos de diversos materiales, marcas, años e incluso antigüedades, como este Jean Bérain de caoba pulida.

Y la bestia que hoy me visita lo está babeando con su fétida y espesa saliva, la misma que deja escapar por los espacios entre sus puntiagudos e irregulares colmillos. Es curiosa la sonrisa (si se le puede dar este nombre) del animalejo. Es desagradable y aún así hipnótica. Me sonríe, espumajea y no deja de fruncir su nariz como si fuese yo quien produce asco y no ella.

Levanté, presa de un pánico repentino, la vista -hace no sé cuántos minutos- hacia la ventana de mi estudio, sólo para ver una extraña figura, con heridas supurantes sobre su piel arrugada e irregular. Ella, al mismo tiempo que yo, debió percibir mi mirada, porque instantáneamente volteó para posar sus pequeños ojos sobre mí.

Yo estaba asustado mientras, aparentemente triunfante, se acercaba cojeando, arrastrando las largas y oscuras uñas en mi alfombra, mirándome fijamente. Curiosamente noté que, entretanto, en vez de bloquear la luz que se colaba por mis ventanales, conforme avanzaba hacia mí, la luz se hacía más brillante y cálida, como si ella la atrajera en vez de repelerla.

Allí se sentó, posando sus codos desnudos sobre la mesa, y fijó su mirada cínica. Sin decir nada. Sin hacer ademán alguno que me indicara el motivo de su visita.

‘¿Quién eres?’, me atreví al fin a preguntarle. ‘¿Qué eres?’, me pareció más apropiado repreguntar. Y ella no respondía. De vez en cuando movía sus ojillos diabólicos desde los papeles que tenía bajo mis manos hasta mi cara.

Estaba asustado, sí, pero por alguna razón que aún no comprendo, sentía que la conocía. Sentía que de alguna manera yo sabía quién y qué era y, lo que más me inquietaba, qué hacía allí.

Esperé. Uno. Dos. Cinco. Diez. Veinte minutos. Y no respondía aún. Al contrario, me veía. Y yo a ella.

‘¿Quién… qué eres? ¡Exijo saber qué haces acá! ¿Sueño? ¡¿Qué broma de mierda es esta?!’, bramé. Ella sólo movía las puntiagudas orejas, sobresalientes de la parte posterior de su cabeza, a cada una de mis palabras. Viéndome.

Finalmente, en un gesto que jamás creí que tendría, me habló, con una voz terroríficamente familiar. ‘¿No sabes quién soy?’, respondió. ‘El qué no me pertenece sino el quién’, añadió. ‘¿De verdad no sabes quién soy?’, sentenció exultante.

Como por obra del Diablo mismo vi, juro que la vi, mi cara en ella, y la cara de cientos de personas que he conocido a lo largo de mi vida. ‘¡Maldita sea! ¿Qué eres?’, grité desesperado mientras sentía caer un ardiente hilo de orina por mis pantalones. Salté de la silla con tal fuerza que los papeles cayeron al suelo, que me golpeé la cabeza contra la pared y que, de cierta forma, abrí la gaveta donde guardaba la Colt.45.

Como si pensáramos lo mismo, la bestia multiforme y yo nos abalanzamos al mismo tiempo hacia el cajetín abierto, ella, empero a ser pesada y enorme, fue más rápida y ágil. La tomó en un suspiro y la levantó apuntándome.

Alcé las manos rendido y cerré los ojos esperando el golpe mortal. No llegó. No escuché nada. Esperé. Esperé. Y con verdadero pánico, abrí los ojos lentamente para verla de nuevo sentada, babeando con mueca de placer sobre las costras que se arrancaba con los dedos cadavéricos. Cada costra negra dejaba tras de sí un rastro de pus verde y pestilente que inundaba cada rincón de mi oficina. Cada poro de mi piel.

La pistola estaba ahí, intacta, frente a ambos. Equidistante entre ella y yo, sobre la madera prístina. Como marcando una frontera entre su inhumanidad y la mía.

‘Siéntate’, me ordenó, ‘siéntate’. ‘Yo no haré nada para dañarte, aún’, dijo poniendo especial énfasis en esta última palabra. ‘Mantente sentado’, bufó.

La vi pararse y caminar hasta ponerse detrás de mí, entre la pared y mi silla. La escuché temblar y hacer espantosos ruidos mientras vomitaba un espeso (y dulzón) líquido rojo, que parecía ser sangre, junto a trozos babosos grisáceos, sobre el fino papel tapiz francés que protegía mis muros.

