
Adrián tiene profundos ojos ámbar y largos rizos trigo, que caen uno por uno en tirabuzones individuales sobre sus hombros. Su piel suave y cristalina está salpicada por aquí y por allá con pecas rojizas, que hacen contraste con su cara de niño travieso, dibujada en un rostro anguloso, de barbilla delicada y con una nariz recta. Sus labios carnosos y acerezados me sonríen mientras dejan escapar su aliento a chocolate y me permiten ver sus casi perfectos dientes, apiñados en su boca pequeña. Personas como Adrián son tan hermosas que parecen irreales, sólo las vemos en pinturas o pasar rápidamente por la calle. Pero algunas veces -y éstas son memorables- nos cruzamos con estos dioses terrenales y tenemos la suerte de poder tocarlos de cerca y permitir que apaguen el fuego que encienden en nosotros. Adrián está a punto, con su mano en mi entrepierna, de hacerme gritar su nombre una y otra vez.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario