31 de agosto de 2009

Minicuentos en serie


El pecado de la carne

Cuenta la historia que Abenazur el Mago se enamoró de un joven, heredero al trono de su rey, hace muchos años. Consciente del pecado que cometía el gran hechicero renunció a su puesto de honor en la guardia del monarca, buscando alejarse de su tentación. Sin embargo, Abenazur de noche era acosado por los espíritus del bosque, quienes deseosos de sacarlo de sus dominios le recordaban en sueños la perfecta figura del niño-hombre. Su largo cabello negro, sus enormes ojos oscuros, su piel aceitunada, su larga espada pendiendo de la entrepierna. El pecado hecho príncipe. Enloquecido por la obsesión, Abenazur urdió un plan simple: una pócima tan poderosa que llevaría al rey a ofrecer su hijo en sacrificio a la pira, para acallar los rumores de rebelión y mantenerlo en el poder para siempre. En castigo por su perversidad, al morir Abenazur el Mago, los genios de las puertas al infierno impidieron su entrada forzándolo a vagar eternamente tras la sombra del príncipe sin poder alcanzarlo jamás.


Carta de amor

Esta mañana lucías hermosa. Esta mañana eras más del viento y de la vida que mía. Eras el susurro del tiempo, los besos de las mariposas, la vida que mana del agua. Eras el olor de las gardenias y la fuerza del café. Esta mañana tus ojos avellana, tu piel nívea y tus labios carmelitas fueron mi dios y mi fe. Cuando esta mañana corté las flores que te llevaría, las hadas lloraron al saber que la belleza de tu rostro superaría cualquier bouquet en tus manos. Eres mi templo, mi iglesia. Tu voz es mi credo, tus lágrimas mi cáliz y tus besos mi ostia. Soy tuyo, eternamente. Incondicionalmente tuyo.


Un trago, una piedra

Ambos hombres bajaban por la calzada. Borrachos y bañados en el sudor veraniego, aumentado por sus ropas gruesas, los cantaores exclamaban piropos a las mujeres, pellizcaban culos a las viejas al caminar y de vez en cuando se paraban ruidosos y felices a compartir otro trago de vino barato. Apretaban la bota para aumentar el flujo del líquido sangriento y dejaban que varios hilos del néctar salpicaran en sus barbas y camisas. De esta manera siguieron felices con sus cantos gitanos por las calles empedradas sin saber que a la vera del río uno de ellos mataría al otro de una pedrada para granjearse el último trago de vino.


La sirena y el pescador

Cayó al agua, arrastrado por una mano sudorosa y fría. El hermoso pescador luchaba con todas las fuerzas que le permitía su juventud por salir de las lúgubres aguas del lago pero una energía superior se lo impedía. A cada brazada de él mayor era la caída al fondo pedroso del lago. Finalmente, ya dejándose vencer, dejó de bregar permitiéndole a la sirena reclamar el cuerpo que hace años le había prometido como propio. Dejándola tomar venganza por el amor no correspondido y el corazón roto en pedazos por su engaño y avaricia.


Sangre y codicia

La sangre salpicó caliente y pesada sobre su rostro, tan profusa que la mirada de la joven se veló por un momento. Sin embargo, ella –llena de adrenalina y experta en las armas como había sido su padre- sin soltar la espada limpió con la palma de su mano el líquido de su bella cara de princesa. Alzó una vez más el pesado filo para dejarlo caer cruelmente en la cabeza del contrincante. Distraída fue víctima de otros dos hombres quienes cayéndole con todo su peso lograron tumbarla y una vez allí trataron de violarla, pero ella, salvaje e indómita, logró castrarlos en un pestañeo, dejándolos casi inconscientes de dolor mientras se desangraban. Se paró de nuevo, tomó su espada y siguió el combate. Morir o triunfar, no había otra salida, no quería otro destino.


Lazos

Cuando Alberto abrió la puerta del cuarto la emoción le impedía caminar con paso firme, así –tomando una bocanada de aire fresco- forzándose a entrar esbozó una sonrisa apremiada, no porque no pudiera o quisiera sonreír, sino porque los vuelcos en su corazón palpitaban con tal fuerza en sus oídos que lo mareaban, lo hacían errático y lo volvían indefenso. Empero, avanzó hasta el moisés donde reposaba su hijo recién nacido y descorrió el ligero velo para descubrir en su interior una pequeña criatura, gloriosa y arrugada, peleando por abrir los ojos, con una cara redondita, una sombra ligera de cabello rubio sobre su cabeza y una boca en botón, que ya esbozaba sonrisas. Sin saber qué pensar, sólo sintiéndose maravillado, Alberto atinó a tocar con su índice el pechito caliente del niño, quien al sentir el contacto de su padre tomó con fuerza el dedo, enlazándolo así para siempre a su vida, haciéndolo su esclavo, llenándolo de amor infinito.


La primera mujer

Lilith fue la primera mujer de Adán. Lilith fue la primera víctima de los hombres y la primera alma execrada por Dios, tan temeroso de su belleza como de su pasión. Reemplazada por la sosa Eva, Lilith se vio obligada a vagar por el Paraíso sin rumbo fijo. Los años de exilio la hicieron no sólo mayor sino más hermosa, demoníaca casi, audaz y vengativa. La tentación misma cedió paso ante la competencia de Lilith, perfecta e idílica. Su rostro angelical, su cuerpo picante, su olor embriagante y su larga cabellera roja la hacían poderosa –y peligrosa. Conminados por el Todopoderoso a no tener contacto con ella, Adán y Eva no supieron de la vampiresa hasta el momento en que, aprovechando una distracción, la lujuria misma se apareció ante Caín portando el cuerpo de Lilith, llenándolo de codicia por ella, capaz de matar a su hermano ante la promesa de poseerla.