‘¿Qué haces?’, inquirí molesto. Y ella sólo se limitó a lanzar su furiosa mirada sobre mi cuerpo desencajado mientras con una mano (siempre viéndome fijamente) sacaba restos de esa mezcla purulenta de los espacios entre sus colmillos y con la otra rasguñaba, casi delicadamente, hasta romperlo, el Matisse que adornaba la cabecera de lo que me gustaba llamar ‘mi centro de poder’, mi despacho, el lugar desde donde no sólo me hice rico, sino también poderoso y temido.

‘Pongo, querido mío, los últimos detalles de mi obra’, respondió casi en un chillido, alejándose orgullosa, caminando hacia atrás, sin dejar de ver la pared con la misma mirada con la cual estoy seguro Da Vinci admiraba sus obras una vez terminadas.

Así, yendo de espaldas, se sentó de nuevo en la silla que estuvo ocupando hasta hacía unos minutos. ‘Soy, para responder a tu pregunta, esa voz que te ha acompañado a lo largo de la vida, algunos me llaman conciencia, tú siempre me llamaste puta y tomo, querido mío, la forma del alma de quien me posee. Así, pestilente y supurante es tu alma. Así, pestilente y supurante eres tú. Asco das. Yo no.’, concluyó victoriosa.

Y en un gesto agresivo se me abalanzó y por medio de algún truco infernal se fundió con mi cuerpo. Una vez dentro la sentí rasgando mi alma con sus uñas, sentí que transpiraba su hedor y la escuché reír, gritar impaciente, directamente en mis oídos: ‘Mi vómito son tus sesos. Tu mano ahora es la mía. La Colt.45 te hará daño’.

Sentí cómo la bestia forzaba desde dentro, usando como una manga de carne y hueso mi brazo, mi voluntad, haciéndome tomar la pistola y acercarla a mi boca. Sentí cómo me hacía echar la cabeza atrás y la sentí estremecerse, presa de una sádica excitación, antes de decirme: ‘tras el disparo, querido mío, nos vemos en el infierno’.

23 de abril de 2011

El regreso (Nelvana 6)


¿Qué tan oscuros pueden ser unos ojos para perderse en ellos? ¿Qué tan oscura tiene que ser una piel para manchar el alma? ¿Puede ser verdad que los gitanos tienen un pacto con el diablo y que Nelvana no es más que una maldita bruja que vino a llevarme al infierno?
Una raza tan sucia, tan impura, siempre degradada a la limpieza y servidumbre y viene esta mujercita a tambalear mi mundo, a entrar en mis sueños y no permitirme comer, pensar, vivir o siquiera follar a mi novia.
Nelvana me consume. Su olor a especias. Su pelo negro. Sus tetas llenas. Su nombre y su sabor. El trino de su voz.
La gitana, perdida quién sabe en cuál chabola de las afueras, me persigue. Su recuerdo me quema, presiona mi estómago lleno de vodka y whisky. Todas las putas de las caminerías de Isar se parecen a ella, pero ninguna tiene la mirada altanera de Nelvana, ni su brillante piel, ni siquiera tienen los dientes completos o el cabello cuidado.
Sin embargo, esta noche hay una nueva, una que no tendrá 15 años, cuyo cabello y figura es muy similar a las de la innombrable, aunque sus rasgos no son tan delicados sí son muy atractivos en conjunto. Suficiente como para llevármela.
Una de las cosas que más me gusta de nuestra vieja casa señorial es que tiene habitaciones separadas de la estancia principal. Justo las habitaciones designadas a la servidumbre.
Entré con la putita -buscando profanar su esencia- a la primera y única habitación de servicio donde durmió Nelvana antes de pasar a la alcoba de mi hermana en la casa familiar.
Venía murmurando algo por el camino mientras la traía a rastras, su nombre (Sizma, me pareció que dijo), el precio de las cosas que estaba dispuesta a hacer, su edad (13, casi la edad de la hechicera cuando llegó), alabanzas vacías y palabras sucias que en vez de excitarme me molestaban.
La arrojé a la cama sin cuidado, me eché sobre ella, levanté su falda y ni siquiera me sorprendi al ver que no llevaba calzones. Alcé su cadera, separé sus piernas y hundí mi nariz en su frondoso monte. Olía a poco uso. Como huele una mujer tan joven. Lamí con flojera, sin gusto. Cuando me aburrí alcé la cabeza y le arrebaté la ropa violentamente, haciendo que Sizma diera un gritito asustado (ahí noté que era nueva en esto).
Me restregué contra su cuerpo prensado, chupé, mastiqué, amasé y palmeé sus tetas. Me recreé en los pezones oscuros. Mordí su cuello. Desordené su peinado jalando con saña su cabello. La manoseé lo más irrespetuosamente que pude. Incluso llegué a masturbarla con cuatro dedos, sin importarme que ya al meter el tercer dedo la muchacha se echaba atrás visiblemente adolorida. Violé su culo y la hice limpiarme con la boca los dedos.
No me importó. Yo pagaba, yo mandaba.
Me restregué sobre ella hasta que eyaculé en mis ropas. Bebí de su olor, de su sabor y aún así el olor y sabor de Nelvana me quemaba los sentidos. Nada amainaba la impresión ardiente del tamarindo en mis labios. Nada.
Seguía duro a pesar de la eyaculación, así que me bajé los pantalones, la saqué de la cama y la hice comerme completo. Le metía el miembro en la boca mientras estaba arrodillada en la roca fría, casi asfixiándola, así continué empujando su cabecita oscura sobre mí hasta que descargué dentro, obligándola a tragar.
Si yo no pude sentir un sabor distinto al de Nelvana con ella, entonces ella llevaría mi sabor varias horas. Seguramente tan agrio como mi corazón en ese momento.
Cuando hubo tomado todo el líquido que le ofrecí, la alcé, la vestí como pude, le pagué metiendo los billetes en su vagina (de donde resbalaban graciosamente) y la arrojé a la calle.
Creo que de nuevo murmuró algo, pero no le di importancia, le arrojé otros billetes (más de lo acordado) para pagarle las 'molestias' ocasionadas por la poca caballeresca rudeza y cerré la puerta tras de mí, sólo para sentarme a la orilla de su cama a llorar y esperar que levantara el día.
Cuando el primer rayo del alba quemó mis ojos, enrojecidos e inmóviles desde hacía horas, me desperecé, acomodé mis ropas, arreglé como pude mi cabello y salí.
Al cruzar del patio lateral hacia la entrada de servicio a la casa, alcé por instinto la mirada y la vi.
Ahí estaba Nelvana, majestuosa ante la puerta.

