Hay algo en las imágenes eróticas -o explícitamente sexuales- que me encanta.Cada vez que veo una imagen sugerente, un miembro enervado, una lengua traviesa, o unas nalgas perfectamente redondeadas, no puedo dejar de recordar mis propias impresiones mentales. En el secreto del sexo que reside en los órganos de cada quien, en nuestras pieles, lenguas, ojos y olores.
El sexo, más allá de su función reproductiva (biológica), de su función integradora (amor) o de su función "circense" (líbido) es un mecanismo respetable de expresión y una perfecta forma de conocernos (a nosotros mismos y a otros).
El poder acercarnos al que nos atrae, y disfrutar de todo el placer que nos da su cuerpo (y disfrutar del placer que nosotros podemos prodigar), es la principal razón de ser de la cópula. Sea animal, romántica, reproductiva, salvaje, violatoria o permisiva. De todas, creo, la mejor tirada es aquella que hacemos cuando "hacemos el amor". Cuando regalamos una parte de nuestra intimidad para demostrarle a nuestra pareja que nos agrada lo suficiente para permitir la mayor -y más profunda- invasión a nuestro espacio personal.
NUESTR@ es la palabra clave. Nuestro cuerpo, lleno de venas y sensaciones, y nuestra mente, llena de tabúes y predilecciones. Y nuestra pareja, dispuesta a ofrecernos un espacio para la interacción plena.
Quien está con nosotros nos cede sus olores y sabores, sus mañas, su figura, sus técnicas, gemidos, perversiones, fantasías y confía plenamente en que sabremos -como él/ella- complacerlo.
Cuando nos masturbamos pensamos en alguien, recreamos escenas, IMAGINAMOS, las efigies nos invaden, nos recorren, nos erizan, cambian y nos descubren lo que verdaderamente somos.
El hechizo que una imagen, una mirada furtiva o un espionaje dedicado a quienes nos convertimos -o se convierten otros cuando sodomizan su cuerpo- es el más potente afrodisíaco. Millones de vergas se paran diligentes ante el paso de un cuerpo cimbreante. Millones de cucas se bañan en sangre y lubricante cuando ven un cuerpo cimbreante.
Nadie es indiferente a la composición de sombra y luz, a la recreación de deseos, a la perversión o pecado que queremos cometer, con nosotros y otros. Una imagen es más que una palabra. Las mujeres vemos furtiva o fijamente a otra hembra en mejores condiciones que nosotras, los hombres ven en los baños a otros hombres, mejor o peor dotados que ellos. Todos vemos y queremos ver. Nadie es indiferente.
Por eso los espejos son protagonistas de las habitaciones oscuras y mal olientes de los cuartos de hotel. Desde las piezas de prostíbulo hasta las suites del Aladino. Cuando los hombres reciben sexo oral levantan ligeramente el cabello de su hembra para verla introducirse el miembro hasta el final. Cuando las mujeres recibimos sexo oral nos gusta observar el rostro del macho imbuido en nuestros labios.
Cuando somos tímidos evadimos la mirada fija de nuestro amante. Cuando no lo somos, nos deleitamos y buscamos sus miradas, invasivas más que el acto en sí, que buscan aprobación o, en otros casos, una guía de si la persona realmente está allí con nosotros o si está con alguien más.
Recreamos nuestro cuerpo y mente observando gente atractiva. Nos gusta la pornografía más de lo que nos gustaría admitir y, sobre todo, nos entretenemos haciéndolo frente a un espejo, sea el de nuestras cómodas, el del ascensor en el que desatamos las pasiones o el espejo manchado de humores y vapores de ese cuarto de hotel.
P.D.: Por lo menos a mí es por eso que me gusta hacerlo frente a un espejo.