13 de mayo de 2009

3:33


3:33 es la hora en que Orestes cayó a las aguas frías del río que bordeaba la ciudad en que creció. Volviendo del funeral de su padre, un dulce pero terrible alcohólico y tomado por las manos callosas y crueles de su madre, observó con asombro cómo una cabeza rubia y pastosa, quizás de una niña, cubierta por las algas negras del fondo del río lo seguía insistentemente desde la superficie del torrente.
Lo miraba con unos ojos que adivinaba demoníacos y terribles en unas cuencas oscuras que a la distancia no lograba distinguir; sin embargo, su mirada en vez de parecerle amenazadora la presentía incitante.
Orestes quiso creer, mientras corrían calle abajo por las empedradas calzadas, que lo visto era una ilusión provocada por el dolor de saberse sometido a la voluntad de su madre, una puta de mala calaña quien vivía en el peor barrio de la ciudad, ahora con el camino libre para practicar con él todas las torturas que de pequeña aprendió y que su padre impedía le ocurrieran.
Al llegar a la casa ya había dos hombres esperando por ella.
Si Orestes era justo sabía que su madre, a pesar de la edad y los múltiples abortos y su abuso del ron, seguía siendo una mujer atractiva, pero a él, simplemente, no le parecía hermosa, su exceso de carnes, su cabello largo, oscuro y ensortijado, sus pechos grandes y redondos y su boca roja y gruesa seguían siendo para el niño marcas inequívocas de su ordinariez, misma que Orestes padre, a quien ya extrañaba irremediablemente, encontraba irresistibles.
Entre los dos beodos a la puerta, aguardaba Eustaquio, quien "cariñosamente" llamaba "m'ijo" a Orestes. La innegable similitud física entre ambos era maldecida todas las noches por Orestes, quien no podía alejarse del hombre que amaba -y que todas las noches le regalaba una figurita de papel labrada en su trabajo como jornalero- para unirse a quien a todas luces era como él: alto y largo, con el pelo rojo como el fuego y las mismas manchas en la cara y el cual insistía en llamarlo "m'ijo" cada vez que lo veía, mientras la puta le reía las gracias.
La mujer despachó esa tarde al primero de ellos, un cura del otro lado de la ciudad, cliente asiduo de su madre, y precisamente quien dijo las últimas palabras de despedida ante la tumba de su padre. "Amén", conminó a todos a decir mientras levantaba la mirada y guiñaba un ojo a la vieja prostituta.
"Padre, esta tarde no", intentó decirlo con un tono de amargura, pero el cinismo brotaba por sus poros como el ron. "Eustaquio me acompañará de ahora en adelante. Éste es mi compañero, ya no debo volver a las camas ajenas", añadió con cierto orgullo la vieja. El padre Álvaro intentó ahogar una risa de incredulidad y sorna a la vez que decía "entonces que Dios te bendiga, mujer, nos vemos en la feligresía". Con un gesto solemne de su mano los persignó a ella, Eustaquio y el niño.
El pequeño, aún sin poder dar crédito a sus palabras, se mantuvo firme en la puerta de la casa de piedra, pálido veía cómo el cura bajaba por la calzada adoquinada y su madre entraba, tomada de la mano con ese sucio hombre al lugar donde su padre recién había muerto la noche anterior. "Maldita puta", fue lo único que alcanzó a pensar antes de que con un golpe seco en el rostro Eustaquio lo sacara de su ensimismamiento para decirle "entra ya Orestes que ahora tu verdadero padre te va a enseñar a respetar a la señora de la casa".
Con toda la rabia que pudo, Orestes devolvió una patada simple a la rodilla del hombretón y empezó a correr hacia el cementerio. Las viejas que volvían del mercado, las niñas que salían de catecismo, los vendedores de periódicos, los floreros y las familias en sus calesas veían atónitos pasar con lágrimas en los ojos al niño.
"Lástima", dijo la pescadera, "con sólo siete años y ya ha perdido al padre". "Cierto", añadió la esposa del florero, "y para vivir con esa puta y su amante. Pobre Orestes". Ambas mujeres gastaron diez segundos de su tiempo para compadecer a la criatura huérfana y su suerte antes de pasar a otros chismes más jugosos. Y mientras, el niño se precipitaba calle abajo solo y asustado.
Sin aliento y bañado en sudor y sal el pequeño se detuvo al llegar al centro de la ciudad, al borde de las murallas que en el medioevo protegían una ciudad que trescientos años después ya había crecido más allá de sus fronteras pétreas. Tratando de recuperar algo de su compostura se enderezó y acomodó su corbatín negro sobre su camisa, curtida con el uso y maltrato.
Alisó con cuidado sus ropitas negras, el saquito, su pantaloncillo (arremangando un poco más los bordes para hacerlos coincidir con sus rodillas) y sus medias blancas. Con un poco de saliva mojó sus dedos para limpiar los bordes de sus zapaticos de cuero, ya muy rotos por la pobreza, y para devolver con la humedad sus cabellos arrebatados al viento.
