28 de agosto de 2007

Callejones

Entre la bruma pesada de invierno pudo distinguir su figura, fuerte y alta, recortando el horizonte y antes de que pudiera pensar en escapar su profesor caminó directo hacia ella y firmemente la tomó del brazo.

Sin poder o querer desembarazarse de su superior Milena se dejó conducir por los pasillos de la vieja ciudad de piedra, cada vez más lejos del café donde debía encontrarse con su añejado padre, cada vez más lejos de la gente, el ruido y la seguridad de lo conocido.

Pasaba entre los callejones, detrás de las tiendecitas del barrio chino, por los botaderos de las mejores pastelerías sobrevivientes del medioevo. Los olores de almendra tostada y de turrones recién mezclados impregnaban las crecientes sensaciones de Milena y se convirtieron en el aroma distintivo de su rendición.

Ya no más, ya no habrá escape ni insólitas excusas, se entregaría esta vez y el enorme hombre que la conducía sin mediar palabra lo sabía.

Cuando los ruidos de la ciudad se aplacaron y Milena dio vuelta al último recoveco gris, el más lejano del centro citadino, el profesor la tomó violentamente y la empujó contra un frío muro de piedra y allí la observó detenidamente. Milena hizo lo propio y rendida a sus deseos alzó su rostro buscando los gruesos labios del hombre.

Una sonrisa fría iluminó vagamente el duro y tostado rostro masculino, que jugó varios segundos a evadir las intenciones de la pequeña, hasta que permitió que los delgados y rosados labios tocaran muy torpemente los suyos, la dejó así un rato, le permitió seguir su juego de experta y luego de dos minutos de jugueteo le enseñó –profunda y largamente- cómo besar.

Su beso fue mecánico y aún así delicado, conocedor, largo y saborizado a cigarrillos de menta, esos largos pitillos que tan ávidamente consumía al salir de clases, mientras todas las niñitas de colegio privado buscaban ganarse sus favores dentro y fuera del aula de clases.

La lengua de Morales se conducía segura dentro de la boca de Milena, rugosa y húmeda se divertía con los intentos de la muchachita por seguir el ritmo y no quedar tan mal. Así de obvia era su inexperiencia. La misma timidez y entrega que tanto había cautivado al elegante profesor.

Sabiéndose víctima de su debilidad, Milena dejó escapar un corto suspiro, seguido de él la pregunta del millón de pesetas: “¿es aquí?” Ahora la sonrisa se dibujó cálidamente en las mejillas recortadas de Morales, quien pasando un brazo por encima de la frágil figurilla alcanzó el picaporte de la pesada puerta de madera y empujó su peso apoyado en el cuerpo de la delgada pelinegra.

El lugar no podía ser más acorde a la personalidad del esquivo hombre, cientos de libros de literatura y demás temas, novelas y revistas especializadas. Al fondo de la sala la mesilla donde reposaban miles de páginas con notas y esperanzas estudiantiles, sobre ellas la plumafuente de tinta roja que marcaba implacable las calificaciones de sus alumnos sobre las hojas, un fajo de esos era el de ella, se preguntó si su calificación cambiaría después de lo que estaba a punto de pasar.

Sin ir muy lejos de la entrada al apartamento, justo bajo la lámpara de entrada a la sala, Morales besó nuevamente a su alumna, su nueva adquisición. Al notar su nerviosismo quiso saber si alguien la esperaba, “no”, fue la respuesta, el intoxicante hombre sabía que la chica mentía, pero si su decisión era estar ahí poco haría él por enviarla de vuelta a su aburrida realidad.

Besó una vez más, pero en esta ocasión su mano izquierda, aún llena de tiza y fragante a mentolados se hundió en la entrepierna de Milena, sintió sus recortados pelillos, seguro rojizos, el verdadero color de la falsa pelinegra. Sin pedir permiso, la otra mano del maestro se dirigió al culo juvenil y áspera y enorme como todo en él violó el recinto, más oscuro, apretado e íntimo que su acompañante. Le sorprendió no encontrar vello alguno en esta zona.

Una agradable sorpresa, igualmente extraña, en alguien como Milena. Su curiosidad aumentó con este descubrimiento, ansió saber si la tímida blanquilla tendría otras vueltas sorprendentes repartidas en su escasa figura de cincuenta kilos. No esperó más.

Así que rasgó la ropa de la estudiante a la vez que hundía su curtida tez sevillana en los pliegues de su cuello, olía a lavanda, típica fragancia de las hijas bien del norte de la ciudad. Le gustaba ese olor, almendras de turrón y lavanda, champú de canela y pintalabios de fresa. Típico, denominador común de todas las jovencitas que Morales había dejado pasar a su apartamento.

Aunque con Milena hizo una excepción, la penetró ahí mismo en la entrada, abierta y de pie, apoyada sobre las paredes mostaza del umbral. La levantó en sus brazos y la empujó contra cada una de las esquinas del hall y a un ritmo imperioso la penetraba, pegado a ella, cuyo olor íntimo había ascendido hasta sus narices embriagando el aire, y por primera vez a él. Ahora la lavanda no era suficiente, ni el turrón, ni la canela, ni la niña bien.

