9 de febrero de 2007

35MM

Desde pequeña he sentido una fascinación casi enfermiza por las historias de amor trágicas, largas, apasionadas. Víctima del más terrible romanticismo de las novelas típicas del siglo XVIII y XIX, escritas por mujeres despechadas y castradas socialmente (Emiliy Brönte y familia, por ejemplo) disfruto leer libros con estos temas y, por supuesto, ver películas con esta temática. Esto último, une en un solo ámbito mis ardores intelectuales: la lectura y el cine. Me gusta estar atormentada, por eso muchas veces me enfrasco en relaciones condenadas a muerte, aún antes de nacer. Sufrir y apasionarme, exagerar mis reacciones y sentimientos, son mis combustibles vitales. En honor a mis terribles gustos, hago aquí un recuento de las películas que más me han marcado en los últimos tiempos, son historias de amores infinitos, trágicos o –peor aún- nunca consumados. Espero la disfruten (no están todas las que son ni son todas las que están).

La chica sobre el puente (La fille sur le pont), Patrice Leconte, Francia, 1996. Adele (Vanessa Paradis, la frágil esposita de Johnny Depp) trata de suicidarse desde un puente sobre el río Sena de Paris, cuando Gabor (Daniel Auteuil, uno de los hombres más fascinantes del mundo a mi modo de ver), un fracasado y solitario lanzador circense de cuchillos, la ve. Por alguna extraña razón, estas dos personas, con poco que ofrecer y menos ganas de vivir, empiezan en ese mismo instante una relación simbiótica. Gabor le ofrece un trabajo a cambio de su ayuda como blanco de sus cuchillos. La propuesta es sencilla, si ella quiere morir él puede fallar como lo ha hecho últimamente, él necesita un blanco viviente y ella una excusa, nadie pierde.

Los silencios incómodos y la dinámica tensa que se desarrolla entre ambos son el leitmotiv de la historia. No se parecen, posiblemente ni se agradan, sin embargo están allí, siendo uno parte innegable del otro. La atmósfera sexual se hace densa con el temor, ambos lo saben y lo niegan, luchan contra la realidad, van en direcciones contrarias, hasta que ya no les queda espacio para el rechazo: se han enamorado.

Siguen solos, pero es una triste soledad compartida. El final es uno de los que más he disfrutado y, sorprendentemente, esta es una de las poquísimas películas francesas que me ha parecido buena (por supuesto, el “factor Auteuil” es determinante aquí). Detalle: la película está en noir et blanche, pero sin duda vale la pena verla.

Además, los escenarios, para los amantes de Europa, son los mejores de la Ciudad de la Luz y de sus campiñas, el mar y la idiosincrasia de los franceses de las villas enmarcan la historia y a sus protagonistas en un halo de misterio y suspenso encantador. Queremos muchas veces amar así, sin casi notarlo, y esa es el triunfo de este film: el terrible amor correspondido.

Kamasutra, Mira Nair, India, 1996. En el siglo XVI, Tara y Maya han crecido juntas, una desde las alturas de la vida palaciega y la otra como su dama de compañía. Ambas han sido instruidas en las artes amatorias del Kamasutra. Cuando Tara, princesa malcriada, nota que Maya es mucho mejor que ella en muchos aspectos, la condena al ostracismo, causando una larga cadena de infortunios.
Cuando llegan a la madurez, en venganza, Maya se introduce en la habitación del Rey Raj Singh, en la víspera de su boda con Tara. La noche, muy bien y eróticamente lograda, surte el efecto esperado por la sirvienta: el rey se ha enamorado de ella. La situación empeora cuando Tara no resulta ser tan sensual como su predecesora.

Una vez más, es enviada al encierro solitario del exilio. En su camino, llega a la casa de Rasa Devi, la experta en Kamasutra, quien le enseña las mejores artes relacionadas con la cultura del erotismo. Allí, vagabundeando en las posesiones del Rey Raj Singh, establece una hermosa relación, llena de pasión y odio, de entrega y egoísmo, con Jai, escultor de la corte. Es así, gracias a la inspiración de Maya, que Jai logra lo que se considera una de las esculturas más hermosas del erotismo hindú “La mujer del loto”. Las escenas entre ambos amantes son magistrales, la recreación de sus encuentros enciende la pantalla, pues logra transmitir toda la energía producida por el escultor y la cortesana.
Con el tiempo, Maya ingresa de nuevo a la corte de los reyes Raj Singh y Tara, convirtiéndose en la concubina favorita del rey y objeto de deseo y odio de un cuarteto que lucha, con la más profunda de las sensaciones, en obtener lo que desea, a través del sexo, el amor y el poder. Ninguno logra sus metas, y perecen –de una u otra manera- víctimas de sí mismos. Es una historia desgraciada, con un final nada feliz, pero llena de un romanticismo incalculable.

