
Su nombre no importa. Lo que más recuerdo de ella es su pelo azabache apretado en ese moño alto que muchas de su raza llevan y el bamboleo afrodisíaco de sus caderas, amplias y generosas. Sus pechos enormes tratando de escapar del traje, sus manos largas y filosas, sus piernas de gacela y su baile pecaminoso. La gitana agita y restriega su cuerpo con la nada, con el morador invisible del aire que la lleva a danzar con fuego en sus entrepiernas, despertando a la vez el mío propio. Me altero, simulo compostura, pero su embrujo, su hechizo me enferma, me lleva al cielo y me hace caer al infierno, al recordar -cuando alza los brazos y castañetea- lo imposible de mi causa y el tiempo que ha de pasar para ver de nuevo a la gitana de la feria bailar sólo para mí.
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