21 de diciembre de 2008

Minicuento: Adán y Eva


Fueron dichos por el Señor (así les dijo Él que lo llamaran) que no probaran de la fruta prohibida y así lo hicieron, díjosle también que no se tocaran en sitios pecaminosos y eso ambos lo incumplieron. Eva retiró una noche la hoja de parra entre las piernas de Adán y vio extasiada la gruesa serpiente que debajo de ella se encontraba, cuando la tocó ésta se despertó levantándose sobre sus cojines y llevando con ella al hombre, quien le devolvió la mirada lasciva a la hembra. Como llevado por una voz sedosa y guiado por la serpiente atada a su cuerpo Adán tomó violentamente a su mujer y dejó que el animal la invadiera justo por donde una deliciosa ostra emanaba olores ácidos. Supusieron ambos que el ofidio debía comer de esa concha húmeda y así la dejaron alimentarse. Rítmicamente se unieron en una sola masa y disfrutaron sus sabores. En esto el Señor les dijo, entre sus temblores y calores, que estaban expulsados del Paraíso por dejarse caer en la tentación.

17 de diciembre de 2008

Galería Joe Dalessandro






Noticias: El muso de Warhol, Joe Dallesandro, recibirá un premio Teddy en la Berlinale

Como si Andy Warhol no hubiese sido uno de los genios más grandes de la expresión artística de los años del Glam y la androginia, y que por eso lo recordemos todos los días agradeciendo sus magníficos aportes, ayer en Berlín (Alemania) los miembros del Jurado de los Teddy le otorgaron a su hermoso divom un premio como "icono sexual", recordándonos también que este hermoso Efebo desató en las féminas y los gays los más ardientes deseos carnales que cabía tener en una época como la del destape sexual y el LSD, a las mujeres que podemos disfrutar libremente de hermosos cuerpos como el de él hoy día va dedicado este post. RERC.

Berlín, 16 dic (EFE).- Los premios del Festival Internacional de Cine de Berlín dedicados a la filmografía que aborda la homosexualidad, los Teddy, distinguirán en febrero al actor estadounidense Joe Dallesandro, quien, como "muso" de Andy Warhol, alcanzó estatus de "icono sexual" en los años setenta.

Según comunicó hoy la organización, los filmes de Warhol, Paul Morrissey y Serge Gainsbourg en los que intervino Dallesandro convirtieron al intérprete en una "leyenda" para toda una generación.

"Dallesandro no sólo fue el hombre más bello de su generación en aquella época sino que expuso conscientemente su atractivo erótico para convertirse en objeto", afirmó Wieland Speck, director de la sección de Panorama del festival y miembro del jurado que entrega los Teddy.

Según apuntó, el actor tiene una "apariencia física" que "nunca te cansas de mirar". "Eso es cierto para las películas y para las fotografías, tanto para hombres como para mujeres", añadió.

El premio Teddy Especial concedido al actor coincidirá con su 60 cumpleaños.

En la filmografía de Dallesandro -quien apareció repetidamente ligero de ropa en la gran pantalla- figuran títulos como "The Loves of Ondine", de Warhol y Morrissey, a cuyas órdenes participó en otros filmes como "Lonesome Cowboys", "Trash" y "Heat".

En el comunicado de la organización, el director estadounidense John Waters describe a Dallesandro como un "actor maravilloso que cambió para siempre la sexualidad masculina en la pantalla".

Los premios Teddy se entregan además en las categorías de cortometraje, largometraje y documental y seleccionan películas presentadas en el transcurso de la Berlinale, cuya 59 edición se celebra este año del 5 al 15 de febrero.

15 de diciembre de 2008

Minicuento: El beso


Adrián tiene profundos ojos ámbar y largos rizos trigo, que caen uno por uno en tirabuzones individuales sobre sus hombros. Su piel suave y cristalina está salpicada por aquí y por allá con pecas rojizas, que hacen contraste con su cara de niño travieso, dibujada en un rostro anguloso, de barbilla delicada y con una nariz recta. Sus labios carnosos y acerezados me sonríen mientras dejan escapar su aliento a chocolate y me permiten ver sus casi perfectos dientes, apiñados en su boca pequeña. Personas como Adrián son tan hermosas que parecen irreales, sólo las vemos en pinturas o pasar rápidamente por la calle. Pero algunas veces -y éstas son memorables- nos cruzamos con estos dioses terrenales y tenemos la suerte de poder tocarlos de cerca y permitir que apaguen el fuego que encienden en nosotros. Adrián está a punto, con su mano en mi entrepierna, de hacerme gritar su nombre una y otra vez.

12 de diciembre de 2008

Galería Bettie Page





Noticias: Muere Bettie Page, legendaria 'pin-up' de los cincuenta


Para quien no lo sepa y además disfrute del sexo libre y de cualquier formato de las industrias erótica y pornográfica mundiales, esta mujer de la que leerán en pocos segundos fue la primera que desafió los tabúes tradicionales y abrió las puertas de la libertad sexual que todavía cruzamos, gracias a ella usted señor, usted señora, viven la vida libre que viven hoy. La revolucionaria sexual primigenia era Bettie Page. Disfrútenla.

La ex-modelo, de 85 años, ha fallecido en Los Ángeles tras sufrir una neumonía

El País, Madrid.- Bettie Page, quizá la pin-up más célebre de los años 50 en Estados Unidos, ha fallecido en Los Ángeles a los 85 años tras sufrir una neumonía, según ha informado su agente. Page fue un icono casi omnipresente en la sociedad estadounidense de los años 50. Su salto al estrellato lo consiguió con un posado como Miss Enero en la revista Playboy en 1955. Rápidamente, su cabellera negra y sus curvas generosas se estamparon en posters, álbumes de cromos y juegos de cartas en todo el país.

Hace cuatro semanas, Page fue ingresada en un hospital de Los Ángeles tras sufrir un infarto y ya no recuperó la consciencia, según señaló a la agencia Reuters su agente, Mark Roesler. Page no tenía hijos.

Con su melena morena, sus atractivos ojos azules y su amplia sonrisa, Page se creó una imagen de chica cercana. En sus imágenes aparecía comedida y traviesa a la vez. Eso sí, muchos de sus posados incluían escenas de fetichismo, bondage(práctica sexual que emplea ataduras) y spanking (azotes). Su imagen dio expresión a las fantasías eróticas de varias generaciones. Su imagen inspiró un modelo de voluptuosidad que inspiró personajes femeninos de películas y cómics.

Sexualidad oculta

"Bettie Page encarnaba el estereotipo del optimismo de los cincuenta y al mismo tiempo la sexualidad que se agitaba oculta bajo la superficie", según señalan Karen Essex y James L. Swanson en el ensayo Bettie Page: The life of a pin-up legend (1996). Page se confesaba abrumada por toda la atención que suscitaba, y aseguraba que no se sentía especialmente guapa. De hecho, añadía, tenía que ponerse grandes cantidades de maquillaje para cubrir su grandes poros.

Todo aquello quedó a un lado en cuanto se volcó en la religión. Incluso llegó a avergonzarse de haber posado desnuda. "Pero ahora casi todo el dinero que tengo se lo debo a que posé desnuda", señaló Page en una entrevista con la revista Playboy el año pasado. "Así que ya no me avergüenzo de aquello, pero sigo sin entenderlo".

Ascenso de un icono

Bettie Mae Page nació el 22 de abril de 1923 en Nashville, Tennessee (Estados Unidos) y se crió junto a otros seis hermanos. Siendo niña, su padre fue encarcelado y como su madre no podía hacerse cargo de sus vástagos, la pequeña Bettie y dos de sus hermanas fueron entregadas a un orfanato. Muchos años después, Page describiría a su padre como un obseso sexual que empezó a acosarla sexualmente cuando ella tenía 13 años.

Page fue a la universidad. Consiguió un título de humanidades en el Peabody College, de Nashville. Pronto se trasladó a San Francisco y empezó su carrera de modelo en los años 40. Posaba para el que sería el primero de sus tres maridos. Tras el divorcio, en 1947, Page se trasladó a Nueva York para continuar su carrera. Allí conoció al fotógrafo Bunny Yeager. Una de las instanténeas que le tomó acabó en las páginas de Playboy.

Un hito en 'Playboy'

La imagen mostraba a una Page que guiñaba un ojo a la cámara. Como única indumentaria llevaba un gorro de Santa Claus, mientras decoraba un árbol de Navidad. Fue un momento clave. "Un hito en la historia de la revista", según indicó tiempo después el fundador de la publicación, Hugh Hefner. Para la propia Page no resultó tan rentable. La modelo lamentaría años después que Yeager amasara una fortuna con aquellas fotos. Y, sobre todo, que nunca la compensara.

Sus aptitudes artísticas, sin embargo, no convencieron a algunos legisladores americanos. Page fue citada a comparecer ante el Senado estadounidense. Se trataba de descubrir si había alguna conexión entre la pornografía (en la que se incluían sus imágenes) y la delincuencia juvenil. La aludida nunca acudió, aunque poco después desapareció de la escena pública.

Luego llegaron dos matrimonios más y, lo que fue más grave, la lucha contra la esquizofrenia que se le declaró a principios de los 70. Su regreso a la escena pública tuvo un breve momento de gloria con la película sobre el comic Rocketeer (1991), en la que la novia del protagonista era la propia Bettie Page (encarnada por Jennifer Connelly). Tras aquello proliferaron los clubs de fans y las páginas web, y Page consiguió algo de dinero gracias a la firma de autógrafos y la asistencia a salones y convenciones. Aun así, en las escasas ocasiones en las que concedía entrevistas, pedía explícitamente no ser retratada.

