18 de diciembre de 2010

Lenora


Fue fácil llegar a ese punto.

Ya estaba excitada antes de abrir siquiera la puerta de la casa. El manoseo en el carro, camino al centro de la ciudad, ya había despertado su hambre. El paseo en el ascensor fue demasiado corto para su gusto: le hubiese gustado ver sus figuras reflejadas en el espejo de aluminio de la cabina durante más tiempo. Esa mano, varonil y rugosa metida debajo de su falda lucía más invasiva en el reflejo distorsionado del metal gastado.

Abrir las rejas y la pesada puerta de madera fue un proceso complicado si se tomaba en cuenta el hecho de que Lenora ya tenía las pantaletas húmedas por la insistencia de sus dedos en su vagina y que sus manos, a veces una, a veces la otra, casi siempre ambas, estaban distraídas jugueteando con su pene.

Ha de aclararse que hubo cierta confusion al dejar atrás la entrada al apartamento. Hubo ciertos besos y lamidas intermitentes en lugares poco ortodoxos -tanto del cuerpo como de la casa-. Finalmente, después de tumbar varios adornos, llegaron a su habitación, todavía con las paredes vestidas con carteles de ídolos adolescentes.

Le causó gracia a Lenora verse observada por los muertos ojos de papel pegados a la pared mientras él, su amor platónico, le comía el coño con desesperación. Un coño pequeñito en una boca enorme. Un coño joven en una boca vieja.

Los lamidos y mordiscos (y las eventuales "estiradas" de sus labios internos) le producían a la flaca postadolescente sensaciones efervescentes. Sentía en ráfagas cómo un corrientazo subía desde su ano, pasaba por su vagina, recorría su vientre y quemaba mientras moría ahogado en su garganta.

"Más", gemía la pelinegra, "más", gritaba mientras empujaba la cabeza cana y casi calva dentro de sí. "Más, por favor, más, ¡papi!", rogaba a la vez que el cincuentón la penetraba con su lengua y dedos.

El deseo del hombre crecía cuando la palabra "papi", morbosa y pecaminosa era pronunciada por la carajita.

Fue fácil llegar a ese punto en el cual, apoyada en sus manos y rodillas, como la perra que siempre fue, Lenora recibió desde atrás los embates del hombre arrodillado detrás de ella. Una, dos, tres..., varias nalgadas se marcaban en su piel blanca mientras el enorme miembro negro la apuñalaba.

A ratos se sentía una reina, a ratos una puta, pero lo que más le gustaba de estar en esa posición, con la cabeza estirada hacia atrás gracias a que el hombre jalaba su cabello como si montara una yegua salvaje, era que en ese momento, en ese lugar, era la dueña del macho cabrío que la jodía. Era ella quien mandaba y no él.

Era ella, allí, vulnerable y penetrada por pene por una cavidad y dedos por otra, la dueña del macho, la directora de la escena y la mejor actriz porno. "Así papi, así, por favor sigue, así" -gemía ya cansada, derrotada y complacida en lo más profundo Lenora-, "no pares... Dios... No... Por... Fav... Uuuuummmm...", alcanzó a decir antes del orgasmo.

"No pares... Dios... No... Por... Fav... Uuuuummmm...", alcanzó a decir antes de recibir el espeso néctar lechoso que se escapó de él en su boca. Gota a gota tragó el divino líquido.

"Viejo y cansado", describió Margaret a su papá, pero a Lenora simplemente le parecía interesante y reflexivo. "Interesante", se dijo a sí misma, "es cómo su cabello se enreda en mis manos". Se repetía una y otra vez, "interesante es que se haya fijado en mí".

Perversamente se felicitaba por haberle quitado, al fin, algo preciado a su mejor amiga, la pobre niña perfecta. "Que me tire a su papá es lo mínimo que me merezco", se decía mentalmente entre gemidos orales y estremecimientos físicos.