21 de abril de 2011

Juego de poder


"¡Penétrame!" Dijo desesperada. "¡Hazlo ya!" Me ordenaba alterada mientras se sobaba el cuerpo, la totonita húmeda, mientras me acercaba a ella, mientras tomaba mi miembro.
Era como una versión femenina de Shivá, sus manos iban y venían por mi espalda, jalaban mi cabello, atraían mis labios a su boca... Me mordía, me arañaba, se retorcía debajo de mi cuerpo, alzaba sus caderas para frotarlas en mí y vaporizaba su aliento cálido sobre mi piel...
Se comía mi polla con avidez durante los momentos que no se sobaba. Se movía rápidamente. Como una gata. A veces estaba encima de mí mamándomela y otras veces debajo, frotándose contra mi piel...
Sus mamadas eran magistrales. Su lengua gruesa y rugosa recorría todo el tronco desde las bolas hasta el frenillo y se detenía ahí, se recreaba en el hoyito, saboreando los jugos que expulsaba involuntariamente... Magdalena me comía todo y yo quería ser devorado...
La carajita tomaba mi pene con dureza y jugaba con él con crueldad, apretando más fuerte de lo normal, impidiendo la circulación de la sangre para liberarla luego en efluvios más placenteros...
Repetidamente 'besaba' la cabeza ensalivada por ella mientras abría los labios lo suficiente como para envolverlo apretadamente en su boca y luego, como una ventosa, creando un vacío frío, bajaba por todo él hasta meterlo muy dentro de su garganta... Juro que disfrutaba cuando, incluso, creaba reflejos de vómito... Le gustaba su sabor, eso era claro...
A veces solamente me masturbaba con sus manitos, coronadas en largas uñas pintadas de violeta, mientras hundía su naricita debajo de las bolas para lamer el espacio entre mis testículos y mi ano (y al descuido, el ano también)... De vez en vez, como si no fuera suficiente, succionaba con deleite (hasta torneaba los ojos ambarinos al hacerlo) testículo por testículo...
Así estuvo hasta que no pude más y descargué en ella... Mejor dicho, dentro de ella mi semen... Eso, me di cuenta al momento, no le agradó mucho, pero no hizo ademán de retirarse ni yo se lo permití, la tomé por el cabello obligándola a tragar...
"¿Ves lo que me haces, Magda?", le dije, "¿ves?", repetí aliviado pero no flojo. Y ella asentía mirándome fijamente, con algunos rizos cayendo fuera de mi mano en puño. Se veían lindos, casi tipo Lolita, esos rizos enmarcando su carita enrojecida... Sus fosas nasales abiertas y su pecho agitado...
"¿Me lo metes ya?", preguntó con la voz entrecortada, "necesito que me cojas, ¡dame duro por favor!", remató anhelante mientras se extendía sobre la cama, arqueando la espalda y sobándose la entrepierna, regando su viscoso flujo por sus muslos canela...
Allí me recreé largo rato. Comí. Lamí. Olí. Saboreé su concha como si fuera un amargo manjar, de fuerte olor, pero delicioso. Tan delicioso como ella. Pero no me provocaba penetrarlo con algún miembro distinto a mis manos o lengua.
Estaba, supongo, cansado en ese momento de las vaginas.
Mi precio era más alto y estaba cerca de 10 centímetros separado de la abertura. Allí, sequito y cerrado. Inocente de lo que iba a pasar. Así que disimuladamente lo empecé a lubricar con mi saliva y su flujo, alternativamente. Cuando estuvo preparado y yo ya estaba totalmente recuperado de la primera 'descarga', levanté una pierna de Magda al aire y le di vuelta, forzándola a cambiar de posición, de la misma manera que ella movía a su hermanito para untarle Crema Cero en el rabito antes de ponerle el pañal nuevo.
Así la volteé de espaldas a mí. La levanté atrayendo sus caderas, abrí sus piernas lo más que pude, cerré de nuevo en un puño sus rizos y estampé su cara en sus sábanas de flores. Ella soltó un gritito de excitación y su vagina se agitó a la vez que su ano me observaba impávido. Tomé en dos dedos un poco más de su flujo y lo unté en mi pene y en su culo.
En ese momento Magda se dio cuenta de hacia dónde iba y trató de zafarse, pero se lo impedí mientras coronaba violentamente sus nalgas. Los aullidos entre excitados y dolorosos sólo aumentaron mi violencia y así, con ella contorsionándose bajo mi peso y suplicando delicadeza, continué enfurecido, dándole nalgadas o apretando tanto hasta dejar mis uñas marcadas en su cuerpo o tomándola de los hombros o tetas como si fuera un potro salvaje, hasta que la descarga -más caliente y copiosa que la primera- le indicó a la putita de Magda que había acabado.
Mi semen le indicó que en esa cama, y fuera de ella, mandaba yo.

6 de abril de 2011

Irresistible


La primera vez que vi un cadáver tenía 7 años. Lo recuerdo vívidamente.

Había sido un domingo de misa, paradójicamente esa mañana el padre había hablado sobre la resurrección, el Juicio Final y el perdón definitivo de Cristo Redentor. Él habló de la vida eterna y yo vi la muerte irremediable.

A la vereda del río, entre arbustos secos -esos que dejan los veranos del llano-, estaba el cuerpo inerte y frío de un hombre joven. Un negro. De ojos cristalinos, alguna vez tan negros como su piel.

No vi signo que me indicara la razón de su fallecimiento, su 'excusa' para estar ahí. Sólo podía ver, parado desde donde estaba, que su camisa estaba sucia, que sus manos yacían como al descuido a cada lado de su torso y que su boca y ojos contemplaban abiertos y confiadamente vacíos el cielo despejado.

Los insectos todavía no habían invadido su materia, eso lo pude notar cuando me acerqué a tocarlo. La inspección fue rápida, temerosa, pero completa. Sobé su piel, hundía mi índice en sus cachetes y veía cómo la piel se quedaba arrugada largo rato, hasta que perezosamente volvía a su lugar, pero siempre dejando una mancha oscura en donde señalaba mi dedo.

No estaba frío ni tieso. Era extrañamente cálido y manejable. Varias veces levanté sus manos y las dejaba caer estrepitosamente. Tamborileé en su barriga sólo para escuchar el eco seco de las tripas vacías. Incluso, cuando levanté su pantalón para ver qué tan grande era su verga en comparación con la de papá, enredé mis dedos en los largos y cerrados pelos.

En ese momento percibí, primero muy sutilmente, pero después como una revelación su olor: dulzón, invasivo, con una pizca de acidez en la bocanada final. Irresistible.

'Morti' lo bauticé. Mi negro tenía nombre y era 'Morti'. Ahí lo dejé, decidí no decirle a nadie, ni a mamá ni a mi hermanita. Durante tres días lo visité. Acudí a la putrefacción de su carne hasta que el olor se hizo desagradable, la piel perdió su color original y los gusanos y líquidos lo deformaron.

El tercer día dejé de tocarlo, sólo me limitaba a verlo a distancia. La distancia tuve que alargarla durante 4 semanas, hasta que las alimañas y la tierra reclamaron todos los órganos blandos. A Morti nadie lo extrañó. Únicamente yo cuando perdió el olor dulzón, aunque lo acompañé en su desaparición definitiva (al menos la de sus carnes).

