29 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad


La mujer atravesó el largo corredor de mármol hacia el ascensor y justo al final de éste encontró a quien menos querría ver en ese momento.

Estaba parado frente al ascensor. Esta noche lucía elegante en un traje a rayas gris. Ella sabía que tendría que pasar parte de su noche junto a él, lo que no imaginó era que lo tropezaría tan pronto.

Por su parte Hernán, así se llamaba, no notó su presencia hasta que ella dijo secamente “buenas noches”, entonces -y sólo entonces- descubrió a la menuda chica a su lado. Con la rapaz mirada de cazador que siempre tuvo la detalló en segundos.

Seguía igual de bella aunque un poco más vieja por los años pasados desde el último encuentro que tuvieron, hacía ya una década. Era sin duda el mismo cabello ondulado y brillante, pero esta vez su acostumbrado castaño era surcado por finos reflejos rubios, sus caderas seguían siendo grandes y sus tetas firmes y redondas. “Elegante” pensó mientras le respondía escuetamente “buenas noches, Mariana”.

Mariana a pesar de que trataba de disimular su sorpresa mostraba una expresión desencajada por la misma, pero, ágil como era, sonrió y poniéndose en puntillas se acercó a Hernán para darle un beso en la mejilla izquierda. El hombre, resuelto, se dejó besar y rápidamente pasó su mano por la espalda femenina.

Al percibir su tacto se estremeció, eran más de diez años sin sentirlo y aún así el efecto que producía en ella era el mismo. Tan intenso como la primera vez. El pelinegro, al notar su reacción, decidió continuar con la cacería y resolvió entonces abrazarla.

Excelente movimiento, pues con esto cedió en su brusquedad inicial y se dejó tomar fuertemente en los brazos del hombre que la rodeaba, apoyó su cabeza en el hombro y lentamente levantó la cara hacia él. Allí, en sus brazos, dirigiendo la mirada arriba lo notó más atractivo que nunca, ahora varias arrugas rompían la continuidad de la piel y sus ojos ambarinos se veían más intensos que nunca.

“Tal vez es la luz del pasillo” se dijo a sí misma, y es este pensamiento el que la devolvió a la realidad, notando su propio -desliz se desprendió rápidamente de la posición en la que estaba, justo antes de que Hernán la besara. Este gesto, por supuesto, no le agradó al cazador, quien reaccionó violentamente apartando su fuerte humanidad de ella.

Es por esto que, cuando se abrió el ascensor, chocaron contra la pareja de ancianos que salía del aparato de madera, típico de los edificios victorianos de la capital. Al pasar al lado de los jóvenes los viejos dijeron algo molestos “feliz año nuevo”, la respuesta unísona fue “igualmente”.

Apenados por el incidente ambos se encontraron con sus gemelos ruborizados viéndolos desde el espejo del ascensor. Los ignoraron a ellos y luego Mariana y Hernán se ignoraron mutuamente, pero la frialdad no duró mucho pues, cuando las rejillas se cerraron y la cabina empezó a subir al penthouse, como un reflejo instintivo e irresistible se lanzaron uno al otro a besarse, desenfrenando las ansias contenidas durante tanto tiempo.

Él, arropándola por completo con su cuerpo, la empujó contra una de las esquinas y ella, entregándose por completo, buscó directamente su pene, necesitaba sentirlo de nuevo, y así fue, estaba cerca, yermo y listo para la acción.

Desafortunadamente, un encuentro de ese tipo en un ascensor no dura mucho pues el viaje desde el vestíbulo hasta el catorceavo piso es breve. Cuando éste se detuvo y las rejas se abrieron la pareja se arregló desesperadamente, ella se bajó la falda de terciopelo blanca, en ese momento levantada hasta la cintura por Hernán, y él abotonando la camisa y subiendo el cierre del pantalón, abierto por Mariana.

Riéndose de la situación, y queriendo olvidar lo que juraron que no volvería a pasar, caminaron cada vez más lentamente hacia la puerta que los esperaba, la lentitud –claro está- era mayor cuanto más la culpabilidad invadía sus ya pesadas piernas.

Una vez frente al umbral caoba que despedía aroma a castañas tostadas, Hernán pulsó el botón del timbre, esbozó su mejor sonrisa y tomó la mano de Mariana. Cuando sus padres abrieron se lanzaron emocionados a abrazar y besar al par de hermanos, inexplicablemente distanciados a los ojos de su familia desde hacía diez años.