23 de septiembre de 2010

El día del cerdo


Cayó ruidosamente en la cerámica gastada. Desesperado rodeaba con sus manos gordas su casi inexistente cuello. Como un cerdo que recibe un golpe desangrante, el enorme hombre sudaba y se retorcía con dificultad sobre el piso verde. Los botones de su camisa estaban a punto de estallar por la fuerza de sus carnes, como a punto de estallar parecía su cara ya morada por la falta de aire.
Respiraba con dificultad. A cada bocanada agonizante sus ojos saltaban más de sus órbitas, su cara se ponía más oscura, su sudor era más profuso y maloliente y los estertores de la muerte en su pecho eran más crueles.
Luchaba por hablar. Levantaba la mano derecha hacia la niña como pidiendo ayuda, quizás perdón, pero seguramente aspaventando la manota para convencerla de darle el respirador. Allí, Lucía, desde la exagerada altura para su edad, lo miraba inmutable y sin embargo con una sonrisa maligna (quizás de alivio) en su carita mientras levantaba cruelmente el respirador sobre su cabeza, mucho más lejos aún del cerdo de su padre.
“¿Lo quieres?”, pensaba decirle aunque siempre se decidía por mirarlo fija y silenciosamente mientras perdía la vida.
“¿Lo quieres?”, le preguntó una vez él a ella, cuando tenía 10 años. “¿Lo quieres?”, le repitió mientras obligándola a sentarse en su regazo la penetraba incestuosamente. “Sí lo quieres”, le susurró a la cara con su aliento fétido a la vez que lamía de su carita sus lágrimas. “Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres. Sí lo quieres.” Gemía frente a ella, combando su espalda y poniendo en blanco sus ojos. “Lo quieres y te lo daré”, concluyó al expulsar su semen sobre su vientre.
Asqueroso semen. Asqueroso sudor. Asqueroso padre.
Y sin embargo allí estaba, tres años después, pidiendo desesperado su respirador. El asma había sido mucho más agresivo los últimos meses, poco a poco lo fue debilitando, incluso las escasas ristras de cabello rubio en su redonda cabeza cayeron con más rapidez que antes.
Habían pasado varios años desde que los secos ojos castaños del hombre se veían tan abiertos. Tantas eran las carnes que tapaban su cara y arrugaban sus ojos hasta casi cerrarlos que incluso el color de ellos dejó de distinguirse entre los párpados sin pestañas. Hoy estaban abiertos, mirando suplicantes el respirador. Ya ni siquiera a la hija a quien ella adivinaba que veía fijamente como un lince vería a un conejo era vista en este momento. Ahora su vida era, el objeto de su deseo era, el respirador. Ese pequeño aparatito gris y azul que sostenía Lucía en sus manos largas.
Gloriosa y hermosa como nunca, Lucía levantaba el respirador lejos del cerdo. Su cabello caoba caía sobre sus hombros, su vientre plano respiraba al compás de su pecho creciente y sus ojos, abiertos de par en par hacia el techo de la cocina amarilla, veían de nuevo en colores.
Esos mismos ojos, del mismo color que los ojos del cerdo, ahora lo veían a punto de exhalar su último aliento. Un último respiro y todo habrá acabado. Aún así Lucía dobló lentamente su cuerpo al lado de la bestia, ya orinada por el susto de la muerte y el infierno que le esperaban, hasta arrodillarse. Esperó a que el animal la viera otra vez con los ojos pequeñitos y ya casi muertos. Acercó su pecosa cara a la de él y sonriendo abiertamente, mostrándole el respirador sin permitirle aún alcanzarlo, le preguntó: “¿lo quieres?”

