21 de mayo de 2008

Samuel

Sus rizos cayeron suavemente sobre su cara, uno por uno se iban desenredando de esa cascada color café e iban tapando su rostro, redondo y blanco. Luego, con el impulso de su cabeza batiéndose hacia atrás, la cascada hacía el recorrido a la inversa, cortando el aire con su danza, distrayendo a las carajitas que gritaban histéricas por el guitarrista metalero que tocaba los más demoníacos acordes mientras agitaba su largo cabello.
Samuel, así se llamaba el músico, conocía del poder de su melena, larga y cuidada, brillante y sedosa, casi femenina, que despertaba los más bajos impulsos en todas las féminas que asistían a verlo -a él y a su banda- cada miércoles al mismo bar gastado y sucio de la vieja ciudad.
Las tonadas pesadas y oscuras del metal más frío que pudiera tocarse sobre una tarima provenían de las mágicas manos de Samuel, tocadas a veces -mientras rasgaban sonidos de la Fender que heredó de su papá- por las puntas de sus rizos castaños. Igualmente, la voz más grave y cavernaria que persona alguna podría escuchar, también provenía de las largas cuerdas vocales del hombre.
Cuando Samuel tocaba con sus compañeros las nostálgicas canciones se podía sentir cómo un velo más denso que el humo del cigarrillo y la marihuana cubría lentamente al público y oprimía los góticos corazones femeninos que acudían, cual rebaño hipnotizado, al precipicio que el alto hombre creaba con sus tonadas.
Caían una a una, sin importar su edad, tamaño, creencia o religión, en un embrujo cautivante pero efímero, que sin embargo duraba lo suficiente para que se decidieran a abrirle las piernas y ofrecerle tras bastidores cualquier cavidad húmeda que él quisiera llenar con su hombría.
Miércoles tras miércoles Samuel recogía su larga melena en una cola y procedía, a veces con una a veces con dos y las menos con tres chicas, a desatar las pasiones más bajas que pudieran imaginar sus acompañantes, cegadas de alguna manera y dispuestas a complacer cualquier infernal petición.
Luego de que el mortecino guitarrista marcaba con sus largas uñas la piel de cada mujer que le ofrecía placer acostumbraba a dejar que ellas, embobadas, acariciaran su largo cabello y se envenenaran aún más con su aroma acre, mezcla de sudor, tabaco y champú. Mientras tanto, él se deleitaba sobando sus senos o rellenando de nuevo -esta vez con sus largas y bien desarrolladas manos- sus húmedas cavidades, ya violentadas por su miembro.
Pero esta noche en particular sé que Samuel no podrá recrearse después de su toque con ninguna de las mujeres que siempre lo persiguen, porque esta noche mi amo me mandó del más profundo de los fosos a arrebatar el alma que hace tiempo le vendió para obtener fama y mujeres. Su habilidad, como él siempre supo, es prestada y la factura le será cobrada hoy, por mí, la mujer que más tarde escogerá para llevarse a la cama.

2 de mayo de 2008

Carne trémula


Cierta noche Juan decidió quedarse en casa en vez de salir con su novia. Los paseítos con la muchachita ya se le estaban haciendo tediosos y además ella ya no accedía a sus avances sexuales; así que siempre que hablaban de la posibilidad de verse un rato él prefería evadirla con cualquier excusa. Total, si no iban a tener sexo, ¿para qué seguir con la relación?
De cualquier manera, era más entretenido quedarse en su cuarto viendo pornos y jugando a matar monstruos espaciales en su mundo virtual, mientras fumaba y tomaba del whisky barato que le robaba a su tía anciana. Un sábado típico para un adolescente como Juan.
Luego de las 11 de la noche, y sabiendo que su tía habría salido al bingo como todas las viejas con las que andaba, decidió poner a todo volumen la porno sadomaso que le había regalado su pana Francisco, y masturbar su largo y ancho pene negro a sus anchas. Imaginaba repetidamente que era él quien lanzaba su espeso semen en la cara de la catira tetona que veía en pantalla o que era él el poderoso plomero que poseía largamente a la mujerzuela aburrida en la mesa de su cocina.
Estas opciones siempre eran mejores a la realidad, la suya, en la que su noviecita pecosa sólo le mamaba el palito ocasionalmente y en la que además eyaculaba prematuramente, como todo niño quinceañero.
Habiendo acabado dos veces y repetido la escena final en la que introducen un pepino en el apretado ano de una chinita, Juan, ya agotado, decidió bajar a robar un poco más del whisky baratón. Mientras bajaba las angostas y oscuras escaleras de la vieja casita creyó escuchar un quejido apagado. No le prestó atención, por lo que siguió hacia la cocina por el pasillo trasero; pero allí escuchó de nuevo el quejido, más fuerte y largo que el anterior, asustado y pensando en la posibilidad de que su anciana tía hubiese vuelto y estuviera lastimada, Juan corrió hacia la sala.
Para llegar al recibidor debió evadir las dos puertas de madera tallada que custodiaban el estrecho paso de la cocina hacia la habitación pública y empujar el último dintel -verde y descascarado- que coronaba el salón.
Cuando abrió de par en par la puerta, que esta vez y extrañamente no rechinó, Juan se paralizó ante lo que estaba viendo: su tía desnuda, a sus cansados 65 años, sobre un hombre, tan viejo como ella, cabalgándolo lo más rápido posible que su cuerpo le permitía. Las tetas arrugadas y caídas de la vieja eran el mayor deleite del senil semental, quien las lamía y tomaba en sus callosas manos para llevarlas a su boca y restregarlas en su cara.
Los gastados cuerpos, cuya piel fluía etéreamente en capas, marcando cada vena, cada várice y cada arruga. Como una tela, satinada y manchada de moho, que mal vestía un cuerpo a punto de ceder. Trémulo por mil razones.
Juan, sin poder apartar su asombrada vista de la escena, no pudo retirarse. Un extraño influjo lo mantuvo ahí, clavado a los mosaicos rotos de la casa y apoyado de la pared carcomida por la humedad. La imagen que inundaba sus deseos, la decadencia de la opinión que de su solterona tía tenía, latían en su pecho, sienes y entrepierna. Un latido, otro, después un pálpito incontrolable en su pene le anunciaron la próxima erección. Más dura y poderosa que las otras. Era una excitación diferente, Juan había envejecido durante los segundos que estuvo espiando.