Desde esa primera experiencia me dediqué a matar animales pequeños. Los pájaros eran los más fáciles de manejar y los que más rápido tomaban el delicado olor de la muerte reciente. A ellos los estrujaba contra mi nariz para absorber su aroma. Lo malo es que tan velozmente llegaba el perfume dulce, tan velozmente desaparecía.

Cuando mi abuela murió, echada en su cama, la contemplé en silencio por horas antes de avisarle a mamá. La vieja no era tan bonita como Morti. Murió torcida, víctima de un infarto fulminante, botando espesa saliva por la boca. Su olor tampoco era tan exquisito. Aún así, repasé mi nariz por su piel gastada, hundí mis dedos en ella, pero el pellejo no era divertido. No cambiaba de color. No volvía perezosamente a su lugar. No hacía nada.

Sin embargo, el no hacer nada es quizá, desde siempre, lo que más me gusta de los muertos. Están ahí, disolviéndose lentamente. Perdiendo lo que los hizo humanos mientras nos recuerdan, en silencio, que todavía somos. Ellos están pero no son. Nosotros estamos y somos. Yo los huelo y los toco. Soy más humano, poderoso e invencible. Veo a la muerte a los ojos y le hago el amor con mi nariz. Irresistible.

Pero no se confundan. No soy algún sádico. No me gustan los mutilados, no me gustan los viejos ni los tullidos ni los deformes. Mucho menos los niños, la muerte de un niño tiene dos lamentos: el niño que ya no es, que está pero no es más, y la madre que lo perdió, la madre que es y está pero ya no vive. Muerta en vida.

La muerte huele a caramelo avinagrado, pero no es siempre agradable a mis ojos.

Me considero (porque ya lo dije: no soy un sádico) un 'artista de la muerte'. A mi mesa llegan los cadáveres del pueblo. 20 años después los ya-no-son vienen a mí, involuntariamente arrastrados por sus dolientes. Frescos, recién perdida la rigidez inicial, con miradas perdidas y despedidas, cristalizadas en gris lechoso.

Inertes y exquisitamente dulzones.

Acá paso tiempo con ellos. Los peino. Los visto. Los maquillo. Los preparo. Los entrego. Ese es el proceso de embellecimiento, de esteticismo de los mortis para sus abandonados en la tierra, quienes los lloran penosamente apoyados en el vidrio del ataúd. Ese es el proceso para los de afuera. Pero acá dentro, acá dentro, es otra cosa.

Yo los recibo, los desnudo y lavo con agua. Dejo que el agua se seque sobre la piel helada, pero seco sus cabellos con toallas mullidas para luego peinarlo delicadamente. Al año de empezar como preparador descubrí casualmente que si -sentándonos en el extremo superior de la bandeja- tomamos los mechones y los peinamos desde la coronilla hasta las puntas, siempre viniendo hacia nosotros el peine, los primeros efluvios del dulce de vinagre flotan invasivos en el aire.

Ahí, en ese sublime momento, empieza nuestra danza. El ya-no-es y yo empezamos a conocernos.

Los viejos, como los enfermos crónicos y quienes mueren de susto no huelen tan bien. Tampoco lo hacen quienes llegan ensangrentados. Empero, su aroma no me molesta. En cambio, los hombres y mujeres jóvenes, especialmente aquellos a quienes la muerte no reventó o laceró de alguna manera su carne, ¡oh!, esos, esos sí que huelen bien.

Con ellos tardo más. A ellos los toco. En ellos froto mi nariz. A veces, cuando se trata de personas muy bonitas, repaso respetuosamente (con la humildad que todo artista de la muerte como yo debe tener ante estos dioses del inframundo físico) con la punta de mi lengua sus labios. Este ritual me deja un sabor consistente, sólido, un manjar metálico, en la boca por horas. Si se trata de una mujer tetona, sus pezones -especialmente los oscuros- también son visitados por mi boca.

También reviso, al vestirlos para la posteridad, sus pelos. No me gusta cuando las apretadas sortijas íntimas no están (eso es más común en las mujeres), es frustrante. No obstante, si hay arbustos, mis dedos recorren ávidos, felizmente enredados, su pubis. Pero sólo su pubis, porque masturbarlos sería sadismo y yo respeto a los mortis, los venero.

Pero los mortis, en su despedida final de este servidor, siempre dejan caer una mano un poco fuera de la camilla (esas irresistibles manos frías y duras), en agradecimiento por hacerlos bellos eternamente.

La dejan ahí, extendida, para que -mientras los termino de vestir, maquillar y peinar- mi pene duro e impaciente la roce, desde lo tímido a lo frenético, desde lo prudente a lo orgásmico, hasta desparramar sobre ellos un último y tibio tributo de vida. El mío.

