31 de agosto de 2009

Minicuentos en serie


El pecado de la carne

Cuenta la historia que Abenazur el Mago se enamoró de un joven, heredero al trono de su rey, hace muchos años. Consciente del pecado que cometía el gran hechicero renunció a su puesto de honor en la guardia del monarca, buscando alejarse de su tentación. Sin embargo, Abenazur de noche era acosado por los espíritus del bosque, quienes deseosos de sacarlo de sus dominios le recordaban en sueños la perfecta figura del niño-hombre. Su largo cabello negro, sus enormes ojos oscuros, su piel aceitunada, su larga espada pendiendo de la entrepierna. El pecado hecho príncipe. Enloquecido por la obsesión, Abenazur urdió un plan simple: una pócima tan poderosa que llevaría al rey a ofrecer su hijo en sacrificio a la pira, para acallar los rumores de rebelión y mantenerlo en el poder para siempre. En castigo por su perversidad, al morir Abenazur el Mago, los genios de las puertas al infierno impidieron su entrada forzándolo a vagar eternamente tras la sombra del príncipe sin poder alcanzarlo jamás.


Carta de amor

Esta mañana lucías hermosa. Esta mañana eras más del viento y de la vida que mía. Eras el susurro del tiempo, los besos de las mariposas, la vida que mana del agua. Eras el olor de las gardenias y la fuerza del café. Esta mañana tus ojos avellana, tu piel nívea y tus labios carmelitas fueron mi dios y mi fe. Cuando esta mañana corté las flores que te llevaría, las hadas lloraron al saber que la belleza de tu rostro superaría cualquier bouquet en tus manos. Eres mi templo, mi iglesia. Tu voz es mi credo, tus lágrimas mi cáliz y tus besos mi ostia. Soy tuyo, eternamente. Incondicionalmente tuyo.


Un trago, una piedra

Ambos hombres bajaban por la calzada. Borrachos y bañados en el sudor veraniego, aumentado por sus ropas gruesas, los cantaores exclamaban piropos a las mujeres, pellizcaban culos a las viejas al caminar y de vez en cuando se paraban ruidosos y felices a compartir otro trago de vino barato. Apretaban la bota para aumentar el flujo del líquido sangriento y dejaban que varios hilos del néctar salpicaran en sus barbas y camisas. De esta manera siguieron felices con sus cantos gitanos por las calles empedradas sin saber que a la vera del río uno de ellos mataría al otro de una pedrada para granjearse el último trago de vino.


La sirena y el pescador

Cayó al agua, arrastrado por una mano sudorosa y fría. El hermoso pescador luchaba con todas las fuerzas que le permitía su juventud por salir de las lúgubres aguas del lago pero una energía superior se lo impedía. A cada brazada de él mayor era la caída al fondo pedroso del lago. Finalmente, ya dejándose vencer, dejó de bregar permitiéndole a la sirena reclamar el cuerpo que hace años le había prometido como propio. Dejándola tomar venganza por el amor no correspondido y el corazón roto en pedazos por su engaño y avaricia.


Sangre y codicia

La sangre salpicó caliente y pesada sobre su rostro, tan profusa que la mirada de la joven se veló por un momento. Sin embargo, ella –llena de adrenalina y experta en las armas como había sido su padre- sin soltar la espada limpió con la palma de su mano el líquido de su bella cara de princesa. Alzó una vez más el pesado filo para dejarlo caer cruelmente en la cabeza del contrincante. Distraída fue víctima de otros dos hombres quienes cayéndole con todo su peso lograron tumbarla y una vez allí trataron de violarla, pero ella, salvaje e indómita, logró castrarlos en un pestañeo, dejándolos casi inconscientes de dolor mientras se desangraban. Se paró de nuevo, tomó su espada y siguió el combate. Morir o triunfar, no había otra salida, no quería otro destino.


Lazos

Cuando Alberto abrió la puerta del cuarto la emoción le impedía caminar con paso firme, así –tomando una bocanada de aire fresco- forzándose a entrar esbozó una sonrisa apremiada, no porque no pudiera o quisiera sonreír, sino porque los vuelcos en su corazón palpitaban con tal fuerza en sus oídos que lo mareaban, lo hacían errático y lo volvían indefenso. Empero, avanzó hasta el moisés donde reposaba su hijo recién nacido y descorrió el ligero velo para descubrir en su interior una pequeña criatura, gloriosa y arrugada, peleando por abrir los ojos, con una cara redondita, una sombra ligera de cabello rubio sobre su cabeza y una boca en botón, que ya esbozaba sonrisas. Sin saber qué pensar, sólo sintiéndose maravillado, Alberto atinó a tocar con su índice el pechito caliente del niño, quien al sentir el contacto de su padre tomó con fuerza el dedo, enlazándolo así para siempre a su vida, haciéndolo su esclavo, llenándolo de amor infinito.