20 de septiembre de 2010

Retrato en sepia

Foto: RERC
Salimos cansados del cine. Encendemos un cigarro, yo de menta, tú sin filtro, y caminamos tomados de la mano sin sentirnos realmente la piel a través del cuero de los guantes. Los tuyos verdes, los míos negros. Maquinalmente nos paramos en las vitrinas y vemos las marquesinas del centro de Madrid.
Yo veo de reojo otros hombres, como sé que tú ves mujeres. Concentro mi mirada en la vitrina de dulces para no tener que ver tu rostro apagado, lleno de barba y cansado. Creo. No. Estoy segura de que no podría ocultar una mueca de desagrado si te viera.
Sin embargo, para evitar verte me veo a mí, dibujada en la escarcha que el invierno depositó sobre la ventana. Igual que tú: apagada y cansada. Tampoco puedo evitar una mueca de desagrado al verme. Ya no te quiero. Ya no nos quiero juntos.
Insistes en tomar café. ¡Puta madre! Con este frío y tú queriendo café. “Ca… fé…”, repito aburrida, más por tratar de apurar el paso a casa que por reflexionar si me lo tomo o no. “Café”, digo finalmente resignada. “Tomemos café”. Fuerzo una mueca. Apuro el paso. No me beses. No quiero besos románticos (según tú) bajo el capote negro de la ciudad. Ya te tomé de la mano. ¿No basta eso acaso?
Nos sentamos. Pides un cola-cao. Yo un espresso. Hablamos de la oficina. De los niños. De la crisis. Pero de ti y de mí no. Al parecer es tema tabú.
Mientras hablas vuelvo a ver mi reflejo (sólo que esta vez es a colores en la puerta del restaurant). La mujer que veo me devuelve una mirada muerta. Unos ojos azules ¿tristes?, ¿anhelantes?, ¿tímidos? Como quiera que sean no son lo que solían ser. Unos labios gruesos (pintados de rojo no sé por qué) se arrugan en mi cara triangular. La nariz respingona hace larga sombra sobre mi barbilla partida. Y mi pelo rubio (y lleno de canas) me “adorna” el cuello en un revoltijo desesperante de rizos y nieve.
Me acompaña un hombre atractivo a pesar de los años. De pelo gris (antes fue negro), ojos grandes y sonrisa sincera. Pero mal vestido, como siempre fue. Si bien me causaba gracia siendo joven, ya no es tan gracioso. Soy. Fui. Creo que sigo siendo hermosa. Atractiva más bien. (He ahí la razón por la cual mis, tus, nuestros hijos son hermosos).
Atractiva y aburrida.
Por más que busco en ese espejo (y en los que rodean el local) no logro ver a quiénes fuimos, sino a quienes nos tocó ser. Busco a dos jóvenes apasionados, tan embebidos el uno en el otro que no pueden dejar de tocarse, amarse y quererse. Tan alegres. Tan enamorados que estuvieron. Estuvimos.
Busco a la hembra calentorra que fui. La busco bajo los kilos extra. Bajo las arrugas. En sus ojos azules. La busco y no la encuentro. Trato entonces de encontrar a la mujer ingenua que se enamoró de su profesor de parches en la chaqueta. Por lo menos a ella para que el café no sea una tortura. Para que tu cigarrillo sin filtro no me asfixie. Para que la cuarentona aburrida sentada en esta mesa deje de sentir el impulso de huir de su vida. Para que la cuarentona aburrida que soy por lo menos aguante las náuseas esta noche de cine y café cuando quieras llevarme a la cama. Cuando me toque cumplir mis deberes conyugales. Cuando me toque representar, una vez más, el papel que por cobardía me niego a abandonar.
La busco a ella. Te busco a ti. O al que fuiste. Reviso desesperada todos los espejos. Todos los reflejos. Hasta en las cucharillas pulidas me busco. Te busco. La busco. Lo busco. Y sólo. Única y tristemente lo que veo es un descolorido retrato en sepia de quienes alguna vez fuimos.

