13 de junio de 2008

Decadencia


El ángel notó con preocupación cómo, durante su vuelo rasante por las nubes, subiendo a la capa más alta de la atmósfera, el choque con el avión le produjo una herida punzante en las costillas y la pérdida aparentemente irreparable de las plumas de seda de sus alas.

Una a una caían, tornasoladas, compuestas de miles y miles de fibras tejidas por las almas del purgatorio, en una escalada que el ángel no pudo entender como menos que la muerte, pues con cada pluma perdida la altitud de su vuelo se reducía.

Ya había atravesado vertiginosamente los cristales de hielo de los cirros, que se pegaron a su cuerpo robusto y pálido, dibujando hermosas figuras sobre su piel desnuda y humedeciendo los rizos grises de su cabello largo. Al perforar en su caída los algodones de los cirrocúmulos, blancos y transparentes, creyó ver mucho más arriba el paso de dos de sus compañeros. Quiso avisarles, pero la sensación de vértigo se lo impidió.

Con cada grupo de nubes que traspasaba, el vértigo aumentaba en la misma medida que los restos de hielo y agua en su hermoso rostro y perfecto cuerpo. Estratocúmulos, altocúmulos, altoestratos, nimboestratos y finalmente cumulunimbos fueron las capas celestes que violentó con su cuerpo convertido en bólido.

"Si no hubiera subido tan alto, siempre imprudente como soy, no estaría pasando esto", se dijo a sí mismo, y en ese momento lo supo: a mayor cercanía con la tierra y los espantosos seres que allí vivían, más humano se volvía. "Seré como ellos, me estoy convirtiendo en uno de ellos", comenzó a repetirse una y otra vez.

Trató de remontar vuelo, pero con cada esfuerzo se hacía más pesado, menos inmortal, y frágil. Lo había escuchado antes, en las conversaciones de seres como él, la proximidad con el planeta de los simios los convertía en uno más, adquiriría sus debilidades, enfermedades y consciencia.

Con ésto, el dolor en un cuerpo incorpóreo e invencible hasta ese momento se hizo real. Espantado el ángel notó que sus hermosas alas habían desaparecido y en cambio eran sustituidas con unos feos hombros de piel y hueso, como el resto del cuerpo, que a estas alturas ya era sólido.

Entre la maravilla y el asombro el ángel abrió sus manos y observó la fina capa elástica que las cubría, de color aceituna. Bajo esta capa, llamada piel según recordaba, corrían infinitas líneas azuladas y sobre ella, en lo que ahora era su nuevo cuerpo se sentía el empuje del aire contra él.

Trató, ante la terrible realidad, de comprender y disfrutar las sensaciones recién descubiertas -mismas que aumentaban su intensidad a cada metro de decadencia recorrido-. Sintió un tambor en su pecho, el oxígeno quemó sus pulmones, los pensamientos se transfiguraban en palabras, el cabello era negro ahora, su cuerpo femenino y sus ojos se quemaban con la luz del sol.

El calor de sus rayos, en ese momento lo supo, físicamente se sentía como el toque de Dios.

Haciendo el mayor esfuerzo, ahora humano, que podía, observó los rascacielos cortando el espacio libre y admiró las construcciones de esos pequeños seres, tan complicados, que lo verían caer en pocos minutos. Una espantosa sensación paralizó su cuerpo, un frío punzante atravesó su cuerpo y perforó el nuevo corazón, "pánico" se explicó, "esto es pánico, voy a morir".

Sabía que el toque con la tierra sucia que siempre veía desde el cielo sería su muerte como ser divino y su inicio en un planeta diabólico y mezquino. Rechazó su destino y gritó, tan alto como pudo, el nombre de su Creador, al notar que las palabras no sonaban en su mente como las recordaba supo también que Su nombre no podría ser vuelto a pronunciar por "ella" jamás.

Sintió desesperanza y con ella renunció a su nueva dimensión, justo cuando ya caía a menor altura que los edificios. Mientras su nueva figura femenina bella, joven, desnuda y perfecta esquivaba el espacio entre las altas construcciones, negó la vida que le esperaba en ese lugar maldito y pidió ayuda al dios cuya cara tampoco recordaba ahora.

Esperó los últimos segundos antes de su encuentro con la Tierra por un milagro. Nunca ocurriría. Así que decidió abandonarse a los designios de Lucifer, quien nunca desperdiciaba la oportunidad de tener ángeles heridos como él lo fue en su tiempo.

Su petición fue escuchada: antes de tocar tierra su cuerpo se convirtió en miles de plumas tornasoladas que cayeron sobre los desprevenidos conductores de la autopista principal de la gran ciudad.