8 de octubre de 2007

Casa de campo


Desde pequeño Iván disfrutaba las visitas a casa de su tía en las praderas de las afueras de la ciudad capital. Cada verano o asueto del año, él y sus hermanos recogían unas pocas camisas y pantalones y se dirigían al pequeño ranchito destartalado, los encantos que en su infancia tenía el lugar fueron cambiando de aquella libertad ilusoria, lejos de sus estrictos y acaudalados padres, a unas visitas cada vez más libidinosas al cuarto de Isabella, la prima.

Por ser Iván el menor y más débil de los cuatro hermanos, cuando esas visitas cambiaron de matiz, le tocaba espiar a su prima y hermanos (a veces en grupo y a veces en tradicionales parejas) teniendo sexo al trasluz del granero o del cuarto de costura de la tía.

Los encuentros eran los mismos, Isabella usaba una clave diferente para cada primo, según le placiera determinada compañía en determinado momento. Así pasaban los días, Iván siempre esperando una seña para él que jamás llegaría a realizarse. Aún de esta manera, participaba pasivamente de las actividades familiares.

Sus hermanos, conscientes de su poco atractivo y esperanza en que Isabella algún día lo llamara a penetrarla, habían inventado a su vez una seña particular para indicarle al pequeño el lugar y momento en el que se verían con la putita. Carlos, el mayor, era el más generoso, cuando "invitaba" a Iván procuraba sin falta poner a la prima en las posiciones más generosas a la vista del aún prepúber, no siempre muy reveladoras por el carácter espiatorio de las mismas, pues Iván -con no poca frecuencia- no lograba esconderse lo suficientemente bien como para apreciar cómodamente el espectáculo.

Felipe, el que le seguía, aunque avisaba a su hermano para que acudiera de expectador no cuidaba de ser el mejor anfitrión, al contrario, cuando sabía de la presencia de Ivancito actuaba más violentamente que de costumbre. Eso, por cierto, agradaba a Isabella, quien nunca llegó a comprender qué disparaba la agresividad en el mejor y más tosco de sus amantes. La violencia la excitaba y le debía eso al primo que despreciaba.

Diego, el mejor dotado, prefería los lugares abiertos, cosa que fastidiaba algo a la mujer, pero a lo que igual consentía. Este hermano, el más querido por Iván, era el que mejores diversiones ofrecía a su hermanito, quien muy contadas veces tenía que hacer algún esfuero en esconderse para participar de la acción.

Si a Iván le preguntaban, quien mejor lo hacía era Carlos, pues era quien duraba más y más imaginación tenía al momento del sexo. Una de las cosas que más excitaba a Iván era ver cómo su prima era penetrada una y otra vez por su hermano, usualmente en cuatro, como la perra que era. Lo segundo, era observarla agacharse, siempre con las piernas muy abiertas, a lamer y atragantarse con el miembro hinchado del mayor. Las pocas veces que Carlos la obligó a tragarse el semen las celebró como alguien que obtenía la libertad después de 20 años de carcel.

En cambio, Felipe le parecía muy agresivo, cosa que parecía disfrutar aún más la prima, quien mientras más maltratada era más gemía de placer. Felipe abusaba de su fuerza, convirtiendo a Isabella en poco más que una muñeca flexible, presta a cumplir los caprichos del amo. Cuando su hermano la ató por primera vez, Iván descubrió el extraño placer que despierta el dolor. Observaba cómo su prima se retorcía en la cama de dolor, al igual que de placer. Notaba cómo respiraba con dificultad a través de las marras y cómo su cuerpo se iba tiñendo de rojo conforme las ataduras asfixiaban sus venas.

Era en estos momentos en que Felipe aumentaba los ataques y flexionaba más allá de lo normal el blanco cuerpo de su familiar. La penetración anal, por aquél hueco apretado y oscuro, siempre era el plato fuerte de la jornada, en varias ocasiones el niño se preguntó si esa no era la afición favorita de su hermano.

De todos el más dulce era Diego, quizás esperanzado en algo más que sexo veraniego con la joven. Este hermano solía ser delicado y atento, aún más allá de su claro exhibicionismo, pues dedicaba largos minutos a recorrer con lengua y manos los rincones olorosos y oscuros de su primita. La posición que más repetía el hermano preferido era con Isabella recostada en las verjas, con sus piernas alrededor de la espalda masculina, siendo penetrada hasta lo más profundo por el alto pelirrojo.

Los veranos para los hermanos Justo Sequeda nunca eran lo suficientemente largos, excepto para Iván, quien nunca recibió la tan esperada seña, aunque él, desde su esquina de rechazo era el único de los cuatro hermanos que tenía a Isabella a su disposición todas las noches.