17 de septiembre de 2010

Bella


"Dime que no es muy tarde", le pedí.
Y sin embargo sólo recibí como respuesta una mirada fría y ausente. Una mirada que ya ni siquiera deseaba despedirse de mí.
"Sí es tarde. Fue tarde hace mucho", respondió mi bella antes de cerrar la puerta tras sí.
Desolado no pude más que acercarme a la ventana para verla partir definitivamente. ¿Cuándo –me pregunto- todo se acabó? ¿En qué momento pude perderla?
Recuerdo aún vívidamente el día que hicimos el amor por primera vez. Fuimos educados el uno con el otro, jugamos un juego perfecto de reconocimiento. De olores y sabores. De fluidos y gemidos. Ella era flexible y yo joven. Ella audaz y yo entregado.
Me mordió. Le jalé el cabello. Lamió mi ser completo. Bebí de sus jugos. Me complació. La complací. Fue una perra. Y yo otro animal irreconocible.
Ya durante varios meses había yo alimentado mi amor hacia ella. Finalmente, ese día en la playa, sobre sábanas de colores, estuvimos juntos.
Ese día le dije “te amo”, tan clara y diáfanamente que expresarlo me quemaba el pecho. Se rió, abriendo su boca para dejarme ver sus desordenados dientes mientras echaba el largo cuello hacia atrás. La agitación de su risa hizo temblar su cuerpo, así que sus gloriosas y enormes tetas rosadas se agitaron también sobre mi cara.
Luego de reírse, aún a horcajadas en mi cuerpo, acercó su cara a la mía (dejando caer sus largos mechones negros sobre mi rostro y pecho), la tomó entre sus manos y me dijo, a milímetros de distancia, “no me amas, no puedes, son tus hormonas hablando…”. Pero sí la amaba. Aún la amo.
Rendida se desencajó de mi pene aún erecto, pasó sus piernas sobre mí y se acostó a mi lado, pegando su desnudo cuerpo al mío, tan cerca, tan caliente y tan sudado que no permitía que la excitación se ablandara, forzándome a penetrarla una vez más de costado. Y esta vez no fui tan gentil.
Borrosas son las palabras y los recuerdos de aquel día y sin embargo jamás olvidé los contornos de su cuerpo, mismos que dibujé una y otra vez en el aire siguiendo la línea de sus caderas y el defecto de sus proporciones. Miles de veces repetí el patrón de sus formas con mis manos, como si manuipulara una masa invisible.
La observé dormir la noche entera. Aprendí el ritmo de su respiración. El olor de su cuerpo. Las muecas de su rostro soñando. El largo exacto y la textura de su cabello. El tono de su piel. Las marcas de nacimiento. Sus lunares. Y sus cicatrices. La memoricé de tal manera que la tengo grabada a fuego, mientras ella hoy se va.
Soy capaz de tomar barro y modelarla a la perfección. Como soy capaz de matar por ella. O de parar de respirar sin ella. Soy capaz de muchas cosas pero tristemente no soy alguna cosa. Extraña ironía.
Mi bella se va. No sé si con otro. Pero se va sin mí.
Y lo único que atino a hacer, frente al viento invernal, es moldear en el aire su cuerpo perfecto. Ella se va y se va sin mí.
Ya es tarde. Lo fue hace mucho.

9 de junio de 2010

Farewell adiós


Nada es más doloroso que descubrir que estamos equivocados. Ver a alguien más, no solamente notar sino, señalar nuestros errores es una pesadilla. Voltaire dice que somos libres desde el momento en que deseamos serlo, pero ¿qué pasa si el deseo no queda en más que un deseo?, ¿si la realidad supera nuestros anhelos y, simplemente, la libertad pasa de lado? ¿Cómo vivir en la espera eterna de algo deseado pero jamás alcanzado?

Amar y no ser amada, he ahí, la verdadera e irreductible pérdida del deseo de libertad. No de la libertad, sino del deseo de ser libre. Morir en la mengua del desprecio nos ata, nos esclaviza, nos vuelve títeres de una nostalgia gratuita y venenosa.

