7 de octubre de 2006

Traducción de un artículo de Brian Alexander

Brian Alexander es un periodista estadounidense que escribe sobre sexo (¡oh sí, otra vez sexo!) y realmente parece saber lo que dice. Este artículo lo traduje (ahí como pude) para que mis apreciados lectores pudieran disfrutarlo. Leído en inglés es mucho mejor e interesante, pero como no todos pueden leer inglés, pues lo pasé al castellano. Disfrútenlo.

El por qué la belleza está en el ojo de quien mira
Las imágenes culturales influyen en nuestra percepción de la belleza

La revista Esquire escogió a la actriz Scarlett Johansson como la "Mujer viva más sexy" y si ustedes se preguntan cuál fue el criterio de selección empleado, pues no lo puedo decir. No lo sé. Pero sí existe una posibilidad: ella es "fácil". No, no de esa manera.
Un estudio realizado el pasado mes en la revista Psychological Science demostró que lo que creemos atractivo o hermoso es lo que requiere menos esfuerzo de reconocimiento.
Estudios anteriores mostraron que las personas buscaban en las caras humanas señales de la capacidad de esa persona para tener bebés saludables. Puede que sea verdad, Piotr Winkielman, de la Universidad de California, en San Diego, y sus colegas ni siquiera usaron personas en sus tests de atracción. Sino que les mostraron a los voluntarios patrones de puntos. Los patrones que más le gustaron a los sujetos fueron aquéllos que más se acercaban a un modelo prototípico al que estamos condicionados a reconocer.
En resumen, nos gustan las cosas familiares. Estamos condicionados para aceptar lo impuesto en los prototipos. Entonces, cuando encontramos algo parecido al prototipo, nuestro cerebro no tiene que esforzarse en reconocer el patrón y procesarlo. Winkielman llama esto “fluidez”. Mientras más fluidos somos, más fácil es, por lo que mostramos nuestra preferencia al escoger un plato, apreciar un pájaro, un carro, una serie de puntos o Scarlett Johansson, en vez de ver como más atractivo algo inesperado o insólito.
¿Cómo somos tan hábiles para reconocer un prototipo? “A través la presentación previa de modelos convergentes”, explica Winkielman. Los prototipos (o preferencias) pueden crearse repitiendo la imagen de uno específico -¿cuántas revistas no han tenido en su portada a Britney?- tantas veces que, simplemente, llegamos a aceptarlo.
“Lo que nos gusta está determinado en función a lo que nuestra mente ha sido entrenada”, continúa Winkielman.
Si esto no es suficiente para sobresaltarlos –me refiero a la idea de que, en las próximas décadas, celebridades omnipresentes como Britney, Jessica Simpson o Brad Pitt serán los únicos avatares de belleza y sensualidad- recordemos que actualmente Marilyn Monroe no podría ser jamás una bomba sexy. Demasiado flácida.
La sensualidad evoluciona de acuerdo a lo que vemos una y otra vez. Este mecanismo, dice Winkielman, “atiende a las diferencias culturales sobre la belleza –igualmente, diferencias históricas sobre la belleza- porque ésta básicamente depende de lo que ha sido expuesto. razón por la cual se ha hecho fácil para su mente”.
¿El sexo realmente vende?
Si usted no es la clase de nerd intelectual que se pregunta el por qué Catherine Keener no fue escogida como la “Mujer viva más sexy”, aquí le explicamos la razón para hacer justicia: Sexualidad y erotismo son muy poderosos estímulos humanos, pero de igual manera no sirven para vender más que sexo. Seguro, el sexo se vende a sí mismo. La industria sexual es prueba de ello. Pero el sexo no parece hacer un buen trabajo vendiendo otros productos como cerveza, carros o préstamos inmobiliarios.
Cuando vemos algo sexy, esto puede compararse a lo que el sicólogo de la Universidad Vanderbilt, David Zald llama “un cuello de botella para el proceso de información”. Si vemos una mujer desnuda u hombre o pareja en una pose sexual, nos “enceguecemos” mentalmente por un corto período. Esto es instintivo. No podemos evitarlo.
Honestamente, amigos.
