28 de septiembre de 2008

Pesadilla eterna (Nelvana, última parte)


Una risa gutural y demoníaca salió de la exquisita boca de Nelvana, ahora convertida en un fantasma pálido, de largos cabellos rubios, expresión dura y ojos azules. Las pecas caramelo salpicaban los grandes senos y cuadrados hombros del cuerpo níveo mostrado ahora ante mí.
Sin parar de reír diabólicamente me señalaba con sus largos dedos mientras gritaba “¡maldito, me has engañado! ¡Ya no habrá boda!”. Sus acusaciones retumbaban en mis oídos, adoloridos por la aguda voz, y mi corazón ahora frío y paralizado en mi tórax tardó en reconocer el rostro mirándome sádicamente.
“Rebeca”, pude decir finalmente, dejando escapar el poco aire contenido en mis pulmones. “Rebeca” -repetí- “déjame explicarte”. “¿Creíste que no lo sabría Karl? Tú con la sirvienta, esa maldita calé. Ya no habrá boda, el negocio dejado por tu padre morirá sin mi dinero. Maldito.” Las palabras reverberaron infinitamente en las paredes de mi cuarto, bañadas en sangre y aceite.
Desperté después de esto bañado en sudor, con la fiebre aún en mi cuerpo, el pene erecto y un amargo sabor en la boca. “Era un sueño”, me dije muy decepcionado. “Un sueño nada más, Nelvana no ha sido mía”. Decepción total.
Esta última frase despertó en mí a un animal enjaulado que me recordó los planes de ese día al anochecer: arrancar el amuleto de ágatas del cuello de Nelvana mientras la penetraba salvaje e impío. Su virginidad le será arrancada. Por mí.
Me levanté de mi cama y me dirigí como una fiera al baño, allí me lavé el rostro y me observé atento en el espejo. La fiebre seguía ahí, pero no me enfermaba, simplemente me hacía irracional. Y por esa irracionalidad actué como lo hice. Arranqué mis camisas, rompiéndolas en jirones, y corrí hambriento al cuarto de la dama de compañía de mi madre. La compañía ahora sería para mí, toda la noche.
Abrí la pesada puerta sin esperar siquiera saber si ella estaba o no despierta y entré enrojecido al cuartucho de servicio. La oscuridad, apenas rota por un candelabro de tres velas sobre la mesa de noche, invadió aún más mis ya sombrías intenciones.
Calladamente me senté en la orilla de la cama juvenil y descorrí la cobija, ella estaba allí, dormida e inocente, con el camafeo sobre su oscura piel. Su pecho -me di cuenta en ese momento- estaba desnudo, como toda ella. ¿Cómo podría siquiera dormir sin ropas en pleno invierno? Absorto y encantado detallé calmadamente su cuerpo, sus senos bajaban y subían lentamente siguiendo su respiración.
Sus párpados temblaban (seguramente soñando) y su gruesa boca sonreía. Los largos cabellos -que tomé por rizos para olerlos profundamente- ocupaban la almohada y caían tímidamente sobre sus esculpidos hombros. Sus piernas, largas y fuertes, estaban coronadas en su unión en la entrepierna por una tierna marañita de pelos borgoña, sobre una exquisita ostra virgen. Su vientre, algo redondo por ser aún adolescente, me invitaba a besarlo. Así lo hice.
Luego acomodé mi pesado cuerpo a lo largo de ella y puse mi febril mano sobre su pelvis, acariciándola tiernamente unos instantes, para luego bajarla a su vagina, en la que metí un dedo primero en una cavidad seca e ignorante de lo que haría dentro de poco con ella.
Acompasadamente metí y saqué un dedo en ella y -conforme su sexo se humedecía- introduje dos dedos más. Sin dejar de penetrarla manualmente, acerqué mi rostro al de ella para besarla. El beso, profundo y pecaminoso, la despertó. Asustada, la gitanilla abrió desesperada sus ojos jade y clavó sus uñitas en mi pecho desnudo, pero este acto sólo logro el efecto contrario al que ella hubiese deseado, pues me excitó más, así que intensifiqué la fuerza de mi boca sobre la suya.
En ese momento, lleno de la más grande rabia sentida jamás por mí, me monté sobre ella, apartando sus piernas, aplastando mi pecho sobre sus senos y mordiéndola cruelmente en el cuello. Cuando me tomé un respiro para arrancar con mis dientes el espantoso amuleto que pendía de su cuello de cisne Nelvana finalmente pudo suplicar “así no, por favor, así no”. Inconscientemente el animal en mí retrocedió dos pasos y el humano pudo responder “perdóname, es que te deseo demasiado”, obligando a mi cuerpo a retroceder también.
Me alejé de ella ágilmente, sentándome en la orilla opuesta en donde su cuerpo semiprofanado yacía tembloroso, ocultando mi cara entre mis manos. Derrotado repetí “perdóname, es que te deseo demasiado”, largándome a llorar agriamente. Así estuve varios minutos, que parecieron siglos, hasta que ella se acercó a mis espaldas y me abrazó tiernamente, con sus pechitos calientes sobre mis hombros.
Con ansiosos besos cubrió mi espalda, hombros, brazos y cuello, acariciando tímidamente lo tocado por sus labios. Poniendo su barbilla ovalada sobre mi oreja izquierda me dijo “soy tuya Karl, siempre lo he sido, pero así no, por favor” y esta simple acción, inocente y sincera, me hizo llorar aún más, como un niño ante ella.
Entonces sucedió que tomó mi cara entre sus manos, de madera y especias, y me besó con inocencia, hambre, deseo, pureza, timidez, con tantas cosas y a la vez con nada, que me hipnotizó. La fiebre en ese momento se hizo mayor y me enfermó. Mi cabeza comenzó a dar tumbos, mis pensamientos no coordinaban algo lógico y el pánico se apoderó de mí.
Me paré de nuevo, como un autómata, y corrí a mi habitación, escondiéndome allí hasta la mañana siguiente. Vi cómo la noche aclaraba convirtiéndose en una gélida representación de un día gris. Los rayos de sol golpearon mi rostro cansado y adolorido de tanto llorar, sin conocer la razón de mi reacción tan cobarde.
Haciendo acopio de una voluntad gastada me levanté para el desayuno, lavé mi rostro de nuevo, cambié mis ropas y me dirigí al comedor. Allí estaban mi madre y hermanos cabizbajos, algo llorosos, frente a los platos vacíos.
Gustav, el segundo varón, tenía las manos de mi madre entre las suyas mientras Carlota su cabecita rubia sobre sus faldas, los más pequeños rodeaban la triste escena: la viuda von der Band llorando sobre un papel arrugado y sosteniendo un camafeo de ágatas y perlas.
Al ver mi desencajada expresión Sonia, la más vivaz de todos, retiró el papel de las manos de mi madre y se acercó a mí, entregándome ceremonialmente la nota:
“Lo siento mi señora, no puedo continuar en esta casa. Por favor conserve mi amuleto. La protegerá de la tristeza. No me busquen, me fui con mi gente. Amor, Nelvana”.
Dejé caer el papel y me senté afligido con el resto de mi familia en un comedor melancólico y frío.
Nelvana es exquisita. Su nombre sonaba en mi garganta mientras la besaba y retumbaba en mi paladar. Nelvana, una y mil veces Nelvana.
FIN

