29 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad


La mujer atravesó el largo corredor de mármol hacia el ascensor y justo al final de éste encontró a quien menos querría ver en ese momento.

Estaba parado frente al ascensor. Esta noche lucía elegante en un traje a rayas gris. Ella sabía que tendría que pasar parte de su noche junto a él, lo que no imaginó era que lo tropezaría tan pronto.

Por su parte Hernán, así se llamaba, no notó su presencia hasta que ella dijo secamente “buenas noches”, entonces -y sólo entonces- descubrió a la menuda chica a su lado. Con la rapaz mirada de cazador que siempre tuvo la detalló en segundos.

Seguía igual de bella aunque un poco más vieja por los años pasados desde el último encuentro que tuvieron, hacía ya una década. Era sin duda el mismo cabello ondulado y brillante, pero esta vez su acostumbrado castaño era surcado por finos reflejos rubios, sus caderas seguían siendo grandes y sus tetas firmes y redondas. “Elegante” pensó mientras le respondía escuetamente “buenas noches, Mariana”.

Mariana a pesar de que trataba de disimular su sorpresa mostraba una expresión desencajada por la misma, pero, ágil como era, sonrió y poniéndose en puntillas se acercó a Hernán para darle un beso en la mejilla izquierda. El hombre, resuelto, se dejó besar y rápidamente pasó su mano por la espalda femenina.

Al percibir su tacto se estremeció, eran más de diez años sin sentirlo y aún así el efecto que producía en ella era el mismo. Tan intenso como la primera vez. El pelinegro, al notar su reacción, decidió continuar con la cacería y resolvió entonces abrazarla.

Excelente movimiento, pues con esto cedió en su brusquedad inicial y se dejó tomar fuertemente en los brazos del hombre que la rodeaba, apoyó su cabeza en el hombro y lentamente levantó la cara hacia él. Allí, en sus brazos, dirigiendo la mirada arriba lo notó más atractivo que nunca, ahora varias arrugas rompían la continuidad de la piel y sus ojos ambarinos se veían más intensos que nunca.

“Tal vez es la luz del pasillo” se dijo a sí misma, y es este pensamiento el que la devolvió a la realidad, notando su propio -desliz se desprendió rápidamente de la posición en la que estaba, justo antes de que Hernán la besara. Este gesto, por supuesto, no le agradó al cazador, quien reaccionó violentamente apartando su fuerte humanidad de ella.

Es por esto que, cuando se abrió el ascensor, chocaron contra la pareja de ancianos que salía del aparato de madera, típico de los edificios victorianos de la capital. Al pasar al lado de los jóvenes los viejos dijeron algo molestos “feliz año nuevo”, la respuesta unísona fue “igualmente”.

Apenados por el incidente ambos se encontraron con sus gemelos ruborizados viéndolos desde el espejo del ascensor. Los ignoraron a ellos y luego Mariana y Hernán se ignoraron mutuamente, pero la frialdad no duró mucho pues, cuando las rejillas se cerraron y la cabina empezó a subir al penthouse, como un reflejo instintivo e irresistible se lanzaron uno al otro a besarse, desenfrenando las ansias contenidas durante tanto tiempo.

Él, arropándola por completo con su cuerpo, la empujó contra una de las esquinas y ella, entregándose por completo, buscó directamente su pene, necesitaba sentirlo de nuevo, y así fue, estaba cerca, yermo y listo para la acción.

Desafortunadamente, un encuentro de ese tipo en un ascensor no dura mucho pues el viaje desde el vestíbulo hasta el catorceavo piso es breve. Cuando éste se detuvo y las rejas se abrieron la pareja se arregló desesperadamente, ella se bajó la falda de terciopelo blanca, en ese momento levantada hasta la cintura por Hernán, y él abotonando la camisa y subiendo el cierre del pantalón, abierto por Mariana.

Riéndose de la situación, y queriendo olvidar lo que juraron que no volvería a pasar, caminaron cada vez más lentamente hacia la puerta que los esperaba, la lentitud –claro está- era mayor cuanto más la culpabilidad invadía sus ya pesadas piernas.

Una vez frente al umbral caoba que despedía aroma a castañas tostadas, Hernán pulsó el botón del timbre, esbozó su mejor sonrisa y tomó la mano de Mariana. Cuando sus padres abrieron se lanzaron emocionados a abrazar y besar al par de hermanos, inexplicablemente distanciados a los ojos de su familia desde hacía diez años.