Dejar atrás un amor es dejar atrás la vida, los sueños y la necesidad de depender de quien ya no quiere ser nuestra defensa. Basados entonces en falsos argumentos caminamos por la vida solos y solitarios, sintiéndonos vacíos de un amor que ya no nos corresponde.

Hasta que, sabio como es el tiempo, nuestro corazón se cura, nuestra alma se reverdece y de nuevo sentimos la necesidad de desperdiciar con otro el deseo de ser libre y la libertad recién adquirida. Sin embargo, mientras buscamos perder el impulso de hacer lo que se nos venga en gana, descubrimos que quien nos subyugaba, que quien se llevó nuestra libertad ya no es tan perfecto ni tan necesario como creíamos.

En resumen, con el tiempo me di cuenta de que al final ni siquiera la tenías grande.

24 de mayo de 2010

Atrás


Se llevó sus libros, sus lentes y sus corbatas. Se llevó sus fotos, su cámara fotográfica y su guitarra. Aún están sobre la mesa las manchas de donde ponía su vaso de ron. Aún se ven sobre la mesa las marcas de donde estaban sus escritos: el polvo aún no las ha tapado completamente. Se llevó también al gato, sus lentes para 3D y sus películas. Dejó el afiche de Scarface roto sobre la mesa. Dejó también su anillo de matrimonio. La persiana a medio cerrar deja pasar un triste rayo de amanecer. El polvo flota ante mí, el haz de luz se refleja en la caoba y rebota en los muebles de cuero gastado y entre las paredes amarillas. Se llevó sus discos de jazz, pero dejó los de blues. Se llevó su sonrisa y su amargura. Se llevó su cabello canoso pero me dejó a mí. Olvidada a media noche. Abandonada. Esperando su regreso.

14 de abril de 2010

Powerslave


¿Sabes cuál canción es esa?, le pregunté mientras la veía acercarse al equipo de sonido para subirle el máximo del volumen a los altavoces. -Powerslave, respondió sin siquiera volverse a mí, Powerslave de Iron Maiden, añadió en voz baja.
¿Sabes?, a veces estando desnuda (como ahora) escucho a Maiden e imagino que Bruce me hace el amor, así, lento, como tú, me dijo.
Parada ante mí estaba mi diosa, una hermosa nena de carne y hueso, con algo de grasa sobre las caderas y varios tatuajes sobre su cuerpo, uno de ellos una serpiente demoníaca que corría desde su hombro derecho hasta su vientre redondo. Entre mi cama y mi guitarra bailaba al son de Powerslave, extrañamente seductora tomando en cuenta la canción que sonaba tras ella.
Why can’t live on?, when the Life Giver dies, all around is laid waste decía el coro a la vez que movía sus caderas al compás de la batería, and in my last hour I’m slave to the power of death, decía el coro a la vez que batía su largo cabello azul a la luz de la luna, when I was living this lie fear was my game, people would worship and fall, gritaba Dickinson mientras Eva simulaba masturbarse con el bajo de Steve Harris.
Ella simulaba una masturbación on air guitar y yo me masturbaba frente a ella, viéndola bailar, viéndola acariciarse, viendo cómo su cuerpo se estremecía en violentos espasmos provocados por el heavy metal tal vez, provocados por su propia mano tal vez. Sus tetas bailaban, su serpiente movía la cola, su lengua lamía sus labios. Yo me masturbaba.
Eva, lanzando al fin su mirada sobre mí, se acercó leonina para con su boca sustituir mi mano sobre mi pene, para así seguir con el ritmo trepidante de la pieza en su lengua. La cabeza bajaba y subía según indicaban los acordes de la canción, los hombros sincronizados con las voces del coro, Dickinson gritando en mi oído but open the gates of my hell, I’ll strike from the grave. Eva llevándome al borde del cielo mismo.
Súbitamente mi chica paró para seguir bailando entre mi guitarra y yo, simulando tener una en sus manos, cerraba los ojos tal vez para imaginarse ante un público, sobre un escenario o entregándose a la lujuria de la música con miles de desconocidos, arrobados como ella por el ritmo pesado del metal.
When the Life Giver dies all around is laid waste and in my last hour I’m slave to the power of death gemía Eva sobre mis piernas, mientras con su cadera me elevaba al paraíso al ritmo de Powerslave.
Hell yeah!

