17 de octubre de 2008

Colaboración: Tiene que ser pecado


Este es un relato escrito por una amiga, periodista y excelente ser humano, súper creativa, quien ya colaboró anteriormente en este blog (con "Viva el mamerto", octubre 2006) y una vez más vuelve, pero esta vez con un relato publicado en el libro Sexo a 62 manos, serie de relatos eróticos enviados a un concurso a Urbe. Mi amiga, cuyo nombre es Criss Monterrey, no ganó el premio en ese entonces de 2 millones de los débiles, pero se da el lujo de haber sido publicada (cosa que me genera cierta envidia, pues a mí no me ha publicado nadie todavía). A continuación el texto. Disfrútenlo, por favor.

¿Por qué será que uno toca el cielo mientras está pecando? Ruddy La Scala tenía razón cuando cantaba ese tema, porque la adrenalina que surge entre amantes es adictiva y reconfortante. Puedo decirlo con propiedad porque ya lo viví, y la verdad es que mi anatomía está feliz. A veces me pregunto por qué he retrasado tanto el vivir sensaciones intensas, por qué he dejado de lado mi cuerpo para atender tonterías académicas… Ahora me ha tocado aprender contigo en poco tiempo, y aunque difícil, lo disfruto al máximo.

Yo era virgen antes de conocerte. Pero claro, lo negaba rotundamente. ¿Quién carajo confiesa que a los 25 años es virgen y nunca ha sido besada? ¡Nadie! Con este físico era de esperarse que ningún hombre se me acercara, por eso era la típica intelectual que cubría sus carencias sexuales con los estudios. Me moría por probar los besos, las caricias, la penetración repetida y violenta, la eyaculación y el orgasmo, pero no iba a saberlo hasta hallar un hombre interesado en ocuparse de la vida sexual de una fea. ¿Por qué tú sí quisiste y viste en mí la belleza que ningún otro hombre me descubrió? No lo sé y creo que no me interesa saberlo.

Mil veces te dije que no me pondrías un dedo encima a menos que estuviera ebria o drogada, pero fuiste tan insistente que tuve que ceder ante tus avances aquella noche en tu apartamento. Se supone que íbamos a hacer un trabajo, pero… tú no sólo te dedicaste a frotarme la mano, sino que aprovechaste para besar mi mejilla, el cuello, metiste tu lengua en mi oreja y activaste mis hormonas… Cada vez que te acercabas a mis labios te decía que no siguieras, pero tú entendías todo lo contrario. No me movía, no respiraba, no lograba alejarte de tu objetivo. ¡Yo no sabía besar! Después de tanto negarme, tu lengua estaba explorando mis muelas y la cavidad bucal con una intensidad que yo no había experimentado nunca: eran besos fogosos y fuertes, de esos que según mi imaginación sólo aparecían en la cama… Fue un momento larguísimo y carnal, porque no sólo fue unión de labios y fluidos sino que implicó al cuerpo también. Me besaste sentada, de medio lado, parada, acostada, bajo tu cuerpo…metiste tu mano por mi camisa, tocaste mis senos por encima de ella, quisiste agarrarlos por debajo y no te dejé porque no quería que notaras lo duros que tenía los pezones… Recuerdo que abriste mis piernas con tu rodilla para no dejarme cerrarlas más: me regalaste un polvo con ropa, pude sentir tu pene erecto bajo tu pantalón cuando empujabas la pelvis contra la mía. Mierda, ¡mojé la pantaleta de coñazo! ¿Eso fue un orgasmo?

Luego administramos los encuentros por “clases”, cada vez me enseñabas algo nuevo y yo intentaba aprender. A todo hombre le gusta ser el maestro de una chica inexperta, hay algo en ellos que les despierta el morbo al máximo cuando saben que la mujer está sintiendo placer por primera vez. En la siguiente sesión no te pude morder ni arañar porque tu esposa te descubriría, así que hubo menos lengua, más caricias y una considerable cantidad de líquidos corporales: querías tocarme todo y yo no te lo permitía, e intentaste ganarte mi confianza haciendo que pasara la mano sobre tu jean abultado, y al mismo tiempo te desvestías prenda a prenda porque “la camisa tiene monedas, la correa incomoda, el pantalón y los zapatos molestan…”. Hay que ver que tu creatividad crece cuando quieres convencerme para tener sexo… Me gustó que te pusieras sobre mí y movieras circularmente tus caderas, por eso te permití que desabrocharas mi sostén y besaras mis senos rosados y firmes, el escalofrío que sentí llegó directo a mi vagina latente… Imagino que la notaste húmeda cuando bajaste mi pantalón e introdujiste tus dedos en ella.

