
Siempre me ha gustado Félix. Siempre. Desde la primera vez que lo vi, tan alto, con ese cuerpo tan perfecto, su voz gruesa y vibrante, que cada vez que resonaba en el cuarto retumbaba en mi pecho y me excitaba. Su olor agridulce, su barba a medio afeitar, sus cejas gruesas, sus ojos negros. Simplemente todo él. Hoy, finalmente, Félix está desnudo frente a mí y yo, esclavizada a sus deseos, sólo puedo pensar que haré todo lo que me pida, así que, rendida a su poder, me arrodillo frente a él y me dispongo a tomarlo en un principio dentro de mi boca, para luego dejarlo servirse de mí. A mi dios personal.
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