24 de septiembre de 2008

Madera y especias (Nelvana 4)


No podía creer lo cobarde que resulté ser. ¿Por qué reaccioné de esa manera cuando Nelvana me correspondió? ¿Qué esperaba realmente que pasara?
Molesto e inquieto, caminando de un lado a otro de mi habitación, me preguntaba el por qué de mis actos. La gran estupidez humana es rendirse a la cobardía cuando ve correspondidas sus ansias. ¿Anhelaba ella tanto como yo ese beso?
Sin creerlo aún me paré frente al tocador de mi baño. Estaba realmente asustado, por una maldita gitana que apenas hablaba. Mi rostro, usualmente frío y seguro, se veía ahora desencajado, mis ojos a la luz de las velas en ese cuarto húmedo parecían más oscuros, como el gris del plomo, y mi boca se desfiguraba en un rictus de incredulidad.
Remojé mis manos y luego lavé mi cara con la bandeja de agua fría, acomodé mis rizos de nuevo en mi colacaballo y peiné mi bigote. Ese improvisado ritual me permitió calmarme. Reacomodé mi corbatín, me dirigí a mi cama y -sin desvestirme- me acosté en ella.
A mitad de la noche, y a pesar del invierno asesino que se colaba por la ventana, una fiebre extraña me invadía, sentía mi cuerpo arder y en mi mente sólo estaba Nelvana, una y mil veces Nelvana.
Pensando en ella estaba cuando a mitad de la noche, sería cerca de medianoche, la puerta de mi habitación se abrió. Con la oscuridad reinante aún a pesar de las velas no pude distinguir quién había entrado, sólo cuando estuvo sentada en mi cama pude ver que era ella, vestida apenas con una bata de seda, con sus cabellos sueltos y sus amaderados ojos sobre mí.
Sin permitirme articular sonido alguno o entender las razones de su presencia, Nelvana descubrió sus pechos juveniles, redondos y firmes, coronados con unos pezones enormes, oscuros y erectos como el chocolate sobre canela.
Apenas pude yo sentarme sorprendido por la visión ella tomó mi mano derecha y la dirigió sin timidez alguna a sus senos, se frotaba con mi mano entre las suyas. La fiebre de mi cuerpo se elevó y me sentí como en una velada veraniega cualquiera. Ella, acompasaba los movimientos de las manos con su cadera, bailando rítmicamente sobre su eje, ahora sin verme.
Repentinamente su mirada de fuego se dirigió de nuevo a mí mientras separaba sus labios para decirme: “esta soy yo -señalando su sexo- y este eres tú -señalando el mío luchando por salir de los pantalones”. Al dejar de señalar Nelvana se paró a un costado del lecho para escurrir sobre su piel lo que restaba de la batola. Su cuerpo adolescente y glorioso estaba entonces desnudo en mi presencia.
“Nelvana” suspiré extasiado al arrojarla hacia el catre, “Nelvana” decía entrecortado mientras la besaba desesperado. La gitana recompensaba con la misma pasión mis avances, tratando de arrancar mis ropas mientras yo lamía su cuerpo aromatizado a especias de la India.
Separé sus piernas y hundí mis labios entre ellas, esto provocó que mi mujer gritara mi nombre extasiada entretanto yo comía del más jugoso manjar alguna vez deseado. “Hazlo, hazme todo lo que le haces a la señorita Rebeca, Karl”, pidió mientras hundía con sus manitos mi cabeza en ella.
Tan sólo con la lengua pude saber lo estrecha que era su caverna pero aún así me atreví a profanarla con mis dedos, un gritito escapó de su garganta a la vez que sus caderas huían de mí. Molesto la sostuve con más firmeza para no dejarla escapar y arremetí de nuevo, esta vez con dos dedos juntos.
No hubo resistencia de ningún tipo, por lo que pude explorar tranquilamente lo ofrecido. Así estuve varios minutos hasta que sin dejar de tocarla me desvestí y -sin esperar su invitación- la puse de espaldas a mí y la penetré desde atrás. La humedad y la estrechez de su vagina me hicieron terminar rápido, estremeciéndome de la emoción.
Y entonces algo extraño pasó.

18 de septiembre de 2008

Vuelta inesperada (Nelvana 3)