Jamás había palpado un miembro en mi vida, mucho menos sabía cómo debía tocar a un hombre excitado, pero ya estaba tan emocionada que no quería detener el momento. ¿Cómo no advertiste mi virginidad? ¿Por qué no te diste cuenta de ello al meterme los dedos? Mi himen te engañó vilmente, y lo único que no pude negarte fue el placer que me produjo el sexo oral… Creo que no tengo palabras para describir lo que sentí, tu lengua protráctil hizo que se me bajara la tensión y no pude ni controlar el temblor de mis piernas, hasta pienso que me alejé de la realidad mientras tú te masturbabas al castigar mi clítoris con tus labios. Fue por ello que decidí devolverte la jugada: introduje tu pene vigoroso en mi boca y al principio no supe cómo administrar esos 20 centímetros de carne, pero tú parecías disfrutar mi inexperiencia… Acercaste la eyaculación con tu mano y de pronto sentí que tu miembro se estremecía. ¡Qué sabor tan desagradable tiene el semen! ¿Habrá sido un error tragármelo? Whatever, sé que te gustó porque quedaste inmóvil en el mueble, transpirando y pensando quién sabe qué travesura.

La tercera clase fue crucial. No planifiqué perder la virginidad ese día, pero ni siquiera noté cuando me desvestiste, así como tampoco advertí en qué momento quedaste sin ropa. Era la primera vez que estaba completamente desnuda frente a un hombre, y era la primera vez que veía a un varón al natural, erecto y preparado para hacer el amor. “¿De veras tu pene se levanta por mí, yo te produzco todo eso? Qué honor, no importa que no sea bella…”, pensaba, mientras tú decías que ibas a ponerte el preservativo. Joder, te dije que no era virgen, pero mentí, era evidente que nunca me acosté con nadie antes… Sé que inventé una excusa absurda para no tirar, y tú aliviaste tus ansias haciéndome sexo oral de nuevo y masturbándote con fuerza. Qué hábil, para ese momento ya habías notado que el cunningulis me enloquecía, y por eso súbitamente te pedí que usaras un condón y entraras. Ahora que lo pienso, fue un gran error… Jamás sentí un dolor tan fuerte como el que me produjo tu miembro intentando traspasar mi himen, ese fucking pedazo de carne minúsculo me hizo sangrar durante 4 días seguidos y lloré por una semana entera, porque me dolió más que cualquier golpe que recordara.

¿Cómo es posible que una pequeña porción de mi vagina me hiciera sufrir tanto? Maldita sea la virginidad, esa tontería no debería existir… Ojalá hubiera sido más fácil, me habría encantado que penetraras con facilidad y no al quinto intento… Ya era tarde para arrepentirme, tuve que reprimir las lágrimas para que no te frenaras, pero la verdad es que yo quería irme de allí y no verte nunca más. Sabía que iba a sangrar, eso me lo esperaba, pero por Dios, ¿por qué tanta sangre, por qué no se detenía, por qué no dejaba de dolerme? Qué desgracia, por fin alguien se tomaba la molestia de hacerme el amor y mi cuerpo me saboteó de esa manera, ni siquiera tú podías disimular la sorpresa y el susto que tenías al ver semejante mancha roja en tu mueble… Perder la castidad fue mucho más incómodo de lo que imaginaba, hasta me pareció básico y breve. Tú sí lo disfrutaste, decías “qué rico lo cerradita que estás” y parecías estar feliz cuando me pusiste en cuatro y me diste nalgadas. La velada terminó bajo la fría ducha, te masturbaste para derramar todo tu líquido vital en mis senos y nos besamos bajo el agua… Sí, también fue la primera vez que me bañé con un hombre, puedes sonreír tranquilo.