24 de marzo de 2010

Pecado Original


El carpintero llegó extenuado a casa. El calor de la calle y las arenas del desierto quemaron esta vez su rostro con más saña que en otras ocasiones, el cuero de sus sandalias, calentado al extremo, ampolló sus pies y el aire seco de Nazareth agrietó sus finos labios dolorosamente.

Sin embargo llegar a casa de Simón era una bendición, allí bebería vino y comería uvas y pan mojado en aceite de oliva, siempre en compañía de sus discípulos, sus mujeres y el pueblo, último y único beneficiario de su verdad y vida.

Jesús, así lo llamaban, era ciertamente un hombre atractivo. De piel mucho más clara que el resto de sus contemporáneos, y con unos ojos claros que muchos aseveraban reflejaba las aguas del Jordán, su físico atraía a mujeres y hombres tanto o más que sus palabras. La mitología tejida alrededor del profeta poco reducía los deseos que despertaba en algunos.

A pesar de esto, el profeta mantenía puro su cuerpo, predicando con el ejemplo de todos los días lo que su verbo pregonaba: la pureza no sólo de alma sino física. Pero la tentación no dejaba escapar a nadie, ni siquiera a un autoproclamado hombre-dios. Y María Magdalena era su nombre.

María Magdalena, llamada “la impura”, no era lo que muchos definirían como una mujer hermosa, empero era un espécimen sensual y atractivo, cuyos ojos verdiazules -enmarcados en una piel tan oscura como el pecado y sobre un rostro coronado con rizos tan rojos como el fuego del infierno- llevaban a los hombres al abismo del arrebato carnal, alejándolos del cielo prometido.

La puta vivía en esa casa gracias a la misericordia del galileo quien la salvó de morir apedreada y deforme bajo la rabia de los judíos, tan pecadores todos como ella misma. Consciente del agradecimiento infinito que sentía y debía prodigarle a este ángel encarnado Magdalena lo recibía siempre con óleos y perfumes, disueltos en un cuenco de arcilla lleno de agua limpia, para limpiar las heridas que el sol hacía en su piel y aliviar el calor del desierto, el cansancio de la prédica.

Cada vez que se iniciaba este ritual Jesús disfrutaba, con un delicioso apretón en su bajo vientre, de las atenciones de la mujer, tan rellena que a veces sus carnes curtidas saltaban rebeldes dentro del velo y las batas. El movimiento sensual de los senos de Magdalena, acompasados con los lentos toques de sus largas manos, emocionaban a Jesús, quien no podía (ni quería) dejar de verlos.

Sus manos largas, expertas y cariñosas restregaban sus agotados pies y piernas, mientras el hermoso canto de su voz le dedicaba canciones de alabanza. El cabello brillante de la sierva caía en mechones fuera del velo obligatorio, proveyendo de una caricia extra las piernas del semidios, excitado sobre su silla.

Sin querer evitar lo siguiente, Jesús tomó en sus manos el rostro de Magdalena, lo acercó al suyo y con una mano arregló los rebeldes cabellos. La cercanía con ella, el hipnotizante olor de piel oscura y los ojos suplicantes fueron una epifanía de lo que sucedería, un inicio al pecado.

Era Dios encarnado, sí, pero en definitiva era un dios en piel de hombre, con sus debilidades y el pecado original corriendo por sus venas.

22 de marzo de 2010

La caza


Las bestias corrían detrás de él, gritando y alzando en sus pequeñas manos largas y oscuras armas. Feroces mostraban sus diminutos dientes mientras arrugaban esos terribles rostros lampiños, algunos de ellos mostraban cierta sombra de barba en sus caras, estos, los más viejos, guiaban a los menores por la selva.