Esta es la razón por la que, probablemente, un estudio realizado el pasado año en la Universidad de Michigan demostró que las personas que ven programas de TV con imágenes sensuales no puede recordar mucho sobre lo que fue anunciado en los mismos. (En este caso, aquella carencia de memoria ‘retirada’ sostenida aplicó para programas violentos, también.)
Si esto es verdad en la vida cotidiana, usar imágenes sexuales para vendernos carros o cerveza puede incitarnos a querer sexo, pero no nos hará correr por la carretera 7-11 a buscar un 6-pack de cervezas. Recordaremos al equipo de bikini sueco, cierto, pero no la marca… (¡Hey! ¿Cuál era esa marca, por cierto?). Asimismo, Carl’s Jr. pudo haber cometido un grave error poniendo a Paris Hilton en ese traje de baño, enjabonando un carro, para vender hamburguesas.
Por supuesto, existe la posibilidad de que mostrar a Paris Hilton en la TV sea siempre un error, pero en este caso el error podría ser que nuestros cerebros se “apaguen” cuando enfrentamos un escenario erótico. Nos enfocamos como rayos láser en el objeto sexual y no tenemos una mínima idea de lo que se supone que nos está vendiendo.
Como en el estudio de Winkielman sobre el atractivo, ambos, el erotismo y su ineficacia como un instrumento de mercadeo, son prueba de que nuestra recepción de imágenes sexuales es instintiva, según afirman los sicólogos.
Una explicación de los resultados de Winkielman puede ser que los prototipos se convierten en lo “promedio” gracias a la repetición. Existe una larga historia de investigaciones que prueban que lo “promedio” es una clave para el atractivo.
En otro estudio, publicado en la revista Perception el pasado año, científicos evaluaron la atracción que sentían adultos y niños ante ciertos rostros y encontraron que “una cara altamente atractiva facilita la rápida y exacta clasificación sexual”. En otros términos, mientras más común fuera un rostro femenino, se percibía más atractivo.
Con gran parte de nuestro radar sexual innato no razonamos sobre ello. Más o menos cada hombre que conozco puede afirmar que ha detenido la conversación con su esposa o novia –de manera totalmente inconsciente, sepa usted- cuando una mujer agradable pasa frente a él o se desnuda en la pantalla televisiva.
Pero esto también se aplica a las mujeres y puede tener relación con los resultados que Winkielman mostró. Científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington, en San Luis, expusieron a cientos de mujeres a una variedad de imágenes, incluyendo eróticas y violentas, y encontraron que las imágenes eróticas provocaron respuestas más poderosas, incluso más que las imágenes violentas.
El cerebro femenino procesaba las imágenes eróticas cerca de 20 por ciento más rápido que otras y, aparentemente, fueron procesadas por diferentes estructuras de todo el cerebro. Simplemente es demasiado rápido, demasiado innato y demasiado fácil.
Algunas investigaciones pueden ayudar a desmitificar la idea de que las mujeres no son tan “visuales” como los hombres al ver imágenes sexuales. Puede ser, pero también pudieran estar condicionadas por la sociedad de tal manera que cuando se les pide una respuesta subjetiva niegan estar excitadas por lo que han visto.
“Usualmente los hombres califican subjetivamente el material erótico más alto que las mujeres”, aseguró el jefe del estudio, Andrey P. Anokhin, profesor asistente del Departamento de Siquiatría de la Universidad de Washington, luego de que el estudio fue publicado en la revista Brain Research, en mayo de este año. “Así que, basados en los resultados, esperábamos respuestas más bajas en las mujeres, pero ése no fue el caso. Las mujeres tienen respuestas tan intensas como las registradas en los hombres”.
Esta nueva investigación nos indica que los humanos tenemos incorporado un radar para la belleza, el erotismo y el sexo. Viene con nosotros y podría ser el más instintivo y poderoso estímulo que hemos recibido. Nos gusta, pero también podemos ser víctimas de ello.
Después de todo, algunas veces la manera más fácil no es la mejor manera.

5 de octubre de 2006

Vampírica


Divina vampira, exótica belleza, princesa gótica de la noche que ha llevado almas al infinito se ha enamorado. Ha caído en la terrible desesperanza del amor, después de siglos consumiendo cuerpos ha sucumbido en el lésbico amor de sí misma. Presa del más terrible sentimiento ha escapado lejos, donde nadie la conozca. Ama a un adolescente y no puede soportarlo.
La primera noche, hambrienta, se acercó a su cacería. Situando sus firmes y mármoles pechos frente a los ojos de su víctima dejó escapar su hipnótico aliento de muerte, impregnado de menta y opio. En la barra rococó de un olvidado local decidió seducir al quinceañero de cabellos revueltos, sucios y largos. Sinuosa acarició -muy lentamente- los estribos de la vieja guitarra del rockerito, mientras con su cuerpo danzaba plácidamente pegada a su presa.
Un minuto fue suficiente para lograr el efecto deseado en una bomba humana de hormonas. Triunfadora guió al pequeño al fondo del bar, y ahí, bajo las tenues luces de prostíbulo convertido en discoteca, evadidos por las cortinas de terciopelo del lugar, y apoyados en los muebles de madera tallada, lo poseyó. Con parsimonia lamió una y otra vez el frágil cuello adolescente, preparándolo para clavar sus pérfidos colmillos. Disfrutó la sal humana mezclada con colonia barata que le ofrecía el pequeño, se frotó cuanto pudo del miembro erecto -y posiblemente virgen- del quinceañero, quien aún no podía creer la suerte que había tenido esa noche.
Repentinamente, el chico tomó a la vampira por las muñecas y, firme y rápidamente, la atrapó entre su cuerpo y el de la pared forrada del bar. Poderoso y valiente se recreó en su cuerpo frío, palmó cada una de curvas, lamió su cara y cuerpo, olió su piel, la penetró manualmente y, hábil, la masturbó sin titubeos. Pudo usar su fuerza sobrehumana para separarlo de ella, pero prefirió disfrutar los avances del muchacho.
Al rockerito parecía no importarle el frío mortal del cuerpo vampírico, al contrario, lo disfrutaba quizás recordando todas aquellas historias góticas leídas en noches de plenilunio. Salvajemente desnudó su torso, sin reparar en la concurrencia del local, y ávidamente hundió su cara en los senos firmes y transparentes de la inmortal, los mordió con crueldad a la vez que con sus manos penetraba su vulva y ano. Cuando se cansó de este juego, el pequeño batió a la mujer para ponerla ahora de cara al afiche de un viejo poeta parisino.
Reventando de hormonas dominó a su mujer, tomándola por la cadera y jalando sus cabellos. La vampira estaba ahora indefensa, con las piernas abiertas, la cintura doblada y sus manos contra el frío muro al igual que su cara. Su largo cabello negro cubría parte de su encorvada espalda, sus grises ojos -inyectados de sangre- se reflejaban en el cuadro y su aliento, cálido como no había sido en mucho tiempo, empañaba los vidrios cercanos. Un gélido y transparente flujo cubrió sus genitales, y ella se encontró ahora rendida a lo que iba a pasar.
Durante largos minutos el greñúo embistió a la muerta viviente, una y otra vez. Parecía no cansarse, pero segundos antes de dejar escapar su semen, volteó de nuevo a la inmortal y eyaculó, viéndola fijamente, entre sus piernas. Su semen hirviente bañó las trémulas y cansadas piernas de la cazadora cazada. El lechoso líquido bajó lentamente y manchó con pequeñas gotas la gastada alfombra roja de la discoteca.
Rápidamente el adolescente, aún con su guitarra guindada al hombro, guardó su miembro experto dentro de sus pantalones e introdujo sus dedos de nuevo dentro de la vampira para luego lamerlos y darle a ella para lamer también. Con su lengua limpió las piernas y genitales de la princesa gótica. Con gusto la saboréo y delicadamente la vistió.
Luego de este singular rito, el niño - ya convertido en adulto- acopló su cuerpo al de ella y, con un brillo extraño en los ojos, jaló la tela de su camisa y expuso su cuello, rendido a la belleza de la vampira. Así esperó, pacientemente, a que la inmortal saciara su sed. En pocos minutos el cuerpo del joven yacía, exhausto y aún lleno de su sangre, en uno de los sofás del viejo burdel.
La vampírica mujer no pudo morderlo, presa de un extraño sentimiento en muchos siglos no sentido.

3 de octubre de 2006

Propiedad privada


Quiero poner un cartel que prohíba la entrada a tu culo. Esa cueva húmeda y maloliente que custodian tus perfectas nalgas pálidas. Ese estrecho canal que me ha permitido embestirte profunda y salvajemente cada noche de luna llena que puedes escaparte de la custodia de tu sanguinario padre, musulmán de viejas costumbres que cuida aún el himen de su vaquilla virgen.
Tienes himen, pero ya conoces del sexo, anal, pero sexo al fin que te ha permitido disfrutar la mejor de las entregas, la sumisión total en cuatro patas, para dejarme libre el camino a tu caverna oscura cada vez que llegabas a mi cama, pálida y serena, con tu cabello negro mojado en rocío de luna.
Propiedad privada. Es mío. Ningún nuevo e inexperto musulmán de carretera podrá tocarlo jamás, aunque te cases con ese turquito de poca gracia que tu padre ha traído de quién sabe qué tienda del desierto. Te tocará tímida y torpemente, evadirá tus senos, se recreará en tu vientre y tratará de penetrarte con su delgado pene de árabe adolescente, pero yo, tu profesor de español, seré el único hombre que -insaciablemente- habrá podido poseerte vulgarmente como ningún joven, lleno de tabúes religiosos, podrá penetrarte jamás.
Para ustedes es pecado el sexo anal, para mí no, y a través de él recordarás siempre lo que es un hombre, el deseo descarnado y el sabor de lo prohibido. Tu culo, amada mía, es el mejor de los premios que he tenido. Cuando te pones en cuatro para penetrarte, maltratándote sin cuidado alguno, escupo sobre ti y toda tu tradición virginal alrededor del himen. Tu himen, tu virginidad, no me importan, no son nada para mí, porque sé, que cuando te cases y te entregues al turquito, tu estrecho canal latirá, recordando allá atrás, las divinas estocadas que te di, amada mía.