-“Pero si tanto te gusta, ¿por qué no le jodes? Es una criada después de todo, no le molestaría para nada ser objeto del afecto de su amo, ¿o sí?”
-“Nelvana es diferente, es orgullosa, yo quiero quebrar su orgullo para joderla, no me ha de faltar mucho, la pongo nerviosa.”
-“No sé Karl, me parece lo tuyo un empeño absurdo, amenázala y ya. Es sencillo, así he hecho yo con Alika, la criada de mi tía Ivonne… Se entregó fácilmente cuando le dije que la despedirían si no.”
La conversación sobre ese tema terminó ahí, por lo menos de mi parte, lo siguiente fueron largos minutos con Mikail enumerando cuáles y cuántas criadas ha conquistado o amenazado. Nada interesante para mí. Ante tan fastidioso tema preferí largar rápidamente mi ginebra y dejar para la propina en la taberna.
Cuando me despedí lo último que vi fue a una de las prostitutas del bar acercarse a él y sentarse en sus piernas. La mirada lasciva de Mikail hacia la puta me dijo todo lo que necesitaría saber. Mi mejor amigo no se compondría jamás, ni siquiera ahora con su esposa esperando al primer hijo. Yo por mi parte, aburrido como estoy en mi compromiso con Rebeca, sólo tengo mente para pensar en Nelvana, la proximidad de la boda con la prusiana no ocupa mis divagaciones sino la gitana que mi madre adoptó como sierva después de la muerte de papá.
Si papá no hubiese muerto no hubiesen pasado dos cosas clave: mi conversión al “hombre de la casa”, como hijo mayor, y la llegada de Nelvana, en ese momento de 12 años.
Hermosa desde la primera vez, con sus largos cabellos rizados sobre sus hombros desnudos, cada rizo tenía un brillo diferente, pero en general –aún hoy- son todos castaños y rojizos. Su boca, es acorazonada y de labios gruesos, siempre mordidos por esos hermosos dientes cuando está nerviosa.
Aquel día la nueva dama de compañía de mi madre se bajó de la carreta en la que la trajo su gente, vestida con ropas haraposas, una blusa de algodón crudo y una falda raída de lino teñido en verde. Su largo cuello y la altivez de su mirada fueron los primeros rasgos que noté de ella, luego sus almendrados ojos verdes y su piel canela.
Sin embargo, a pesar de la agradable impresión dada por Nelvana en ese momento, poco me interesé en ella, era una simple criada y yo estaba saliendo hacia Obersendling, a la universidad.
Pero cuando volví, al pasar de tres años, me encontré con una jovencita más altiva y hermosa, pulida ahora por su roce con la sociedad en la que se desenvuelve mi madre con ella como su dama de compañía. En apenas 36 meses Nelvana se ha convertido en una señorita de bien, que sabe leer y comportarse perfectamente dentro del protocolo y normas impuestas.
Yo por mi parte estoy cansado, las arrugas antes imperceptibles sobre mi rostro son ahora visibles, trabajar en el negocio que mi padre dejó inconcluso al morir, mientras estudiaba y manejaba mi dificultoso compromiso con Rebeca me han dejado exhausto.
Mi piel es ahora más blanca, conservo aún el cabello largo y las patillas rojizas sobre mi rostro, mis rasgos son ahora mucho más filosos y cuadrados, el bigote arropa mis delgados labios y mis ojos parecen de un gris sombrío, metálico, con fulgores que antes no tenían. Creo -eso dicen mis hermanas y prometida- que me parezco cada día más a mi madre: pelirrojo, orgulloso, de espalda cuadrada, nariz fina y muy alto.
Tan disímil de Nelvana, pero tan cambiado como ella tres años después.
En esto pensaba mientras volvía a casa. Al caminar por las riberas de Isar me tropecé con varios gitanos y “leedores” de cartas, varias prostitutas y los vendedores ambulantes de sopas y chocolate caliente. El invierno, parece mentira, atrae más nómadas y mercaderes a las calles que el verano.
Al pasar al lado de una gitana vieja, muy parecida a Nelvana, estuve tentado a detenerme pero, cuando la mujer posó sus fieros ojos sobre mí, apresuré el paso entallando mejor mi sombrero y cerrando mi abrigo. Los guantes no parecían en ese momento darme alguna protección contra la brisa helada que soplaba del río.
Caminé tan rápido que antes de que el reloj de la torre de la iglesia de Nuestra Señora diera las 9 ya estaba en casa. Antes de entrar me paré un momento en las escaleras de la entrada y vi la mansión de mis padres -ahora regentada por mí- iluminada vagamente por los faroles de la calzada. Me quité el abrigo y el sombrero allí mismo.
Subí las escaleras con mis ropas en mano y abrí la pesada puerta. Nelvana estaba sentada con mi madre en el sofá del salón, frente a la chimenea, tomadas ambas de la mano y dormidas, recostadas sus cabezas en la otra. La imagen me pareció hermosa, cabellos rojos y castaños revueltos en una sola maleza.
Nelvana se ha hecho imprescindible para mi madre desde la partida de Edith al casarse. Mi hermana, sabiendo que al dejar a madre sola le rompía el corazón, se encargó durante un año de pulir a la muchacha mientras le enseñaba a leer, escribir y tocar el pianoforte. Los hermosos vestidos de última moda entallados en ella son cortesía de Edith, quien le mandaba las más finas confecciones cada vez que su acaudalado esposo renovaba su ropero.
Me acerqué lentamente a ambas mujeres -tan amadas por mí- y toqué a Nelvana con mi mano fría. La gitana se sobresaltó abriendo los ojos y con la brusquedad despertó a mi mamá quien me dijo con felicidad, y mientras acomodaba sus lentes sobre su nariz: “Karl, has llegado”.
Extendió una mano hacia mí y apoyó la otra en la criada para que la ayudáramos a levantarse. Sin dejar de verme sonreida -y sin siquiera sobresaltarse por mi gélida piel- la señora von der Band caminó con nosotros dos escoltándola a su habitación. Con dificultad por su gota subió las escaleras principales una a una. Al llegar a su habitación acercó su hermosa cara a la mía y besó mi frente con cariño, inmediatamente hizo lo mismo con la calé y cerró su puerta.
Nelvana y yo nos quedamos solos en el corredor, ante la puerta cerrada, pero antes de que ella pudiera voltearse la tomé con violencia por ambos codos y la plegué sin dudas a mi cuerpo. Ella trataba de bajar la cara, pero yo fácilmente la aprisioné con un sólo brazo y con el otro levantaba su delicado rostro moreno hacia mí.
Le di un beso profundo, como nunca antes lo había dado. La niña seguía tratando de zafarse, pero soy mucho más alto y fuerte en comparación, así que nada lograba. A más resistencia más ardoroso era mi beso, mi larga y gruesa lengua era la primera que ella sentía dentro de sí -pude saberlo en ese instante- y eso sólo aumentó mi hambre.
Rápidamente la encarcelé entre mi cuerpo y la pared y comencé a besarla desesperado, emocionado, excitado. Un peso diferente pendía sobre mi corazón, que a duras penas palpitaba humanamente, luchando por salir de mi pecho como ella de mis brazos.
Tan interesado estaba en besarla que casi no noté el instante en que Nelvana dejó de resistirse y comenzó a corresponder mis besos, arrojando sus bracitos sobre mi cuello. Este súbito movimiento me paralizó.
Mi reacción fue tan inesperada como la primera: la solté, acomodé mis pantalones abultados en la entrepierna y caminé directo a mi habitación. Cuando estuve parado ante el dintel volví mi vista hacia la pequeña hechicera, estaba parada en el pasillo, llorando mientras me veía fijamente, con los brazos a los lados y mordiendo sus labios.