La primera mujer

Lilith fue la primera mujer de Adán. Lilith fue la primera víctima de los hombres y la primera alma execrada por Dios, tan temeroso de su belleza como de su pasión. Reemplazada por la sosa Eva, Lilith se vio obligada a vagar por el Paraíso sin rumbo fijo. Los años de exilio la hicieron no sólo mayor sino más hermosa, demoníaca casi, audaz y vengativa. La tentación misma cedió paso ante la competencia de Lilith, perfecta e idílica. Su rostro angelical, su cuerpo picante, su olor embriagante y su larga cabellera roja la hacían poderosa –y peligrosa. Conminados por el Todopoderoso a no tener contacto con ella, Adán y Eva no supieron de la vampiresa hasta el momento en que, aprovechando una distracción, la lujuria misma se apareció ante Caín portando el cuerpo de Lilith, llenándolo de codicia por ella, capaz de matar a su hermano ante la promesa de poseerla.

28 de julio de 2009

Minicuentos 2: Alegría


Sus largos cabellos castaños flotaban en el viento al compás de su baile improvisado. El sol colándose por la ventana abrillantaba su piel, coloreaba sus mejillas e iluminaba hasta la ceguera sus enormes ojos café. Los dienticos de la niña, desordenados en su boquita, y sus labios rojos creaban una sonrisa hipnótica. Los vuelos tafetán de su vestido dibujaban graciosas figuras mientras los encajes de las mangas marcaban sus bracitos conforme los alzaba al cielo. La paleta con la cual dibujaba tenía manchas de óleo que cortaban la monocronía del salón pintando rayos de colores al vuelo. Su voz cantarina la siguió hasta el jardín, adonde salió para seguir proclamando la libertad y alegría que todos los niños como ella poseen en su alma. Feliz, la princesita de su madre se lanzó en la hierba para seguir dibujando con su alma e imaginación gigantes en las nubes de azúcar. El cielo inmenso y limpio como ella.

27 de julio de 2009

Minicuentos 2: La mácula


Empezó como un crujido, apenas audible. Parecía que la vieja casona de madera se quejara. Conforme subía el volumen de los lamentos una extraña oscuridad empezó a tomar su espacio en la mansión. Las luces de las velas eran más tenues en ciertos cuartos, en otros ya no representaban fuerza alguna en contra de la sombra. Parecía ésta llena de vida, incluso como si nos desafiara, casi como si tuviera cuerpo, uno invisible, allí, invadiéndonos. Poco a poco nos sentimos desplazados, refugiados en nuestra casa. La sombra ya era descarada, se postraba frente a nosotros como lo haría un perro guardián a los pies de su amo. Negados a abandonar nuestro lugar luchábamos contra ella, sin embargo su presencia era mayor que nosotros, nos abrumaba, nos extenuaba. Así, de a poco, con su paciencia infinita, pobló cada rincón, cada lugar, hasta que logró expulsarnos de nuestra vida, nuestra casa y nuestro cuerpo.

23 de julio de 2009

Minicuentos 2: Embrujo


Su nombre no importa. Lo que más recuerdo de ella es su pelo azabache apretado en ese moño alto que muchas de su raza llevan y el bamboleo afrodisíaco de sus caderas, amplias y generosas. Sus pechos enormes tratando de escapar del traje, sus manos largas y filosas, sus piernas de gacela y su baile pecaminoso. La gitana agita y restriega su cuerpo con la nada, con el morador invisible del aire que la lleva a danzar con fuego en sus entrepiernas, despertando a la vez el mío propio. Me altero, simulo compostura, pero su embrujo, su hechizo me enferma, me lleva al cielo y me hace caer al infierno, al recordar -cuando alza los brazos y castañetea- lo imposible de mi causa y el tiempo que ha de pasar para ver de nuevo a la gitana de la feria bailar sólo para mí.

22 de julio de 2009

Minicuentos 2: Surrendered


Ernesto es experto en el sexo. Disfrutarlo sin tabúes y dedicarse plenamente al placer de sus amantes, sean estos hombres o mujeres, es el mayor regalo que le da a quienes lo acompañan. Para Ernersto la más grande delicia reside en el cuerpo de ellos, su olor, sus movimientos, sus besos, su sabor, ellos son en sí el manjar más delicioso. Esta noche el negro de piel pulida -enorme, henchido de potencia y arrebatado de deseo- tomó a la pequeña mujer entre sus brazos, la alzó para lanzarla sobre el diván de cuero vino, separó con sus gruesas manos sus piernas y hundió su barbilla poderosa en ellas, para demostrarle a Patricia con la devoción de su lengua cálida el gusto por su piel y sabor.

