15 de enero de 2007

El espíritu del vino



Franco despertó con la opresiva sensación de que alguien estaba ahí, vigilándolo. Con este, ya eran varios los días que despertaba con esa impresión. No le agradaba, pero el vacío y el desorden de su casa eran lo suficientemente incómodos como para darle importancia a las paranoicas alucinaciones de un pobre hombre despechado.

En la tarde, cuando volvió del trabajo encontró, sobre sus papeles desordenados en la cocina, una taza de café recién hecha. Se preguntó quién pudo haberla puesto ahí, pero al recordar que Milena ya no estaba atribuyó la misteriosa aparición a un descuido mañanero, aunque la lógica seguía acechándolo: si la dejó ahí a principios del día, ¿cómo podía seguir caliente al final de la tarde?

No le dio importancia, así que sacudió su cabeza espantando los lúgubres pensamientos que lo acosaban desde que Milena murió. Se acercó a la alacena de fórmica azul y abrió sus desvencijadas puertas para tomar el único consuelo posible, una larga botella de vino tinto, recién abierta anoche, pero llena de babas de borracho solitario.

Salió a la sala y allí, frente al televisor coreano en blanco y negro, aguardó a que –como todos los martes- llegara su hermana del hospital y se sentara con él una hora, mientras esperaba que cualquiera fuera la comida preparada estuviera lista.

Desde la pérdida de Milena, Franco cayó en un abismo del que aún no había podido recuperarse. Ya había pasado un año, pero todavía no quería abandonar su depresión. Carmen sabía que su hermano no comía, pero aún así no renunciaba a la fantasía de verlo comer y reír otra vez.

Esa noche fue igual a las anteriores, Carmen vio cualquier programa viejo de comedia con su hermano, se levantaba, sacudía los verdes muebles de terciopelo gastado y conversaba sobre cualquier tema: los políticos eran su favorito. Al cansarse de su monólogo, Carmen besaba la sudorosa frente de su hermano inconsciente y se despedía, siempre “hasta la semana que viene”.

Cuando Carmen se iba el vacío de Franco se acrecentaba, quería decirlo, pero simplemente no le salían las palabras, ella, su única compañía, destruía su corazón cada vez que se despedía “hasta la semana que viene”. No tanto por su presencia, sino porque cuando se iba, los recuerdos asaltaban ferozmente su mente. Así que, como evasión, asía con más fuerza su botella y sorbía lentamente, mientras las imágenes grisáceas y borrosas del televisor se desvanecían a medida que sus párpados caían.

Poco después, sin estar dormido del todo, Franco escuchó, más allá del televisor, la voz de una mujer. Era un sonido acerino y frío, casi de ultratumba. Quiso levantarse para llegar a donde ésta estaba, pero la borrachera se lo impidió. De igual manera, cuando pudo incorporarse sobre sus débiles piernas, el celaje de una mujer lo paralizó de miedo.

La sombra, claramente, había atravesado a lo largo la pequeña cocina. No había duda.

La mañana siguiente no fue mejor. Las continuas borracheras ya estaban haciendo estragos en el cuerpo del hombre. Su corazón cada vez latía con menos fuerza, sus ojos ya no enfocaban tan bien y sus reflejos disminuían con el pasar de las horas. Irónicamente, a medida que avanzaban los síntomas, los demás sentidos de Franco se agudizaban.

Ahora podía distinguir, con una nitidez asombrosa, los olores de la casa: el vino tinto evaporándose en la alacena, la nicotina en los muebles, el champú del vecino y, muy a su pesar, el perfume de Milena.

Su oído también era extraordinario: escuchaba conversaciones al final del pasillo de la oficina, auscultaba las discusiones de su jefe, aún con la puerta cerrada, y percibía, muy lejanos, murmullos ensordecedores y la voz apagada de su amada.

Sabía que su vista ya no era la misma pues, cuando no enfocaba un objeto determinado, las sombras comenzaban a recorrer su casa. Las escuchaba arrastrarse, pero nunca podía alcanzarlas con la vista. Los celajes y las sombras se hicieron su compañía impuesta.

Cierta noche, ya cansado de jugar al gato y al ratón, deseó que las presencias que lo habitaban se encarnaran en algo sólido. Así, tal vez y sólo tal vez, comprendería que no estaba loco.

Desde ese momento, empezó a sentir muy cerca de su cuerpo inerte un peso al otro lado de la cama, incluso podía ver en el colchón la hendidura en donde el etéreo cuerpo debería estar.

Cuando la “presencia” se acercaba a él, podía incluso apreciar sobre su nuca un escalofrío, como si su invisible compañía lo abrazara. A veces, la escuchaba moverse en la madrugada, inquieta sobre la cama o en la cocina.

Con el tiempo Franco se acostumbró a reconocer la sombra que lo acosaba. Era tan parte de él como su nombre y la botella de vino.

La última noche, Franco se sintió extrañamente cómodo. Cerca de las tres de la mañana notó que el otro extremo de la cama no estaba frío, sino cálido. De cualquier manera no quiso voltearse. Le gustaba cazar sombras en la noche.

Esa mañana, con los primeros rayos del sol atravesando el polvo de la habitación, Franco observó su propio cuerpo, desnudo y casi transparente, sobre el estropeado colchón. Espantado y buscando una respuesta giró su cabeza hacia el lado de la cama que sabía ocupado.

Allí, aterrado y sin poder moverse, vio a Milena, blanca y desnuda, cálida y rolliza, sonriéndole. Tratando de articular alguna frase que le permitiera expresar su asombro u obtener una explicación, la muerta lo detuvo y, abriendo sus arrugados labios, le dijo: “¡Bienvenido!”