13 de septiembre de 2008

Tamarindo (Nelvana 2)


La tetera chillando en la cocina me despertó sobresaltado. Supuse, por el sonido cerrado de pasos que siguió, que Nelvana también la había escuchado. Un olor agrio, pero dulzón, me quemó la nariz, así que lleno de curiosidad me dirigí a la cocina.
Nelvana estaba allí, dándome la espalda. Su largo cuello tenía pequeñas gotitas de sudor y era cubierto por finos cabellos avellana sueltos de su moño. Desde atrás se veía más hermosa de lo acostumbrado, así que me apoyé en el dintel de la puerta de la cocina a verla trabajar. Sus manitos gruesas trabajaban ágilmente con el cuchillo que cortaba la carne que esa noche cenaríamos y de vez en cuando dejaban reposar el filo sobre la madera para secar el sudor de su frente.
Cada tanto tomaba los cuadros de carne que cortaba y los echaba en la olla del guiso, mientras tanto -y todavía sin saber que yo estaba allí- vigilaba la tetera y la olla de las papas.
Cuando el vapor que escapaba de la tetera dejó de hacer ese insoportable ruido, Nelvana paró lo que estaba haciendo y se dirigió casi bailando a la mesa de caoba del centro de la cocina, de ahí tomó unas vainas marrones, compuestas de lo que parecían ser varias semillas grandes, y las olió delicadamente. Su espalda se ensanchaba rítmicamente al aspirar el olor de lo que sostenía; pude imaginar su cara sonriente mientras llenaba sus sentidos con ese extraño condimento.
Con los dientes despegó las paredes de ese fruto y sacó las semillas que contenía para echarlas después en la tetera. Un vapor oscuro y un aroma muy cítrico escaparon del recipiente de plata, aturdido por la penetrante y pesada fragancia di ruidoso dos pasos hacia atrás, al voltearse la criada asustada por el ruido le dije muy molesto: "Nelvana, ¿qué es eso?" , señalando con mi mano lo que tenía en la suya.
La chica tartamudeó y -aún bajo su piel canela- vi que se sonrojó profundamente. "Es tamarindo, mi señor", me respondió, "una fruta de la India, muy buena como medicina, estoy haciendo té", añadió atropelladamente. Sin salirme de mi asombro por la reacción que me provocó la hierba le indiqué con señas y mientras me tapaba la nariz y boca que sacara la tetera de la cocina. Así lo hizo.
Durante el tiempo que estuvo Nelvana en la terraza botando el menjunje tomé un poco de agua y recompuse mis ropas, parándome luego muy tieso en la puerta de la terraza esperando que ella se volviera hacia mí. Al hacerlo, su cara se desfiguró en una mueca de no muy grata sorpresa, sus enormes ojos de oliva se abrieron y su boca hizo una figura extraña, para luego ser mordida cruelmente por sus hermosos y blancos dientes como solía hacerlo cuando estaba muy nerviosa. La tetera tembló en sus manos, así que muy lentamente, como hago cuando cazo faisanes y no quiero ser descubierto, me acerqué a ella: a más cercanía con la gitanilla otro paso daba ella atrás, sin quitarme los asustados ojos de encima.
Tanto cedió terreno mi presa que terminó aprisionada entre mi cuerpo y la pared trasera del solar. Desde mi altura pude medir finalmente y sin dudas la altura de ella, era pequeña y frágil, su cabeza apenas podría alcanzar mis hombros, esa posición me gustó, tanto que sentí un violento tirón en mis braguetas y quise tomarla allí mismo.
Los ojos de Nelvana casi lloraban -supongo que de nerviosismo- y su piel estaba erizada y fría, podía yo notarlo.
Una vez que hubo pegado por completo su espalda del muro di yo un paso largo y seco hacia ella, dejando una mínima distancia entre nosotros, tan escasa que con mi camisa rozaba sus pechos. Levanté un brazo y lo pasé por encima de su hombro, la niña mujer, todavía aturdida siguió con la mirada mis movimientos.
El brazo, poco a poco, se flexionó para acercarme más a ella, la distancia que deberíamos guardar el uno del otro en ese momento desapareció, yo estaba tan cerca que percibí su cándido y avinagrado aliento, inundado del aroma del tamarindo que usaba hace poco. Sus labios temblaron una vez más y parecieron verse resignados -al igual que ella- a recibir los míos en pocos segundos y centímetros.
Bajé aún más el rostro y plasmé mi cuerpo contra el de ella, su cabello se agitó y me llenó los sentidos de la manzanilla de sus rizos, su cuello se tensó dejándome ver sus finas venas y ella -trémula y rendida a mí- logró suspirar un imperceptible "no".
Yo, Karl von der Band, soy un caballero y pude controlarme. Sé que mi mirada fría y acerina se posó por última vez en ella, burlona e indiferente, mientras me alejaba tan lento como me acerqué y dándole la espalda mientras le decía: "Nelvana, cambié de opinión, ¿por qué no vuelves a hacer un poco de ese té de tamarindo para probar los condimentos que tu gente trae?"
Al entrar a la cocina volteé por vez final hacia ella, seguía allí, sudada y pálida, entre las ropas lavadas, contra el muro del solar, sosteniendo firmemente la tetera de plata con su mano izquierda y con la derecha su camafeo de ágata y perlas.
No pude evitar sonreír.

