Con una violencia extrema, aumentada por sus deseos, Emilio inmovilizó a Leticia entre el sofá y su cuerpo. La cercanía de él, la adhesión desesperada a su figura, encendió aún más a Leticia quien levantó un poco su cadera para rozarla más firmemente contra el bulto pétreo que sobresalía del pantalón de Emilio.Los besos entre ambos eran hambrientos, ardientes e invasivos.
No había espacio para respirar ni para el aire individual. Las manos de ambos sobaban impertinentes todos los pliegues y aberturas en sus cuerpos. Las manos rugosas y largas de Emilio manejaban diestramente los dedos del hombre, introduciéndolos sin cuidado por los bordes de la pantaleta de encaje de la gordita pelinegra, para invadir descaradamente el túnel húmedo que se abría ante ellos.
Leticia disfrutaba del juego así que, cuando el flaco de cabellos rizados que se frotaba contra ella metía sus fríos dedos en su vagina para luego lamerlos con gusto, ella reía maliciosamente, jadeando, expirando su dulce y cálido aliento a chicle bomba y luego levantando la cara hacia él, buscando sus gruesos labios para morderlos e introducir su larga lengua entre sus blancos dientes.
El sabor a cigarrillo y té que emanaba de la boca del italianito, sus grandes ojos ambarinos y su larga y perfilada nariz eran las características que en conjunto más le gustaban a la gordita. Su cuello, delgado y venoso, enrojecido por la excitación, se convertía en el objeto de sus juegos. Leticia lo lamía una y otra vez, sustituyendo el sabor a cigarro de la boca de él con el sabor de la cara colonia de hombre mezclada con el salado sudor.
De cualquier manera se movían sobre el sofá de cuero. Este era un hambre diferente, se sentía con la piel, con las entrepiernas, no se calmaba y aumentaba la sed de violencia y sexo. Las ganas, alimentadas por meses de miradas rápidas y toqueteos oportunos en la oficina, habían arrastrado a jefe y subordinada hacia un camino tortuoso y divino, desenfadado, para finalmente desatarse sobre ellos en un instante.
Las mordidas que Emilio le hacía a Leticia sobre sus pezones rosados, la excitaban más allá de lo soportable, lo que la hacía retorcerse de placer. En cambio, las manos pequeñas de ella, llevando el vaivén de sus deseos sobre su pene enervado, lo hacían jadear pasmosamente, buscando penetrarla para concretar lo que habían iniciado.
Cuando Leticia cedió y abrió sus piernas bajo el peso del jefe, el miembro masculino entró glorioso y triunfante en su estrechísima caverna. Una y otra vez taladró, con fuerza y sin pausa, llevando las notas en los gritos de Leticia a extremos audibles para quienes estaban fuera de la oficina; esto obligaba al director de la compañía a tapar con una mano la roja y pequeña boca de la mujer, mientras con la otra frotaba el clítoris gomoso de la hembra.
Haciendo gala de lo aprendido en las camas y sofás de otros, Leticia se separó cuando pudo del cuerpo trémulo del hermoso hombre, obligándolo a recostarse sobre su ancha espalda para bajar cruelmente con lentitud hacia el yermo pene, sostenido entre sus manos sudorosas.
Mientras se acercaba a su objetivo, la tetona pecosita lamía el plano estómago de su jefe y retorcía con sus labios las tetillas masculinas o jalaba con ellos los vellos que alfombraban su pecho. Finalmente, con entusiasmo, separó sus mandíbulas y metió el largo y grueso pene en su pequeña y fragante boca, hasta el final, muy atrás en su garganta.
Emilio, al borde de la desesperación, tomaba los lacios mechones azabaches de la mujer y jalaba o empujaba febrilmente su cabeza, para marcar el ritmo que le gustaba. Era él quien daba las órdenes fuera y dentro de ella y eso le gustaba a la secretaria, quien con el mayor gusto del mundo -y ya para calmar el ardor de su boca- bebió hasta la última gota expulsada por el italiano que yacía complacido sobre su sofá de cuero negro.