Pues experto como era ya en esconderse, se metía al cuarto de la prima en el momento en que se bañaba. Usando lentos movimientos la joven sobaba su delicada y siempre vellosa caverna, con los dedos envueltos en jabón, mientras con la otra mano acariciaba sus senos flácidos y grandes. Mientras la ninfómana se daba placer a sí misma, con una mano en vaivén y entre sus piernas, Iván, desde su oscuro rincón, la imitaba con su mano derecha...

28 de agosto de 2007

Callejones

Entre la bruma pesada de invierno pudo distinguir su figura, fuerte y alta, recortando el horizonte y antes de que pudiera pensar en escapar su profesor caminó directo hacia ella y firmemente la tomó del brazo.

Sin poder o querer desembarazarse de su superior Milena se dejó conducir por los pasillos de la vieja ciudad de piedra, cada vez más lejos del café donde debía encontrarse con su añejado padre, cada vez más lejos de la gente, el ruido y la seguridad de lo conocido.

Pasaba entre los callejones, detrás de las tiendecitas del barrio chino, por los botaderos de las mejores pastelerías sobrevivientes del medioevo. Los olores de almendra tostada y de turrones recién mezclados impregnaban las crecientes sensaciones de Milena y se convirtieron en el aroma distintivo de su rendición.

Ya no más, ya no habrá escape ni insólitas excusas, se entregaría esta vez y el enorme hombre que la conducía sin mediar palabra lo sabía.

Cuando los ruidos de la ciudad se aplacaron y Milena dio vuelta al último recoveco gris, el más lejano del centro citadino, el profesor la tomó violentamente y la empujó contra un frío muro de piedra y allí la observó detenidamente. Milena hizo lo propio y rendida a sus deseos alzó su rostro buscando los gruesos labios del hombre.

Una sonrisa fría iluminó vagamente el duro y tostado rostro masculino, que jugó varios segundos a evadir las intenciones de la pequeña, hasta que permitió que los delgados y rosados labios tocaran muy torpemente los suyos, la dejó así un rato, le permitió seguir su juego de experta y luego de dos minutos de jugueteo le enseñó –profunda y largamente- cómo besar.

Su beso fue mecánico y aún así delicado, conocedor, largo y saborizado a cigarrillos de menta, esos largos pitillos que tan ávidamente consumía al salir de clases, mientras todas las niñitas de colegio privado buscaban ganarse sus favores dentro y fuera del aula de clases.

La lengua de Morales se conducía segura dentro de la boca de Milena, rugosa y húmeda se divertía con los intentos de la muchachita por seguir el ritmo y no quedar tan mal. Así de obvia era su inexperiencia. La misma timidez y entrega que tanto había cautivado al elegante profesor.

Sabiéndose víctima de su debilidad, Milena dejó escapar un corto suspiro, seguido de él la pregunta del millón de pesetas: “¿es aquí?” Ahora la sonrisa se dibujó cálidamente en las mejillas recortadas de Morales, quien pasando un brazo por encima de la frágil figurilla alcanzó el picaporte de la pesada puerta de madera y empujó su peso apoyado en el cuerpo de la delgada pelinegra.

El lugar no podía ser más acorde a la personalidad del esquivo hombre, cientos de libros de literatura y demás temas, novelas y revistas especializadas. Al fondo de la sala la mesilla donde reposaban miles de páginas con notas y esperanzas estudiantiles, sobre ellas la plumafuente de tinta roja que marcaba implacable las calificaciones de sus alumnos sobre las hojas, un fajo de esos era el de ella, se preguntó si su calificación cambiaría después de lo que estaba a punto de pasar.

Sin ir muy lejos de la entrada al apartamento, justo bajo la lámpara de entrada a la sala, Morales besó nuevamente a su alumna, su nueva adquisición. Al notar su nerviosismo quiso saber si alguien la esperaba, “no”, fue la respuesta, el intoxicante hombre sabía que la chica mentía, pero si su decisión era estar ahí poco haría él por enviarla de vuelta a su aburrida realidad.

Besó una vez más, pero en esta ocasión su mano izquierda, aún llena de tiza y fragante a mentolados se hundió en la entrepierna de Milena, sintió sus recortados pelillos, seguro rojizos, el verdadero color de la falsa pelinegra. Sin pedir permiso, la otra mano del maestro se dirigió al culo juvenil y áspera y enorme como todo en él violó el recinto, más oscuro, apretado e íntimo que su acompañante. Le sorprendió no encontrar vello alguno en esta zona.

Una agradable sorpresa, igualmente extraña, en alguien como Milena. Su curiosidad aumentó con este descubrimiento, ansió saber si la tímida blanquilla tendría otras vueltas sorprendentes repartidas en su escasa figura de cincuenta kilos. No esperó más.

Así que rasgó la ropa de la estudiante a la vez que hundía su curtida tez sevillana en los pliegues de su cuello, olía a lavanda, típica fragancia de las hijas bien del norte de la ciudad. Le gustaba ese olor, almendras de turrón y lavanda, champú de canela y pintalabios de fresa. Típico, denominador común de todas las jovencitas que Morales había dejado pasar a su apartamento.

Aunque con Milena hizo una excepción, la penetró ahí mismo en la entrada, abierta y de pie, apoyada sobre las paredes mostaza del umbral. La levantó en sus brazos y la empujó contra cada una de las esquinas del hall y a un ritmo imperioso la penetraba, pegado a ella, cuyo olor íntimo había ascendido hasta sus narices embriagando el aire, y por primera vez a él. Ahora la lavanda no era suficiente, ni el turrón, ni la canela, ni la niña bien.

Sonrió ante este hallazgo, le gustaba Milena más de lo que pensaba. Luego lo percibió, Milena ya no besaba torpemente ni era tímida, sus gemidos alcanzaban altas notas, a la vez que sus cortas uñas lastimaban la espalda del profesor, su cadera era cónsona y seguía sin fallos los movimientos de quien la penetraba. Ya no veía al techo, ahora lo miraba fijamente a los olivas ojos.

La entrega a la que se sometió Milena también obró un cambio en ella, era sexo fuera del matrimonio, pero esta vez no se sintió culpable como en otras ocasiones y la cara hirsuta de su padre ya no la perseguía para recordarle el pecado. Al contrario, la única imagen que repetía era su profesor, una y otra vez Morales.

Con esta nueva dimensión Milena hizo algo improbable segundos atrás, gritaba el nombre de su acompañante y retorcía su cuerpo para ofrecerle al hombre aquél espacio sin vellos que había mantenido intacto.

Sabiéndose afortunado, Morales no dudó y decididamente colocó a la joven estudiante a piernas abiertas, de espaldas a él, para violentar el reducido espacio. Dolió, ambos lo sabían, pero ninguno quiso detener la marcha y así sin más, al cabo de varias estocadas, el espeso e hirviente semen, ofreció un alivio al roto órgano. Placer total.

Apoyados todavía en la pared, repasando con la lengua el cuello rojo de su alumna, Morales preguntó de nuevo: “¿alguien te espera?” “Mi papá, pero seguro ya se fue”, fue la rápida respuesta de la muchacha mientras recogía su ropa y bolso y se vestía. Morales la imitó.

“¿Qué harás ahora?”, se aventuró a preguntar el profesor. La respuesta lo dejó frío, “un tatuaje, siempre he querido hacerme uno y hoy me apetece”, dijo Milena sonriendo, dueña de su nueva personalidad. Así, sin mediar más palabras, la mujercita abrió la puerta, lanzó un beso a su acompañante y cerró la puerta tras de sí.

Parado en la entrada de su casa, Pedro Morales sonrió y por primera vez en muchos años tomó la foto de su ex esposa, la retiró del chifonnier de la sala y la guardó en la gaveta en la que años atrás le hizo el espacio que hasta hoy empezó a ocupar.

24 de agosto de 2007

Tarde de abril

Deslizó suave pero firmemente su mano debajo de la falda para alcanzar con sus dedos gruesos la abertura que se le presentaba al final, seca y tensa, pero muy a pesar de sus esfuerzos no lograba excitar a la mujer, aunque sabía con certeza que ese trato era el favorito de las putitas que se encontraban con él luego de un par de conversaciones por Internet.

Ante la resistencia de la pequeña pelirroja su pene se inflamaba más, tan duro que casi dolía, a cada “NO” su potencia aumentaba, y a cada “POR FAVOR” el poder alcanzado era inimaginable, inagotable. Así que, haciendo lo que sabía que ella esperaba aunque se resistiera, la arrojó contra el cemento del callejón y se montó sobre ella, opresivo y asfixiante.

Cuando la carajita gritó por ayuda poco faltó para que su pantalón estallara, y eso lo motivó más, ahora era imparable y más agresivo. Al saberse dueño de la situación le preguntó mientras rasgaba su blusita de colegio y mordía sus teticas rosadas “¿te gusta?”. Supo, al ver los ambarinos ojos de su víctima, que ella reclamaba más.