6 de septiembre de 2008

Nelvana


Nelvana es exquisita. Su nombre me suena en la garganta mientras la beso y retumba en mi paladar. Nelvana, una y mil veces Nelvana.
Hoy, cuando volví a la casa de las lecciones de piano con la señorita Brohm, la vi sentada tranquilamente con mis hermanos menores leyéndoles una vez más "el soldadito de plomo", sabía yo que estaba aburrida, sin embargo su voz trinosa y los simpáticos gestos que hacía cuando le contaba la historia a mis hermanos me detuvieron un rato en el recibidor.
La luz que entraba por los altos ventanales hacia la sala rebotaba en su cabello oscuro, las gitanas todas tienen el cabello como ella: largo y rizado, pero el tono avellanado del de Nelvana enmarca sus gruesos y carmesí labios de una manera elegante, como nunca la vi en ninguna otra de esa gente.
Su piel achocolatada es deslumbrante, como mezclada con leche, pero no lo suficiente como para disimular su origen. Sin embargo, sigue siendo cautivante lo sana y brillante que se ve ese tipo de piel en una sirvienta como ella.
Cuando Carlota, mi hermana más pequeña, sintió la puerta cerrarse tras de mí, corrió feliz envuelta en su vestidito lavanda de volantes tafetán. "Karl" -me gritó- mientras extendía sus brazos y se arrojaba a mi cuello. Nelvana inmediatamente se levantó del sofá de terciopelo vinotinto y corrió a tomar de vuelta a la niña, apenada alzó sus redondos, olivas, y grandes ojos a mi rostro y, muy ruborizada, susurró con su voz ronca "perdone señorito Karl, la niña se me escapó", y rápidamente bajó la mirada y volvió al sofá de ébano con Carlota y el resto de mis hermanos.
La seguí hambriento con la mirada y muy severo, porque me gusta verla ponerse nerviosa, le dije: "debes controlar mejor a los niños, Nelvana". Ella se tensó en su camino de vuelta y muy lentamente se volvió moviendo la cabeza de arriba a abajo. Apartó la mirada de nuevo y corrió al saloncito, frente a la chimenea, con los niños.
Yo, por mi parte, me dirigí al salón, a vigilarla. Así que me senté en el sillón de cuero de mi papá muy recto, serio, para que ella me viera y mis hermanos siguieran atentos escuchando la lectura sin prestarme atención. Yo sólo quería verla a ella llenándose de ansiedad por mi presencia allí.
Su respiración se aceleró gracias a mi estadía en el lugar, lo que provocaba que sus llenos pechos canela subieran y bajaran más rápidamente apretados por el corsé. El escote cuadrado que vino de moda de Londres destaca el pecho en las mujeres alemanas, pero en esta pequeña gitanilla destaca más sus torneados hombros, decorados aquí y allá por mechones sueltos de su cabello.
Sus labios se arrugan y estiran provocativamente para mí al hablarle a mis hermanos, tiemblan -lo he notado- cuando hago algún movimiento en el sofá. Nelvana los muerde sutilmente si hago acotaciones a su lectura.
El sol de invierno cae más rápidamente que el de otoño, así que el tinte naranja que cubre los muebles de caoba y ébano del salón de la casa, y que se derrama desde los ventanales sobre la chimenea, la platería, el pianoforte y mi familia y la sirvienta, se hace más intenso hoy y alumbra cálidamente a mi gitanilla.
Los haces de luz naranja y violeta derrapada sobre todos nosotros rebotan en el camafeo que guinda del cuello de Nelvana, un amasijo de ágata y perlas, elaborado artesanalmente por su familia nómada y cristiana como un amuleto de protección ante su entrada a esta casa luterana y rígida; según ellos, los "payo" (es decir, los alemanes) no somos "gente de confiar".
Conmigo aquí seguro tenían razón en lo que decían, pues esta noche, cuando Nelvana duerma en su habitación, entraré a su cuarto y arrancaré con fuerza ese espantoso amuleto y mezclaré violentamente toda la noche la leche de mi cuerpo pálido con su cuerpo chocolate, mientras ella luchará con todas sus fuerzas por impedírmelo.

