
Cayó ruidosamente en la cerámica gastada. Desesperado rodeaba con sus manos gordas su casi inexistente cuello. Como un cerdo que recibe un golpe desangrante, el enorme hombre sudaba y se retorcía con dificultad sobre el piso verde. Los botones de su camisa estaban a punto de estallar por la fuerza de sus carnes, como a punto de estallar parecía su cara ya morada por la falta de aire.
Respiraba con dificultad. A cada bocanada agonizante sus ojos saltaban más de sus órbitas, su cara se ponía más oscura, su sudor era más profuso y maloliente y los estertores de la muerte en su pecho eran más crueles.
Luchaba por hablar. Levantaba la mano derecha hacia la niña como pidiendo ayuda, quizás perdón, pero seguramente aspaventando la manota para convencerla de darle el respirador. Allí, Lucía, desde la exagerada altura para su edad, lo miraba inmutable y sin embargo con una sonrisa maligna (quizás de alivio) en su carita mientras levantaba cruelmente el respirador sobre su cabeza, mucho más lejos aún del cerdo de su padre.
“¿Lo quieres?”, pensaba decirle aunque siempre se decidía por mirarlo fija y silenciosamente mientras perdía la vida.
“¿Lo quieres?”, le preguntó una vez él a ella, cuando tenía 10 años. “¿Lo quieres?”, le repitió mientras obligándola a sentarse en su regazo la penetraba incestuosamente. “Sí lo quieres”, le susurró a la cara con su aliento fétido a la vez que lamía de su carita sus lágrimas. “Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres.” Gemía frente a ella, combando su espalda y poniendo en blanco sus ojos. “Lo quieres y te lo daré”, concluyó al expulsar su semen sobre su vientre.
Asqueroso semen. Asqueroso sudor. Asqueroso padre.
Y sin embargo allí estaba, tres años después, pidiendo desesperado su respirador. El asma había sido mucho más agresivo los últimos meses, poco a poco lo fue debilitando, incluso las escasas ristras de cabello rubio en su redonda cabeza cayeron con más rapidez que antes.
Habían pasado varios años desde que los secos ojos castaños del hombre se veían tan abiertos. Tantas eran las carnes que tapaban su cara y arrugaban sus ojos hasta casi cerrarlos que incluso el color de ellos dejó de distinguirse entre los párpados sin pestañas. Hoy estaban abiertos, mirando suplicantes el respirador. Ya ni siquiera a la hija a quien ella adivinaba que veía fijamente como un lince vería a un conejo era vista en este momento. Ahora su vida era, el objeto de su deseo era, el respirador. Ese pequeño aparatito gris y azul que sostenía Lucía en sus manos largas.
Gloriosa y hermosa como nunca, Lucía levantaba el respirador lejos del cerdo. Su cabello caoba caía sobre sus hombros, su vientre plano respiraba al compás de su pecho creciente y sus ojos, abiertos de par en par hacia el techo de la cocina amarilla, veían de nuevo en colores.
Esos mismos ojos, del mismo color que los ojos del cerdo, ahora lo veían a punto de exhalar su último aliento. Un último respiro y todo habrá acabado. Aún así Lucía dobló lentamente su cuerpo al lado de la bestia, ya orinada por el susto de la muerte y el infierno que le esperaban, hasta arrodillarse. Esperó a que el animal la viera otra vez con los ojos pequeñitos y ya casi muertos. Acercó su pecosa cara a la de él y sonriendo abiertamente, mostrándole el respirador sin permitirle aún alcanzarlo, le preguntó: “¿lo quieres?”
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