Gracias a Dios todo fue más fácil después. En los encuentros sucesivos probamos de todo: palmadas fuertes, penetración rápida, eyaculación en la boca, 69, de medio lado, penetración anal, masaje griego, doble penetración, posiciones extrañas, sexo riesgoso, sudor, lujuria y orgasmos sin cesar… Como diría Alejandro Sanz, “tiene que ser pecado o delito hacer el amor de esa manera”. Los hombres deberían acabar por naturaleza después de 3 horas o más. No imaginas el bien que me hiciste, sacaste la tigresa que había en mí y me convertiste en una adicta al sexo y la perversión. Quiero mucho más, pienso siempre en lo que hemos hecho, mi cuerpo me pide hacer el amor a cada rato y no puedo resistir mucho tiempo sin que me cabalgues como todo un semental. Es rara la sensación y el dolor que produce la falta de sexo, quisiera tenerte así siempre, desnudo, sudado, despiadado y pervertido sobre mí, dejándote saciar tus ansias carnales en mi estrecho canal… Hace días que no sé de ti y me gustaría que vinieras. A veces, en mi nuevo cuarto, me recuesto en las blandas paredes y te llamo mientras trato de quitarme esta ropa que aprisiona. Grito, me desespero y lloro pero tú no llegas porque simplemente no existes. Eres menos que un sueño, una fascinante ilusión que aparece luego de tomarme las píldoras que el personal médico me suministra por debajo de la puerta de mi diminuto reclusorio…


Pensándolo mejor

Era fácil, Armando tenía dos mujeres entre quienes escoger. Una era su novia, no muy formal, pero novia al fin.
Era bonita, cómo negarlo, mucho más baja que él, de cabellos rizados, sonrisa amplia y cuerpo frágil. Vestía siempre deportivamente y lo esperaba pacientemente en las noches sentada en el café de una esquina, mientras él se desocupaba de sus múltiples tareas para dedicarle unos minutos.
La otra era su compañera de trabajo, a ella la veía ocasionalmente, a pesar de que compartían el mismo espacio. Era casi tan alta como él, de figura fuerte pero armónica, cabello largo y liso, y -al contrario de Lorena, la formal- no sonreía con mucha facilidad, pero era grato admirar sus ojos, grandes y redondos.
Con Lorena no tenía mucho tiempo de relaciones, al igual que con Ismenia, pero le agradaba compartir sus horas libres con ella. Con Ismenia hablaba poco, unos saludos, unas palabras cortas; sin embargo, esto no fue impedimento para sentirse atraído por la mujer.
Ninguna de estas situaciones fue causa de problema alguno hasta que una tarde, en que Ismenia y él compartieron el almuerzo, su colega le preguntó: "¿quisieras salir conmigo alguna vez?", mientras abría sus ambarinos ojos. Armando no supo qué contestar, así que lo pensó unos minutos. En su mente decenas de pensamientos pasaron como imágenes incongruentes y desarticuladas, pero dos se repitieron: "¿y qué hago con mi novia?" y "¿qué le digo a Ismenia si me atrae tanto?"
Separó sus labios para responder que tenía novia, que no podría, quizás para decirle que ella le atraía, pero en vez de cualquiera de esas cosas Armando respondió: "sería interesante". Desde ese momento, supo que esa no era la mejor respuesta. Sin embargo, no se arrepintió.
Estas palabras activaron en Ismenia el impulso de sonreír ante él abierta y francamente, la hilera de perfectos dientecitos blancos protegidos por unos labios carnosos y brillantes cautivó al hombre, quien -algo nervioso- acomodó el cuello de su camisa y pasó su gruesa mano por sus negros cabellos. El gesto, sin saberlo el administrador, provocó un ligero corrientazo en Ismenia, fascinada durante meses con el extranjero ante ella.
Igualmente, la aceptación de una supuesta salida generó una creciente tensión entre ambos, por parte de ella ante la llamada de un hombre que suponía sin compromisos y por parte de él ante las ganas de llamar, pero la indecisión de hacerlo, pues se sentía muy bien con su novia.
Sin embargo, el coqueteo mutuo -y más de parte de él que de ella- generaba iguales ansias. Poco a poco, lo sabría Armando con el pasar de las semanas, se sentía más cómodo con Ismenia a la vez que empezaba a detallarla.
De esta manera descubrió su sonrisa fulgurante, una piel suave, inteligencia, un exquisito aroma a esencias cítricas, un terrible gusto para la música y unos pies largos y bien cuidados, siempre en sandalias -usadas por la mujer para disimular un poco su exagerada altura.
Cierta noche, saliendo de su oficina, Armando alzó el teléfono para llamar a Lorena como todos los días, pero -mientras marcaba los números- Ismenia apareció de nuevo en su mente, "¿por qué me atrae tanto esta desconocida?", se preguntó.
Y, milagrosamente, como si sus pensamientos vivieran fuera de él, comenzó a recibir imágenes de todas las pequeñas cosas que había notado en su colega y que sumadas en conjunto la hacían ver en ese momento más interesante que Lorena.
Así que, sin pensarlo, sacó del bolsillo trasero de su pantalón la billetera de cuero ajado y desplegó el papelito donde había anotado el teléfono de su compañera y comenzó a marcar cada dígito.