21 de julio de 2009

Minicuentos 2: Encuentros cercanos


Desde pequeño se me ha preguntado si le tengo miedo a la oscuridad y siempre he respondido que a la oscuridad no le temo sino a lo que hay en ella. Por eso evito internarme en sus entrañas, no camino vías sin luz, no asisto a iglesias, no visito bosques. Evado siempre sus reinos y su tiranía de miedo. Creo que más que resquemor en realidad me causa curiosidad; sin embargo sé que esa curiosidad podría llevarme a la muerte o algo peor: atraparme y volverme como ella. Es más, las voces de la oscuridad me han llamado siempre y hoy se hicieron más audibles y claras que nunca, me reclaman, y esta tarde no puedo desobedecerlas. Así me adentro más y más en ella, mientras siento manos frías arrastrándome a su tumba.

16 de julio de 2009

Minicuentos 2: El mito de la moralidad absoluta


El Pastor Buenafuente es conocido por su firme moral y sus buenas costumbres. Desde muy joven el apuesto pastor escuchó el llamado del Señor y sintió el fuego de la vocación quemando sus entrañas. Tal fue el ardor, dicen las leyendas, que carbonizó cualquier apetito de carne que pudiera surgir de ellas, y esta fuerza permitió a Buenafuente soportar los avances de las pecadoras del pueblo al cual lo enviaron de servicio, impías mujeres que sólo buscaban quebrar la voluntad férrea de un verdadero hombre de fe. Sin embargo, a pesar de las frustradas intenciones era común reconocer, entre los habitantes de ambos sexos de este pueblo, que Buenafuente era con mucha seguridad un hombre hermoso, llamado a tentar al mismo diablo si era posible. Y así fue como un día, el diablo visitó sus aposentos para rendirse frente a él luego de que Buenafuente lo convocara para saciar su sed de pecado.

15 de julio de 2009

Minicuentos 2: El nacimiento de Venus


La ostra se abrió. Sus conchas nacaradas brillaban al sol y quemaban la mirada de quienes la posaban sobre ellas, pero cualquier rayo valía la pena con tal de ver a la mujer que de ella saldría. Y así fue, los miles de hombres que esperaban el alba se prepararon para ver nacer a Venus, la diosa del amor. Era esplendorosa. Su cuerpo perfecto, sin mácula alguna, se mostraba ante ellos firme y sedoso. Sus senos gloriosos coronados por rizos ígneos adornaban un estómago liso y tornasolado, sus piernas largas de vértigo defendían la estabilidad de su cuerpo y su rostro era más que magnífico. Sus ojos inocentes y furtivos iluminaban una nariz recta y sus labios brillantes y húmedos eran tan provocativos como dos frutas jugosas. Mientras el sexo de la diosa despedía una fragancia intoxicante que provocaba que la humanidad entera, excitada y erecta, se arrodillara ante semejante prodigio.

13 de julio de 2009

Minicuentos 2: Humanamente


Pegué mi espalda a la pared astillada. La lluvia corría helada sobre los tejados, sobre la cornisa en la que estaba, sobre mí. Me defendí cuánto pude, pero el cansancio de la batalla inicial me había dejado exhausto. SúperVillano y VenenoGirl me cercaban cada vez más, sádicos y violentos, me golpeaban sin cesar y mientras reían mis mallas se rompían y mi uniforme se rasgaba. Sin embargo yo seguía ahí, en pie de lucha, peleando para defender a la ciudad de su acoso. Firme. Por todos los inocentes. Al ver mi resistencia, VenenoGirl me preguntó, creo que más interesada que molesta, "¿por qué, SúperMago, te empeñas tanto en defender a la humanidad?", y añadió mientras me señalaba la calle 100 metros abajo, "¿qué no ves cómo esa mujer golpea a su hijo allí?, ¿o cómo aquél chico trata de violar a esa niña?, ¿ves a aquéllos que se están burlando de ti mientras peleas por ellos?". De repente una verdad agria golpeó mi conciencia: "esta es una sociedad asquerosa. Esta gente no tiene salvación". Y sin saber, y dándole la razón a VenenoGirl y SúperVillano, me dejé vencer hasta alcanzar la muerte.

11 de julio de 2009

Minicuentos 2: Simplemente


Siempre me ha gustado Félix. Siempre. Desde la primera vez que lo vi, tan alto, con ese cuerpo tan perfecto, su voz gruesa y vibrante, que cada vez que resonaba en el cuarto retumbaba en mi pecho y me excitaba. Su olor agridulce, su barba a medio afeitar, sus cejas gruesas, sus ojos negros. Simplemente todo él. Hoy, finalmente, Félix está desnudo frente a mí y yo, esclavizada a sus deseos, sólo puedo pensar que haré todo lo que me pida, así que, rendida a su poder, me arrodillo frente a él y me dispongo a tomarlo en un principio dentro de mi boca, para luego dejarlo servirse de mí. A mi dios personal.

