Sus rizos cayeron suavemente sobre su cara, uno por uno se iban desenredando de esa cascada color café e iban tapando su rostro, redondo y blanco. Luego, con el impulso de su cabeza batiéndose hacia atrás, la cascada hacía el recorrido a la inversa, cortando el aire con su danza, distrayendo a las carajitas que gritaban histéricas por el guitarrista metalero que tocaba los más demoníacos acordes mientras agitaba su largo cabello.Samuel, así se llamaba el músico, conocía del poder de su melena, larga y cuidada, brillante y sedosa, casi femenina, que despertaba los más bajos impulsos en todas las féminas que asistían a verlo -a él y a su banda- cada miércoles al mismo bar gastado y sucio de la vieja ciudad.
Las tonadas pesadas y oscuras del metal más frío que pudiera tocarse sobre una tarima provenían de las mágicas manos de Samuel, tocadas a veces -mientras rasgaban sonidos de la Fender que heredó de su papá- por las puntas de sus rizos castaños. Igualmente, la voz más grave y cavernaria que persona alguna podría escuchar, también provenía de las largas cuerdas vocales del hombre.
Cuando Samuel tocaba con sus compañeros las nostálgicas canciones se podía sentir cómo un velo más denso que el humo del cigarrillo y la marihuana cubría lentamente al público y oprimía los góticos corazones femeninos que acudían, cual rebaño hipnotizado, al precipicio que el alto hombre creaba con sus tonadas.
Caían una a una, sin importar su edad, tamaño, creencia o religión, en un embrujo cautivante pero efímero, que sin embargo duraba lo suficiente para que se decidieran a abrirle las piernas y ofrecerle tras bastidores cualquier cavidad húmeda que él quisiera llenar con su hombría.
Miércoles tras miércoles Samuel recogía su larga melena en una cola y procedía, a veces con una a veces con dos y las menos con tres chicas, a desatar las pasiones más bajas que pudieran imaginar sus acompañantes, cegadas de alguna manera y dispuestas a complacer cualquier infernal petición.
Luego de que el mortecino guitarrista marcaba con sus largas uñas la piel de cada mujer que le ofrecía placer acostumbraba a dejar que ellas, embobadas, acariciaran su largo cabello y se envenenaran aún más con su aroma acre, mezcla de sudor, tabaco y champú. Mientras tanto, él se deleitaba sobando sus senos o rellenando de nuevo -esta vez con sus largas y bien desarrolladas manos- sus húmedas cavidades, ya violentadas por su miembro.
Pero esta noche en particular sé que Samuel no podrá recrearse después de su toque con ninguna de las mujeres que siempre lo persiguen, porque esta noche mi amo me mandó del más profundo de los fosos a arrebatar el alma que hace tiempo le vendió para obtener fama y mujeres. Su habilidad, como él siempre supo, es prestada y la factura le será cobrada hoy, por mí, la mujer que más tarde escogerá para llevarse a la cama.