La chica del arete de perla (Girl with a pearl earring), Peter Webber, Inglaterra-Luxemburgo, 2003 (basada en libro homónimo). Griet (la fantástica Scarlett Johansson), perteneciente a una estricta familia calvinista, debe trabajar como criada en la casa del prodigioso pintor holandés Johannes Vermeer, “el maestro de la luz”, (Colin Firth, magistral) cuando su padre se enferma. Allí, inicia una espiral de dramas y maltratos generados por los celos de la esposa de Vermeer y la diabólica hija de éste (uno de los mejores personajes). Desde el primer encuentro, el pintor y la muchacha crean una conexión interesante de intercambios sobre luz, color, arte y amor. La pequeña criada entiende mejor su obra que cualquier otra persona y Vermeer lo sabe. Con el correr de la cinta, los protagonistas aumentan su atracción, mientras evaden las tentaciones. De cualquier manera, lo que los une es el arte y el entendimiento de lo que expresan las pinturas.
Las frustraciones por no poder consumar sus ganas contenidas, cada protagonista las desahoga con sus parejas. A causa de su relación con Vermeer, Griet desafía las convenciones de la Holanda y el Calvinismo del siglo XVI, teniendo sexo en la calle con quien se convertiría en su esposo y dejándose perforar la oreja, para modelar ante Vermeer como el rostro del inmortal cuadro que da nombre a la película.
La escena mejor lograda, llena de una magia y preciosismo impresionante, es precisamente en la que Vermeer “penetra” a Griet. La metáfora de la consumación de un acto sexual nunca dado, tan sólo con el éxtasis creado por esta licencia carnal, es el punto más alto del film. Interrumpidos al principio de un beso nunca dado, descubrimos que jamás podría consumarse semejante relación. Excelentes paralelismos.
Lolita, Adrian Lyne, EEUU-Francia, 1997 (basada en libro homónimo). Para los amantes de la literatura clásica rusa y de las putitas adolescentes, llegó a las pantallas una nueva versión de la obra maestra de Nabokov y una de las mejores películas de Kubrick. Protagonizada por Jeremy Irons, como Humbert Humbert el inmoral maestro, esta adaptación de Lolita logra –a mi modo de ver- mejores y más candentes escenas que la versión de 1967.

Humbert se rinde ante los artificios de la sexual niña, materialización de todas sus fantasías prohibidas, excelente bocado que el cuarentón no puede dejar de comer. Arrastrado por bajos instintos, el hombre se casa con Charlotte (Melanie Griffith), la madre de Lolita (Dominique Swain), para estar irremediablemente más cerca de su obsesión. Para tomar posesión de todos los aspectos vitales de la adolescente, Humbert mata a Charlotte e inicia un viaje cruel con una pequeña bruja manipuladora, que se sabe poseedora del más grande de los poderes: el sexo. De cualquier manera, Lolita sigue siendo una niña, desprotegida y en los brazos de un despiadado enfermo (pero que logra atrapar con su infinito amor) y esta situación, más allá de las terribles consecuencias y actos de ambos, lleva a la hermosa púber a los peores destinos.

La mejor escena, una de las más excitantes del cine moderno, es la violación que Irons comete en Swain, mientras él llora ella ríe cruel, pero ambos, desde su extraña posición sentimental, llegan al orgasmo.
Carne trémula, Pedro Almodóvar, España, 1997. El director manchego escribió y dirigió un drama en el que un joven, con una muy mala técnica sexual, tiene un “morreo” de una noche con una sensual prostituta (Francescha Neri), involucrada en asuntos turbios, que tras su desenlace llevan a Víctor a la cárcel: le ha disparado por accidente a David (Javier Bardem), dejándolo inválido. Durante su encierro, Víctor sólo tiene una cosa en mente: darle a Elena el mejor sexo de su vida, pues aún no perdona la humillación que ésta le hizo pasar al terminar el encuentro. Con entrenamiento físico y miles de lecturas, Víctor sale de la cárcel convertido en un experto sexual dedicado a buscar a quien años atrás lo encerró. Tras una serie de encuentros y desatinos, Elena –ahora casada con David- frustrada por la repetitiva técnica sexual de su esposo, incapacitado para darle un sexo pleno, se encuentra con Víctor. Allí, empieza un triángulo amoroso fatal, pero en el que el joven logra consumar su venganza: le ofrece a la antigua prostituta todo su sexo, en una de las más interesantes historias eróticas españolas (definitivamente mejor que La Pasión Turca.

5 de febrero de 2007

Delicatessen


Un exquisito río de chocolate bajó por sus pechos, ardiente y espeso se deslizó entre sus hendiduras y siguió su camino por el vientre para finalmente perderse entre las piernas. Un bosque espeso recibió el baño dulce. Una vez allí, goteando y tiñendo de oscuro chocolate la vagina de María, Rubén lamió delicadamente los labios endulzados de la hembra.

La delicia era inigualable, un sabor nunca antes probado, mezcla de divino cacao y amargo flujo, agridulces tentaciones. Luego del chocolate, y ya tumbada sobre la mesa, María ofreció su cuerpo de ébano como bandeja para el banquete.

El cuerpo, negro, fuerte y robusto, era el plato principal que Rubén disfrutaría al final; pero mientras tanto, una selección de alimentos serían colocados sobre él, dispuestos a ser devorados por los amantes. Primero caminarían por todas las hendiduras de María y luego serían comidos a la vez por ambos, en medio de un profundo beso.

Los alimentos pasarían constantemente de una boca a otra hasta diluirse y perderse por la garganta.

Uno de los sabores favoritos de Rubén fue el del queso impregnado del olor que desprendían las axilas de la negra. Un sabor especiado, profundo, casi ahumado. El que menos le gustó fue el de las manzanas verdes, saborizadas con la misma esencia, pero que agrió las rodajas de la fruta, ennegrecidas tanto como los pechos de la mujer.

La fusión de sabores y sudores fue el mejor aliciente que la pareja había encontrado en tantos años de monótonas relaciones. El mejor festín: la lujuria reencontrada.

El cuerpo cansado de la mujer cincuentona no había recibido tantas atenciones desde hace mucho. Su esposo de años no había podido dar con una fórmula que satisficiera –o por lo menos les ayudara a continuar- su vida sexual.

Con la cena de esta noche, Rubén redescubrió los aromas y sabores de su mujer y ella nuevos caminos lúdicos. Cerca del final de su matrimonio habían descubierto el verdadero sabor de cada uno.