3 de septiembre de 2008

Celos

La muerte fue rápida, sin ningún ruido, Jimena -distraida como estaba- no vio venir el golpe. Fue seco y corto, pero mortal. Una vez el cadáver cayó sobre el piso, el mármol comenzó a teñirse hermosamente con figuras tibias derivadas del derrame, rojo púrpura sobre ese pulido y pálido mármol italiano.
Durante un minuto, que pareció una hora, Juan observó cómo la sangre salía silenciosa de la cabeza de su mujer, el único ruido (lo notó en ese momento) eran los ladridos cercanos de los perros que -desesperados- trataban de entrar a la cocina a consolar a su dueña ya muerta, ya sin vida.
La luz que entraba por los altos ventanales del apartamento iluminaba mágicamente el rostro de la infiel asesinada, el hilo de sangre que corría dibujando lágrimas sobre la tez morena de la mujer resaltaba el brillo de su piel y magnificaba el brillo que se apagaba, gota a gota, en sus ojos oscuros, que ahora miraban vacíos al infinito.
El vinotinto comenzaba a coagularse cuando Juan, aún parado en la cocina con el sartén en la mano, decidió cómo disponer del cuerpo de su esposa. Se arrodilló a sus pies y lentamente comenzó a desnudarla, los perros casi al mismo tiempo decidieron dejar de ladrar y observaron la escena.
Primero le quitó las finas zapatillas doradas de tacón y acarició sus pies, fríos y encogidos, mientras con una mano desabrochaba el pantalón caqui que vestía la muchacha. Cuando destapó sus piernas detalló cada pequeña várice que se dibujaba en las largas extremidades, las minúsculas marañas que formaban se le antojaban en ese momento tiernas, cuchis, casi lamentó haber obligado a Jimena a hacer ejercicio hasta desfallecer sólo para borrar lo que ahora percibía como preciosas figuras.
Sin derramar una lágrima -y desafiando aún con la mirada a los dos rotweiller que compró la joven para proteger su hogar- arrancó con el picahielo los botones de madera de la vaporosa blusa oliva. Los maravillosos y firmes senos saltaron al aire, desbocados, con los pezones turgentes y fríos, muertos también, como el resto de ella. Una erección llena de culpa apretó los yines de Juan, quien ceremoniosamente besó una vez cada teta, despidiéndose tal vez.
La olió, su olor a lavanda de Victoria's Secret era ahora algo amargo, diferente, pero la erección continuaba ahí, cada vez más dura mientras más olía el cadáver perfumado. En el cuello, el aroma acre era más intenso, pero así también la lavanda. Los labios abiertos lo esperaban aún, los besó, pero al hacerlo una inmensa llamarada lo consumió de nuevo, recordó -con más rabia que la que lo hizo matarla- que esos mismos labios habían besado a otro cientos de veces mientras él no estaba.
Con una frialdad superior a la del mármol, de Jimena sin vida o del metal del picahielo que sostenía, cortó minuciosamente los labios, desfigurando a quien hace apenas 10 minutos era una mujer espectacular. Sin pensarlo, abrió la puerta de cristal esmerilado que separaba la cocina de la terraza y arrojó ambos pedazos mutilados de carne hacia los negros canes: animales salvajes que devoraron con ansia el banquete improvisado.
Así, deforme, con pegostes de sangre oxidada sobre su largo pelo cobrizo y cara, fue más fácil hacer lo que venía a continuación.
Colocó firmemente el cuchillo eléctrico empleado para cortar el pavo en Navidad sobre los delicados hombros femeninos y prendió el aparato, otro ruido -más penetrante y agudo que el primero- rebotó en sus oídos. La piel humana, o por lo menos la de Jimena, era tan sencilla de cortar como lo es la de pavo. Seccionar el hueso fue un poco más trabajoso, pero nada complicado.
Cada sección de cuerpo amputada fue arrojada, meticulosamente, hacia los perros. Los cerberos, demoníacos, engullían hambrientos los trozos. Incluso los huesos desaparecían bajo sus enormes fauces.
Una vez terminado este proceso, restaba la parte más complicada de "desaparecer": la cabeza. Allí, bañado en sangre, oloroso a óxido, sucio y sudado, Juan no sabía, simplemente, cómo hacer con la cabeza desfigurada de su esposa. Con el afán anterior, la expresión se había distorsionado de tal manera que ya no quedaba rastro alguno de la hermosa mujer viva. Los ojos, desorbitados y secos, veían acusadores a Juan. Como preguntándole, burlones como eran en vida, "¿qué vas a hacer ahora, cabrón?"
Ante la duda, Juan -finalmente- lloró, una desesperanza terrible, oscura y muy pesada llenó su cuerpo ya cansado. Abatido, dejó caer sus brazos a cada lado de su cuerpo arrodillado e incluso acalambrado por la posición y el esfuerzo hecho. Mientras lloraba desconsolado, mirando a ratos horrorizado la cocina y paredes salpicadas en sangre y visceras, cubiertas de un hedor grueso y potente, Juan supo qué haría.
"La cabrona aquí eres tú", le gritó ya sin esperanzas a Jimena mientras pateaba la cabeza hacia la terraza. Un hilo pastoso marcó la ruta seguida por la extremidad desde el suelo de la cocina hasta el solar de terracota. Los perros felices, con las mandíbulas cubiertas en sangre y con restos de piel y visceras moradas entre sus filosos dientes, juguetearon con la maraña de piel y cabellos rojos.
Después de lo que pareció ser una disputa por quién comería la parte más deliciosa, ambas bestias desguazaron la poca piel sobre la cabeza. Desde donde estaba, Juan podía ver el cráneo ensangrentado: allí donde ya no había carne no quedaban visos de algo humano sobre esa dantesca "pelota".
Sin dejar de llorar, el atractivo hombre, con más muerte que vida en su corazón, tomó la ropa de Jimena y la abrazó a su pecho varios minutos. Al rato, como pudo, se levantó pesadamente del piso y sin soltar las prendas siguió hasta el baño. Mientras caminaba, el mármol del resto de la casa se manchaba de sangre.
Una vez en el baño, descorrió las cortinas plásticas de la regadera y abrió la llave del agua caliente. Sin embargo, antes de entrar volvió a desplomarse, esta vez sobre la poceta, y llorando -si se puede más tristemente que antes- se preguntó a sí mismo: "¿qué vas a hacer ahora, cabrón?"