10 de diciembre de 2008

Minicuento: Evangelio


El calor sofocaba las calles y a quienes caminaban por ellas, Santiago, visiblemente afectado por el vaho caliente y seco mojó sus cuarteados labios con su lengua, sin embargo no hubo alivio. Se sentó en la hilera de piedras planas al lado del templo y meditó si entraba y encendía incienso para pedirle a Yahvé un cambio o si seguía su camino; mientras decidía qué hacer el joven peinó su larga y frondosa barba oscura y sacudió sus sandalias y piernas llenas de arena, maltratadas por el largo camino desde Judea. Alzó la vista y vio a los mercaderes vender frente a la sinagoga, las aguateras pasar llenas de alhajas ofreciendo el líquido, los samaritanos buscando a quién robar y a los rabís entrando y saliendo frenéticos del templo. En ese momento notó que varias personas corrían hacia una de las esquinas del lugar con piedras en las manos. "¿Qué pasa?", preguntó, y un joven le gritó "vamos a apedrear a Magdalena, la puta", antes de seguir corriendo. Santiago, como arrastrado por una fuerza demoníaca alzó una roca y corrió hacia donde estaba el grupo y en el momento que alzó la piedra para lanzarla hacia la mujer una mano más fuerte que la de él detuvo la suya, al voltear una luz sobrenatural le impidió ver inmediatamente que quien lo sostenía era a quien llamaban Jesús de Nazareth.

8 de diciembre de 2008

Minicuento: El beso prohibido


Desde pequeña a Alicia le enseñaron que el sexo es malo, y como tal lo vivió durante sus primeras entregas carnales en donde la restricción y los tabúes minaron su placer y el de sus compañeros. Pero Elías, con la atracción totalmente básica que ejercía sobre ella, le enseñó, no con mucho esfuerzo, que el sexo sí es malo, pero en una dimensión diferente a la que su tradición judeo-cristiana le había enseñado. Y así, luego de pocos encuentros, ya no existía hoyo en Alicia que Elías no hubiese violentado. Cierto día, de exploraciones y hambre de piel, Alicia descubrió en ella un talento nato para el sexo oral y orgullosa, cada vez que se desnudaba ante Elías, salvajemente introducía el miembro ácido en su boca de rosas, una y otra vez, saboreando el pecado en un beso prohibido.

5 de diciembre de 2008

Minicuento: Leyenda


La doncella corrió por el bosque asustada. Los golpes que se daba con las ramas de los árboles y con sus troncos poco a poco maltrataban su frágil cuerpo, desnudo en algunas zonas por los arañazos que las ramas filosas hicieron en su batola. Finalmente se encontró en un claro del bosque, rodeado de bayas y arbustos oscuros donde creyó podría descansar de la persecusión del gnomo. Se sentó pálida en el centro del rellano y lloró amargamente, mientras sobaba sus piernas y brazos rotos por la huida a través del boscaje. Sus cabellos rojos enmarcaban románticamente sus grises ojos y finos rasgos, mientras las lágrimas servían para lavar su nívea cara. Allí pasó horas, desesperada e inquieta, atacada por un frío mortal, hasta que -con sus últimas fuerzas- pidió ayuda a los elfos del bosque. Inmediatamente un hermoso hombre, de largos rizos rubios, desnudo y rodeado de un brillo enceguecedor como el diamante mejor pulido, apareció y sonrió ante ella y extendiendo su mano le dijo: "bienvenida".

4 de diciembre de 2008

Minicuento: La despedida


Se vio en el espejo, disfrutó aún sin quererlo las curvas que se dibujaban por debajo de la camisa de seda blanca, el brillo de su piel y el movimiento de sus rizos negros. Una sonrisa se dibujó en el rostro moreno y los ojos oscuros brillaron brevemente. Ante su imagen arregló sus ropas estirándolas delicadamente y sacudió el pantalón negro, retocó su maquillaje y salió del baño. Luego se acostó sobre su cama, reposó su cabeza en la almohada, tomó con una mano la hojilla y cortó la muñeca contraria para después hacer lo mismo con la mano que le quedaba libre en la muñeca faltante. Sangrando tomó la nota suicida, la puso sobre su pecho, y lloró hasta que el cansancio la venció.

17 de octubre de 2008

Pensándolo mejor

Era fácil, Armando tenía dos mujeres entre quienes escoger. Una era su novia, no muy formal, pero novia al fin.
Era bonita, cómo negarlo, mucho más baja que él, de cabellos rizados, sonrisa amplia y cuerpo frágil. Vestía siempre deportivamente y lo esperaba pacientemente en las noches sentada en el café de una esquina, mientras él se desocupaba de sus múltiples tareas para dedicarle unos minutos.
La otra era su compañera de trabajo, a ella la veía ocasionalmente, a pesar de que compartían el mismo espacio. Era casi tan alta como él, de figura fuerte pero armónica, cabello largo y liso, y -al contrario de Lorena, la formal- no sonreía con mucha facilidad, pero era grato admirar sus ojos, grandes y redondos.
Con Lorena no tenía mucho tiempo de relaciones, al igual que con Ismenia, pero le agradaba compartir sus horas libres con ella. Con Ismenia hablaba poco, unos saludos, unas palabras cortas; sin embargo, esto no fue impedimento para sentirse atraído por la mujer.
Ninguna de estas situaciones fue causa de problema alguno hasta que una tarde, en que Ismenia y él compartieron el almuerzo, su colega le preguntó: "¿quisieras salir conmigo alguna vez?", mientras abría sus ambarinos ojos. Armando no supo qué contestar, así que lo pensó unos minutos. En su mente decenas de pensamientos pasaron como imágenes incongruentes y desarticuladas, pero dos se repitieron: "¿y qué hago con mi novia?" y "¿qué le digo a Ismenia si me atrae tanto?"
Separó sus labios para responder que tenía novia, que no podría, quizás para decirle que ella le atraía, pero en vez de cualquiera de esas cosas Armando respondió: "sería interesante". Desde ese momento, supo que esa no era la mejor respuesta. Sin embargo, no se arrepintió.
Estas palabras activaron en Ismenia el impulso de sonreír ante él abierta y francamente, la hilera de perfectos dientecitos blancos protegidos por unos labios carnosos y brillantes cautivó al hombre, quien -algo nervioso- acomodó el cuello de su camisa y pasó su gruesa mano por sus negros cabellos. El gesto, sin saberlo el administrador, provocó un ligero corrientazo en Ismenia, fascinada durante meses con el extranjero ante ella.
Igualmente, la aceptación de una supuesta salida generó una creciente tensión entre ambos, por parte de ella ante la llamada de un hombre que suponía sin compromisos y por parte de él ante las ganas de llamar, pero la indecisión de hacerlo, pues se sentía muy bien con su novia.
Sin embargo, el coqueteo mutuo -y más de parte de él que de ella- generaba iguales ansias. Poco a poco, lo sabría Armando con el pasar de las semanas, se sentía más cómodo con Ismenia a la vez que empezaba a detallarla.
De esta manera descubrió su sonrisa fulgurante, una piel suave, inteligencia, un exquisito aroma a esencias cítricas, un terrible gusto para la música y unos pies largos y bien cuidados, siempre en sandalias -usadas por la mujer para disimular un poco su exagerada altura.
Cierta noche, saliendo de su oficina, Armando alzó el teléfono para llamar a Lorena como todos los días, pero -mientras marcaba los números- Ismenia apareció de nuevo en su mente, "¿por qué me atrae tanto esta desconocida?", se preguntó.
Y, milagrosamente, como si sus pensamientos vivieran fuera de él, comenzó a recibir imágenes de todas las pequeñas cosas que había notado en su colega y que sumadas en conjunto la hacían ver en ese momento más interesante que Lorena.
Así que, sin pensarlo, sacó del bolsillo trasero de su pantalón la billetera de cuero ajado y desplegó el papelito donde había anotado el teléfono de su compañera y comenzó a marcar cada dígito.

28 de septiembre de 2008

Pesadilla eterna (Nelvana, última parte)