"Si voy a ver a papá debo estar presentable", se dijo con ilusión, "como el caballero que decía que soy", quiso agregar sin llorar a mares, pero con un nudo de tristeza que asfixiaba su garganta.
Aún con el cansancio retumbando en sus oídos y el viento frío de otoño golpeando su carita pecosa, Orestes sonrió, el frío dolorosamente cuarteó sus finos labios, pero no le importó porque a pocos metros estaba la puerta al cementerio, eterno descanso del ser humano más querido por él.
Caminando hacia el camposanto recordó las historias de terror de la ciudad. El río que la bordeaba a veces crecía tanto que invadía las tumbas despertando y arrastrando con sus aguas a quienes allí resposaban. Con cierto alivio Orestes recordó la ubicación de la tumba de su padre: tan alta que las aguas no podrían interrumpirla.
Pensando en esto se detuvo bruscamente ante el río, como si sintiera una fuerza deteniéndolo. Al voltear vio de nuevo una cabeza apenas saliendo de las aguas grises. Dificultosamente distinguió a la misma niña, un rostro plomizo y gélido, con unas oscuras cuencas como ojos, la piel pastosa y cubierta de algas y unos hilachos rubios pero muy viejos para tener algo de brillo o vida escurriendo sobre su deforme cara.
No sintió miedo. No sintió dolor. Ya no sentía nada. Sólo curiosidad. Y presa de esa curiosidad avanzó.
Se sentó en la orilla del río únicamente para notar que otros rostros, de varios tamaños y rasgos, lo veían. La superficie especular del río no le devolvía imagen alguna de él mismo, simplemente mostraba desde abajo esas otras gentes. Todos iguales: grises, sin ojos, sin vida, pero allí, hablándole a él y hablando entre ellos.
La mitad del rostro de la niña se acercó a él, siempre desde afuera de las aguas, y cuando estuvo cerca exhibió lentamente el resto de su fisonomía. Era, sí, una niña, quizás de la misma edad de él. Sólo que muy pálida, con la piel agrietada y húmeda, como una papa al absorber mucha agua al cocinarse, y cubierta en algas ahí donde su vestido ya no existía.
Delgada hasta las huesos, pero imponente, el cadáver sin rostro extendió las dos manos descarnadas hacia Orestes quien sin pensarlo las tomó. Una mano sobre cada mano de ella. Cuatro manos. Dos pares de manos. Dos niños muertos.
Como si bajara por un vórtice Orestes se vio de pronto bajo la superficie, en las aguas congeladas, rodeado de personas hermosas, tomado por ambas manos por la nena más radiante jamás contemplada por sus ojos. Una niña rubia, con unos ojos grises enormes y una sonrisa brillante adornando una tez lisa de alabastro. Alrededor de ellos miles de rostros sonrientes: señoras, ancianos, niños, bebés, perros, payasos, ángeles, su maestra de catecismo muerta hace dos meses, circos, ferias, mercados, músicos en el centro de la plaza, tiovivos danzando con pequeños sobre sus aparatos, y sentado como un rey, al final de la calle, sobre una mesa de nogal su padre, extendiendo triunfante los brazos hacia él.
Sano y hermoso, robusto, con sus dientes completos y la piel llena sobre su cuerpo. Joven y feliz, como hacía mucho que Orestes no lo veía. El niño soltó a la princesita de vestido de terciopelo azul y corrió hacia el hombre, quien al tomar al pequeño en sus manos lo alzó alegremente sobre sus hombros, haciéndolo volar como un pájaro, como jugaban todas las mañanas antes de partir al colegio. Antes de partir al trabajo. Y antes de la peste.
Los brazos extendidos en cruz y las piernas abiertas en V de Orestes rozaban con el viento limpio y cálido del lugar. Felicidad era lo único allí. Felicidad y amor que le fueron arrebatadas momentáneamente cuando su mano izquierda fue jalada por la puta desde arriba. Este jalón despertó a Orestes de su ensoñación sólo para ver horrorizado que su madre y Eustaquio lo llevaban de nuevo fuera del agua, fuera de la felicidad.
"Ayuda", alcanzó a decirle a la gente aterrada de las aguas, "ayuda papá, no dejes que me lleven", gritó desesperado, mientras escuchaba a su madre gritar angustiada "no me dejes Orestes, no me dejes tú también, hijo". La mujer no lo soltaba, se aferraba a la esperanza de sacarlo del río y él a la esperanza de que no lo hicieran.
Cuando ya el viento frío de la ciudad aventó su rostro fuera de las aguas sintió varias manos cálidas y confortantes llevándolo de vuelta hacia abajo. Vio con alegría a su padre, a la princesita, a los niños y los payasos, a su maestra y los músicos tirándolo de nuevo hacia el paraíso. El forcejeo fue corto. Su madre cansada no pudo más, la gente de abajo pudo más.
La puta sólo recuerda ver a su hijo sonreír al hundirse en las frías aguas del río.