24 de marzo de 2010

Pecado Original


El carpintero llegó extenuado a casa. El calor de la calle y las arenas del desierto quemaron esta vez su rostro con más saña que en otras ocasiones, el cuero de sus sandalias, calentado al extremo, ampolló sus pies y el aire seco de Nazareth agrietó sus finos labios dolorosamente.

Sin embargo llegar a casa de Simón era una bendición, allí bebería vino y comería uvas y pan mojado en aceite de oliva, siempre en compañía de sus discípulos, sus mujeres y el pueblo, último y único beneficiario de su verdad y vida.

Jesús, así lo llamaban, era ciertamente un hombre atractivo. De piel mucho más clara que el resto de sus contemporáneos, y con unos ojos claros que muchos aseveraban reflejaba las aguas del Jordán, su físico atraía a mujeres y hombres tanto o más que sus palabras. La mitología tejida alrededor del profeta poco reducía los deseos que despertaba en algunos.

A pesar de esto, el profeta mantenía puro su cuerpo, predicando con el ejemplo de todos los días lo que su verbo pregonaba: la pureza no sólo de alma sino física. Pero la tentación no dejaba escapar a nadie, ni siquiera a un autoproclamado hombre-dios. Y María Magdalena era su nombre.

María Magdalena, llamada “la impura”, no era lo que muchos definirían como una mujer hermosa, empero era un espécimen sensual y atractivo, cuyos ojos verdiazules -enmarcados en una piel tan oscura como el pecado y sobre un rostro coronado con rizos tan rojos como el fuego del infierno- llevaban a los hombres al abismo del arrebato carnal, alejándolos del cielo prometido.

La puta vivía en esa casa gracias a la misericordia del galileo quien la salvó de morir apedreada y deforme bajo la rabia de los judíos, tan pecadores todos como ella misma. Consciente del agradecimiento infinito que sentía y debía prodigarle a este ángel encarnado Magdalena lo recibía siempre con óleos y perfumes, disueltos en un cuenco de arcilla lleno de agua limpia, para limpiar las heridas que el sol hacía en su piel y aliviar el calor del desierto, el cansancio de la prédica.

Cada vez que se iniciaba este ritual Jesús disfrutaba, con un delicioso apretón en su bajo vientre, de las atenciones de la mujer, tan rellena que a veces sus carnes curtidas saltaban rebeldes dentro del velo y las batas. El movimiento sensual de los senos de Magdalena, acompasados con los lentos toques de sus largas manos, emocionaban a Jesús, quien no podía (ni quería) dejar de verlos.

Sus manos largas, expertas y cariñosas restregaban sus agotados pies y piernas, mientras el hermoso canto de su voz le dedicaba canciones de alabanza. El cabello brillante de la sierva caía en mechones fuera del velo obligatorio, proveyendo de una caricia extra las piernas del semidios, excitado sobre su silla.

Sin querer evitar lo siguiente, Jesús tomó en sus manos el rostro de Magdalena, lo acercó al suyo y con una mano arregló los rebeldes cabellos. La cercanía con ella, el hipnotizante olor de piel oscura y los ojos suplicantes fueron una epifanía de lo que sucedería, un inicio al pecado.

Era Dios encarnado, sí, pero en definitiva era un dios en piel de hombre, con sus debilidades y el pecado original corriendo por sus venas.

22 de marzo de 2010

La caza


Las bestias corrían detrás de él, gritando y alzando en sus pequeñas manos largas y oscuras armas. Feroces mostraban sus diminutos dientes mientras arrugaban esos terribles rostros lampiños, algunos de ellos mostraban cierta sombra de barba en sus caras, estos, los más viejos, guiaban a los menores por la selva.

Sus gritos guturales lo perseguían a través de los arbustos, surcando los riachuelos, eran pequeños sí y no tan rápidos como él, y aún así la presa tenía la seguridad de que sus cazadores lo alcanzarían.

Pocos kilómetros después el tiempo le dio la razón. Montados en otras bestias de metal, que parecían tragárselos, lo esperaban en el claro de la selva. La hierba, rubia y seca del escampado se convirtió en una trampa mortal en la cual todas las pequeñas y muticolores bestias lo tomaron.

Lo apresaron bajo una red, lo hirieron con sus armas largas y lo arrastraron, herido y asustado a la jaula de una de las bestias de metal. Celebraban su victoria entonando agudos cánticos, -“ni siquiera de sus diminutos pechos sale la verdadera voz de un animal”, pensó mientras se dejaba llevar por la tristeza de la separación de su tribu.

Las bestias -los cazadores- compartían una bebida edulcorada, de insoportable horror, que parecía exaltar sus ánimos violentos, pues luego de cada trago lo golpeaban con sus carabinas, sobre todo en la cabeza, o con palos y sus débiles dos patas en el resto del cuerpo. Quizás, pensó la presa, este es su círculo de iniciación y yo he sido la víctima.

Este era el consuelo que se daba a sí mismo: un joven de la tribu de las bestias sin pelo estaba allí iniciándose para ser aceptado entre los bravos y él, abatido y adolorido, era simplemente la prueba superada.

Sin embargo, sabía que algo andaba mal pues no estaba siendo conducido hacia las cuevas de la tribu sino hacia el mar, el lejano y peligroso mar.

Cuando sintió los primeros lengüetazos del mar sobre sus patas, todas las cuatro, se sintió aliviado, pensó que quizás lo liberarían, que las feas y malolientes bestias sin pelo lo dejarían a su suerte para volver a casa con sus cachorros. Poco duró el alivio.

Uno de ellos, con pintas grises en su cabellera, prendó un frío y pesado collar en su pescuezo unido a cientos de círculos enredados el uno con el otro y sostenido al final por una bestia de piel más clara y ojos aún más malignos. –“Por lo menos estaré en una jaula más grande”, volvió a consolarse cuando vio el lugar en el que sería transportado, sobre el mar hacia algún lugar.

Y así pasaron los días mientras el león lloraba por su tierra perdida, por la tribu que ya no protegería y por la libertad que jamás volvería.

Las bestias sin pelo, pequeñas y peligrosas, le habían arrebatado la vida.

10 de marzo de 2010

Caída libre


Su vida empezó cuando la temperatura empezó a bajar. Poco a poco sus brazos empezaron a crecer con simetría y equidistancia del grano de arena sobre el cual decidió la naturaleza que él debería vivir.

Pasaron quizás doce semanas desde el momento en que inició su crecimiento hasta el momento en que fue liberado al mundo. Sus hermanos crecían en belleza igual que él. Pero la forma hexagonal de su cuerpo, sus ocho delgados y largos brazos más el brillo prístino que lo atravesaba lo hacían, entre ellos, uno de los más atractivos.

Con el tiempo, y conforme bajaba la temperatura, la solidez se fue apropiando de su cuerpo, haciéndolo inmutable y fuerte, preparándolo para la lluvia. Lo que más disfrutaba de su anatomía eran los millones de fragmentos en los cuales se refractaba la luz al atravesarlo, era quizás una sinfonía de color.

Cuando el copo de nieve notó que su cuerpo empezaba a pesar tanto que estaba a punto de caer se despidió de sus hermanos, todos distintos entre ellos, alzó sus brazos, pulió sus cristales de hielo, aguantó el aliento y se dispuso a caer junto a millones como él.

Transversalmente.

Poco a poco a la tierra, bañándola de blanco.