Una risa gutural y demoníaca salió de la exquisita boca de Nelvana, ahora convertida en un fantasma pálido, de largos cabellos rubios, expresión dura y ojos azules. Las pecas caramelo salpicaban los grandes senos y cuadrados hombros del cuerpo níveo mostrado ahora ante mí.
Sin parar de reír diabólicamente me señalaba con sus largos dedos mientras gritaba “¡maldito, me has engañado! ¡Ya no habrá boda!”. Sus acusaciones retumbaban en mis oídos, adoloridos por la aguda voz, y mi corazón ahora frío y paralizado en mi tórax tardó en reconocer el rostro mirándome sádicamente.
“Rebeca”, pude decir finalmente, dejando escapar el poco aire contenido en mis pulmones. “Rebeca” -repetí- “déjame explicarte”. “¿Creíste que no lo sabría Karl? Tú con la sirvienta, esa maldita calé. Ya no habrá boda, el negocio dejado por tu padre morirá sin mi dinero. Maldito.” Las palabras reverberaron infinitamente en las paredes de mi cuarto, bañadas en sangre y aceite.
Desperté después de esto bañado en sudor, con la fiebre aún en mi cuerpo, el pene erecto y un amargo sabor en la boca. “Era un sueño”, me dije muy decepcionado. “Un sueño nada más, Nelvana no ha sido mía”. Decepción total.
Esta última frase despertó en mí a un animal enjaulado que me recordó los planes de ese día al anochecer: arrancar el amuleto de ágatas del cuello de Nelvana mientras la penetraba salvaje e impío. Su virginidad le será arrancada. Por mí.
Me levanté de mi cama y me dirigí como una fiera al baño, allí me lavé el rostro y me observé atento en el espejo. La fiebre seguía ahí, pero no me enfermaba, simplemente me hacía irracional. Y por esa irracionalidad actué como lo hice. Arranqué mis camisas, rompiéndolas en jirones, y corrí hambriento al cuarto de la dama de compañía de mi madre. La compañía ahora sería para mí, toda la noche.
Abrí la pesada puerta sin esperar siquiera saber si ella estaba o no despierta y entré enrojecido al cuartucho de servicio. La oscuridad, apenas rota por un candelabro de tres velas sobre la mesa de noche, invadió aún más mis ya sombrías intenciones.
Calladamente me senté en la orilla de la cama juvenil y descorrí la cobija, ella estaba allí, dormida e inocente, con el camafeo sobre su oscura piel. Su pecho -me di cuenta en ese momento- estaba desnudo, como toda ella. ¿Cómo podría siquiera dormir sin ropas en pleno invierno? Absorto y encantado detallé calmadamente su cuerpo, sus senos bajaban y subían lentamente siguiendo su respiración.
Sus párpados temblaban (seguramente soñando) y su gruesa boca sonreía. Los largos cabellos -que tomé por rizos para olerlos profundamente- ocupaban la almohada y caían tímidamente sobre sus esculpidos hombros. Sus piernas, largas y fuertes, estaban coronadas en su unión en la entrepierna por una tierna marañita de pelos borgoña, sobre una exquisita ostra virgen. Su vientre, algo redondo por ser aún adolescente, me invitaba a besarlo. Así lo hice.
Luego acomodé mi pesado cuerpo a lo largo de ella y puse mi febril mano sobre su pelvis, acariciándola tiernamente unos instantes, para luego bajarla a su vagina, en la que metí un dedo primero en una cavidad seca e ignorante de lo que haría dentro de poco con ella.
Acompasadamente metí y saqué un dedo en ella y -conforme su sexo se humedecía- introduje dos dedos más. Sin dejar de penetrarla manualmente, acerqué mi rostro al de ella para besarla. El beso, profundo y pecaminoso, la despertó. Asustada, la gitanilla abrió desesperada sus ojos jade y clavó sus uñitas en mi pecho desnudo, pero este acto sólo logro el efecto contrario al que ella hubiese deseado, pues me excitó más, así que intensifiqué la fuerza de mi boca sobre la suya.
En ese momento, lleno de la más grande rabia sentida jamás por mí, me monté sobre ella, apartando sus piernas, aplastando mi pecho sobre sus senos y mordiéndola cruelmente en el cuello. Cuando me tomé un respiro para arrancar con mis dientes el espantoso amuleto que pendía de su cuello de cisne Nelvana finalmente pudo suplicar “así no, por favor, así no”. Inconscientemente el animal en mí retrocedió dos pasos y el humano pudo responder “perdóname, es que te deseo demasiado”, obligando a mi cuerpo a retroceder también.
Me alejé de ella ágilmente, sentándome en la orilla opuesta en donde su cuerpo semiprofanado yacía tembloroso, ocultando mi cara entre mis manos. Derrotado repetí “perdóname, es que te deseo demasiado”, largándome a llorar agriamente. Así estuve varios minutos, que parecieron siglos, hasta que ella se acercó a mis espaldas y me abrazó tiernamente, con sus pechitos calientes sobre mis hombros.
Con ansiosos besos cubrió mi espalda, hombros, brazos y cuello, acariciando tímidamente lo tocado por sus labios. Poniendo su barbilla ovalada sobre mi oreja izquierda me dijo “soy tuya Karl, siempre lo he sido, pero así no, por favor” y esta simple acción, inocente y sincera, me hizo llorar aún más, como un niño ante ella.
Entonces sucedió que tomó mi cara entre sus manos, de madera y especias, y me besó con inocencia, hambre, deseo, pureza, timidez, con tantas cosas y a la vez con nada, que me hipnotizó. La fiebre en ese momento se hizo mayor y me enfermó. Mi cabeza comenzó a dar tumbos, mis pensamientos no coordinaban algo lógico y el pánico se apoderó de mí.
Me paré de nuevo, como un autómata, y corrí a mi habitación, escondiéndome allí hasta la mañana siguiente. Vi cómo la noche aclaraba convirtiéndose en una gélida representación de un día gris. Los rayos de sol golpearon mi rostro cansado y adolorido de tanto llorar, sin conocer la razón de mi reacción tan cobarde.
Haciendo acopio de una voluntad gastada me levanté para el desayuno, lavé mi rostro de nuevo, cambié mis ropas y me dirigí al comedor. Allí estaban mi madre y hermanos cabizbajos, algo llorosos, frente a los platos vacíos.
Gustav, el segundo varón, tenía las manos de mi madre entre las suyas mientras Carlota su cabecita rubia sobre sus faldas, los más pequeños rodeaban la triste escena: la viuda von der Band llorando sobre un papel arrugado y sosteniendo un camafeo de ágatas y perlas.
Al ver mi desencajada expresión Sonia, la más vivaz de todos, retiró el papel de las manos de mi madre y se acercó a mí, entregándome ceremonialmente la nota:
“Lo siento mi señora, no puedo continuar en esta casa. Por favor conserve mi amuleto. La protegerá de la tristeza. No me busquen, me fui con mi gente. Amor, Nelvana”.
Dejé caer el papel y me senté afligido con el resto de mi familia en un comedor melancólico y frío.
Nelvana es exquisita. Su nombre sonaba en mi garganta mientras la besaba y retumbaba en mi paladar. Nelvana, una y mil veces Nelvana.
FIN

24 de septiembre de 2008

Madera y especias (Nelvana 4)


No podía creer lo cobarde que resulté ser. ¿Por qué reaccioné de esa manera cuando Nelvana me correspondió? ¿Qué esperaba realmente que pasara?
Molesto e inquieto, caminando de un lado a otro de mi habitación, me preguntaba el por qué de mis actos. La gran estupidez humana es rendirse a la cobardía cuando ve correspondidas sus ansias. ¿Anhelaba ella tanto como yo ese beso?
Sin creerlo aún me paré frente al tocador de mi baño. Estaba realmente asustado, por una maldita gitana que apenas hablaba. Mi rostro, usualmente frío y seguro, se veía ahora desencajado, mis ojos a la luz de las velas en ese cuarto húmedo parecían más oscuros, como el gris del plomo, y mi boca se desfiguraba en un rictus de incredulidad.
Remojé mis manos y luego lavé mi cara con la bandeja de agua fría, acomodé mis rizos de nuevo en mi colacaballo y peiné mi bigote. Ese improvisado ritual me permitió calmarme. Reacomodé mi corbatín, me dirigí a mi cama y -sin desvestirme- me acosté en ella.
A mitad de la noche, y a pesar del invierno asesino que se colaba por la ventana, una fiebre extraña me invadía, sentía mi cuerpo arder y en mi mente sólo estaba Nelvana, una y mil veces Nelvana.
Pensando en ella estaba cuando a mitad de la noche, sería cerca de medianoche, la puerta de mi habitación se abrió. Con la oscuridad reinante aún a pesar de las velas no pude distinguir quién había entrado, sólo cuando estuvo sentada en mi cama pude ver que era ella, vestida apenas con una bata de seda, con sus cabellos sueltos y sus amaderados ojos sobre mí.
Sin permitirme articular sonido alguno o entender las razones de su presencia, Nelvana descubrió sus pechos juveniles, redondos y firmes, coronados con unos pezones enormes, oscuros y erectos como el chocolate sobre canela.
Apenas pude yo sentarme sorprendido por la visión ella tomó mi mano derecha y la dirigió sin timidez alguna a sus senos, se frotaba con mi mano entre las suyas. La fiebre de mi cuerpo se elevó y me sentí como en una velada veraniega cualquiera. Ella, acompasaba los movimientos de las manos con su cadera, bailando rítmicamente sobre su eje, ahora sin verme.
Repentinamente su mirada de fuego se dirigió de nuevo a mí mientras separaba sus labios para decirme: “esta soy yo -señalando su sexo- y este eres tú -señalando el mío luchando por salir de los pantalones”. Al dejar de señalar Nelvana se paró a un costado del lecho para escurrir sobre su piel lo que restaba de la batola. Su cuerpo adolescente y glorioso estaba entonces desnudo en mi presencia.
“Nelvana” suspiré extasiado al arrojarla hacia el catre, “Nelvana” decía entrecortado mientras la besaba desesperado. La gitana recompensaba con la misma pasión mis avances, tratando de arrancar mis ropas mientras yo lamía su cuerpo aromatizado a especias de la India.
Separé sus piernas y hundí mis labios entre ellas, esto provocó que mi mujer gritara mi nombre extasiada entretanto yo comía del más jugoso manjar alguna vez deseado. “Hazlo, hazme todo lo que le haces a la señorita Rebeca, Karl”, pidió mientras hundía con sus manitos mi cabeza en ella.
Tan sólo con la lengua pude saber lo estrecha que era su caverna pero aún así me atreví a profanarla con mis dedos, un gritito escapó de su garganta a la vez que sus caderas huían de mí. Molesto la sostuve con más firmeza para no dejarla escapar y arremetí de nuevo, esta vez con dos dedos juntos.
No hubo resistencia de ningún tipo, por lo que pude explorar tranquilamente lo ofrecido. Así estuve varios minutos hasta que sin dejar de tocarla me desvestí y -sin esperar su invitación- la puse de espaldas a mí y la penetré desde atrás. La humedad y la estrechez de su vagina me hicieron terminar rápido, estremeciéndome de la emoción.
Y entonces algo extraño pasó.

18 de septiembre de 2008

Vuelta inesperada (Nelvana 3)


-“Pero si tanto te gusta, ¿por qué no le jodes? Es una criada después de todo, no le molestaría para nada ser objeto del afecto de su amo, ¿o sí?”
-“Nelvana es diferente, es orgullosa, yo quiero quebrar su orgullo para joderla, no me ha de faltar mucho, la pongo nerviosa.”
-“No sé Karl, me parece lo tuyo un empeño absurdo, amenázala y ya. Es sencillo, así he hecho yo con Alika, la criada de mi tía Ivonne… Se entregó fácilmente cuando le dije que la despedirían si no.”
La conversación sobre ese tema terminó ahí, por lo menos de mi parte, lo siguiente fueron largos minutos con Mikail enumerando cuáles y cuántas criadas ha conquistado o amenazado. Nada interesante para mí. Ante tan fastidioso tema preferí largar rápidamente mi ginebra y dejar para la propina en la taberna.
Cuando me despedí lo último que vi fue a una de las prostitutas del bar acercarse a él y sentarse en sus piernas. La mirada lasciva de Mikail hacia la puta me dijo todo lo que necesitaría saber. Mi mejor amigo no se compondría jamás, ni siquiera ahora con su esposa esperando al primer hijo. Yo por mi parte, aburrido como estoy en mi compromiso con Rebeca, sólo tengo mente para pensar en Nelvana, la proximidad de la boda con la prusiana no ocupa mis divagaciones sino la gitana que mi madre adoptó como sierva después de la muerte de papá.
Si papá no hubiese muerto no hubiesen pasado dos cosas clave: mi conversión al “hombre de la casa”, como hijo mayor, y la llegada de Nelvana, en ese momento de 12 años.
Hermosa desde la primera vez, con sus largos cabellos rizados sobre sus hombros desnudos, cada rizo tenía un brillo diferente, pero en general –aún hoy- son todos castaños y rojizos. Su boca, es acorazonada y de labios gruesos, siempre mordidos por esos hermosos dientes cuando está nerviosa.
Aquel día la nueva dama de compañía de mi madre se bajó de la carreta en la que la trajo su gente, vestida con ropas haraposas, una blusa de algodón crudo y una falda raída de lino teñido en verde. Su largo cuello y la altivez de su mirada fueron los primeros rasgos que noté de ella, luego sus almendrados ojos verdes y su piel canela.
Sin embargo, a pesar de la agradable impresión dada por Nelvana en ese momento, poco me interesé en ella, era una simple criada y yo estaba saliendo hacia Obersendling, a la universidad.
Pero cuando volví, al pasar de tres años, me encontré con una jovencita más altiva y hermosa, pulida ahora por su roce con la sociedad en la que se desenvuelve mi madre con ella como su dama de compañía. En apenas 36 meses Nelvana se ha convertido en una señorita de bien, que sabe leer y comportarse perfectamente dentro del protocolo y normas impuestas.
Yo por mi parte estoy cansado, las arrugas antes imperceptibles sobre mi rostro son ahora visibles, trabajar en el negocio que mi padre dejó inconcluso al morir, mientras estudiaba y manejaba mi dificultoso compromiso con Rebeca me han dejado exhausto.
Mi piel es ahora más blanca, conservo aún el cabello largo y las patillas rojizas sobre mi rostro, mis rasgos son ahora mucho más filosos y cuadrados, el bigote arropa mis delgados labios y mis ojos parecen de un gris sombrío, metálico, con fulgores que antes no tenían. Creo -eso dicen mis hermanas y prometida- que me parezco cada día más a mi madre: pelirrojo, orgulloso, de espalda cuadrada, nariz fina y muy alto.
Tan disímil de Nelvana, pero tan cambiado como ella tres años después.
En esto pensaba mientras volvía a casa. Al caminar por las riberas de Isar me tropecé con varios gitanos y “leedores” de cartas, varias prostitutas y los vendedores ambulantes de sopas y chocolate caliente. El invierno, parece mentira, atrae más nómadas y mercaderes a las calles que el verano.
Al pasar al lado de una gitana vieja, muy parecida a Nelvana, estuve tentado a detenerme pero, cuando la mujer posó sus fieros ojos sobre mí, apresuré el paso entallando mejor mi sombrero y cerrando mi abrigo. Los guantes no parecían en ese momento darme alguna protección contra la brisa helada que soplaba del río.
Caminé tan rápido que antes de que el reloj de la torre de la iglesia de Nuestra Señora diera las 9 ya estaba en casa. Antes de entrar me paré un momento en las escaleras de la entrada y vi la mansión de mis padres -ahora regentada por mí- iluminada vagamente por los faroles de la calzada. Me quité el abrigo y el sombrero allí mismo.
Subí las escaleras con mis ropas en mano y abrí la pesada puerta. Nelvana estaba sentada con mi madre en el sofá del salón, frente a la chimenea, tomadas ambas de la mano y dormidas, recostadas sus cabezas en la otra. La imagen me pareció hermosa, cabellos rojos y castaños revueltos en una sola maleza.
Nelvana se ha hecho imprescindible para mi madre desde la partida de Edith al casarse. Mi hermana, sabiendo que al dejar a madre sola le rompía el corazón, se encargó durante un año de pulir a la muchacha mientras le enseñaba a leer, escribir y tocar el pianoforte. Los hermosos vestidos de última moda entallados en ella son cortesía de Edith, quien le mandaba las más finas confecciones cada vez que su acaudalado esposo renovaba su ropero.
Me acerqué lentamente a ambas mujeres -tan amadas por mí- y toqué a Nelvana con mi mano fría. La gitana se sobresaltó abriendo los ojos y con la brusquedad despertó a mi mamá quien me dijo con felicidad, y mientras acomodaba sus lentes sobre su nariz: “Karl, has llegado”.
Extendió una mano hacia mí y apoyó la otra en la criada para que la ayudáramos a levantarse. Sin dejar de verme sonreida -y sin siquiera sobresaltarse por mi gélida piel- la señora von der Band caminó con nosotros dos escoltándola a su habitación. Con dificultad por su gota subió las escaleras principales una a una. Al llegar a su habitación acercó su hermosa cara a la mía y besó mi frente con cariño, inmediatamente hizo lo mismo con la calé y cerró su puerta.
Nelvana y yo nos quedamos solos en el corredor, ante la puerta cerrada, pero antes de que ella pudiera voltearse la tomé con violencia por ambos codos y la plegué sin dudas a mi cuerpo. Ella trataba de bajar la cara, pero yo fácilmente la aprisioné con un sólo brazo y con el otro levantaba su delicado rostro moreno hacia mí.
Le di un beso profundo, como nunca antes lo había dado. La niña seguía tratando de zafarse, pero soy mucho más alto y fuerte en comparación, así que nada lograba. A más resistencia más ardoroso era mi beso, mi larga y gruesa lengua era la primera que ella sentía dentro de sí -pude saberlo en ese instante- y eso sólo aumentó mi hambre.
Rápidamente la encarcelé entre mi cuerpo y la pared y comencé a besarla desesperado, emocionado, excitado. Un peso diferente pendía sobre mi corazón, que a duras penas palpitaba humanamente, luchando por salir de mi pecho como ella de mis brazos.
Tan interesado estaba en besarla que casi no noté el instante en que Nelvana dejó de resistirse y comenzó a corresponder mis besos, arrojando sus bracitos sobre mi cuello. Este súbito movimiento me paralizó.
Mi reacción fue tan inesperada como la primera: la solté, acomodé mis pantalones abultados en la entrepierna y caminé directo a mi habitación. Cuando estuve parado ante el dintel volví mi vista hacia la pequeña hechicera, estaba parada en el pasillo, llorando mientras me veía fijamente, con los brazos a los lados y mordiendo sus labios.

13 de septiembre de 2008

Tamarindo (Nelvana 2)


La tetera chillando en la cocina me despertó sobresaltado. Supuse, por el sonido cerrado de pasos que siguió, que Nelvana también la había escuchado. Un olor agrio, pero dulzón, me quemó la nariz, así que lleno de curiosidad me dirigí a la cocina.
Nelvana estaba allí, dándome la espalda. Su largo cuello tenía pequeñas gotitas de sudor y era cubierto por finos cabellos avellana sueltos de su moño. Desde atrás se veía más hermosa de lo acostumbrado, así que me apoyé en el dintel de la puerta de la cocina a verla trabajar. Sus manitos gruesas trabajaban ágilmente con el cuchillo que cortaba la carne que esa noche cenaríamos y de vez en cuando dejaban reposar el filo sobre la madera para secar el sudor de su frente.
Cada tanto tomaba los cuadros de carne que cortaba y los echaba en la olla del guiso, mientras tanto -y todavía sin saber que yo estaba allí- vigilaba la tetera y la olla de las papas.
Cuando el vapor que escapaba de la tetera dejó de hacer ese insoportable ruido, Nelvana paró lo que estaba haciendo y se dirigió casi bailando a la mesa de caoba del centro de la cocina, de ahí tomó unas vainas marrones, compuestas de lo que parecían ser varias semillas grandes, y las olió delicadamente. Su espalda se ensanchaba rítmicamente al aspirar el olor de lo que sostenía; pude imaginar su cara sonriente mientras llenaba sus sentidos con ese extraño condimento.
Con los dientes despegó las paredes de ese fruto y sacó las semillas que contenía para echarlas después en la tetera. Un vapor oscuro y un aroma muy cítrico escaparon del recipiente de plata, aturdido por la penetrante y pesada fragancia di ruidoso dos pasos hacia atrás, al voltearse la criada asustada por el ruido le dije muy molesto: "Nelvana, ¿qué es eso?" , señalando con mi mano lo que tenía en la suya.
La chica tartamudeó y -aún bajo su piel canela- vi que se sonrojó profundamente. "Es tamarindo, mi señor", me respondió, "una fruta de la India, muy buena como medicina, estoy haciendo té", añadió atropelladamente. Sin salirme de mi asombro por la reacción que me provocó la hierba le indiqué con señas y mientras me tapaba la nariz y boca que sacara la tetera de la cocina. Así lo hizo.
Durante el tiempo que estuvo Nelvana en la terraza botando el menjunje tomé un poco de agua y recompuse mis ropas, parándome luego muy tieso en la puerta de la terraza esperando que ella se volviera hacia mí. Al hacerlo, su cara se desfiguró en una mueca de no muy grata sorpresa, sus enormes ojos de oliva se abrieron y su boca hizo una figura extraña, para luego ser mordida cruelmente por sus hermosos y blancos dientes como solía hacerlo cuando estaba muy nerviosa. La tetera tembló en sus manos, así que muy lentamente, como hago cuando cazo faisanes y no quiero ser descubierto, me acerqué a ella: a más cercanía con la gitanilla otro paso daba ella atrás, sin quitarme los asustados ojos de encima.
Tanto cedió terreno mi presa que terminó aprisionada entre mi cuerpo y la pared trasera del solar. Desde mi altura pude medir finalmente y sin dudas la altura de ella, era pequeña y frágil, su cabeza apenas podría alcanzar mis hombros, esa posición me gustó, tanto que sentí un violento tirón en mis braguetas y quise tomarla allí mismo.
Los ojos de Nelvana casi lloraban -supongo que de nerviosismo- y su piel estaba erizada y fría, podía yo notarlo.
Una vez que hubo pegado por completo su espalda del muro di yo un paso largo y seco hacia ella, dejando una mínima distancia entre nosotros, tan escasa que con mi camisa rozaba sus pechos. Levanté un brazo y lo pasé por encima de su hombro, la niña mujer, todavía aturdida siguió con la mirada mis movimientos.
El brazo, poco a poco, se flexionó para acercarme más a ella, la distancia que deberíamos guardar el uno del otro en ese momento desapareció, yo estaba tan cerca que percibí su cándido y avinagrado aliento, inundado del aroma del tamarindo que usaba hace poco. Sus labios temblaron una vez más y parecieron verse resignados -al igual que ella- a recibir los míos en pocos segundos y centímetros.
Bajé aún más el rostro y plasmé mi cuerpo contra el de ella, su cabello se agitó y me llenó los sentidos de la manzanilla de sus rizos, su cuello se tensó dejándome ver sus finas venas y ella -trémula y rendida a mí- logró suspirar un imperceptible "no".
Yo, Karl von der Band, soy un caballero y pude controlarme. Sé que mi mirada fría y acerina se posó por última vez en ella, burlona e indiferente, mientras me alejaba tan lento como me acerqué y dándole la espalda mientras le decía: "Nelvana, cambié de opinión, ¿por qué no vuelves a hacer un poco de ese té de tamarindo para probar los condimentos que tu gente trae?"
Al entrar a la cocina volteé por vez final hacia ella, seguía allí, sudada y pálida, entre las ropas lavadas, contra el muro del solar, sosteniendo firmemente la tetera de plata con su mano izquierda y con la derecha su camafeo de ágata y perlas.
No pude evitar sonreír.