4 de julio de 2009

Minicuentos 2: Satisfacción


Tomó con gula y desesperación, agradecido casi, las dos tetas grandes y oscuras entre sus manos. La tersura de la piel, el color de las areolas redondas y el olor salado y cítrico de ellas, mezcla infinita de su sudor con su perfume caro, lo volvian loco. De sus manos se escapaban ambas, rebotando, pero ahí dispuestas para él. Mientras ella yacía desnuda sobre su espalda, él besaba su busto, jugueteaba con él, lo mordía; y allí se recreó largos minutos, tocándolos, hasta que -presa de calentura- abrió sus piernas y la penetró. Su cuerpo era su regalo. Un regalo precioso con dos borlas de adorno. Puesto en ese lugar para su entera satisfacción.

2 de julio de 2009

Minicuentos 2: Despedida


"Eres bella como la poesía", fue lo primero que Juan le dijo a Elsa hace 60 años, con esa frase arrancó una sonrisa de la pequeña morena e inició el romance de su vida. Casados dos años después fueron padres de sus dos únicos hijos. Lo que más disfrutaba Juan de Elsa era cómo arrugaba la frente y la nariz al leer, achicando sus ojazos negros; lo que menos le gustaba era que después de 20 años durmiendo juntos, Elsa comenzó a roncar, aún así, poeta como era, Juan encontró cierto ritmo calmante en sus ronquidos. De esta manera, amándose, transcurrieron años, una vida, miles de aventuras y miles de peleas. Hoy Juan sabe que ya no comerá con Elsa, que sus ojos oscuros llenos de arrugas e inteligencia no lo verán más y sus manos pequeñas no cubrirán las suyas tan llenas de callos. Esta mañana Juan enterró su poesía, junto al cuerpo inerte de Elsa.

1 de julio de 2009

Minicuentos 2: Condenada humanidad


Hay una batalla en los cielos, la sangre plateada y espesa de los ángeles corre fuera de sus heridas, cortes profundos y mortales causados por sus hermanos, ahora enemistados. Unos defienden al Dios de todos los cielos, otros, al más carismático de ellos, el segundo al mando, Lucifer, el que porta la luz. Lucifer es hermoso, el más bello de los ángeles, y sus cómplices son tan hermosos como él, sin embargo cometieron el pecado de la soberbia, su belleza infinita los llevó a faltar al juramento. Por esto, ganaron los teófilos y perdieron los rebeldes. Expulsado de las alturas, Lucifer cae junto a sus compañeros en un planeta salvaje y desolado, de anchos mares y mujeres hermosas. Desnudos como estaban ellos y desnudas como estaban ellas, procrearon, y así nació la humanidad.

23 de junio de 2009

La peste


Empezó como un virus común durante carnaval. La peste se escondía tras las máscaras. Acechando. Esperando. Unos pocos enfermos aquí y allá. Pero con el pasar del tiempo el virus ya mataba, los atacaba a todos y mientras más morían más cadáveres deambulaban las calles y caían inertes. Las carretas con frecuencia pasaban por las casas de largo, los despojos sobrepasaban su capacidad y muchas veces caían en la calzada de tierra, reventando los órganos y emanando el veneno. Enfermando a los pocos que quedaban. Así fue matando a todos, uno por uno, familia por familia. LLenando el cielo de nubes grises, las calles de manchas negras y la tierra de desolación.

22 de junio de 2009

Minicuentos-2: Enlace


Con una hojilla separó en cinco rayas la cocaína, tres serían para sus compañeros y una para él. Antes de aspirar su elixir notó despreocupadamente que la cuchilla rasguñó la fina caoba de la mesa, haciendo marcas sin orden y sin reparo. Aspiró de un sólo sorbo ambas líneas blancas, hermosas, venenosas y sintió cómo la sangre se espesaba, su alma ascendía y su mente se conectaba con todos alrededor en el cuarto, en la ciudad, en el universo. Ascendió entre estrellas diamantinas, caminó entre galaxias lechosas y bajó de nuevo al camerino. Tomó su chaqueta de cuero raído, peinó su largo cabello rubio en una coleta, alzó su guitarra y salió al escenario a tocar su música, despidiendo cuerdas gomosas de colores con cada nota, que penetraban los corazones de su público, enlazándolo con ellos eternamente.