28 de marzo de 2011

Y con puño de hierro gobernarás


La acorraló en el salón.

Sabiamente esperó a que todos se fueran para, arropado por la oscuridad del convento, atrapar entre su cuerpo y las pesadas puertas de madera, su figura pequeña y morena.

La jovencita no opuso resistencia.

Como él, ella también sentía la urgente y húmeda necesidad de saborear la sal de sus besos, de frotar su cuerpo al suyo, de unirse en un abrazo salvaje, irracional, animal y escandaloso.

Los besos fueron hambrientos de parte de ambos.

Pero los de él eran hábiles, pecaminosos y expertos. Los de ella, en cambio, eran anhelantes y torpes. Sin embargo, el profesor los disfrutó. Disfrutó cada uno de sus entusiastas avances, de sus gemidos ahogados. Incluso disfrutó el sabor de cada mechón de cabello liso y negro escapado del moño de la pequeña indígena.

Pero ella gozaba sus gruesos dedos rugosos.

Descubría el placer del dolor causado por las enormes manos llenas de tiza que, infames e irrespetuosas, llevaban una danza rítmica dentro de su cuerpo, alternando el calor de sus dedos con el frío mortecino de los anillos de seminarista.

María descubría la irrefrenable ansia de ser manoseada sin escrúpulos. El infinito gozo de ser violentada, mordida, utilizada.

Descubrió que el pecado no es más, al contrario de lo que le enseñaba su sometedor en clases, que la liberación de las cadenas morales para ser un poquito más quienes somos y un poquito menos quienes debemos ser.

María, así fue llamada siguiendo la costumbre de todas las madres del pueblo, conocía de esta manera que el ardor de su vagina era una llamada divina y carnal para el seminarista que la educaba, y que estaba a pocos minutos de penetrarla montarazmente.

Cada jalón de cabello, cada caricia entre las espesas ropas de seminario de él y de estudiante de ella, cada mordisco, cada gritito excitado, cada nuevo rincón explorado en su cuerpo virgen eran gestos infernales que, paradójicamente, la acercaban al cielo.

Fray Luis, que así se llamaba el joven profesor, batía incontroladamente su cabellera rubia por debajo de la falda de colegiala de María, expuesta ante las imágenes de la Sagrada Familia que asistían sin quererlo a la entrega de dos cuerpos.

Fray Luis relamía a María y María empujaba con una mano su cabeza más adentro de la ropa y exponía y acariciaba sus senos con la otra. Fray Luis alternaba lengua y dedos. María gemía y ascendía al pecado.

María levitó al pecado a horcajadas sobre el escritorio, con su falda de volantes grises levantada hasta su espalda. Mientras Fray Luis descendió al infierno ultrajando con permiso la selva indómita de las Américas que la indiecita le ofreció.

"Y con puño de hierro gobernarás en Cielo y Tierra" escribió algún fallecido sacerdote en letras doradas sobre el pizarrón testigo, junto a los santos católicos, del pecado de la carne.

Del simple y divino placer del pecado permitido.