6 de septiembre de 2008

Nelvana


Nelvana es exquisita. Su nombre me suena en la garganta mientras la beso y retumba en mi paladar. Nelvana, una y mil veces Nelvana.
Hoy, cuando volví a la casa de las lecciones de piano con la señorita Brohm, la vi sentada tranquilamente con mis hermanos menores leyéndoles una vez más "el soldadito de plomo", sabía yo que estaba aburrida, sin embargo su voz trinosa y los simpáticos gestos que hacía cuando le contaba la historia a mis hermanos me detuvieron un rato en el recibidor.
La luz que entraba por los altos ventanales hacia la sala rebotaba en su cabello oscuro, las gitanas todas tienen el cabello como ella: largo y rizado, pero el tono avellanado del de Nelvana enmarca sus gruesos y carmesí labios de una manera elegante, como nunca la vi en ninguna otra de esa gente.
Su piel achocolatada es deslumbrante, como mezclada con leche, pero no lo suficiente como para disimular su origen. Sin embargo, sigue siendo cautivante lo sana y brillante que se ve ese tipo de piel en una sirvienta como ella.
Cuando Carlota, mi hermana más pequeña, sintió la puerta cerrarse tras de mí, corrió feliz envuelta en su vestidito lavanda de volantes tafetán. "Karl" -me gritó- mientras extendía sus brazos y se arrojaba a mi cuello. Nelvana inmediatamente se levantó del sofá de terciopelo vinotinto y corrió a tomar de vuelta a la niña, apenada alzó sus redondos, olivas, y grandes ojos a mi rostro y, muy ruborizada, susurró con su voz ronca "perdone señorito Karl, la niña se me escapó", y rápidamente bajó la mirada y volvió al sofá de ébano con Carlota y el resto de mis hermanos.
La seguí hambriento con la mirada y muy severo, porque me gusta verla ponerse nerviosa, le dije: "debes controlar mejor a los niños, Nelvana". Ella se tensó en su camino de vuelta y muy lentamente se volvió moviendo la cabeza de arriba a abajo. Apartó la mirada de nuevo y corrió al saloncito, frente a la chimenea, con los niños.
Yo, por mi parte, me dirigí al salón, a vigilarla. Así que me senté en el sillón de cuero de mi papá muy recto, serio, para que ella me viera y mis hermanos siguieran atentos escuchando la lectura sin prestarme atención. Yo sólo quería verla a ella llenándose de ansiedad por mi presencia allí.
Su respiración se aceleró gracias a mi estadía en el lugar, lo que provocaba que sus llenos pechos canela subieran y bajaran más rápidamente apretados por el corsé. El escote cuadrado que vino de moda de Londres destaca el pecho en las mujeres alemanas, pero en esta pequeña gitanilla destaca más sus torneados hombros, decorados aquí y allá por mechones sueltos de su cabello.
Sus labios se arrugan y estiran provocativamente para mí al hablarle a mis hermanos, tiemblan -lo he notado- cuando hago algún movimiento en el sofá. Nelvana los muerde sutilmente si hago acotaciones a su lectura.
El sol de invierno cae más rápidamente que el de otoño, así que el tinte naranja que cubre los muebles de caoba y ébano del salón de la casa, y que se derrama desde los ventanales sobre la chimenea, la platería, el pianoforte y mi familia y la sirvienta, se hace más intenso hoy y alumbra cálidamente a mi gitanilla.
Los haces de luz naranja y violeta derrapada sobre todos nosotros rebotan en el camafeo que guinda del cuello de Nelvana, un amasijo de ágata y perlas, elaborado artesanalmente por su familia nómada y cristiana como un amuleto de protección ante su entrada a esta casa luterana y rígida; según ellos, los "payo" (es decir, los alemanes) no somos "gente de confiar".
Conmigo aquí seguro tenían razón en lo que decían, pues esta noche, cuando Nelvana duerma en su habitación, entraré a su cuarto y arrancaré con fuerza ese espantoso amuleto y mezclaré violentamente toda la noche la leche de mi cuerpo pálido con su cuerpo chocolate, mientras ella luchará con todas sus fuerzas por impedírmelo.

3 de septiembre de 2008

Celos

La muerte fue rápida, sin ningún ruido, Jimena -distraida como estaba- no vio venir el golpe. Fue seco y corto, pero mortal. Una vez el cadáver cayó sobre el piso, el mármol comenzó a teñirse hermosamente con figuras tibias derivadas del derrame, rojo púrpura sobre ese pulido y pálido mármol italiano.
Durante un minuto, que pareció una hora, Juan observó cómo la sangre salía silenciosa de la cabeza de su mujer, el único ruido (lo notó en ese momento) eran los ladridos cercanos de los perros que -desesperados- trataban de entrar a la cocina a consolar a su dueña ya muerta, ya sin vida.
La luz que entraba por los altos ventanales del apartamento iluminaba mágicamente el rostro de la infiel asesinada, el hilo de sangre que corría dibujando lágrimas sobre la tez morena de la mujer resaltaba el brillo de su piel y magnificaba el brillo que se apagaba, gota a gota, en sus ojos oscuros, que ahora miraban vacíos al infinito.
El vinotinto comenzaba a coagularse cuando Juan, aún parado en la cocina con el sartén en la mano, decidió cómo disponer del cuerpo de su esposa. Se arrodilló a sus pies y lentamente comenzó a desnudarla, los perros casi al mismo tiempo decidieron dejar de ladrar y observaron la escena.
Primero le quitó las finas zapatillas doradas de tacón y acarició sus pies, fríos y encogidos, mientras con una mano desabrochaba el pantalón caqui que vestía la muchacha. Cuando destapó sus piernas detalló cada pequeña várice que se dibujaba en las largas extremidades, las minúsculas marañas que formaban se le antojaban en ese momento tiernas, cuchis, casi lamentó haber obligado a Jimena a hacer ejercicio hasta desfallecer sólo para borrar lo que ahora percibía como preciosas figuras.
Sin derramar una lágrima -y desafiando aún con la mirada a los dos rotweiller que compró la joven para proteger su hogar- arrancó con el picahielo los botones de madera de la vaporosa blusa oliva. Los maravillosos y firmes senos saltaron al aire, desbocados, con los pezones turgentes y fríos, muertos también, como el resto de ella. Una erección llena de culpa apretó los yines de Juan, quien ceremoniosamente besó una vez cada teta, despidiéndose tal vez.
La olió, su olor a lavanda de Victoria's Secret era ahora algo amargo, diferente, pero la erección continuaba ahí, cada vez más dura mientras más olía el cadáver perfumado. En el cuello, el aroma acre era más intenso, pero así también la lavanda. Los labios abiertos lo esperaban aún, los besó, pero al hacerlo una inmensa llamarada lo consumió de nuevo, recordó -con más rabia que la que lo hizo matarla- que esos mismos labios habían besado a otro cientos de veces mientras él no estaba.
Con una frialdad superior a la del mármol, de Jimena sin vida o del metal del picahielo que sostenía, cortó minuciosamente los labios, desfigurando a quien hace apenas 10 minutos era una mujer espectacular. Sin pensarlo, abrió la puerta de cristal esmerilado que separaba la cocina de la terraza y arrojó ambos pedazos mutilados de carne hacia los negros canes: animales salvajes que devoraron con ansia el banquete improvisado.
Así, deforme, con pegostes de sangre oxidada sobre su largo pelo cobrizo y cara, fue más fácil hacer lo que venía a continuación.
Colocó firmemente el cuchillo eléctrico empleado para cortar el pavo en Navidad sobre los delicados hombros femeninos y prendió el aparato, otro ruido -más penetrante y agudo que el primero- rebotó en sus oídos. La piel humana, o por lo menos la de Jimena, era tan sencilla de cortar como lo es la de pavo. Seccionar el hueso fue un poco más trabajoso, pero nada complicado.
Cada sección de cuerpo amputada fue arrojada, meticulosamente, hacia los perros. Los cerberos, demoníacos, engullían hambrientos los trozos. Incluso los huesos desaparecían bajo sus enormes fauces.
Una vez terminado este proceso, restaba la parte más complicada de "desaparecer": la cabeza. Allí, bañado en sangre, oloroso a óxido, sucio y sudado, Juan no sabía, simplemente, cómo hacer con la cabeza desfigurada de su esposa. Con el afán anterior, la expresión se había distorsionado de tal manera que ya no quedaba rastro alguno de la hermosa mujer viva. Los ojos, desorbitados y secos, veían acusadores a Juan. Como preguntándole, burlones como eran en vida, "¿qué vas a hacer ahora, cabrón?"
Ante la duda, Juan -finalmente- lloró, una desesperanza terrible, oscura y muy pesada llenó su cuerpo ya cansado. Abatido, dejó caer sus brazos a cada lado de su cuerpo arrodillado e incluso acalambrado por la posición y el esfuerzo hecho. Mientras lloraba desconsolado, mirando a ratos horrorizado la cocina y paredes salpicadas en sangre y visceras, cubiertas de un hedor grueso y potente, Juan supo qué haría.
"La cabrona aquí eres tú", le gritó ya sin esperanzas a Jimena mientras pateaba la cabeza hacia la terraza. Un hilo pastoso marcó la ruta seguida por la extremidad desde el suelo de la cocina hasta el solar de terracota. Los perros felices, con las mandíbulas cubiertas en sangre y con restos de piel y visceras moradas entre sus filosos dientes, juguetearon con la maraña de piel y cabellos rojos.
Después de lo que pareció ser una disputa por quién comería la parte más deliciosa, ambas bestias desguazaron la poca piel sobre la cabeza. Desde donde estaba, Juan podía ver el cráneo ensangrentado: allí donde ya no había carne no quedaban visos de algo humano sobre esa dantesca "pelota".
Sin dejar de llorar, el atractivo hombre, con más muerte que vida en su corazón, tomó la ropa de Jimena y la abrazó a su pecho varios minutos. Al rato, como pudo, se levantó pesadamente del piso y sin soltar las prendas siguió hasta el baño. Mientras caminaba, el mármol del resto de la casa se manchaba de sangre.
Una vez en el baño, descorrió las cortinas plásticas de la regadera y abrió la llave del agua caliente. Sin embargo, antes de entrar volvió a desplomarse, esta vez sobre la poceta, y llorando -si se puede más tristemente que antes- se preguntó a sí mismo: "¿qué vas a hacer ahora, cabrón?"

28 de agosto de 2008

La magia de las canciones: Never enough (Epica)

Continuando con mi "fiebre metalera" hoy publico la letra de Never enough, de Epica una banda holandesa formada por uno de los ex-integrantes de After Forever (otra banda que amo, simplemente) y que ha pasado por varios cambios en su alineación, aunque todos han sido para bien, como lo demuestra la elección de la hermosísima Simone Simons como sustituta de Helena Michaelsen.
En resumen, la tipa (a mi muy heterosexual modo de ver, a pesar de que muchos por mis cuentos me creen lesbiana) es un espectáculo de mujer. Tiene un cabello rojo y una cara y figura que imagino a más de uno ha hecho "derramarse" en su cama de noche. Es ideal para situarla en algún cuento sobrenatural y lleno de hadas y gnomos, pero lo que me ocupa aquí es la fuerza que proyecta en su voz, una mezzosoprano con todos los hierros quien tiene la fabulosa capacidad de transportar a quien la escucha a lugares insospechados.
En Never enough Simone demuestra el por qué es una de las cantantes líricas y de metal más respetadas del mundo. Los últimos 10 segundos de la canción son el clímax perfecto para una canción poderosa y única. Si tienen oportunidad de escucharla alguna vez, háganlo, no se arrepentirán.
P.D.: Este post te lo dedico a ti, mi querido Elvis, fanático número 1 de Epica. Un abrazo, amigo.
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Can't you hear me screaming, once again?
Voices you can't hear
Because you are consumed and incontent
With everlasting greed

Don't you see me on my hands and knees?
Begging and bleeding
You're smiling as you bite the hand that feeds
But will you never see?

Always wanting what your eyes can't see
Needing what your arms can't reach
Thinking you are in need
Always hearing what your ears can't hear
Feeling what your hands can't touch
Thinking you're incomplete

(Enough)
It was,
Never enough that I gave to you
All of the horror that you've put me through
(Never enough)
How can I make up my mind this time?
This is where I will draw the line

Sacrificed my life to be with you
Why did you leave me?
There's nothing more from me you can consume
Cause you are incomplete

Always wanting what your eyes can't see
Needing what your arms can't reach
Thinking you are in need
Always hearing what your ears can't hear
Feeling what your hands can't touch
Thinking you're incomplete

(Enough)
It was,
Never enough that I gave to you
All of the horror that you've put me through
(Never enough)
How can I make up my mind this time?
This is where I will draw the line

Everlasting need
Would you please?
Answer me and
Make me complete

Everlasting greed
Would you please?
Set me free
Fulfill all my needs and make me complete

(Enough)
It was,
Never enough that I gave to you
All of the horror that you've put me through
(Never enough)
How can I make up my mind this time?
This is where I will draw the line

Never again will I be with you
No promise eternal carrying us through
I finally made up my mind this time
This is the end, I've drawn the line
Never enough to devour your greed

21 de agosto de 2008

La magia de las canciones: On the coldest winter night (Kamelot)

Hay canciones, así como grupos (en mi caso, la música que me gusta es tan variada que pasa del power metal hasta el chill out) que tienen una magia especial, por decirlo de alguna manera, que nos transportan a lugares dentro de nuestra mente que jamás supiéramos que existen si no tuviéramos la oportunidad de escucharlos, Kamelot, una banda estadounidense de power metal (y otras variantes) es uno de estos casos y "On the coldest winter night" una de esas canciones que generan en mí corrientazos e imágenes nuevas, siempre plácidas (además de que el vocalista de esta "bandita", Roy Khan, de Noruega, me provoca otras cosas aparte de "corrientazos" e "imágenes plácidas").
Hoy, porque me nace (y posiblemente lo instaure como una tradición de todos los jueves en este blog) quiero compartir la letra de esta canción con ustedes. Para la próxima, si mi "fiebre" con Kamelot continúa, posiblemente comparta con ustedes la letra de "Snow", y así irán conociendo a la verdadera "yo", pues hablaré de ahora en adelante (si no me da flojera en el futuro inmediato de mis libros, películas o canciones favoritas).
Por ahora les cuento el por qué me gusta el metal -y muchas de sus infinitas variantes-, en mi niñez y adolescencia tuve la fortuna de estar rodeada de hombres mayores que yo (los primos o novios o hermanos de mis amigas) que tuvieron la buena idea de compartir su música conmigo, muchos de estos hombres, y los añadidos después como amigos propios o novios, gustaban del mejor estilo musical que puede haber sobre el planeta entero. ¿Por qué digo que es el mejor estilo?
Fácil: ¿en qué otro género podemos combinar solos larguísimos de guitarra, violines o flautas, con baterías estridentes y con hombres machotes o súper andróginos que desgarran sus gargantas y nuestras almas al cantar?, ¿que pueden maquillarse y aún así provocarnos sueños húmedos? ¿Qué otro género permite que las sopranos o mezzosopranos sean tan duras como los hombres, siempre viéndose exquisitas enfundadas en un corset de cuero, mientras cantan metal gótico? Sin ir más lejos, ¿en cuál otro género se concentra tanta pasión en una balada como en el metal? Exacto: en ninguno.
El metal habla de todos los temas, es polémico, casi exclusivo -para los que de verdad saben de él y sobre todo para quienes son capaces de instrumentarlo- es vida, simplemente.
Recomendados: ir por lo menos una vez en nuestra vida al Wacken Open Air y ver el documental Metal: A headbanger's journey. Creo que hasta aquí escribo, se me hace larga la cosa y después me pondré exquisita a recitar mis bandas o cantantes favoritos.

On the coldest winter night

I am breathless, need I say
How could you find me here
You, of all have crossed my way
Unexpectedly...from where
I feel like I am dreaming, hold me close
Tomorrow may be gone
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This is a moment of belief
This is a moment made of dreams
You found me here today on the coldest winter night
This moment is our right
-------------------------------
Now, Helena tell me all, the years we've been apart...
Did you hear the mountain fall...my broken heart
Don't wake me if I'm dreaming...hush, my dear
Because tomorrow may be gone
----------------------------------------
This is the moment, not before
This is the moment, say no more
You found me here today, on the coldest winter night
This moment is our right...

17 de agosto de 2008

La manzana de Eva


Candy Candy es una puta. Simplemente.

Ayer se escapó del dormitorio que compartía con Annie, en el Hogar Pony, y corrió a la cabaña de Albert, su amigo inseparable, sólo para meterse en las sábanas del fornido ermitaño mientras este dormía.

"Mírame, despierta", le dijo a Albert mientras dejaba caer su batica de algodón y levantaba una pierna para colocarla, muy abierta, sobre el borde del catre del solterón. Desnuda y allí parada, abierta, frágil y lujuriosa, Candy White disfrutó tocándose febrilmente a la vez que Albert se desvestía, sin levantarse de la cama, visiblemente excitado.

"Candy", suspiró desesperado el gran hombre, quien lentamente introdujo sus largos y rugosos dedos en la vagina de la putita, una y otra vez, frotando con la misma delicadeza áspera con la que arrancaba las flores del jardín de la señorita Pony. "Has vuelto", añadió antes de hundir su boca y nariz en la olorosa caverna extendida ante él.

Los rubios pelos en la cara del hombre y los finos vellos rojizos en la pelvis de la chica se enredaron en una única pelambre, húmeda por la saliva de él y los jugos de ella.

El placer que el viejo hombre le producía no se comparaba con el que le producía el inexperto Anthony, su querido amor "secreto". Albert, a diferencia de Anthony, tenía esa exquisita capacidad hombruna de tomarla con violencia y sin pedir permisos innecesarios: la trataba como la perra que era y no como la damita que pretendía ser.

En cambio, Anthony, joven y hermoso, de brillante cabellera negra, tenía ciertas deferencias hacia Candy, la ternura era -a expensas del gran aburrimiento de la pecosa pelirroja- el trato general del burguesito hacia ella. Besos con poca pasión, manos tímidas y un sexo francamente inodoro, insaboro e indoloro eran la carta de presentación del enamorado de la huerfanita, quien -esclava del tedio- decidió hacerse esclava del hombre misterioso que la salvaba en sus peores momentos.

Así, puesta en cuatro, con el culito levantado hacia el yermo pene del rubio que aguijoneaba incansablemente su totonita, Candy se regodeaba en las comparaciones, siempre expresadas a viva voz, pues la reacción de quien -literalmente- la hacía gemir de desenfrenada lujuria eran batacazos más violentos y exasperados.

"Anthony es más hombre", decía con malicia, sólo para ver más enervado a un cuarentón que no podía creer que un carajito de manos tibias y ropas limpias fuera mejor que él. "Anthony me hace llorar de placer", repetía una y otra vez Candy, sabiendo que la comparación sólo podría proveerle más placer del alguna vez imaginado.

La frecuencia, el ardor y los repetidos embates de Albert aumentaban con cada palabra dicha. El grosor del miembro masculino en esa estrecha cavidad se sentía, para la muchachita, como la gloria eterna descrita en misa por la hermana Mary en el orfanato. "Dale más, más duro, Anthony" gritaba premeditadamente, provocando a Albert a darle nalgadas para que parara con las comparaciones.

Cada manotazo la acercaba más al fabuloso clímax, tembloroso y escandaloso, siempre provisto por Albert, quien caía una vez más desplomado y derrotado sobre el delgado cuerpo, cubierto de pecas, de la pequeña enfermera.

26 de julio de 2008

Desenfreno

Con una violencia extrema, aumentada por sus deseos, Emilio inmovilizó a Leticia entre el sofá y su cuerpo. La cercanía de él, la adhesión desesperada a su figura, encendió aún más a Leticia quien levantó un poco su cadera para rozarla más firmemente contra el bulto pétreo que sobresalía del pantalón de Emilio.
Los besos entre ambos eran hambrientos, ardientes e invasivos.
No había espacio para respirar ni para el aire individual. Las manos de ambos sobaban impertinentes todos los pliegues y aberturas en sus cuerpos. Las manos rugosas y largas de Emilio manejaban diestramente los dedos del hombre, introduciéndolos sin cuidado por los bordes de la pantaleta de encaje de la gordita pelinegra, para invadir descaradamente el túnel húmedo que se abría ante ellos.
Leticia disfrutaba del juego así que, cuando el flaco de cabellos rizados que se frotaba contra ella metía sus fríos dedos en su vagina para luego lamerlos con gusto, ella reía maliciosamente, jadeando, expirando su dulce y cálido aliento a chicle bomba y luego levantando la cara hacia él, buscando sus gruesos labios para morderlos e introducir su larga lengua entre sus blancos dientes.
El sabor a cigarrillo y té que emanaba de la boca del italianito, sus grandes ojos ambarinos y su larga y perfilada nariz eran las características que en conjunto más le gustaban a la gordita. Su cuello, delgado y venoso, enrojecido por la excitación, se convertía en el objeto de sus juegos. Leticia lo lamía una y otra vez, sustituyendo el sabor a cigarro de la boca de él con el sabor de la cara colonia de hombre mezclada con el salado sudor.
De cualquier manera se movían sobre el sofá de cuero. Este era un hambre diferente, se sentía con la piel, con las entrepiernas, no se calmaba y aumentaba la sed de violencia y sexo. Las ganas, alimentadas por meses de miradas rápidas y toqueteos oportunos en la oficina, habían arrastrado a jefe y subordinada hacia un camino tortuoso y divino, desenfadado, para finalmente desatarse sobre ellos en un instante.
Las mordidas que Emilio le hacía a Leticia sobre sus pezones rosados, la excitaban más allá de lo soportable, lo que la hacía retorcerse de placer. En cambio, las manos pequeñas de ella, llevando el vaivén de sus deseos sobre su pene enervado, lo hacían jadear pasmosamente, buscando penetrarla para concretar lo que habían iniciado.
Cuando Leticia cedió y abrió sus piernas bajo el peso del jefe, el miembro masculino entró glorioso y triunfante en su estrechísima caverna. Una y otra vez taladró, con fuerza y sin pausa, llevando las notas en los gritos de Leticia a extremos audibles para quienes estaban fuera de la oficina; esto obligaba al director de la compañía a tapar con una mano la roja y pequeña boca de la mujer, mientras con la otra frotaba el clítoris gomoso de la hembra.
Haciendo gala de lo aprendido en las camas y sofás de otros, Leticia se separó cuando pudo del cuerpo trémulo del hermoso hombre, obligándolo a recostarse sobre su ancha espalda para bajar cruelmente con lentitud hacia el yermo pene, sostenido entre sus manos sudorosas.
Mientras se acercaba a su objetivo, la tetona pecosita lamía el plano estómago de su jefe y retorcía con sus labios las tetillas masculinas o jalaba con ellos los vellos que alfombraban su pecho. Finalmente, con entusiasmo, separó sus mandíbulas y metió el largo y grueso pene en su pequeña y fragante boca, hasta el final, muy atrás en su garganta.
Emilio, al borde de la desesperación, tomaba los lacios mechones azabaches de la mujer y jalaba o empujaba febrilmente su cabeza, para marcar el ritmo que le gustaba. Era él quien daba las órdenes fuera y dentro de ella y eso le gustaba a la secretaria, quien con el mayor gusto del mundo -y ya para calmar el ardor de su boca- bebió hasta la última gota expulsada por el italiano que yacía complacido sobre su sofá de cuero negro.

25 de julio de 2008

Echando los perros por Internet (de la vida misma)


En los estudios de posgrado que estoy haciendo me ha tocado compartir con varios tipos de personas de todas las edades, entre ellos (y con quienes me siento muy cómoda), está un hombre muy muy peculiar, y en el sentido más literal: feo.
Se los describo brevemente: es pequeño, de cerca de 1.60 mts., tiene la cabeza muy grande, desproporcionada y perfectamente redonda, con unos pocos pelos canos repartidos aquí y allá en ese balón de piel y hueso. Tendrá cerca de 50 años -poco más, poco menos- y le faltan varios dientes frontales. Sus ojos son pequeños y arrugados, su frente amplia, su cuerpo rechoncho, la barriga prominente, los labios fruncidos y la piel aceitunada. Su nariz es muy pequeña para su cara chata y su manera de hablar es gangosa, pastosa y arrastra las palabras.
Entre otras cosas, Eliseo (así es su nombre), no sólo tiene un aspecto desagradable y descuidado, con ropas sucias y mal olor corporal, sino que además no parece tener "todos los tornillos" en su lugar y no mantiene el hilo de las discusiones en clases. Como si esto fuera poco, en los últimos encuentros del módulo de este semestre, los compañeros decidimos hacer un brindis de fin de curso, para lo que empezamos un hilo de mensajes electrónicos (vía mail) para ponernos de acuerdo en qué llevaríamos.
Durante estos pasos de mails muchas de las mujeres del curso recibimos mensajes perturbadores escritos por este personaje.
Tampoco es que son tan terribles y, a decir verdad, a mí lo que me dan es risa, aunque eso no elimina el hecho de que es alguien molesto, ofensivo y quién sabe si hasta peligroso.
De cualquier manera, como me parece "interesante", por decir lo menos de esta situación, decidí copiar aquí parte de los correos recibidos de este señor y las reacciones que provocó en muchas de las chicas del curso. Disfrútenlo:
Nota: se omiten los correos y datos personales.
Mail 1 (la invitación):
(Sic)HOLA CHICOS BUENAS TARDES!!! LES ESCRIBO PORQUE LA PROFESORA EL SABADO DESPUES DE CLASES NOS DIJO PARA QUE PARA LA CLASE DEL MIERCOLES CADA QUIEN LLEVE ALGO Y REALICEMOS UN PEQUEÑO COMPARTIR COMO CIERRE DE LA MATERIA!!! SERIA INTERESANTE PONERNOS DE ACUERDO PARA VER QUE LLEVAMOS Y NO COINCIDIR TODOS EN LO MISMO, POR ESO SUGIERO QUE DE ESTE LISTADO CADA QUIEN ESCOJA ALGO Y NOTIFIQUE A TODOS
Mail 2 (la sorpresa):
(Sic)Hola mi amor soy Eliseo gracias por la invitacion la verdad que me sentiria incomodo asistiendo a ese brindis sin haber asistido a las clases. De todos modos me sentiria muy bien si me disculparas ante el grupo por mi ausencia a la profesora es probable q la vuelva a ver porque me interesa el componente docente y me vuelvo a escribir en el proximo periodo. A ti bueno si me dejas tu numero de celular chateo y te conosco más de paso soy soltero. Bueno toda mia es lo q se me ocurre decirte besos exitos.
Mail 3 (las reacciones):
(Sic)Hola, chicos

Siguiendo la onda de los mensajes de este señor y excluyendolo a el, les envio esto. La verdad es que es preocupante, yo lo sacaria de la lista ya

Saludos


Re: RE: INVITACION CIERRE DE CURRICULO‏
De: ...@cantv.net (...@cantv.net)
Enviado: miércoles, 23 de julio de 2008 03:21:29 a.m.
Responder a: ...@cantv.net
Para: ...@hotmail.com

Bueno en vista de mi solteria y los problemas q me ha causado sueño con quedarme con una del salón a primera vista me gusto y me gusta N..., tambien veo muy buena a O... y no deja de gustarme Rosa (nota del autor: esa sería yo) caramba q si me da la oportunidad no la desperdicio. Gracias por el menu, ... , a la profesora me la reservo.
Mail 4 (continúa el acoso):
(Sic)
yo creo que esto ya esta pasando de color... aqui tienen otro...

From: ...@cantv.net
To: ...@hotmail.com
Subject: Re: Re: INVITACION CIERRE DE CURRICULO
Date: Wed, 23 Jul 2008 13:32:58 -0430

Hola mi amor gracias por la invitación pero me sentiria incomodo yendo a la reunion habiendo faltado a las clases. Me vuelvo a escribir en el proximo grupo. Besos ando buscando una como tu. Tu celular?
Mail 5 (la propuesta):
(Sic)
chicas evaluando la situacion plenamente yo opino que ese hombre esta enfermo definitivamente, por tal motivo propongo que lo ignoremos por completo y hagamos como que si no existiera.... sin embargo si el amigo insiste enviado mensajitos tan desagradables como este las invito a q una de ustedes (me refiero a las que han recibido los email) le siga el juego y concrete una cita con él y alli le caigamos todas (os) y le digamos hasta del mal que se va a morir, yo me ofrezco para golpearlo jejejejej (ojo se que es la violencia es el arma de los que no tienen la razón)..... no me gusto realmente para naaaaaada que ese viejo verde se pusiera en esos jueguitos pesados con ustedes y menos con mi hermana chiqui... a ver ???? que dicen escucho sugerencias y posibles soluciones
...definitivamente yo no se ustedes pero yo si voy a poner en sus palitos a ese viejo verde!!! esto si que es lo último, ni a la profe la respeta, como se le ocurre decir semejantes barbaridades, definitivamente esta enfermo, pero se le va a quitar cuando lo vuelva a ver y le de su sarrapanda de coñazos, y me disculpan la expresión.... pero que yo sepa ninguna de ustedes, chicas del componente, ha dicho que tiene como profesión ser dama de compañia... espero sus comentarios

13 de junio de 2008

Decadencia


El ángel notó con preocupación cómo, durante su vuelo rasante por las nubes, subiendo a la capa más alta de la atmósfera, el choque con el avión le produjo una herida punzante en las costillas y la pérdida aparentemente irreparable de las plumas de seda de sus alas.

Una a una caían, tornasoladas, compuestas de miles y miles de fibras tejidas por las almas del purgatorio, en una escalada que el ángel no pudo entender como menos que la muerte, pues con cada pluma perdida la altitud de su vuelo se reducía.

Ya había atravesado vertiginosamente los cristales de hielo de los cirros, que se pegaron a su cuerpo robusto y pálido, dibujando hermosas figuras sobre su piel desnuda y humedeciendo los rizos grises de su cabello largo. Al perforar en su caída los algodones de los cirrocúmulos, blancos y transparentes, creyó ver mucho más arriba el paso de dos de sus compañeros. Quiso avisarles, pero la sensación de vértigo se lo impidió.

Con cada grupo de nubes que traspasaba, el vértigo aumentaba en la misma medida que los restos de hielo y agua en su hermoso rostro y perfecto cuerpo. Estratocúmulos, altocúmulos, altoestratos, nimboestratos y finalmente cumulunimbos fueron las capas celestes que violentó con su cuerpo convertido en bólido.

"Si no hubiera subido tan alto, siempre imprudente como soy, no estaría pasando esto", se dijo a sí mismo, y en ese momento lo supo: a mayor cercanía con la tierra y los espantosos seres que allí vivían, más humano se volvía. "Seré como ellos, me estoy convirtiendo en uno de ellos", comenzó a repetirse una y otra vez.

Trató de remontar vuelo, pero con cada esfuerzo se hacía más pesado, menos inmortal, y frágil. Lo había escuchado antes, en las conversaciones de seres como él, la proximidad con el planeta de los simios los convertía en uno más, adquiriría sus debilidades, enfermedades y consciencia.

Con ésto, el dolor en un cuerpo incorpóreo e invencible hasta ese momento se hizo real. Espantado el ángel notó que sus hermosas alas habían desaparecido y en cambio eran sustituidas con unos feos hombros de piel y hueso, como el resto del cuerpo, que a estas alturas ya era sólido.

Entre la maravilla y el asombro el ángel abrió sus manos y observó la fina capa elástica que las cubría, de color aceituna. Bajo esta capa, llamada piel según recordaba, corrían infinitas líneas azuladas y sobre ella, en lo que ahora era su nuevo cuerpo se sentía el empuje del aire contra él.

Trató, ante la terrible realidad, de comprender y disfrutar las sensaciones recién descubiertas -mismas que aumentaban su intensidad a cada metro de decadencia recorrido-. Sintió un tambor en su pecho, el oxígeno quemó sus pulmones, los pensamientos se transfiguraban en palabras, el cabello era negro ahora, su cuerpo femenino y sus ojos se quemaban con la luz del sol.

El calor de sus rayos, en ese momento lo supo, físicamente se sentía como el toque de Dios.

Haciendo el mayor esfuerzo, ahora humano, que podía, observó los rascacielos cortando el espacio libre y admiró las construcciones de esos pequeños seres, tan complicados, que lo verían caer en pocos minutos. Una espantosa sensación paralizó su cuerpo, un frío punzante atravesó su cuerpo y perforó el nuevo corazón, "pánico" se explicó, "esto es pánico, voy a morir".

Sabía que el toque con la tierra sucia que siempre veía desde el cielo sería su muerte como ser divino y su inicio en un planeta diabólico y mezquino. Rechazó su destino y gritó, tan alto como pudo, el nombre de su Creador, al notar que las palabras no sonaban en su mente como las recordaba supo también que Su nombre no podría ser vuelto a pronunciar por "ella" jamás.

Sintió desesperanza y con ella renunció a su nueva dimensión, justo cuando ya caía a menor altura que los edificios. Mientras su nueva figura femenina bella, joven, desnuda y perfecta esquivaba el espacio entre las altas construcciones, negó la vida que le esperaba en ese lugar maldito y pidió ayuda al dios cuya cara tampoco recordaba ahora.

Esperó los últimos segundos antes de su encuentro con la Tierra por un milagro. Nunca ocurriría. Así que decidió abandonarse a los designios de Lucifer, quien nunca desperdiciaba la oportunidad de tener ángeles heridos como él lo fue en su tiempo.

Su petición fue escuchada: antes de tocar tierra su cuerpo se convirtió en miles de plumas tornasoladas que cayeron sobre los desprevenidos conductores de la autopista principal de la gran ciudad.

9 de junio de 2008

El caso del señor Martínez


El señor era alto y oscuro. Bañado en sudor se acercó al vendedor a la vez que levantaba una mano a modo de saludo.
-¡Buenas tardes!, le dijo sin mucho entusiasmo.
El vendedor, antes de responderle, lo estudió un rato. Cuando hubo de ver su cara húmeda, sus ojos hundidos y su boca recta, casi deformada por un gesto de dolor, respondió también sin mucho entusiasmo -y con bastante antipatía- un escueto "buenas".
El señor Martínez, que así era su nombre, parecía a ratos querer escapar corriendo de aquél lugar, así lo delataba su nervioso caminar de un lado a otro de la funeraria y el cada vez más insistente desespero con que frotaba sus largas y nudosas manos.
Por su parte, Macario, el vendedor lo observaba atentamente para asegurarse de que éste no fuera otro de los locos que solían preguntar si podían "dormir" en alguno de los ataúdes que acudían a comprar como previsión de una futura muerte.
Pero Martínez estaba allí por otra causa, esa calurosísima tarde de mayo había llegado al polvoroso lugar para iniciar su primer día en su nuevo trabajo: encargado de la funeraria popular del pueblo ganadero. O por lo menos así se lo hizo saber a Macario.
-Ciertamente hace mucho calor en este pueblito... Las mujeres entonces son pocas aquí... Me costó conseguir cigarros importados en la quincallita de la esquina... Estoy en la pensión de Petrica...
Estas eran fracciones de la conversación prácticamente unilateral que el señor Martínez sostenía con el joven, quien algunas veces asentía con algunos "ajá" y "ujúm", y de vez en cuando algunos "de veras". Poco le importaba la conversación y mucho menos los avatares del viejito venido de la capital, tan hablador y poco colaborador, pues como siempre, quien tenía que mover los féretros de un lugar a otro de la funeraria era él.
-¿Un café doctor?- inquirió Macario, más por interrumpir la cháchara que por amabilidad.
Sorprendido Martínez alzó su torva y tupida ceja gris a la vez que movía la cabeza arriba y abajo en señal de aceptación. El indiecito, sin más, se retiró al fondo del local y empezó a colar un espeso y oscuro café. Aromático. Milagroso. Y acorde con el color que presentaba la mayoría de los cofres vendidos en el pueblo para los pocos ancianos que sobrevivieron la peste y los contados niños deformes que nacieron después de ella, y que por sus padecimientos morían pronto. Muy pronto.
Cuando Macario terminó de servir la ardiente bebida se dirigió de vuelta a la entrada de la funeraria. Sería injusto decir que no se sorprendió al no ver al recién llegado en donde lo había dejado. "¡Habráse visto!, se dijo, "seguro fue a ca'e Petra a comprar cigarro barato", concluyó.
Se sentó a esperar en la vitrina, al lado del abrigo de pana gruesa y verde botella que el nuevo administrador dejó allí. Su café lo puso junto a los efectos personales del señor Martínez: el maletín de cuero desgastado, los lentes de pasta carey y el juego de llaves oxidadas del local. Conforme pasaban las horas Macario vio caer el sol abrasador sobre las callejuelas de la plaza principal.
El empedrado de las calzadas dificultaban el caminar de los turistas que cada vez acudían en menor número y frecuencia, ciertas plantas asomaban tímidas sus retoños entre los resquicios del camino y, al fondo, la iglesia descascarada y amarillenta que acusaba con su alta torre los pecados cometidos en el pueblo durante la fiebre negra que lo asoló.
-Sodoma y Gomorra, recordó Macario con sorna.
"¡Sodoma y Gomorra!" gritaba el último párroco que dirigió la iglesia cuando se perdió -loco y acosado por terribles visiones- entre las dunas del desierto frío que rodeaba el pueblo, perseguido por las viejas plañideras y beatas de la calle lateral
al templo. Rió al recordar al pobre cura, descalzo y con los interiores por la rodilla, mientras corría calle abajo levantándose la falda para no tropezar. Asustado había escapado de las beatas histéricas que habían tratado de forzarlo a romper su voto de castidad.
Macario, al notar que el sol había cedido espacio para nubes refrescantes y que el viento del oeste que soplaba por las callecitas habíase detenido, notó algó extraño. No se escuchaba ningún sonido a su alrededor. Un escalofrío recorrió su espalda y se detuvo en su nuca, palpitante, como aguardando para subir al resto de su cabeza y desaparecer por su frente. Siguió esperando, aguardó a las puertas de la funeraria varios minutos. No observó nada. No escuchó nada. Nada se movía. Nada parecía tener vida en ese momento. Sólo él.
Finalmente cuando el pánico se había apoderado por completo de su cuerpo vio al señor Martínez bajar por la calle principal rodeado de varias personas, jóvenes todas, evidentemente de ciudad, quienes seguían a Martínez pálidas, sin hablarse ni verse. Eso le pareció extraño al muchacho, pero no le dio mayor relevancia de la que debía tener.
"Sodoma y Gomorra" se dijo otra vez, cuando vio entrar al señor Martínez, escoltado por los citadinos, al burdel del pueblo.