
El ángel notó con preocupación cómo, durante su vuelo rasante por las nubes, subiendo a la capa más alta de la atmósfera, el choque con el avión le produjo una herida punzante en las costillas y la pérdida aparentemente irreparable de las plumas de seda de sus alas.
Una a una caían, tornasoladas, compuestas de miles y miles de fibras tejidas por las almas del purgatorio, en una escalada que el ángel no pudo entender como menos que la muerte, pues con cada pluma perdida la altitud de su vuelo se reducía.
Ya había atravesado vertiginosamente los cristales de hielo de los cirros, que se pegaron a su cuerpo robusto y pálido, dibujando hermosas figuras sobre su piel desnuda y humedeciendo los rizos grises de su cabello largo. Al perforar en su caída los algodones de los cirrocúmulos, blancos y transparentes, creyó ver mucho más arriba el paso de dos de sus compañeros. Quiso avisarles, pero la sensación de vértigo se lo impidió.
Con cada grupo de nubes que traspasaba, el vértigo aumentaba en la misma medida que los restos de hielo y agua en su hermoso rostro y perfecto cuerpo. Estratocúmulos, altocúmulos, altoestratos, nimboestratos y finalmente cumulunimbos fueron las capas celestes que violentó con su cuerpo convertido en bólido.
"Si no hubiera subido tan alto, siempre imprudente como soy, no estaría pasando esto", se dijo a sí mismo, y en ese momento lo supo: a mayor cercanía con la tierra y los espantosos seres que allí vivían, más humano se volvía. "Seré como ellos, me estoy convirtiendo en uno de ellos", comenzó a repetirse una y otra vez.
Trató de remontar vuelo, pero con cada esfuerzo se hacía más pesado, menos inmortal, y frágil. Lo había escuchado antes, en las conversaciones de seres como él, la proximidad con el planeta de los simios los convertía en uno más, adquiriría sus debilidades, enfermedades y consciencia.
Con ésto, el dolor en un cuerpo incorpóreo e invencible hasta ese momento se hizo real. Espantado el ángel notó que sus hermosas alas habían desaparecido y en cambio eran sustituidas con unos feos hombros de piel y hueso, como el resto del cuerpo, que a estas alturas ya era sólido.
Entre la maravilla y el asombro el ángel abrió sus manos y observó la fina capa elástica que las cubría, de color aceituna. Bajo esta capa, llamada piel según recordaba, corrían infinitas líneas azuladas y sobre ella, en lo que ahora era su nuevo cuerpo se sentía el empuje del aire contra él.
Trató, ante la terrible realidad, de comprender y disfrutar las sensaciones recién descubiertas -mismas que aumentaban su intensidad a cada metro de decadencia recorrido-. Sintió un tambor en su pecho, el oxígeno quemó sus pulmones, los pensamientos se transfiguraban en palabras, el cabello era negro ahora, su cuerpo femenino y sus ojos se quemaban con la luz del sol.
El calor de sus rayos, en ese momento lo supo, físicamente se sentía como el toque de Dios.
Haciendo el mayor esfuerzo, ahora humano, que podía, observó los rascacielos cortando el espacio libre y admiró las construcciones de esos pequeños seres, tan complicados, que lo verían caer en pocos minutos. Una espantosa sensación paralizó su cuerpo, un frío punzante atravesó su cuerpo y perforó el nuevo corazón, "pánico" se explicó, "esto es pánico, voy a morir".
Sabía que el toque con la tierra sucia que siempre veía desde el cielo sería su muerte como ser divino y su inicio en un planeta diabólico y mezquino. Rechazó su destino y gritó, tan alto como pudo, el nombre de su Creador, al notar que las palabras no sonaban en su mente como las recordaba supo también que Su nombre no podría ser vuelto a pronunciar por "ella" jamás.
Sintió desesperanza y con ella renunció a su nueva dimensión, justo cuando ya caía a menor altura que los edificios. Mientras su nueva figura femenina bella, joven, desnuda y perfecta esquivaba el espacio entre las altas construcciones, negó la vida que le esperaba en ese lugar maldito y pidió ayuda al dios cuya cara tampoco recordaba ahora.
Esperó los últimos segundos antes de su encuentro con la Tierra por un milagro. Nunca ocurriría. Así que decidió abandonarse a los designios de Lucifer, quien nunca desperdiciaba la oportunidad de tener ángeles heridos como él lo fue en su tiempo.
Su petición fue escuchada: antes de tocar tierra su cuerpo se convirtió en miles de plumas tornasoladas que cayeron sobre los desprevenidos conductores de la autopista principal de la gran ciudad.
