La mañana se coló por las persianas y mientras lo hacía iluminaba el perfecto cuerpo de ella con su tinte dorado.Los escritores siempre somos así, intensos, románticos, las descripciones fáciles no son para nosotros. Así me sentía esta mañana con esa mujer espectacular desnuda ante mí, dejándose bañar sobre el sillón con esa luz golden light colada por los entrepaños de la ventana. Sus tetas redondas y paraditas brillaban en esos haces y sus largas piernas, terminadas en perfectos pies, bamboleaban su cuerpo a su ritmo. Tenía sobre ella la corbata de mi traje de los domingos y sostenía en sus fabulosas manos una taza de café recién colado. Al sentir mis movimientos en la cama volteó hacia mí batiendo sus largos mechones avellanados y sus ojos ambarinos, enormes como sus dientes y tan brillantes como esas piezas nacaradas.
Sonrió.
Hermosa.
Perfecta.
“Buenos días”, me dijo mientras se levantaba y caminaba leonina hacia mí. Cuando se inclinó para darme un beso, de esos profundos y lascivos, con cierto sabor acre por el aliento matutino, mi pene se alzó potente. Ella lo vio, sonrió y le dijo, sin quitarle los ojos de encima “buenos días a ti también”.
Inmediatamente dejó la taza en la cerámica resquebrajada del piso de mi habitación y tomó mi miembro con firmeza, besó lentamente mi cuerpo desde el pecho hasta la ingle con el mismo ritmo con que me acariciaba y cuando llegó al punto exacto, lo cubrió con sus gruesos labios carmesí, puso su lengua rugosa como una lija sobre el glande y absorbió durante varios minutos -durante los cuales variaba la intensidad, humedad y ángulo- los sabores de mi cuerpo.
El continuo y salvaje movimiento, intensificado cuando llevaba mi miembro en su garganta más allá de lo biológicamente aceptable, la presión que hacía con su índice debajo de mis testículos y los rasguños que hacía al mismo tiempo en mi pecho me hicieron correrme rápido. Sin culpas. Glorioso.
Se recreó en el sabor del flujo recibido y esperó con parte de mi anatomía en su boca hasta que ésta recuperó su tamaño normal. Allí, sin decir más, estuvo pegada a mí. Yo, fascinado, sólo atinaba a ver su hermosa cabellera achocolatada y a acariciar su cuello, adornado en su base por una palabra escrita en chino cuyo significado jamás conoceré.
Cuando decidió expulsar mi pene, sonrió viéndome y acercó su rostro al mío. Me besó de nuevo, creo que para devolverme parte de lo que le di; es por esto que chupé su lengua, ahora llena de un sabor espeso y ácido.
“Pedro”, llamó mi nombre inesperadamente, “tú eres escritor, ¿no?”, dijo abriendo sus enormes ojos. “Sí”, respondí secamente y sorprendido por la pregunta. “¿Por qué?”, rematé. “Es que mientras dormías”, me dijo un poco misteriosa, “estuve revisando los papeles sobre tu escritorio. ¿Sabes cuando los personajes de los escritores son gente que ellos conocen o han visto alguna vez?”. “¿Sí?”, pregunté expectante. “¿No has pensado a veces que ciertas personas que conoces son -en realidad- producto de tus escritos?”.
“¿Qué quieres decir?”, en ese instante una angustia punzante alteró mi tono de voz, haciéndolo algo chillón. “¿A qué te refieres”?. “Es decir, ¿no has pensado alguna vez que así como conviertes en fantasía la realidad, al plasmarla en tus novelas, la fantasía se puede hacer realidad? ¿Yo no te recuerdo a alguien, acaso?”, dijo con una expresión diabólica en los ojos.