Para no decepcionarla oprimió aún más su velludo cuerpo de mecánico contra ella, tapó su boca con las manos llenas de grasa y abrió su pantalón, liberando el primer miembro que la quinceañera sentiría en su vida. Sin esperar mucho, y usando la mano que le quedaba libre, separó las piernas de la pecosita, sintió los suaves pelitos que escapaban de la pantaleta, apartó la tela e introdujo un dedo a la vez, hasta completar los cinco.

Al vencer la resistencia de la piel seca, agarró su pene caliente y lo introdujo sin ningún cuidado, el gritito desesperado de Camila le indicó que podía seguir, pues el suspiro que lo acompañó invitaba a continuar la fiesta. Las lágrimas que mojaban las pálidas mejillas también indicaban los pasos a seguir.

Una y otra vez Marco entró y salió de la liceísta, a cada embestida aumentaba la presión ejercida sobre el delgado cuerpo y la fuerza de la penetración, también a cada bombeo la oposición de la mujercita menguaba, ya resignada a lo que pasaba, esperando solamente que pronto terminara, viendo al cielo y percibiendo el penetrante sabor del sudor del mecánico cuarentón.

Una y otra vez, hasta que sólo sea un recuerdo de quince años.

Volví

Por "problemas técnicos" no pude publicar más, pero he vuelto, con nuevo nombre y ya no tan soltera, así que espero no "haber perdido el toque" y que les siga gustando...
Atentamente,
Madresolteracasada...

9 de febrero de 2007

35MM

Desde pequeña he sentido una fascinación casi enfermiza por las historias de amor trágicas, largas, apasionadas. Víctima del más terrible romanticismo de las novelas típicas del siglo XVIII y XIX, escritas por mujeres despechadas y castradas socialmente (Emiliy Brönte y familia, por ejemplo) disfruto leer libros con estos temas y, por supuesto, ver películas con esta temática. Esto último, une en un solo ámbito mis ardores intelectuales: la lectura y el cine. Me gusta estar atormentada, por eso muchas veces me enfrasco en relaciones condenadas a muerte, aún antes de nacer. Sufrir y apasionarme, exagerar mis reacciones y sentimientos, son mis combustibles vitales. En honor a mis terribles gustos, hago aquí un recuento de las películas que más me han marcado en los últimos tiempos, son historias de amores infinitos, trágicos o –peor aún- nunca consumados. Espero la disfruten (no están todas las que son ni son todas las que están).

La chica sobre el puente (La fille sur le pont), Patrice Leconte, Francia, 1996. Adele (Vanessa Paradis, la frágil esposita de Johnny Depp) trata de suicidarse desde un puente sobre el río Sena de Paris, cuando Gabor (Daniel Auteuil, uno de los hombres más fascinantes del mundo a mi modo de ver), un fracasado y solitario lanzador circense de cuchillos, la ve. Por alguna extraña razón, estas dos personas, con poco que ofrecer y menos ganas de vivir, empiezan en ese mismo instante una relación simbiótica. Gabor le ofrece un trabajo a cambio de su ayuda como blanco de sus cuchillos. La propuesta es sencilla, si ella quiere morir él puede fallar como lo ha hecho últimamente, él necesita un blanco viviente y ella una excusa, nadie pierde.

Los silencios incómodos y la dinámica tensa que se desarrolla entre ambos son el leitmotiv de la historia. No se parecen, posiblemente ni se agradan, sin embargo están allí, siendo uno parte innegable del otro. La atmósfera sexual se hace densa con el temor, ambos lo saben y lo niegan, luchan contra la realidad, van en direcciones contrarias, hasta que ya no les queda espacio para el rechazo: se han enamorado.

Siguen solos, pero es una triste soledad compartida. El final es uno de los que más he disfrutado y, sorprendentemente, esta es una de las poquísimas películas francesas que me ha parecido buena (por supuesto, el “factor Auteuil” es determinante aquí). Detalle: la película está en noir et blanche, pero sin duda vale la pena verla.

Además, los escenarios, para los amantes de Europa, son los mejores de la Ciudad de la Luz y de sus campiñas, el mar y la idiosincrasia de los franceses de las villas enmarcan la historia y a sus protagonistas en un halo de misterio y suspenso encantador. Queremos muchas veces amar así, sin casi notarlo, y esa es el triunfo de este film: el terrible amor correspondido.

Kamasutra, Mira Nair, India, 1996. En el siglo XVI, Tara y Maya han crecido juntas, una desde las alturas de la vida palaciega y la otra como su dama de compañía. Ambas han sido instruidas en las artes amatorias del Kamasutra. Cuando Tara, princesa malcriada, nota que Maya es mucho mejor que ella en muchos aspectos, la condena al ostracismo, causando una larga cadena de infortunios.
Cuando llegan a la madurez, en venganza, Maya se introduce en la habitación del Rey Raj Singh, en la víspera de su boda con Tara. La noche, muy bien y eróticamente lograda, surte el efecto esperado por la sirvienta: el rey se ha enamorado de ella. La situación empeora cuando Tara no resulta ser tan sensual como su predecesora.

