18 de diciembre de 2010

Lenora


Fue fácil llegar a ese punto.

Ya estaba excitada antes de abrir siquiera la puerta de la casa. El manoseo en el carro, camino al centro de la ciudad, ya había despertado su hambre. El paseo en el ascensor fue demasiado corto para su gusto: le hubiese gustado ver sus figuras reflejadas en el espejo de aluminio de la cabina durante más tiempo. Esa mano, varonil y rugosa metida debajo de su falda lucía más invasiva en el reflejo distorsionado del metal gastado.

Abrir las rejas y la pesada puerta de madera fue un proceso complicado si se tomaba en cuenta el hecho de que Lenora ya tenía las pantaletas húmedas por la insistencia de sus dedos en su vagina y que sus manos, a veces una, a veces la otra, casi siempre ambas, estaban distraídas jugueteando con su pene.

Ha de aclararse que hubo cierta confusion al dejar atrás la entrada al apartamento. Hubo ciertos besos y lamidas intermitentes en lugares poco ortodoxos -tanto del cuerpo como de la casa-. Finalmente, después de tumbar varios adornos, llegaron a su habitación, todavía con las paredes vestidas con carteles de ídolos adolescentes.

Le causó gracia a Lenora verse observada por los muertos ojos de papel pegados a la pared mientras él, su amor platónico, le comía el coño con desesperación. Un coño pequeñito en una boca enorme. Un coño joven en una boca vieja.

Los lamidos y mordiscos (y las eventuales "estiradas" de sus labios internos) le producían a la flaca postadolescente sensaciones efervescentes. Sentía en ráfagas cómo un corrientazo subía desde su ano, pasaba por su vagina, recorría su vientre y quemaba mientras moría ahogado en su garganta.

"Más", gemía la pelinegra, "más", gritaba mientras empujaba la cabeza cana y casi calva dentro de sí. "Más, por favor, más, ¡papi!", rogaba a la vez que el cincuentón la penetraba con su lengua y dedos.

El deseo del hombre crecía cuando la palabra "papi", morbosa y pecaminosa era pronunciada por la carajita.

Fue fácil llegar a ese punto en el cual, apoyada en sus manos y rodillas, como la perra que siempre fue, Lenora recibió desde atrás los embates del hombre arrodillado detrás de ella. Una, dos, tres..., varias nalgadas se marcaban en su piel blanca mientras el enorme miembro negro la apuñalaba.

A ratos se sentía una reina, a ratos una puta, pero lo que más le gustaba de estar en esa posición, con la cabeza estirada hacia atrás gracias a que el hombre jalaba su cabello como si montara una yegua salvaje, era que en ese momento, en ese lugar, era la dueña del macho cabrío que la jodía. Era ella quien mandaba y no él.

Era ella, allí, vulnerable y penetrada por pene por una cavidad y dedos por otra, la dueña del macho, la directora de la escena y la mejor actriz porno. "Así papi, así, por favor sigue, así" -gemía ya cansada, derrotada y complacida en lo más profundo Lenora-, "no pares... Dios... No... Por... Fav... Uuuuummmm...", alcanzó a decir antes del orgasmo.

"No pares... Dios... No... Por... Fav... Uuuuummmm...", alcanzó a decir antes de recibir el espeso néctar lechoso que se escapó de él en su boca. Gota a gota tragó el divino líquido.

"Viejo y cansado", describió Margaret a su papá, pero a Lenora simplemente le parecía interesante y reflexivo. "Interesante", se dijo a sí misma, "es cómo su cabello se enreda en mis manos". Se repetía una y otra vez, "interesante es que se haya fijado en mí".

Perversamente se felicitaba por haberle quitado, al fin, algo preciado a su mejor amiga, la pobre niña perfecta. "Que me tire a su papá es lo mínimo que me merezco", se decía mentalmente entre gemidos orales y estremecimientos físicos.