Sus gritos guturales lo perseguían a través de los arbustos, surcando los riachuelos, eran pequeños sí y no tan rápidos como él, y aún así la presa tenía la seguridad de que sus cazadores lo alcanzarían.

Pocos kilómetros después el tiempo le dio la razón. Montados en otras bestias de metal, que parecían tragárselos, lo esperaban en el claro de la selva. La hierba, rubia y seca del escampado se convirtió en una trampa mortal en la cual todas las pequeñas y muticolores bestias lo tomaron.

Lo apresaron bajo una red, lo hirieron con sus armas largas y lo arrastraron, herido y asustado a la jaula de una de las bestias de metal. Celebraban su victoria entonando agudos cánticos, -“ni siquiera de sus diminutos pechos sale la verdadera voz de un animal”, pensó mientras se dejaba llevar por la tristeza de la separación de su tribu.

Las bestias -los cazadores- compartían una bebida edulcorada, de insoportable horror, que parecía exaltar sus ánimos violentos, pues luego de cada trago lo golpeaban con sus carabinas, sobre todo en la cabeza, o con palos y sus débiles dos patas en el resto del cuerpo. Quizás, pensó la presa, este es su círculo de iniciación y yo he sido la víctima.

Este era el consuelo que se daba a sí mismo: un joven de la tribu de las bestias sin pelo estaba allí iniciándose para ser aceptado entre los bravos y él, abatido y adolorido, era simplemente la prueba superada.

Sin embargo, sabía que algo andaba mal pues no estaba siendo conducido hacia las cuevas de la tribu sino hacia el mar, el lejano y peligroso mar.

Cuando sintió los primeros lengüetazos del mar sobre sus patas, todas las cuatro, se sintió aliviado, pensó que quizás lo liberarían, que las feas y malolientes bestias sin pelo lo dejarían a su suerte para volver a casa con sus cachorros. Poco duró el alivio.

Uno de ellos, con pintas grises en su cabellera, prendó un frío y pesado collar en su pescuezo unido a cientos de círculos enredados el uno con el otro y sostenido al final por una bestia de piel más clara y ojos aún más malignos. –“Por lo menos estaré en una jaula más grande”, volvió a consolarse cuando vio el lugar en el que sería transportado, sobre el mar hacia algún lugar.

Y así pasaron los días mientras el león lloraba por su tierra perdida, por la tribu que ya no protegería y por la libertad que jamás volvería.

Las bestias sin pelo, pequeñas y peligrosas, le habían arrebatado la vida.

10 de marzo de 2010

Caída libre


Su vida empezó cuando la temperatura empezó a bajar. Poco a poco sus brazos empezaron a crecer con simetría y equidistancia del grano de arena sobre el cual decidió la naturaleza que él debería vivir.

Pasaron quizás doce semanas desde el momento en que inició su crecimiento hasta el momento en que fue liberado al mundo. Sus hermanos crecían en belleza igual que él. Pero la forma hexagonal de su cuerpo, sus ocho delgados y largos brazos más el brillo prístino que lo atravesaba lo hacían, entre ellos, uno de los más atractivos.

Con el tiempo, y conforme bajaba la temperatura, la solidez se fue apropiando de su cuerpo, haciéndolo inmutable y fuerte, preparándolo para la lluvia. Lo que más disfrutaba de su anatomía eran los millones de fragmentos en los cuales se refractaba la luz al atravesarlo, era quizás una sinfonía de color.

Cuando el copo de nieve notó que su cuerpo empezaba a pesar tanto que estaba a punto de caer se despidió de sus hermanos, todos distintos entre ellos, alzó sus brazos, pulió sus cristales de hielo, aguantó el aliento y se dispuso a caer junto a millones como él.

Transversalmente.

Poco a poco a la tierra, bañándola de blanco.