“Eso es absurdo”, grité alterado, parándome del horror, señalando hacia ella. No conocía aún las razones, pero en ese instante se me hacía molesta e insidiosa. “¿Qué clase de ignorante pregunta es esa? ¡Eso es imposible!”. “No lo es y tú lo sabes. Lo sabes desde que me viste en el bar. Simplemente lo has ignorado toda la noche. ¿O me equivoco?” Dicho esto se levantó y caminó inalterable hacia donde yo había corrido. Frente a mí, dejando tan sólo centímetros entre su interrenal rostro y el mío, respirando fríamente, sonrió para preguntar. “Dime, ¿quién soy? Dime Pedro, ¿quién soy?”
“Una loca. No lo sé. Déjame en paz”, la empujé y corrí al lado contrario de la habitación. Caminó de nuevo hacia donde yo estaba para repetir la posición anterior y preguntarme -como si fuera posible- aún más gélidamente: “¿quién soy, Pedro? Mírame y dímelo. Tú lo sabes”. Sin querer creerlo dudé un instante, pensando en despertar de este sueño infernal, convencido de que si respondía lo que en ese momento supe, me despertaría.
“Dime”, insistió mientras dirigía su mirada hacia los papeles revueltos sobre la mesa, “¿quién soy?” “¿Aurora?”, respondí finalmente derrotado. Su rostro triunfante dibujó un gesto lleno de la más pura de las arrogancias. Se irguió feliz sobre sus piernas y se alejó lentamente, caminando de espaldas para no perderme de vista. Se sentó de nuevo en el sofá y me dijo, después de unos largos minutos, “¿era tan difícil, creador mío, decir mi nombre en voz alta?”
“¿Pero cómo es posible? ¿Cómo?”, alcancé a decir justo antes de arrodillarme lloroso y desnudo sobre el suelo. “No hay explicaciones racionales, simplemente pasó y estoy aquí. Dar contigo no fue complicado porque conozco tu rutina, ya que soy una parte de ti, de tu imaginación. Sabía que me deseabas, sé que soy una mezcla de muchas mujeres conocidas por ti y sé, también, que moriré en tu historia. Y vine a impedir eso.” Concluyó.
Todo era tan irreal. Tan ilógico. Increíble, pero a la vez cierto. Aurora, la mujer más perfecta creada alguna vez por mí estaba allí, desnuda y exquisita ante mis ojos.
“¿Morir?”, aterricé despiadadamente mis ideas. “¿Cómo sabes que morirás?”. “¡Por favor!”, burlonamente dijo antes de soltar una carcajada demoníaca, “soy una parte de ti, te conozco. Y no moriré de la manera que tú deseas sino como creo -según como sabes que soy- se merece la muerte mi personaje. Algo espectacular, algo digno de nosotros. Amado mío.” Dicho esto corrió a mí. Besó mis labios una última vez y tomó antes de que yo lo supiera los folios donde estaba su esencia.
Los segundos transcurridos después de este gesto fueron tensos y angustiosos. Sus ojos almibarados me veían expectantes, iluminados por la locura. Aurora plegaba a su cuerpo mis historias mientras el sudor lustraba su piel canela. Sin retirar la mirada de su creador, sin despegarse de las hojas y sin variar en lo más mínimo su expresión, caminó hacia la cocina y antes siquiera de yo notarlo encendió con el piloto automático la estufa, para -muy tarde lo supe- quemar mi material.
“¡No!” es lo único que pude gritar al correr hacia ella.
Sin embargo mi camino a la cocina fue cortado por una pared de fuego nacida de ella, quien parecía en medio de esa ignición disfrutar de las caricias que las brasas hacían en su piel. Las lenguas de la combustión invadían su espacio y parte de mi sala, quemando solamente a mi Aurora, sin dañar lo demás.
Finalmente la diosa sonrió antes de ser consumida en su propio averno. Las cenizas de la novela inédita yacían sobre la estufa y el fuego desapareció como llegó, sin dejar marcas, sin dejar razones. Dejándome solo de nuevo.
2 comentarios:
Me encantó, me sentí identificado en parte, un beso
Me ha gustado mucho la historia. Muy bien narrada desde que empezo de tal forma que me engancho y no pude dejar de leerla a pesar que se veia larga la columna de letras hacia abajo y yo recien me despierto xDDD.
Excelente.
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