8 de octubre de 2007

Casa de campo


Desde pequeño Iván disfrutaba las visitas a casa de su tía en las praderas de las afueras de la ciudad capital. Cada verano o asueto del año, él y sus hermanos recogían unas pocas camisas y pantalones y se dirigían al pequeño ranchito destartalado, los encantos que en su infancia tenía el lugar fueron cambiando de aquella libertad ilusoria, lejos de sus estrictos y acaudalados padres, a unas visitas cada vez más libidinosas al cuarto de Isabella, la prima.

Por ser Iván el menor y más débil de los cuatro hermanos, cuando esas visitas cambiaron de matiz, le tocaba espiar a su prima y hermanos (a veces en grupo y a veces en tradicionales parejas) teniendo sexo al trasluz del granero o del cuarto de costura de la tía.

Los encuentros eran los mismos, Isabella usaba una clave diferente para cada primo, según le placiera determinada compañía en determinado momento. Así pasaban los días, Iván siempre esperando una seña para él que jamás llegaría a realizarse. Aún de esta manera, participaba pasivamente de las actividades familiares.

Sus hermanos, conscientes de su poco atractivo y esperanza en que Isabella algún día lo llamara a penetrarla, habían inventado a su vez una seña particular para indicarle al pequeño el lugar y momento en el que se verían con la putita. Carlos, el mayor, era el más generoso, cuando "invitaba" a Iván procuraba sin falta poner a la prima en las posiciones más generosas a la vista del aún prepúber, no siempre muy reveladoras por el carácter espiatorio de las mismas, pues Iván -con no poca frecuencia- no lograba esconderse lo suficientemente bien como para apreciar cómodamente el espectáculo.

Felipe, el que le seguía, aunque avisaba a su hermano para que acudiera de expectador no cuidaba de ser el mejor anfitrión, al contrario, cuando sabía de la presencia de Ivancito actuaba más violentamente que de costumbre. Eso, por cierto, agradaba a Isabella, quien nunca llegó a comprender qué disparaba la agresividad en el mejor y más tosco de sus amantes. La violencia la excitaba y le debía eso al primo que despreciaba.

Diego, el mejor dotado, prefería los lugares abiertos, cosa que fastidiaba algo a la mujer, pero a lo que igual consentía. Este hermano, el más querido por Iván, era el que mejores diversiones ofrecía a su hermanito, quien muy contadas veces tenía que hacer algún esfuero en esconderse para participar de la acción.

Si a Iván le preguntaban, quien mejor lo hacía era Carlos, pues era quien duraba más y más imaginación tenía al momento del sexo. Una de las cosas que más excitaba a Iván era ver cómo su prima era penetrada una y otra vez por su hermano, usualmente en cuatro, como la perra que era. Lo segundo, era observarla agacharse, siempre con las piernas muy abiertas, a lamer y atragantarse con el miembro hinchado del mayor. Las pocas veces que Carlos la obligó a tragarse el semen las celebró como alguien que obtenía la libertad después de 20 años de carcel.

En cambio, Felipe le parecía muy agresivo, cosa que parecía disfrutar aún más la prima, quien mientras más maltratada era más gemía de placer. Felipe abusaba de su fuerza, convirtiendo a Isabella en poco más que una muñeca flexible, presta a cumplir los caprichos del amo. Cuando su hermano la ató por primera vez, Iván descubrió el extraño placer que despierta el dolor. Observaba cómo su prima se retorcía en la cama de dolor, al igual que de placer. Notaba cómo respiraba con dificultad a través de las marras y cómo su cuerpo se iba tiñendo de rojo conforme las ataduras asfixiaban sus venas.

Era en estos momentos en que Felipe aumentaba los ataques y flexionaba más allá de lo normal el blanco cuerpo de su familiar. La penetración anal, por aquél hueco apretado y oscuro, siempre era el plato fuerte de la jornada, en varias ocasiones el niño se preguntó si esa no era la afición favorita de su hermano.

De todos el más dulce era Diego, quizás esperanzado en algo más que sexo veraniego con la joven. Este hermano solía ser delicado y atento, aún más allá de su claro exhibicionismo, pues dedicaba largos minutos a recorrer con lengua y manos los rincones olorosos y oscuros de su primita. La posición que más repetía el hermano preferido era con Isabella recostada en las verjas, con sus piernas alrededor de la espalda masculina, siendo penetrada hasta lo más profundo por el alto pelirrojo.

Los veranos para los hermanos Justo Sequeda nunca eran lo suficientemente largos, excepto para Iván, quien nunca recibió la tan esperada seña, aunque él, desde su esquina de rechazo era el único de los cuatro hermanos que tenía a Isabella a su disposición todas las noches.

Pues experto como era ya en esconderse, se metía al cuarto de la prima en el momento en que se bañaba. Usando lentos movimientos la joven sobaba su delicada y siempre vellosa caverna, con los dedos envueltos en jabón, mientras con la otra mano acariciaba sus senos flácidos y grandes. Mientras la ninfómana se daba placer a sí misma, con una mano en vaivén y entre sus piernas, Iván, desde su oscuro rincón, la imitaba con su mano derecha...