17 de octubre de 2008

Pensándolo mejor

Era fácil, Armando tenía dos mujeres entre quienes escoger. Una era su novia, no muy formal, pero novia al fin.
Era bonita, cómo negarlo, mucho más baja que él, de cabellos rizados, sonrisa amplia y cuerpo frágil. Vestía siempre deportivamente y lo esperaba pacientemente en las noches sentada en el café de una esquina, mientras él se desocupaba de sus múltiples tareas para dedicarle unos minutos.
La otra era su compañera de trabajo, a ella la veía ocasionalmente, a pesar de que compartían el mismo espacio. Era casi tan alta como él, de figura fuerte pero armónica, cabello largo y liso, y -al contrario de Lorena, la formal- no sonreía con mucha facilidad, pero era grato admirar sus ojos, grandes y redondos.
Con Lorena no tenía mucho tiempo de relaciones, al igual que con Ismenia, pero le agradaba compartir sus horas libres con ella. Con Ismenia hablaba poco, unos saludos, unas palabras cortas; sin embargo, esto no fue impedimento para sentirse atraído por la mujer.
Ninguna de estas situaciones fue causa de problema alguno hasta que una tarde, en que Ismenia y él compartieron el almuerzo, su colega le preguntó: "¿quisieras salir conmigo alguna vez?", mientras abría sus ambarinos ojos. Armando no supo qué contestar, así que lo pensó unos minutos. En su mente decenas de pensamientos pasaron como imágenes incongruentes y desarticuladas, pero dos se repitieron: "¿y qué hago con mi novia?" y "¿qué le digo a Ismenia si me atrae tanto?"
Separó sus labios para responder que tenía novia, que no podría, quizás para decirle que ella le atraía, pero en vez de cualquiera de esas cosas Armando respondió: "sería interesante". Desde ese momento, supo que esa no era la mejor respuesta. Sin embargo, no se arrepintió.
Estas palabras activaron en Ismenia el impulso de sonreír ante él abierta y francamente, la hilera de perfectos dientecitos blancos protegidos por unos labios carnosos y brillantes cautivó al hombre, quien -algo nervioso- acomodó el cuello de su camisa y pasó su gruesa mano por sus negros cabellos. El gesto, sin saberlo el administrador, provocó un ligero corrientazo en Ismenia, fascinada durante meses con el extranjero ante ella.
Igualmente, la aceptación de una supuesta salida generó una creciente tensión entre ambos, por parte de ella ante la llamada de un hombre que suponía sin compromisos y por parte de él ante las ganas de llamar, pero la indecisión de hacerlo, pues se sentía muy bien con su novia.
Sin embargo, el coqueteo mutuo -y más de parte de él que de ella- generaba iguales ansias. Poco a poco, lo sabría Armando con el pasar de las semanas, se sentía más cómodo con Ismenia a la vez que empezaba a detallarla.
De esta manera descubrió su sonrisa fulgurante, una piel suave, inteligencia, un exquisito aroma a esencias cítricas, un terrible gusto para la música y unos pies largos y bien cuidados, siempre en sandalias -usadas por la mujer para disimular un poco su exagerada altura.
Cierta noche, saliendo de su oficina, Armando alzó el teléfono para llamar a Lorena como todos los días, pero -mientras marcaba los números- Ismenia apareció de nuevo en su mente, "¿por qué me atrae tanto esta desconocida?", se preguntó.
Y, milagrosamente, como si sus pensamientos vivieran fuera de él, comenzó a recibir imágenes de todas las pequeñas cosas que había notado en su colega y que sumadas en conjunto la hacían ver en ese momento más interesante que Lorena.
Así que, sin pensarlo, sacó del bolsillo trasero de su pantalón la billetera de cuero ajado y desplegó el papelito donde había anotado el teléfono de su compañera y comenzó a marcar cada dígito.