23 de septiembre de 2010

El día del cerdo


Cayó ruidosamente en la cerámica gastada. Desesperado rodeaba con sus manos gordas su casi inexistente cuello. Como un cerdo que recibe un golpe desangrante, el enorme hombre sudaba y se retorcía con dificultad sobre el piso verde. Los botones de su camisa estaban a punto de estallar por la fuerza de sus carnes, como a punto de estallar parecía su cara ya morada por la falta de aire.
Respiraba con dificultad. A cada bocanada agonizante sus ojos saltaban más de sus órbitas, su cara se ponía más oscura, su sudor era más profuso y maloliente y los estertores de la muerte en su pecho eran más crueles.
Luchaba por hablar. Levantaba la mano derecha hacia la niña como pidiendo ayuda, quizás perdón, pero seguramente aspaventando la manota para convencerla de darle el respirador. Allí, Lucía, desde la exagerada altura para su edad, lo miraba inmutable y sin embargo con una sonrisa maligna (quizás de alivio) en su carita mientras levantaba cruelmente el respirador sobre su cabeza, mucho más lejos aún del cerdo de su padre.
“¿Lo quieres?”, pensaba decirle aunque siempre se decidía por mirarlo fija y silenciosamente mientras perdía la vida.
“¿Lo quieres?”, le preguntó una vez él a ella, cuando tenía 10 años. “¿Lo quieres?”, le repitió mientras obligándola a sentarse en su regazo la penetraba incestuosamente. “Sí lo quieres”, le susurró a la cara con su aliento fétido a la vez que lamía de su carita sus lágrimas. “Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres.” Gemía frente a ella, combando su espalda y poniendo en blanco sus ojos. “Lo quieres y te lo daré”, concluyó al expulsar su semen sobre su vientre.
Asqueroso semen. Asqueroso sudor. Asqueroso padre.
Y sin embargo allí estaba, tres años después, pidiendo desesperado su respirador. El asma había sido mucho más agresivo los últimos meses, poco a poco lo fue debilitando, incluso las escasas ristras de cabello rubio en su redonda cabeza cayeron con más rapidez que antes.
Habían pasado varios años desde que los secos ojos castaños del hombre se veían tan abiertos. Tantas eran las carnes que tapaban su cara y arrugaban sus ojos hasta casi cerrarlos que incluso el color de ellos dejó de distinguirse entre los párpados sin pestañas. Hoy estaban abiertos, mirando suplicantes el respirador. Ya ni siquiera a la hija a quien ella adivinaba que veía fijamente como un lince vería a un conejo era vista en este momento. Ahora su vida era, el objeto de su deseo era, el respirador. Ese pequeño aparatito gris y azul que sostenía Lucía en sus manos largas.
Gloriosa y hermosa como nunca, Lucía levantaba el respirador lejos del cerdo. Su cabello caoba caía sobre sus hombros, su vientre plano respiraba al compás de su pecho creciente y sus ojos, abiertos de par en par hacia el techo de la cocina amarilla, veían de nuevo en colores.
Esos mismos ojos, del mismo color que los ojos del cerdo, ahora lo veían a punto de exhalar su último aliento. Un último respiro y todo habrá acabado. Aún así Lucía dobló lentamente su cuerpo al lado de la bestia, ya orinada por el susto de la muerte y el infierno que le esperaban, hasta arrodillarse. Esperó a que el animal la viera otra vez con los ojos pequeñitos y ya casi muertos. Acercó su pecosa cara a la de él y sonriendo abiertamente, mostrándole el respirador sin permitirle aún alcanzarlo, le preguntó: “¿lo quieres?”