9 de junio de 2008

El caso del señor Martínez


El señor era alto y oscuro. Bañado en sudor se acercó al vendedor a la vez que levantaba una mano a modo de saludo.
-¡Buenas tardes!, le dijo sin mucho entusiasmo.
El vendedor, antes de responderle, lo estudió un rato. Cuando hubo de ver su cara húmeda, sus ojos hundidos y su boca recta, casi deformada por un gesto de dolor, respondió también sin mucho entusiasmo -y con bastante antipatía- un escueto "buenas".
El señor Martínez, que así era su nombre, parecía a ratos querer escapar corriendo de aquél lugar, así lo delataba su nervioso caminar de un lado a otro de la funeraria y el cada vez más insistente desespero con que frotaba sus largas y nudosas manos.
Por su parte, Macario, el vendedor lo observaba atentamente para asegurarse de que éste no fuera otro de los locos que solían preguntar si podían "dormir" en alguno de los ataúdes que acudían a comprar como previsión de una futura muerte.
Pero Martínez estaba allí por otra causa, esa calurosísima tarde de mayo había llegado al polvoroso lugar para iniciar su primer día en su nuevo trabajo: encargado de la funeraria popular del pueblo ganadero. O por lo menos así se lo hizo saber a Macario.
-Ciertamente hace mucho calor en este pueblito... Las mujeres entonces son pocas aquí... Me costó conseguir cigarros importados en la quincallita de la esquina... Estoy en la pensión de Petrica...
Estas eran fracciones de la conversación prácticamente unilateral que el señor Martínez sostenía con el joven, quien algunas veces asentía con algunos "ajá" y "ujúm", y de vez en cuando algunos "de veras". Poco le importaba la conversación y mucho menos los avatares del viejito venido de la capital, tan hablador y poco colaborador, pues como siempre, quien tenía que mover los féretros de un lugar a otro de la funeraria era él.
-¿Un café doctor?- inquirió Macario, más por interrumpir la cháchara que por amabilidad.
Sorprendido Martínez alzó su torva y tupida ceja gris a la vez que movía la cabeza arriba y abajo en señal de aceptación. El indiecito, sin más, se retiró al fondo del local y empezó a colar un espeso y oscuro café. Aromático. Milagroso. Y acorde con el color que presentaba la mayoría de los cofres vendidos en el pueblo para los pocos ancianos que sobrevivieron la peste y los contados niños deformes que nacieron después de ella, y que por sus padecimientos morían pronto. Muy pronto.
Cuando Macario terminó de servir la ardiente bebida se dirigió de vuelta a la entrada de la funeraria. Sería injusto decir que no se sorprendió al no ver al recién llegado en donde lo había dejado. "¡Habráse visto!, se dijo, "seguro fue a ca'e Petra a comprar cigarro barato", concluyó.
Se sentó a esperar en la vitrina, al lado del abrigo de pana gruesa y verde botella que el nuevo administrador dejó allí. Su café lo puso junto a los efectos personales del señor Martínez: el maletín de cuero desgastado, los lentes de pasta carey y el juego de llaves oxidadas del local. Conforme pasaban las horas Macario vio caer el sol abrasador sobre las callejuelas de la plaza principal.
El empedrado de las calzadas dificultaban el caminar de los turistas que cada vez acudían en menor número y frecuencia, ciertas plantas asomaban tímidas sus retoños entre los resquicios del camino y, al fondo, la iglesia descascarada y amarillenta que acusaba con su alta torre los pecados cometidos en el pueblo durante la fiebre negra que lo asoló.
-Sodoma y Gomorra, recordó Macario con sorna.
"¡Sodoma y Gomorra!" gritaba el último párroco que dirigió la iglesia cuando se perdió -loco y acosado por terribles visiones- entre las dunas del desierto frío que rodeaba el pueblo, perseguido por las viejas plañideras y beatas de la calle lateral
al templo. Rió al recordar al pobre cura, descalzo y con los interiores por la rodilla, mientras corría calle abajo levantándose la falda para no tropezar. Asustado había escapado de las beatas histéricas que habían tratado de forzarlo a romper su voto de castidad.
Macario, al notar que el sol había cedido espacio para nubes refrescantes y que el viento del oeste que soplaba por las callecitas habíase detenido, notó algó extraño. No se escuchaba ningún sonido a su alrededor. Un escalofrío recorrió su espalda y se detuvo en su nuca, palpitante, como aguardando para subir al resto de su cabeza y desaparecer por su frente. Siguió esperando, aguardó a las puertas de la funeraria varios minutos. No observó nada. No escuchó nada. Nada se movía. Nada parecía tener vida en ese momento. Sólo él.
Finalmente cuando el pánico se había apoderado por completo de su cuerpo vio al señor Martínez bajar por la calle principal rodeado de varias personas, jóvenes todas, evidentemente de ciudad, quienes seguían a Martínez pálidas, sin hablarse ni verse. Eso le pareció extraño al muchacho, pero no le dio mayor relevancia de la que debía tener.
"Sodoma y Gomorra" se dijo otra vez, cuando vio entrar al señor Martínez, escoltado por los citadinos, al burdel del pueblo.