Una vez más, es enviada al encierro solitario del exilio. En su camino, llega a la casa de Rasa Devi, la experta en Kamasutra, quien le enseña las mejores artes relacionadas con la cultura del erotismo. Allí, vagabundeando en las posesiones del Rey Raj Singh, establece una hermosa relación, llena de pasión y odio, de entrega y egoísmo, con Jai, escultor de la corte. Es así, gracias a la inspiración de Maya, que Jai logra lo que se considera una de las esculturas más hermosas del erotismo hindú “La mujer del loto”. Las escenas entre ambos amantes son magistrales, la recreación de sus encuentros enciende la pantalla, pues logra transmitir toda la energía producida por el escultor y la cortesana.
Con el tiempo, Maya ingresa de nuevo a la corte de los reyes Raj Singh y Tara, convirtiéndose en la concubina favorita del rey y objeto de deseo y odio de un cuarteto que lucha, con la más profunda de las sensaciones, en obtener lo que desea, a través del sexo, el amor y el poder. Ninguno logra sus metas, y perecen –de una u otra manera- víctimas de sí mismos. Es una historia desgraciada, con un final nada feliz, pero llena de un romanticismo incalculable.

La chica del arete de perla (Girl with a pearl earring), Peter Webber, Inglaterra-Luxemburgo, 2003 (basada en libro homónimo). Griet (la fantástica Scarlett Johansson), perteneciente a una estricta familia calvinista, debe trabajar como criada en la casa del prodigioso pintor holandés Johannes Vermeer, “el maestro de la luz”, (Colin Firth, magistral) cuando su padre se enferma. Allí, inicia una espiral de dramas y maltratos generados por los celos de la esposa de Vermeer y la diabólica hija de éste (uno de los mejores personajes). Desde el primer encuentro, el pintor y la muchacha crean una conexión interesante de intercambios sobre luz, color, arte y amor. La pequeña criada entiende mejor su obra que cualquier otra persona y Vermeer lo sabe. Con el correr de la cinta, los protagonistas aumentan su atracción, mientras evaden las tentaciones. De cualquier manera, lo que los une es el arte y el entendimiento de lo que expresan las pinturas.
Las frustraciones por no poder consumar sus ganas contenidas, cada protagonista las desahoga con sus parejas. A causa de su relación con Vermeer, Griet desafía las convenciones de la Holanda y el Calvinismo del siglo XVI, teniendo sexo en la calle con quien se convertiría en su esposo y dejándose perforar la oreja, para modelar ante Vermeer como el rostro del inmortal cuadro que da nombre a la película.
La escena mejor lograda, llena de una magia y preciosismo impresionante, es precisamente en la que Vermeer “penetra” a Griet. La metáfora de la consumación de un acto sexual nunca dado, tan sólo con el éxtasis creado por esta licencia carnal, es el punto más alto del film. Interrumpidos al principio de un beso nunca dado, descubrimos que jamás podría consumarse semejante relación. Excelentes paralelismos.
Lolita, Adrian Lyne, EEUU-Francia, 1997 (basada en libro homónimo). Para los amantes de la literatura clásica rusa y de las putitas adolescentes, llegó a las pantallas una nueva versión de la obra maestra de Nabokov y una de las mejores películas de Kubrick. Protagonizada por Jeremy Irons, como Humbert Humbert el inmoral maestro, esta adaptación de Lolita logra –a mi modo de ver- mejores y más candentes escenas que la versión de 1967.

Humbert se rinde ante los artificios de la sexual niña, materialización de todas sus fantasías prohibidas, excelente bocado que el cuarentón no puede dejar de comer. Arrastrado por bajos instintos, el hombre se casa con Charlotte (Melanie Griffith), la madre de Lolita (Dominique Swain), para estar irremediablemente más cerca de su obsesión. Para tomar posesión de todos los aspectos vitales de la adolescente, Humbert mata a Charlotte e inicia un viaje cruel con una pequeña bruja manipuladora, que se sabe poseedora del más grande de los poderes: el sexo. De cualquier manera, Lolita sigue siendo una niña, desprotegida y en los brazos de un despiadado enfermo (pero que logra atrapar con su infinito amor) y esta situación, más allá de las terribles consecuencias y actos de ambos, lleva a la hermosa púber a los peores destinos.