14 de febrero de 2011

El veneno del amor


Cuando esa mañana Bella se levantó la luz del sol iluminaba toda la habitación, inundando de un brillo dorado las paredes de mármol y caliza. A su lado dormía calladamente Príncipe, los halos soleados iluminaban pálidamente su rostro, resaltando sus perfectas facciones y la sonrisa atontada con la que amanecía luego de cada sesión de sexo que tenía con ella.
Sin mayor apuro, la delgada mujer se levantó de la cama, extendió sus brazos y alargó su cuerpo tratando de desperezarse; así que alzaba sus manos hacia el alto techo del castillo. Verla haciendo eso era uno de las mayores deleites de su esposo, quien detallaba cada una de las curvas de la campesina, sus teticas paradas y sus pezones rosados erizados, el culito empinado, como pidiendo nalgadas, y las largas piernas, ligeramente vellosas.
Al caminar, Bella dejaba una sublime estela de vainilla y bayas tras ella. Este aroma hipnotizaba los animalillos del bosque, que la acompañaban cantando hermosas melodías, cada vez que la princesa salía a recoger manzanas, fresas y lirios. Pero, muy especialmente, cuando Bella cabalgaba a su marido y agitaba su larga y espesa melena chocolate, la fragancia embriagante y pesada hundía en fuertes sopores a Príncipe.
Este aroma muchas veces mareaba al hombre-bestia. Siempre empezaba con un ligero ardor en la nariz, continuaba con un insistente dolor de cabeza -palpitante en las sienes- y luego un desconcertante vahído seguido de pasajeros instantes en que Príncipe perdía la conciencia. Cosa extraña, que él siempre atribuía al dulce efluvio.
¡Bella! -dijo el rubio y perfecto joven cuando abrió los celestes ojos- acércate a mí –pidió cortésmente. Su esposa, algo tensa, obedeció pero en ese instante él creyó ver cierto ademán de desprecio y burla, seguido de un acerino brillo en los verdiazules ojos de la niña. Aún así, al acercarse lo suficiente, Príncipe tomó a la frágil mujer por la minúscula cintura, arropándola con sus enormes manos nervosas e impulsándola violentamente hacia él.
Cuando tuvo a la joven desnuda adosada a su grande y fuerte pecho, dirigió su mano izquierda a la vagina e introdujo sin previo aviso dos de sus dedos en ella, moviéndolos rítmicamente para luego sacarlos y olerlos con su enorme nariz y lamerlos con una lengua tan rugosa como una lija; mientras con la otra mano tomaba la de Bella –tan delicada y sutil- y la llevaba hacia su pene, enorme, bestial y erecto.
Le pareció por unos segundos que Bella se resistía, pero lo achacó al sopor que restaba de su sueño. Automáticamente y sin pensarlo tomó a su mujer por los hombros y la hizo arrodillarse ante él y entre sus piernas, se orilló en la cama y dirigió la cabeza de Bella directo hacia su miembro.
Autoritariamente, sin piedad y sobre todo sin pedir permiso empujó hasta lo más profundo la cabecita avellanada hacia sí mismo, sabía –y eso lo excitaba más- que tal impulso provocaba arcadas en la muchachita, apenas respirando mientras saboreaba su atroz y agrio miembro. La boca pequeña y húmeda de la campesina que le fue vendida hace pocos años siempre era un refugio oscuro que le proveía los más salvajes orgasmos, eyectados directamente en la garganta femenina.
Esta vez no fue tan buena como otras veces y hoy, por tercera vez en un mes, Bella se negó a tragar el ácido semen que expulsó, “me siento mal, mi amo” fue la escueta explicación dada por la jovencita.
Sin embargo y de cualquier manera eso no le preocupaba, Bella cedía sin quejas a sus caprichos sexuales, como ayer cuando atada de manos y brazos, con sus rodillas a la altura de sus orejas recibió violentas estocadas sin siquiera pestañear. Lo que más le placía de su esposa era cuando se rendía a sus fantasías, alimentadas por años de encierro y caminatas solitarias, obligadas por el aislamiento al que lo llevó su condición de hombre-bestia.
Anoche especialmente hubo un buen encuentro. Bella estaba agachada en el dintel anquilosado observando la luna llena sobre el bosque, miles de maripositas doradas aleteaban cerca de la princesita de cuento de hadas y el argentino brillo del satélite destacaba aún más sus provocativas curvas.
Sin poder dejar atrás sus costumbres carnívoras aún en su forma humana Príncipe corrió hacia ella y embistió con su pesado cuerpo la figurita de su mujer, alzándola por los aires para luego arrojarla sobre la cama, saltar sobre ella y arrancar con los afilados dientes sus ropas de seda.
Las teticas desnudas de la jovencita saltaron gloriosas fuera del corsé, redondas y compactas, el hombre-bestia las tomó en sus manos y lamió con hambre, mordiendo cruelmente las puntas enrojecidas. Cuando supo que Bella no podría ofrecer más resistencia, se desplomó sobre ella, abrió salvajemente sus piernas, las alzó por encima de sus cuadrados hombros y la penetró varios minutos en esa posición, forzando el poco elástico cuerpo de la mujer hasta el límite.
Al saber que la campesina ya no podría tolerar más jaló sus cabellos, alzó su cadera y la giró con una sola mano para luego acuchillar su prensado culito, resistente aún a semejante violación. Las lágrimas ardientes de Bella caían tímidamente sobre las sábanas y sus quejidos rompían el silencio del Bosque Encantado.
En esto se distrajo Bestia mientras la hermosa joven seguía arrodillada entre sus piernas arropando su falo con sus perfectos labios afrutados, plegados sobre el único órgano masculino que jamás había visto.
Luego de que Bella le hubiera lamido los testículos, inmediatamente después de la eyaculación, la chiquilla decidió subirse sobre su bestia, de espaldas a él, bajó cuidadosamente sobre su pene aún dispuesto y muy, pero muy lenta y rítmicamente, movió su cuerpo arriba y abajo, adelante y atrás, batiendo incansablemente su cabellera sobre el rostro masculino.
Ahí estaba -una vez más- el desconcertante aroma. Dulce y desesperante. Volvieron los mareos y las sienes inflamadas. Esta situación aceleró sus eyecciones y rindió su cuerpo, ya no dispuesto a seguir con el sexo. Príncipe dejó caer -agotado y abatido- su humanidad sobre el colchón relleno de plumas. Bella se paró y fríamente le dijo: "bajaré a hacerte el desayuno".
Cuando Bella hubo bajado, se decidió a servirle una taza de té de grosellas al hombre que vivía con ella, pero -antes de añadir el azúcar- prefirió tomar unas gotas de la esencia de vainilla que la Bruja del Bosque le preparó, roció un poco más en su cabello y el restante lo echó en el brebaje de Príncipe.
Un poco hoy, quizás el día de mañana otro poco más, y para finales de este mes la bestia al fin habrá muerto.