13 de mayo de 2009

3:33


3:33 es la hora en que Orestes cayó a las aguas frías del río que bordeaba la ciudad en que creció. Volviendo del funeral de su padre, un dulce pero terrible alcohólico y tomado por las manos callosas y crueles de su madre, observó con asombro cómo una cabeza rubia y pastosa, quizás de una niña, cubierta por las algas negras del fondo del río lo seguía insistentemente desde la superficie del torrente.
Lo miraba con unos ojos que adivinaba demoníacos y terribles en unas cuencas oscuras que a la distancia no lograba distinguir; sin embargo, su mirada en vez de parecerle amenazadora la presentía incitante.
Orestes quiso creer, mientras corrían calle abajo por las empedradas calzadas, que lo visto era una ilusión provocada por el dolor de saberse sometido a la voluntad de su madre, una puta de mala calaña quien vivía en el peor barrio de la ciudad, ahora con el camino libre para practicar con él todas las torturas que de pequeña aprendió y que su padre impedía le ocurrieran.
Al llegar a la casa ya había dos hombres esperando por ella.
Si Orestes era justo sabía que su madre, a pesar de la edad y los múltiples abortos y su abuso del ron, seguía siendo una mujer atractiva, pero a él, simplemente, no le parecía hermosa, su exceso de carnes, su cabello largo, oscuro y ensortijado, sus pechos grandes y redondos y su boca roja y gruesa seguían siendo para el niño marcas inequívocas de su ordinariez, misma que Orestes padre, a quien ya extrañaba irremediablemente, encontraba irresistibles.
Entre los dos beodos a la puerta, aguardaba Eustaquio, quien "cariñosamente" llamaba "m'ijo" a Orestes. La innegable similitud física entre ambos era maldecida todas las noches por Orestes, quien no podía alejarse del hombre que amaba -y que todas las noches le regalaba una figurita de papel labrada en su trabajo como jornalero- para unirse a quien a todas luces era como él: alto y largo, con el pelo rojo como el fuego y las mismas manchas en la cara y el cual insistía en llamarlo "m'ijo" cada vez que lo veía, mientras la puta le reía las gracias.
La mujer despachó esa tarde al primero de ellos, un cura del otro lado de la ciudad, cliente asiduo de su madre, y precisamente quien dijo las últimas palabras de despedida ante la tumba de su padre. "Amén", conminó a todos a decir mientras levantaba la mirada y guiñaba un ojo a la vieja prostituta.
"Padre, esta tarde no", intentó decirlo con un tono de amargura, pero el cinismo brotaba por sus poros como el ron. "Eustaquio me acompañará de ahora en adelante. Éste es mi compañero, ya no debo volver a las camas ajenas", añadió con cierto orgullo la vieja. El padre Álvaro intentó ahogar una risa de incredulidad y sorna a la vez que decía "entonces que Dios te bendiga, mujer, nos vemos en la feligresía". Con un gesto solemne de su mano los persignó a ella, Eustaquio y el niño.
El pequeño, aún sin poder dar crédito a sus palabras, se mantuvo firme en la puerta de la casa de piedra, pálido veía cómo el cura bajaba por la calzada adoquinada y su madre entraba, tomada de la mano con ese sucio hombre al lugar donde su padre recién había muerto la noche anterior. "Maldita puta", fue lo único que alcanzó a pensar antes de que con un golpe seco en el rostro Eustaquio lo sacara de su ensimismamiento para decirle "entra ya Orestes que ahora tu verdadero padre te va a enseñar a respetar a la señora de la casa".
Con toda la rabia que pudo, Orestes devolvió una patada simple a la rodilla del hombretón y empezó a correr hacia el cementerio. Las viejas que volvían del mercado, las niñas que salían de catecismo, los vendedores de periódicos, los floreros y las familias en sus calesas veían atónitos pasar con lágrimas en los ojos al niño.
"Lástima", dijo la pescadera, "con sólo siete años y ya ha perdido al padre". "Cierto", añadió la esposa del florero, "y para vivir con esa puta y su amante. Pobre Orestes". Ambas mujeres gastaron diez segundos de su tiempo para compadecer a la criatura huérfana y su suerte antes de pasar a otros chismes más jugosos. Y mientras, el niño se precipitaba calle abajo solo y asustado.
Sin aliento y bañado en sudor y sal el pequeño se detuvo al llegar al centro de la ciudad, al borde de las murallas que en el medioevo protegían una ciudad que trescientos años después ya había crecido más allá de sus fronteras pétreas. Tratando de recuperar algo de su compostura se enderezó y acomodó su corbatín negro sobre su camisa, curtida con el uso y maltrato.
Alisó con cuidado sus ropitas negras, el saquito, su pantaloncillo (arremangando un poco más los bordes para hacerlos coincidir con sus rodillas) y sus medias blancas. Con un poco de saliva mojó sus dedos para limpiar los bordes de sus zapaticos de cuero, ya muy rotos por la pobreza, y para devolver con la humedad sus cabellos arrebatados al viento.
"Si voy a ver a papá debo estar presentable", se dijo con ilusión, "como el caballero que decía que soy", quiso agregar sin llorar a mares, pero con un nudo de tristeza que asfixiaba su garganta.
Aún con el cansancio retumbando en sus oídos y el viento frío de otoño golpeando su carita pecosa, Orestes sonrió, el frío dolorosamente cuarteó sus finos labios, pero no le importó porque a pocos metros estaba la puerta al cementerio, eterno descanso del ser humano más querido por él.
Caminando hacia el camposanto recordó las historias de terror de la ciudad. El río que la bordeaba a veces crecía tanto que invadía las tumbas despertando y arrastrando con sus aguas a quienes allí resposaban. Con cierto alivio Orestes recordó la ubicación de la tumba de su padre: tan alta que las aguas no podrían interrumpirla.
Pensando en esto se detuvo bruscamente ante el río, como si sintiera una fuerza deteniéndolo. Al voltear vio de nuevo una cabeza apenas saliendo de las aguas grises. Dificultosamente distinguió a la misma niña, un rostro plomizo y gélido, con unas oscuras cuencas como ojos, la piel pastosa y cubierta de algas y unos hilachos rubios pero muy viejos para tener algo de brillo o vida escurriendo sobre su deforme cara.
No sintió miedo. No sintió dolor. Ya no sentía nada. Sólo curiosidad. Y presa de esa curiosidad avanzó.
Se sentó en la orilla del río únicamente para notar que otros rostros, de varios tamaños y rasgos, lo veían. La superficie especular del río no le devolvía imagen alguna de él mismo, simplemente mostraba desde abajo esas otras gentes. Todos iguales: grises, sin ojos, sin vida, pero allí, hablándole a él y hablando entre ellos.
La mitad del rostro de la niña se acercó a él, siempre desde afuera de las aguas, y cuando estuvo cerca exhibió lentamente el resto de su fisonomía. Era, sí, una niña, quizás de la misma edad de él. Sólo que muy pálida, con la piel agrietada y húmeda, como una papa al absorber mucha agua al cocinarse, y cubierta en algas ahí donde su vestido ya no existía.
Delgada hasta las huesos, pero imponente, el cadáver sin rostro extendió las dos manos descarnadas hacia Orestes quien sin pensarlo las tomó. Una mano sobre cada mano de ella. Cuatro manos. Dos pares de manos. Dos niños muertos.
Como si bajara por un vórtice Orestes se vio de pronto bajo la superficie, en las aguas congeladas, rodeado de personas hermosas, tomado por ambas manos por la nena más radiante jamás contemplada por sus ojos. Una niña rubia, con unos ojos grises enormes y una sonrisa brillante adornando una tez lisa de alabastro. Alrededor de ellos miles de rostros sonrientes: señoras, ancianos, niños, bebés, perros, payasos, ángeles, su maestra de catecismo muerta hace dos meses, circos, ferias, mercados, músicos en el centro de la plaza, tiovivos danzando con pequeños sobre sus aparatos, y sentado como un rey, al final de la calle, sobre una mesa de nogal su padre, extendiendo triunfante los brazos hacia él.
Sano y hermoso, robusto, con sus dientes completos y la piel llena sobre su cuerpo. Joven y feliz, como hacía mucho que Orestes no lo veía. El niño soltó a la princesita de vestido de terciopelo azul y corrió hacia el hombre, quien al tomar al pequeño en sus manos lo alzó alegremente sobre sus hombros, haciéndolo volar como un pájaro, como jugaban todas las mañanas antes de partir al colegio. Antes de partir al trabajo. Y antes de la peste.
Los brazos extendidos en cruz y las piernas abiertas en V de Orestes rozaban con el viento limpio y cálido del lugar. Felicidad era lo único allí. Felicidad y amor que le fueron arrebatadas momentáneamente cuando su mano izquierda fue jalada por la puta desde arriba. Este jalón despertó a Orestes de su ensoñación sólo para ver horrorizado que su madre y Eustaquio lo llevaban de nuevo fuera del agua, fuera de la felicidad.
"Ayuda", alcanzó a decirle a la gente aterrada de las aguas, "ayuda papá, no dejes que me lleven", gritó desesperado, mientras escuchaba a su madre gritar angustiada "no me dejes Orestes, no me dejes tú también, hijo". La mujer no lo soltaba, se aferraba a la esperanza de sacarlo del río y él a la esperanza de que no lo hicieran.
Cuando ya el viento frío de la ciudad aventó su rostro fuera de las aguas sintió varias manos cálidas y confortantes llevándolo de vuelta hacia abajo. Vio con alegría a su padre, a la princesita, a los niños y los payasos, a su maestra y los músicos tirándolo de nuevo hacia el paraíso. El forcejeo fue corto. Su madre cansada no pudo más, la gente de abajo pudo más.
La puta sólo recuerda ver a su hijo sonreír al hundirse en las frías aguas del río.

19 de enero de 2009

Woman on fire

La mañana se coló por las persianas y mientras lo hacía iluminaba el perfecto cuerpo de ella con su tinte dorado.

Los escritores siempre somos así, intensos, románticos, las descripciones fáciles no son para nosotros. Así me sentía esta mañana con esa mujer espectacular desnuda ante mí, dejándose bañar sobre el sillón con esa luz golden light colada por los entrepaños de la ventana. Sus tetas redondas y paraditas brillaban en esos haces y sus largas piernas, terminadas en perfectos pies, bamboleaban su cuerpo a su ritmo.

Tenía sobre ella la corbata de mi traje de los domingos y sostenía en sus fabulosas manos una taza de café recién colado. Al sentir mis movimientos en la cama volteó hacia mí batiendo sus largos mechones avellanados y sus ojos ambarinos, enormes como sus dientes y tan brillantes como esas piezas nacaradas.

Sonrió.

Hermosa.

Perfecta.

“Buenos días”, me dijo mientras se levantaba y caminaba leonina hacia mí. Cuando se inclinó para darme un beso, de esos profundos y lascivos, con cierto sabor acre por el aliento matutino, mi pene se alzó potente. Ella lo vio, sonrió y le dijo, sin quitarle los ojos de encima “buenos días a ti también”.

Inmediatamente dejó la taza en la cerámica resquebrajada del piso de mi habitación y tomó mi miembro con firmeza, besó lentamente mi cuerpo desde el pecho hasta la ingle con el mismo ritmo con que me acariciaba y cuando llegó al punto exacto, lo cubrió con sus gruesos labios carmesí, puso su lengua rugosa como una lija sobre el glande y absorbió durante varios minutos -durante los cuales variaba la intensidad, humedad y ángulo- los sabores de mi cuerpo.

El continuo y salvaje movimiento, intensificado cuando llevaba mi miembro en su garganta más allá de lo biológicamente aceptable, la presión que hacía con su índice debajo de mis testículos y los rasguños que hacía al mismo tiempo en mi pecho me hicieron correrme rápido. Sin culpas. Glorioso.

Se recreó en el sabor del flujo recibido y esperó con parte de mi anatomía en su boca hasta que ésta recuperó su tamaño normal. Allí, sin decir más, estuvo pegada a mí. Yo, fascinado, sólo atinaba a ver su hermosa cabellera achocolatada y a acariciar su cuello, adornado en su base por una palabra escrita en chino cuyo significado jamás conoceré.

Cuando decidió expulsar mi pene, sonrió viéndome y acercó su rostro al mío. Me besó de nuevo, creo que para devolverme parte de lo que le di; es por esto que chupé su lengua, ahora llena de un sabor espeso y ácido.

“Pedro”, llamó mi nombre inesperadamente, “tú eres escritor, ¿no?”, dijo abriendo sus enormes ojos. “Sí”, respondí secamente y sorprendido por la pregunta. “¿Por qué?”, rematé. “Es que mientras dormías”, me dijo un poco misteriosa, “estuve revisando los papeles sobre tu escritorio. ¿Sabes cuando los personajes de los escritores son gente que ellos conocen o han visto alguna vez?”. “¿Sí?”, pregunté expectante. “¿No has pensado a veces que ciertas personas que conoces son -en realidad- producto de tus escritos?”.

“¿Qué quieres decir?”, en ese instante una angustia punzante alteró mi tono de voz, haciéndolo algo chillón. “¿A qué te refieres”?. “Es decir, ¿no has pensado alguna vez que así como conviertes en fantasía la realidad, al plasmarla en tus novelas, la fantasía se puede hacer realidad? ¿Yo no te recuerdo a alguien, acaso?”, dijo con una expresión diabólica en los ojos.

“Eso es absurdo”, grité alterado, parándome del horror, señalando hacia ella. No conocía aún las razones, pero en ese instante se me hacía molesta e insidiosa. “¿Qué clase de ignorante pregunta es esa? ¡Eso es imposible!”. “No lo es y tú lo sabes. Lo sabes desde que me viste en el bar. Simplemente lo has ignorado toda la noche. ¿O me equivoco?” Dicho esto se levantó y caminó inalterable hacia donde yo había corrido. Frente a mí, dejando tan sólo centímetros entre su interrenal rostro y el mío, respirando fríamente, sonrió para preguntar. “Dime, ¿quién soy? Dime Pedro, ¿quién soy?”

“Una loca. No lo sé. Déjame en paz”, la empujé y corrí al lado contrario de la habitación. Caminó de nuevo hacia donde yo estaba para repetir la posición anterior y preguntarme -como si fuera posible- aún más gélidamente: “¿quién soy, Pedro? Mírame y dímelo. Tú lo sabes”. Sin querer creerlo dudé un instante, pensando en despertar de este sueño infernal, convencido de que si respondía lo que en ese momento supe, me despertaría.

“Dime”, insistió mientras dirigía su mirada hacia los papeles revueltos sobre la mesa, “¿quién soy?” “¿Aurora?”, respondí finalmente derrotado. Su rostro triunfante dibujó un gesto lleno de la más pura de las arrogancias. Se irguió feliz sobre sus piernas y se alejó lentamente, caminando de espaldas para no perderme de vista. Se sentó de nuevo en el sofá y me dijo, después de unos largos minutos, “¿era tan difícil, creador mío, decir mi nombre en voz alta?”

“¿Pero cómo es posible? ¿Cómo?”, alcancé a decir justo antes de arrodillarme lloroso y desnudo sobre el suelo. “No hay explicaciones racionales, simplemente pasó y estoy aquí. Dar contigo no fue complicado porque conozco tu rutina, ya que soy una parte de ti, de tu imaginación. Sabía que me deseabas, sé que soy una mezcla de muchas mujeres conocidas por ti y sé, también, que moriré en tu historia. Y vine a impedir eso.” Concluyó.

Todo era tan irreal. Tan ilógico. Increíble, pero a la vez cierto. Aurora, la mujer más perfecta creada alguna vez por mí estaba allí, desnuda y exquisita ante mis ojos.

“¿Morir?”, aterricé despiadadamente mis ideas. “¿Cómo sabes que morirás?”. “¡Por favor!”, burlonamente dijo antes de soltar una carcajada demoníaca, “soy una parte de ti, te conozco. Y no moriré de la manera que tú deseas sino como creo -según como sabes que soy- se merece la muerte mi personaje. Algo espectacular, algo digno de nosotros. Amado mío.” Dicho esto corrió a mí. Besó mis labios una última vez y tomó antes de que yo lo supiera los folios donde estaba su esencia.

Los segundos transcurridos después de este gesto fueron tensos y angustiosos. Sus ojos almibarados me veían expectantes, iluminados por la locura. Aurora plegaba a su cuerpo mis historias mientras el sudor lustraba su piel canela. Sin retirar la mirada de su creador, sin despegarse de las hojas y sin variar en lo más mínimo su expresión, caminó hacia la cocina y antes siquiera de yo notarlo encendió con el piloto automático la estufa, para -muy tarde lo supe- quemar mi material.

“¡No!” es lo único que pude gritar al correr hacia ella.

Sin embargo mi camino a la cocina fue cortado por una pared de fuego nacida de ella, quien parecía en medio de esa ignición disfrutar de las caricias que las brasas hacían en su piel. Las lenguas de la combustión invadían su espacio y parte de mi sala, quemando solamente a mi Aurora, sin dañar lo demás.

Finalmente la diosa sonrió antes de ser consumida en su propio averno. Las cenizas de la novela inédita yacían sobre la estufa y el fuego desapareció como llegó, sin dejar marcas, sin dejar razones. Dejándome solo de nuevo.


7 de enero de 2009

Noticias: Unos niños de seis y siete años se fugan para casarse en África


Me causó mucha ternura leer esta noticia que demuestra que los seres humanos somos intrínsecamente románticos y que conforme pasan los años "nos echamos a perder". Esperemos que los pequeñines puedan vivir siempre en romance y encontrar en cada espacio de su vida un momento para la ilusión. Aquí la noticia:

6 de enero de 2009, 10:38 AM

AFP-BERLÍN-. La idea era romántica: dos niños totalmente enamorados se fugaron en año nuevo con la intención de pasar su luna de miel bajo el sol... en África, indicó el lunes la policía alemana.

Durante la nochevieja, el pequeño Mika, de 6 años, cuenta sus últimas vacaciones en Italia a los dos hijas de la nueva pareja de su padre divorciado, Anna-Lena y Anna-Bell.

"A partir de ahí, los niños han construido proyectos de futuro", indicó a la AFP Holger Jureczko, portavoz de la policía federal.

Criados en familias monoparentales, Mika y Anna-Lena, de 7 años, "se quieren mucho y deciden casarse en África, donde hace calor, y tomar por testigo a la hermana pequeñas de Anna-Lena, Anna-Bell, de 5 años", según el portavoz.

En la mañana del 1 de enero, los tres hacen sus maletas, en las que meten "gafas de sol, accesorios para la playa, ropa ligera y algo de comida" para su aventura. Abandonan el domicilio de Langenhagen, en las afueras de Hanovre (norte) mientras que sus padres respectivos todavía duermen y llaman a la puerta de una amiga que no contesta.

Andan durante un kilómetro, atravesando la ciudad, cogen el tranvía durante tres kilómetros hasta la estación central de Hanovre, donde se disponían a tomar una lanzadera hacia el aeropuerto, explica Jurecsko. La presencia de los tres niños solos en el andén de la estación llamó la atención del personal de la estación, que avisó a la policía.

Dos agentes convencieron rápidamente a los niños que sin dinero ni billete de avión no llegarían a África. Para reconfortarlos, les hicieron una visita guiada de la comisaría de la estación. A los niños les impresionó especialmente las salas de interrogación y los padres los recuperaron rápidamente, según el portavoz. "Siempre podrán realizar su proyecto más adelante", añadió.