
Salimos cansados del cine. Encendemos un cigarro, yo de menta, tú sin filtro, y caminamos tomados de la mano sin sentirnos realmente la piel a través del cuero de los guantes. Los tuyos verdes, los míos negros. Maquinalmente nos paramos en las vitrinas y vemos las marquesinas del centro de Madrid.
Yo veo de reojo otros hombres, como sé que tú ves mujeres. Concentro mi mirada en la vitrina de dulces para no tener que ver tu rostro apagado, lleno de barba y cansado. Creo. No. Estoy segura de que no podría ocultar una mueca de desagrado si te viera.
Sin embargo, para evitar verte me veo a mí, dibujada en la escarcha que el invierno depositó sobre la ventana. Igual que tú: apagada y cansada. Tampoco puedo evitar una mueca de desagrado al verme. Ya no te quiero. Ya no nos quiero juntos.
Insistes en tomar café. ¡Puta madre! Con este frío y tú queriendo café. “Ca… fé…”, repito aburrida, más por tratar de apurar el paso a casa que por reflexionar si me lo tomo o no. “Café”, digo finalmente resignada. “Tomemos café”. Fuerzo una mueca. Apuro el paso. No me beses. No quiero besos románticos (según tú) bajo el capote negro de la ciudad. Ya te tomé de la mano. ¿No basta eso acaso?
Nos sentamos. Pides un cola-cao. Yo un espresso. Hablamos de la oficina. De los niños. De la crisis. Pero de ti y de mí no. Al parecer es tema tabú.
Mientras hablas vuelvo a ver mi reflejo (sólo que esta vez es a colores en la puerta del restaurant). La mujer que veo me devuelve una mirada muerta. Unos ojos azules ¿tristes?, ¿anhelantes?, ¿tímidos? Como quiera que sean no son lo que solían ser. Unos labios gruesos (pintados de rojo no sé por qué) se arrugan en mi cara triangular. La nariz respingona hace larga sombra sobre mi barbilla partida. Y mi pelo rubio (y lleno de canas) me “adorna” el cuello en un revoltijo desesperante de rizos y nieve.
Me acompaña un hombre atractivo a pesar de los años. De pelo gris (antes fue negro), ojos grandes y sonrisa sincera. Pero mal vestido, como siempre fue. Si bien me causaba gracia siendo joven, ya no es tan gracioso. Soy. Fui. Creo que sigo siendo hermosa. Atractiva más bien. (He ahí la razón por la cual mis, tus, nuestros hijos son hermosos).
Atractiva y aburrida.
Por más que busco en ese espejo (y en los que rodean el local) no logro ver a quiénes fuimos, sino a quienes nos tocó ser. Busco a dos jóvenes apasionados, tan embebidos el uno en el otro que no pueden dejar de tocarse, amarse y quererse. Tan alegres. Tan enamorados que estuvieron. Estuvimos.
Busco a la hembra calentorra que fui. La busco bajo los kilos extra. Bajo las arrugas. En sus ojos azules. La busco y no la encuentro. Trato entonces de encontrar a la mujer ingenua que se enamoró de su profesor de parches en la chaqueta. Por lo menos a ella para que el café no sea una tortura. Para que tu cigarrillo sin filtro no me asfixie. Para que la cuarentona aburrida sentada en esta mesa deje de sentir el impulso de huir de su vida. Para que la cuarentona aburrida que soy por lo menos aguante las náuseas esta noche de cine y café cuando quieras llevarme a la cama. Cuando me toque cumplir mis deberes conyugales. Cuando me toque representar, una vez más, el papel que por cobardía me niego a abandonar.
La busco a ella. Te busco a ti. O al que fuiste. Reviso desesperada todos los espejos. Todos los reflejos. Hasta en las cucharillas pulidas me busco. Te busco. La busco. Lo busco. Y sólo. Única y tristemente lo que veo es un descolorido retrato en sepia de quienes alguna vez fuimos.
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