22 de marzo de 2010

La caza


Las bestias corrían detrás de él, gritando y alzando en sus pequeñas manos largas y oscuras armas. Feroces mostraban sus diminutos dientes mientras arrugaban esos terribles rostros lampiños, algunos de ellos mostraban cierta sombra de barba en sus caras, estos, los más viejos, guiaban a los menores por la selva.

Sus gritos guturales lo perseguían a través de los arbustos, surcando los riachuelos, eran pequeños sí y no tan rápidos como él, y aún así la presa tenía la seguridad de que sus cazadores lo alcanzarían.

Pocos kilómetros después el tiempo le dio la razón. Montados en otras bestias de metal, que parecían tragárselos, lo esperaban en el claro de la selva. La hierba, rubia y seca del escampado se convirtió en una trampa mortal en la cual todas las pequeñas y muticolores bestias lo tomaron.

Lo apresaron bajo una red, lo hirieron con sus armas largas y lo arrastraron, herido y asustado a la jaula de una de las bestias de metal. Celebraban su victoria entonando agudos cánticos, -“ni siquiera de sus diminutos pechos sale la verdadera voz de un animal”, pensó mientras se dejaba llevar por la tristeza de la separación de su tribu.

Las bestias -los cazadores- compartían una bebida edulcorada, de insoportable horror, que parecía exaltar sus ánimos violentos, pues luego de cada trago lo golpeaban con sus carabinas, sobre todo en la cabeza, o con palos y sus débiles dos patas en el resto del cuerpo. Quizás, pensó la presa, este es su círculo de iniciación y yo he sido la víctima.

Este era el consuelo que se daba a sí mismo: un joven de la tribu de las bestias sin pelo estaba allí iniciándose para ser aceptado entre los bravos y él, abatido y adolorido, era simplemente la prueba superada.

Sin embargo, sabía que algo andaba mal pues no estaba siendo conducido hacia las cuevas de la tribu sino hacia el mar, el lejano y peligroso mar.

Cuando sintió los primeros lengüetazos del mar sobre sus patas, todas las cuatro, se sintió aliviado, pensó que quizás lo liberarían, que las feas y malolientes bestias sin pelo lo dejarían a su suerte para volver a casa con sus cachorros. Poco duró el alivio.

Uno de ellos, con pintas grises en su cabellera, prendó un frío y pesado collar en su pescuezo unido a cientos de círculos enredados el uno con el otro y sostenido al final por una bestia de piel más clara y ojos aún más malignos. –“Por lo menos estaré en una jaula más grande”, volvió a consolarse cuando vio el lugar en el que sería transportado, sobre el mar hacia algún lugar.

Y así pasaron los días mientras el león lloraba por su tierra perdida, por la tribu que ya no protegería y por la libertad que jamás volvería.

Las bestias sin pelo, pequeñas y peligrosas, le habían arrebatado la vida.

1 comentario:

El tipo dijo...

al comienzo del relato me confundi..pero vivi lo que fue la carrera salvaje en el texto...y al final pude ver como una fiera, queda doblegada por otra mas pequeña, pero mas..¿inteligente?... lo asocie con el planeta. que se destruye cada vez mas por una Criatura que no sabe agradecer todo lo que nos da!