Sonrió ante este hallazgo, le gustaba Milena más de lo que pensaba. Luego lo percibió, Milena ya no besaba torpemente ni era tímida, sus gemidos alcanzaban altas notas, a la vez que sus cortas uñas lastimaban la espalda del profesor, su cadera era cónsona y seguía sin fallos los movimientos de quien la penetraba. Ya no veía al techo, ahora lo miraba fijamente a los olivas ojos.

La entrega a la que se sometió Milena también obró un cambio en ella, era sexo fuera del matrimonio, pero esta vez no se sintió culpable como en otras ocasiones y la cara hirsuta de su padre ya no la perseguía para recordarle el pecado. Al contrario, la única imagen que repetía era su profesor, una y otra vez Morales.

Con esta nueva dimensión Milena hizo algo improbable segundos atrás, gritaba el nombre de su acompañante y retorcía su cuerpo para ofrecerle al hombre aquél espacio sin vellos que había mantenido intacto.

Sabiéndose afortunado, Morales no dudó y decididamente colocó a la joven estudiante a piernas abiertas, de espaldas a él, para violentar el reducido espacio. Dolió, ambos lo sabían, pero ninguno quiso detener la marcha y así sin más, al cabo de varias estocadas, el espeso e hirviente semen, ofreció un alivio al roto órgano. Placer total.

Apoyados todavía en la pared, repasando con la lengua el cuello rojo de su alumna, Morales preguntó de nuevo: “¿alguien te espera?” “Mi papá, pero seguro ya se fue”, fue la rápida respuesta de la muchacha mientras recogía su ropa y bolso y se vestía. Morales la imitó.

“¿Qué harás ahora?”, se aventuró a preguntar el profesor. La respuesta lo dejó frío, “un tatuaje, siempre he querido hacerme uno y hoy me apetece”, dijo Milena sonriendo, dueña de su nueva personalidad. Así, sin mediar más palabras, la mujercita abrió la puerta, lanzó un beso a su acompañante y cerró la puerta tras de sí.

Parado en la entrada de su casa, Pedro Morales sonrió y por primera vez en muchos años tomó la foto de su ex esposa, la retiró del chifonnier de la sala y la guardó en la gaveta en la que años atrás le hizo el espacio que hasta hoy empezó a ocupar.

24 de agosto de 2007

Tarde de abril

Deslizó suave pero firmemente su mano debajo de la falda para alcanzar con sus dedos gruesos la abertura que se le presentaba al final, seca y tensa, pero muy a pesar de sus esfuerzos no lograba excitar a la mujer, aunque sabía con certeza que ese trato era el favorito de las putitas que se encontraban con él luego de un par de conversaciones por Internet.

Ante la resistencia de la pequeña pelirroja su pene se inflamaba más, tan duro que casi dolía, a cada “NO” su potencia aumentaba, y a cada “POR FAVOR” el poder alcanzado era inimaginable, inagotable. Así que, haciendo lo que sabía que ella esperaba aunque se resistiera, la arrojó contra el cemento del callejón y se montó sobre ella, opresivo y asfixiante.

Cuando la carajita gritó por ayuda poco faltó para que su pantalón estallara, y eso lo motivó más, ahora era imparable y más agresivo. Al saberse dueño de la situación le preguntó mientras rasgaba su blusita de colegio y mordía sus teticas rosadas “¿te gusta?”. Supo, al ver los ambarinos ojos de su víctima, que ella reclamaba más.

Para no decepcionarla oprimió aún más su velludo cuerpo de mecánico contra ella, tapó su boca con las manos llenas de grasa y abrió su pantalón, liberando el primer miembro que la quinceañera sentiría en su vida. Sin esperar mucho, y usando la mano que le quedaba libre, separó las piernas de la pecosita, sintió los suaves pelitos que escapaban de la pantaleta, apartó la tela e introdujo un dedo a la vez, hasta completar los cinco.

Al vencer la resistencia de la piel seca, agarró su pene caliente y lo introdujo sin ningún cuidado, el gritito desesperado de Camila le indicó que podía seguir, pues el suspiro que lo acompañó invitaba a continuar la fiesta. Las lágrimas que mojaban las pálidas mejillas también indicaban los pasos a seguir.

Una y otra vez Marco entró y salió de la liceísta, a cada embestida aumentaba la presión ejercida sobre el delgado cuerpo y la fuerza de la penetración, también a cada bombeo la oposición de la mujercita menguaba, ya resignada a lo que pasaba, esperando solamente que pronto terminara, viendo al cielo y percibiendo el penetrante sabor del sudor del mecánico cuarentón.

Una y otra vez, hasta que sólo sea un recuerdo de quince años.

Volví

Por "problemas técnicos" no pude publicar más, pero he vuelto, con nuevo nombre y ya no tan soltera, así que espero no "haber perdido el toque" y que les siga gustando...
Atentamente,
Madresolteracasada...