20 de septiembre de 2010

Retrato en sepia

Foto: RERC
Salimos cansados del cine. Encendemos un cigarro, yo de menta, tú sin filtro, y caminamos tomados de la mano sin sentirnos realmente la piel a través del cuero de los guantes. Los tuyos verdes, los míos negros. Maquinalmente nos paramos en las vitrinas y vemos las marquesinas del centro de Madrid.
Yo veo de reojo otros hombres, como sé que tú ves mujeres. Concentro mi mirada en la vitrina de dulces para no tener que ver tu rostro apagado, lleno de barba y cansado. Creo. No. Estoy segura de que no podría ocultar una mueca de desagrado si te viera.
Sin embargo, para evitar verte me veo a mí, dibujada en la escarcha que el invierno depositó sobre la ventana. Igual que tú: apagada y cansada. Tampoco puedo evitar una mueca de desagrado al verme. Ya no te quiero. Ya no nos quiero juntos.
Insistes en tomar café. ¡Puta madre! Con este frío y tú queriendo café. “Ca… fé…”, repito aburrida, más por tratar de apurar el paso a casa que por reflexionar si me lo tomo o no. “Café”, digo finalmente resignada. “Tomemos café”. Fuerzo una mueca. Apuro el paso. No me beses. No quiero besos románticos (según tú) bajo el capote negro de la ciudad. Ya te tomé de la mano. ¿No basta eso acaso?
Nos sentamos. Pides un cola-cao. Yo un espresso. Hablamos de la oficina. De los niños. De la crisis. Pero de ti y de mí no. Al parecer es tema tabú.
Mientras hablas vuelvo a ver mi reflejo (sólo que esta vez es a colores en la puerta del restaurant). La mujer que veo me devuelve una mirada muerta. Unos ojos azules ¿tristes?, ¿anhelantes?, ¿tímidos? Como quiera que sean no son lo que solían ser. Unos labios gruesos (pintados de rojo no sé por qué) se arrugan en mi cara triangular. La nariz respingona hace larga sombra sobre mi barbilla partida. Y mi pelo rubio (y lleno de canas) me “adorna” el cuello en un revoltijo desesperante de rizos y nieve.
Me acompaña un hombre atractivo a pesar de los años. De pelo gris (antes fue negro), ojos grandes y sonrisa sincera. Pero mal vestido, como siempre fue. Si bien me causaba gracia siendo joven, ya no es tan gracioso. Soy. Fui. Creo que sigo siendo hermosa. Atractiva más bien. (He ahí la razón por la cual mis, tus, nuestros hijos son hermosos).
Atractiva y aburrida.
Por más que busco en ese espejo (y en los que rodean el local) no logro ver a quiénes fuimos, sino a quienes nos tocó ser. Busco a dos jóvenes apasionados, tan embebidos el uno en el otro que no pueden dejar de tocarse, amarse y quererse. Tan alegres. Tan enamorados que estuvieron. Estuvimos.
Busco a la hembra calentorra que fui. La busco bajo los kilos extra. Bajo las arrugas. En sus ojos azules. La busco y no la encuentro. Trato entonces de encontrar a la mujer ingenua que se enamoró de su profesor de parches en la chaqueta. Por lo menos a ella para que el café no sea una tortura. Para que tu cigarrillo sin filtro no me asfixie. Para que la cuarentona aburrida sentada en esta mesa deje de sentir el impulso de huir de su vida. Para que la cuarentona aburrida que soy por lo menos aguante las náuseas esta noche de cine y café cuando quieras llevarme a la cama. Cuando me toque cumplir mis deberes conyugales. Cuando me toque representar, una vez más, el papel que por cobardía me niego a abandonar.
La busco a ella. Te busco a ti. O al que fuiste. Reviso desesperada todos los espejos. Todos los reflejos. Hasta en las cucharillas pulidas me busco. Te busco. La busco. Lo busco. Y sólo. Única y tristemente lo que veo es un descolorido retrato en sepia de quienes alguna vez fuimos.

17 de septiembre de 2010

Bella


"Dime que no es muy tarde", le pedí.
Y sin embargo sólo recibí como respuesta una mirada fría y ausente. Una mirada que ya ni siquiera deseaba despedirse de mí.
"Sí es tarde. Fue tarde hace mucho", respondió mi bella antes de cerrar la puerta tras sí.
Desolado no pude más que acercarme a la ventana para verla partir definitivamente. ¿Cuándo –me pregunto- todo se acabó? ¿En qué momento pude perderla?
Recuerdo aún vívidamente el día que hicimos el amor por primera vez. Fuimos educados el uno con el otro, jugamos un juego perfecto de reconocimiento. De olores y sabores. De fluidos y gemidos. Ella era flexible y yo joven. Ella audaz y yo entregado.
Me mordió. Le jalé el cabello. Lamió mi ser completo. Bebí de sus jugos. Me complació. La complací. Fue una perra. Y yo otro animal irreconocible.
Ya durante varios meses había yo alimentado mi amor hacia ella. Finalmente, ese día en la playa, sobre sábanas de colores, estuvimos juntos.
Ese día le dije “te amo”, tan clara y diáfanamente que expresarlo me quemaba el pecho. Se rió, abriendo su boca para dejarme ver sus desordenados dientes mientras echaba el largo cuello hacia atrás. La agitación de su risa hizo temblar su cuerpo, así que sus gloriosas y enormes tetas rosadas se agitaron también sobre mi cara.
Luego de reírse, aún a horcajadas en mi cuerpo, acercó su cara a la mía (dejando caer sus largos mechones negros sobre mi rostro y pecho), la tomó entre sus manos y me dijo, a milímetros de distancia, “no me amas, no puedes, son tus hormonas hablando…”. Pero sí la amaba. Aún la amo.
Rendida se desencajó de mi pene aún erecto, pasó sus piernas sobre mí y se acostó a mi lado, pegando su desnudo cuerpo al mío, tan cerca, tan caliente y tan sudado que no permitía que la excitación se ablandara, forzándome a penetrarla una vez más de costado. Y esta vez no fui tan gentil.
Borrosas son las palabras y los recuerdos de aquel día y sin embargo jamás olvidé los contornos de su cuerpo, mismos que dibujé una y otra vez en el aire siguiendo la línea de sus caderas y el defecto de sus proporciones. Miles de veces repetí el patrón de sus formas con mis manos, como si manuipulara una masa invisible.
La observé dormir la noche entera. Aprendí el ritmo de su respiración. El olor de su cuerpo. Las muecas de su rostro soñando. El largo exacto y la textura de su cabello. El tono de su piel. Las marcas de nacimiento. Sus lunares. Y sus cicatrices. La memoricé de tal manera que la tengo grabada a fuego, mientras ella hoy se va.
Soy capaz de tomar barro y modelarla a la perfección. Como soy capaz de matar por ella. O de parar de respirar sin ella. Soy capaz de muchas cosas pero tristemente no soy alguna cosa. Extraña ironía.
Mi bella se va. No sé si con otro. Pero se va sin mí.
Y lo único que atino a hacer, frente al viento invernal, es moldear en el aire su cuerpo perfecto. Ella se va y se va sin mí.
Ya es tarde. Lo fue hace mucho.