15 de enero de 2011

Minotauro


Metió su mano en mis pantalones, así, sin más. Importándole poco o nada que estábamos en un lugar público. Escondidos apenas tras una columna dentro de su carro negro.

Afuera escuchábamos las risas de otros jóvenes como nosotros que salían de las discotecas del centro comercial. Unos quizás iban con los mismos planes de sexo hacia sus carros, otros pensaban tan sólo en dormir… Unos reían… Otros pasaban como un celaje y se paraban con la duda de si lo que veían era verdad o si simplemente el alcohol los hacía alucinar… Lo cierto es que pocos se quedaban mucho tiempo a averiguarlo…

Dentro del sedán un hombre enceguecido, cual Minotauro ante su presa, tenía atada de manos a una mujer con los pechos expuestos. Las cintas que ceñían sus muñecas eran las trenzas de los zapatos de gamuza negra de él. Cortaban el paso de las venas de sus brazos en su apretado camino hacia el nudo hecho alrededor de los manubrios de los asientos traseros del automóvil.

Mientras estaba sometida e indefensa, él se servía caníbalmente de su carne. Mordía con maldad sus senos, oscureciendo aún más sus negros pezones mientras con una de sus manos la penetraba en dos orificios a la vez.

La otra mano, menos descarada que la otra pero aún más cruel, asfixiaba levemente a la mujer, ejerciendo presión, un poco más o menos cada vez, alrededor del cuello de ella. A veces, para demostrar quién mandaba, golpeaba su cara o jalaba su cabello.

La mano se movía ejerciendo presión, un poco más o menos cada vez, según el ritmo que la masturbación llevara dentro de su cuerpo con sobrepeso. Acompasadas ambas manos. Estremecidos ambos cuerpos.

Minotauro, vestido con chaqueta de cuero, no se preocupó en quitarse alguna pieza de ropa. Simplemente disfrutaba sirviéndose de su amiga. A veces sólo degustaba el sabor de su carne entre sus labios. Absorbiendo con su lengua los rastros de sudor en su cuello. A veces, mezclando con su sabor el de la botella de vodka que los acompañó durante la noche.

La derramaba divertido sobre su cuerpo, para luego lamer el líquido con su lengua rugosa. La derramaba sobre sus labios cuando con crueldad la besaba. Mordiendo. A veces, incluso, dejaba que un poco del vodka bañara sus muñecas amoratadas, dejando correr el alcohol por sus brazos, para lamerlos también.

Abierta como estaba, el moreno y atractivo hombre mojó sus dedos con la bebida y, con ellos empapados, jugaba de nuevo con su vagina y ano. Haciéndola gemir de placer y dolor en un delicado y frágil equilibrio.

De esta manera continuó hasta que la excitación fue tal que la penetración ahora sólo podía ser totalmente carnal, con dos cuerpos juntos, enredados e indivisibles. Así que, dejó salir su pene del pantalón y, antes de empujarlo dentro de ella, la forzó a tomarlo en su boca. A beber ávidamente sus jugos mezclados con el líquido restante en la botella.

Él la probó con vodka y ella a él.

El acto fue simple. Un hombre sobre una mujer atada en un carro. Un pene inflamado en la vagina y la boca de una botella en el ano.

Llegaron al orgasmo con segundos de diferencia. Él satisfecho y ella rendida y sudorosa. Violentada pero complacida. Sometida pero entregada a la amalgama de sensaciones que el dolor y el placer le prodigaron a su cuerpo.

Agradecida. Agitada y nerviosa. Viendo cómo la luz del amanecer se colaba entre las rendijas del estacionamiento. Deseando, simplemente, que el minotauro no prendiera el motor y que su sonido rompiera la melodía de nuestras respiraciones entrecortadas.

Recobrando con hormigueos incesantes la sensación en mis manos, que no paraban de masturbarme para prolongar el placer de la violencia en mi cuerpo.