
La ostra se abrió. Sus conchas nacaradas brillaban al sol y quemaban la mirada de quienes la posaban sobre ellas, pero cualquier rayo valía la pena con tal de ver a la mujer que de ella saldría. Y así fue, los miles de hombres que esperaban el alba se prepararon para ver nacer a Venus, la diosa del amor. Era esplendorosa. Su cuerpo perfecto, sin mácula alguna, se mostraba ante ellos firme y sedoso. Sus senos gloriosos coronados por rizos ígneos adornaban un estómago liso y tornasolado, sus piernas largas de vértigo defendían la estabilidad de su cuerpo y su rostro era más que magnífico. Sus ojos inocentes y furtivos iluminaban una nariz recta y sus labios brillantes y húmedos eran tan provocativos como dos frutas jugosas. Mientras el sexo de la diosa despedía una fragancia intoxicante que provocaba que la humanidad entera, excitada y erecta, se arrodillara ante semejante prodigio.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario