
Una risa gutural y demoníaca salió de la exquisita boca de Nelvana, ahora convertida en un fantasma pálido, de largos cabellos rubios, expresión dura y ojos azules. Las pecas caramelo salpicaban los grandes senos y cuadrados hombros del cuerpo níveo mostrado ahora ante mí.
Sin parar de reír diabólicamente me señalaba con sus largos dedos mientras gritaba “¡maldito, me has engañado! ¡Ya no habrá boda!”. Sus acusaciones retumbaban en mis oídos, adoloridos por la aguda voz, y mi corazón ahora frío y paralizado en mi tórax tardó en reconocer el rostro mirándome sádicamente.
“Rebeca”, pude decir finalmente, dejando escapar el poco aire contenido en mis pulmones. “Rebeca” -repetí- “déjame explicarte”. “¿Creíste que no lo sabría Karl? Tú con la sirvienta, esa maldita calé. Ya no habrá boda, el negocio dejado por tu padre morirá sin mi dinero. Maldito.” Las palabras reverberaron infinitamente en las paredes de mi cuarto, bañadas en sangre y aceite.
Desperté después de esto bañado en sudor, con la fiebre aún en mi cuerpo, el pene erecto y un amargo sabor en la boca. “Era un sueño”, me dije muy decepcionado. “Un sueño nada más, Nelvana no ha sido mía”. Decepción total.
Esta última frase despertó en mí a un animal enjaulado que me recordó los planes de ese día al anochecer: arrancar el amuleto de ágatas del cuello de Nelvana mientras la penetraba salvaje e impío. Su virginidad le será arrancada. Por mí.
Me levanté de mi cama y me dirigí como una fiera al baño, allí me lavé el rostro y me observé atento en el espejo. La fiebre seguía ahí, pero no me enfermaba, simplemente me hacía irracional. Y por esa irracionalidad actué como lo hice. Arranqué mis camisas, rompiéndolas en jirones, y corrí hambriento al cuarto de la dama de compañía de mi madre. La compañía ahora sería para mí, toda la noche.
Abrí la pesada puerta sin esperar siquiera saber si ella estaba o no despierta y entré enrojecido al cuartucho de servicio. La oscuridad, apenas rota por un candelabro de tres velas sobre la mesa de noche, invadió aún más mis ya sombrías intenciones.
Calladamente me senté en la orilla de la cama juvenil y descorrí la cobija, ella estaba allí, dormida e inocente, con el camafeo sobre su oscura piel. Su pecho -me di cuenta en ese momento- estaba desnudo, como toda ella. ¿Cómo podría siquiera dormir sin ropas en pleno invierno? Absorto y encantado detallé calmadamente su cuerpo, sus senos bajaban y subían lentamente siguiendo su respiración.
Sus párpados temblaban (seguramente soñando) y su gruesa boca sonreía. Los largos cabellos -que tomé por rizos para olerlos profundamente- ocupaban la almohada y caían tímidamente sobre sus esculpidos hombros. Sus piernas, largas y fuertes, estaban coronadas en su unión en la entrepierna por una tierna marañita de pelos borgoña, sobre una exquisita ostra virgen. Su vientre, algo redondo por ser aún adolescente, me invitaba a besarlo. Así lo hice.
Luego acomodé mi pesado cuerpo a lo largo de ella y puse mi febril mano sobre su pelvis, acariciándola tiernamente unos instantes, para luego bajarla a su vagina, en la que metí un dedo primero en una cavidad seca e ignorante de lo que haría dentro de poco con ella.
Acompasadamente metí y saqué un dedo en ella y -conforme su sexo se humedecía- introduje dos dedos más. Sin dejar de penetrarla manualmente, acerqué mi rostro al de ella para besarla. El beso, profundo y pecaminoso, la despertó. Asustada, la gitanilla abrió desesperada sus ojos jade y clavó sus uñitas en mi pecho desnudo, pero este acto sólo logro el efecto contrario al que ella hubiese deseado, pues me excitó más, así que intensifiqué la fuerza de mi boca sobre la suya.
En ese momento, lleno de la más grande rabia sentida jamás por mí, me monté sobre ella, apartando sus piernas, aplastando mi pecho sobre sus senos y mordiéndola cruelmente en el cuello. Cuando me tomé un respiro para arrancar con mis dientes el espantoso amuleto que pendía de su cuello de cisne Nelvana finalmente pudo suplicar “así no, por favor, así no”. Inconscientemente el animal en mí retrocedió dos pasos y el humano pudo responder “perdóname, es que te deseo demasiado”, obligando a mi cuerpo a retroceder también.
Me alejé de ella ágilmente, sentándome en la orilla opuesta en donde su cuerpo semiprofanado yacía tembloroso, ocultando mi cara entre mis manos. Derrotado repetí “perdóname, es que te deseo demasiado”, largándome a llorar agriamente. Así estuve varios minutos, que parecieron siglos, hasta que ella se acercó a mis espaldas y me abrazó tiernamente, con sus pechitos calientes sobre mis hombros.
Con ansiosos besos cubrió mi espalda, hombros, brazos y cuello, acariciando tímidamente lo tocado por sus labios. Poniendo su barbilla ovalada sobre mi oreja izquierda me dijo “soy tuya Karl, siempre lo he sido, pero así no, por favor” y esta simple acción, inocente y sincera, me hizo llorar aún más, como un niño ante ella.
Entonces sucedió que tomó mi cara entre sus manos, de madera y especias, y me besó con inocencia, hambre, deseo, pureza, timidez, con tantas cosas y a la vez con nada, que me hipnotizó. La fiebre en ese momento se hizo mayor y me enfermó. Mi cabeza comenzó a dar tumbos, mis pensamientos no coordinaban algo lógico y el pánico se apoderó de mí.
Me paré de nuevo, como un autómata, y corrí a mi habitación, escondiéndome allí hasta la mañana siguiente. Vi cómo la noche aclaraba convirtiéndose en una gélida representación de un día gris. Los rayos de sol golpearon mi rostro cansado y adolorido de tanto llorar, sin conocer la razón de mi reacción tan cobarde.
Haciendo acopio de una voluntad gastada me levanté para el desayuno, lavé mi rostro de nuevo, cambié mis ropas y me dirigí al comedor. Allí estaban mi madre y hermanos cabizbajos, algo llorosos, frente a los platos vacíos.
Gustav, el segundo varón, tenía las manos de mi madre entre las suyas mientras Carlota su cabecita rubia sobre sus faldas, los más pequeños rodeaban la triste escena: la viuda von der Band llorando sobre un papel arrugado y sosteniendo un camafeo de ágatas y perlas.
Al ver mi desencajada expresión Sonia, la más vivaz de todos, retiró el papel de las manos de mi madre y se acercó a mí, entregándome ceremonialmente la nota:
“Lo siento mi señora, no puedo continuar en esta casa. Por favor conserve mi amuleto. La protegerá de la tristeza. No me busquen, me fui con mi gente. Amor, Nelvana”.
Dejé caer el papel y me senté afligido con el resto de mi familia en un comedor melancólico y frío.Nelvana es exquisita. Su nombre sonaba en mi garganta mientras la besaba y retumbaba en mi paladar. Nelvana, una y mil veces Nelvana.
FIN