La mejor escena, una de las más excitantes del cine moderno, es la violación que Irons comete en Swain, mientras él llora ella ríe cruel, pero ambos, desde su extraña posición sentimental, llegan al orgasmo.
Carne trémula, Pedro Almodóvar, España, 1997. El director manchego escribió y dirigió un drama en el que un joven, con una muy mala técnica sexual, tiene un “morreo” de una noche con una sensual prostituta (Francescha Neri), involucrada en asuntos turbios, que tras su desenlace llevan a Víctor a la cárcel: le ha disparado por accidente a David (Javier Bardem), dejándolo inválido. Durante su encierro, Víctor sólo tiene una cosa en mente: darle a Elena el mejor sexo de su vida, pues aún no perdona la humillación que ésta le hizo pasar al terminar el encuentro. Con entrenamiento físico y miles de lecturas, Víctor sale de la cárcel convertido en un experto sexual dedicado a buscar a quien años atrás lo encerró. Tras una serie de encuentros y desatinos, Elena –ahora casada con David- frustrada por la repetitiva técnica sexual de su esposo, incapacitado para darle un sexo pleno, se encuentra con Víctor. Allí, empieza un triángulo amoroso fatal, pero en el que el joven logra consumar su venganza: le ofrece a la antigua prostituta todo su sexo, en una de las más interesantes historias eróticas españolas (definitivamente mejor que La Pasión Turca.

5 de febrero de 2007

Delicatessen


Un exquisito río de chocolate bajó por sus pechos, ardiente y espeso se deslizó entre sus hendiduras y siguió su camino por el vientre para finalmente perderse entre las piernas. Un bosque espeso recibió el baño dulce. Una vez allí, goteando y tiñendo de oscuro chocolate la vagina de María, Rubén lamió delicadamente los labios endulzados de la hembra.

La delicia era inigualable, un sabor nunca antes probado, mezcla de divino cacao y amargo flujo, agridulces tentaciones. Luego del chocolate, y ya tumbada sobre la mesa, María ofreció su cuerpo de ébano como bandeja para el banquete.

El cuerpo, negro, fuerte y robusto, era el plato principal que Rubén disfrutaría al final; pero mientras tanto, una selección de alimentos serían colocados sobre él, dispuestos a ser devorados por los amantes. Primero caminarían por todas las hendiduras de María y luego serían comidos a la vez por ambos, en medio de un profundo beso.

Los alimentos pasarían constantemente de una boca a otra hasta diluirse y perderse por la garganta.

Uno de los sabores favoritos de Rubén fue el del queso impregnado del olor que desprendían las axilas de la negra. Un sabor especiado, profundo, casi ahumado. El que menos le gustó fue el de las manzanas verdes, saborizadas con la misma esencia, pero que agrió las rodajas de la fruta, ennegrecidas tanto como los pechos de la mujer.

La fusión de sabores y sudores fue el mejor aliciente que la pareja había encontrado en tantos años de monótonas relaciones. El mejor festín: la lujuria reencontrada.

El cuerpo cansado de la mujer cincuentona no había recibido tantas atenciones desde hace mucho. Su esposo de años no había podido dar con una fórmula que satisficiera –o por lo menos les ayudara a continuar- su vida sexual.

Con la cena de esta noche, Rubén redescubrió los aromas y sabores de su mujer y ella nuevos caminos lúdicos. Cerca del final de su matrimonio habían descubierto el verdadero sabor de cada uno.

15 de enero de 2007

El espíritu del vino



Franco despertó con la opresiva sensación de que alguien estaba ahí, vigilándolo. Con este, ya eran varios los días que despertaba con esa impresión. No le agradaba, pero el vacío y el desorden de su casa eran lo suficientemente incómodos como para darle importancia a las paranoicas alucinaciones de un pobre hombre despechado.

En la tarde, cuando volvió del trabajo encontró, sobre sus papeles desordenados en la cocina, una taza de café recién hecha. Se preguntó quién pudo haberla puesto ahí, pero al recordar que Milena ya no estaba atribuyó la misteriosa aparición a un descuido mañanero, aunque la lógica seguía acechándolo: si la dejó ahí a principios del día, ¿cómo podía seguir caliente al final de la tarde?

No le dio importancia, así que sacudió su cabeza espantando los lúgubres pensamientos que lo acosaban desde que Milena murió. Se acercó a la alacena de fórmica azul y abrió sus desvencijadas puertas para tomar el único consuelo posible, una larga botella de vino tinto, recién abierta anoche, pero llena de babas de borracho solitario.

