9 de junio de 2010

Farewell adiós


Nada es más doloroso que descubrir que estamos equivocados. Ver a alguien más, no solamente notar sino, señalar nuestros errores es una pesadilla. Voltaire dice que somos libres desde el momento en que deseamos serlo, pero ¿qué pasa si el deseo no queda en más que un deseo?, ¿si la realidad supera nuestros anhelos y, simplemente, la libertad pasa de lado? ¿Cómo vivir en la espera eterna de algo deseado pero jamás alcanzado?

Amar y no ser amada, he ahí, la verdadera e irreductible pérdida del deseo de libertad. No de la libertad, sino del deseo de ser libre. Morir en la mengua del desprecio nos ata, nos esclaviza, nos vuelve títeres de una nostalgia gratuita y venenosa.

Dejar atrás un amor es dejar atrás la vida, los sueños y la necesidad de depender de quien ya no quiere ser nuestra defensa. Basados entonces en falsos argumentos caminamos por la vida solos y solitarios, sintiéndonos vacíos de un amor que ya no nos corresponde.

Hasta que, sabio como es el tiempo, nuestro corazón se cura, nuestra alma se reverdece y de nuevo sentimos la necesidad de desperdiciar con otro el deseo de ser libre y la libertad recién adquirida. Sin embargo, mientras buscamos perder el impulso de hacer lo que se nos venga en gana, descubrimos que quien nos subyugaba, que quien se llevó nuestra libertad ya no es tan perfecto ni tan necesario como creíamos.

En resumen, con el tiempo me di cuenta de que al final ni siquiera la tenías grande.