Salió a la sala y allí, frente al televisor coreano en blanco y negro, aguardó a que –como todos los martes- llegara su hermana del hospital y se sentara con él una hora, mientras esperaba que cualquiera fuera la comida preparada estuviera lista.

Desde la pérdida de Milena, Franco cayó en un abismo del que aún no había podido recuperarse. Ya había pasado un año, pero todavía no quería abandonar su depresión. Carmen sabía que su hermano no comía, pero aún así no renunciaba a la fantasía de verlo comer y reír otra vez.

Esa noche fue igual a las anteriores, Carmen vio cualquier programa viejo de comedia con su hermano, se levantaba, sacudía los verdes muebles de terciopelo gastado y conversaba sobre cualquier tema: los políticos eran su favorito. Al cansarse de su monólogo, Carmen besaba la sudorosa frente de su hermano inconsciente y se despedía, siempre “hasta la semana que viene”.

Cuando Carmen se iba el vacío de Franco se acrecentaba, quería decirlo, pero simplemente no le salían las palabras, ella, su única compañía, destruía su corazón cada vez que se despedía “hasta la semana que viene”. No tanto por su presencia, sino porque cuando se iba, los recuerdos asaltaban ferozmente su mente. Así que, como evasión, asía con más fuerza su botella y sorbía lentamente, mientras las imágenes grisáceas y borrosas del televisor se desvanecían a medida que sus párpados caían.

Poco después, sin estar dormido del todo, Franco escuchó, más allá del televisor, la voz de una mujer. Era un sonido acerino y frío, casi de ultratumba. Quiso levantarse para llegar a donde ésta estaba, pero la borrachera se lo impidió. De igual manera, cuando pudo incorporarse sobre sus débiles piernas, el celaje de una mujer lo paralizó de miedo.

La sombra, claramente, había atravesado a lo largo la pequeña cocina. No había duda.

La mañana siguiente no fue mejor. Las continuas borracheras ya estaban haciendo estragos en el cuerpo del hombre. Su corazón cada vez latía con menos fuerza, sus ojos ya no enfocaban tan bien y sus reflejos disminuían con el pasar de las horas. Irónicamente, a medida que avanzaban los síntomas, los demás sentidos de Franco se agudizaban.

Ahora podía distinguir, con una nitidez asombrosa, los olores de la casa: el vino tinto evaporándose en la alacena, la nicotina en los muebles, el champú del vecino y, muy a su pesar, el perfume de Milena.

Su oído también era extraordinario: escuchaba conversaciones al final del pasillo de la oficina, auscultaba las discusiones de su jefe, aún con la puerta cerrada, y percibía, muy lejanos, murmullos ensordecedores y la voz apagada de su amada.

Sabía que su vista ya no era la misma pues, cuando no enfocaba un objeto determinado, las sombras comenzaban a recorrer su casa. Las escuchaba arrastrarse, pero nunca podía alcanzarlas con la vista. Los celajes y las sombras se hicieron su compañía impuesta.

Cierta noche, ya cansado de jugar al gato y al ratón, deseó que las presencias que lo habitaban se encarnaran en algo sólido. Así, tal vez y sólo tal vez, comprendería que no estaba loco.

Desde ese momento, empezó a sentir muy cerca de su cuerpo inerte un peso al otro lado de la cama, incluso podía ver en el colchón la hendidura en donde el etéreo cuerpo debería estar.

Cuando la “presencia” se acercaba a él, podía incluso apreciar sobre su nuca un escalofrío, como si su invisible compañía lo abrazara. A veces, la escuchaba moverse en la madrugada, inquieta sobre la cama o en la cocina.

Con el tiempo Franco se acostumbró a reconocer la sombra que lo acosaba. Era tan parte de él como su nombre y la botella de vino.

La última noche, Franco se sintió extrañamente cómodo. Cerca de las tres de la mañana notó que el otro extremo de la cama no estaba frío, sino cálido. De cualquier manera no quiso voltearse. Le gustaba cazar sombras en la noche.

Esa mañana, con los primeros rayos del sol atravesando el polvo de la habitación, Franco observó su propio cuerpo, desnudo y casi transparente, sobre el estropeado colchón. Espantado y buscando una respuesta giró su cabeza hacia el lado de la cama que sabía ocupado.

Allí, aterrado y sin poder moverse, vio a Milena, blanca y desnuda, cálida y rolliza, sonriéndole. Tratando de articular alguna frase que le permitiera expresar su asombro u obtener una explicación, la muerta lo detuvo y, abriendo sus arrugados labios, le dijo: “¡Bienvenido!”