7 de octubre de 2006

Traducción de un artículo de Brian Alexander

Brian Alexander es un periodista estadounidense que escribe sobre sexo (¡oh sí, otra vez sexo!) y realmente parece saber lo que dice. Este artículo lo traduje (ahí como pude) para que mis apreciados lectores pudieran disfrutarlo. Leído en inglés es mucho mejor e interesante, pero como no todos pueden leer inglés, pues lo pasé al castellano. Disfrútenlo.

El por qué la belleza está en el ojo de quien mira
Las imágenes culturales influyen en nuestra percepción de la belleza

La revista Esquire escogió a la actriz Scarlett Johansson como la "Mujer viva más sexy" y si ustedes se preguntan cuál fue el criterio de selección empleado, pues no lo puedo decir. No lo sé. Pero sí existe una posibilidad: ella es "fácil". No, no de esa manera.
Un estudio realizado el pasado mes en la revista Psychological Science demostró que lo que creemos atractivo o hermoso es lo que requiere menos esfuerzo de reconocimiento.
Estudios anteriores mostraron que las personas buscaban en las caras humanas señales de la capacidad de esa persona para tener bebés saludables. Puede que sea verdad, Piotr Winkielman, de la Universidad de California, en San Diego, y sus colegas ni siquiera usaron personas en sus tests de atracción. Sino que les mostraron a los voluntarios patrones de puntos. Los patrones que más le gustaron a los sujetos fueron aquéllos que más se acercaban a un modelo prototípico al que estamos condicionados a reconocer.
En resumen, nos gustan las cosas familiares. Estamos condicionados para aceptar lo impuesto en los prototipos. Entonces, cuando encontramos algo parecido al prototipo, nuestro cerebro no tiene que esforzarse en reconocer el patrón y procesarlo. Winkielman llama esto “fluidez”. Mientras más fluidos somos, más fácil es, por lo que mostramos nuestra preferencia al escoger un plato, apreciar un pájaro, un carro, una serie de puntos o Scarlett Johansson, en vez de ver como más atractivo algo inesperado o insólito.
¿Cómo somos tan hábiles para reconocer un prototipo? “A través la presentación previa de modelos convergentes”, explica Winkielman. Los prototipos (o preferencias) pueden crearse repitiendo la imagen de uno específico -¿cuántas revistas no han tenido en su portada a Britney?- tantas veces que, simplemente, llegamos a aceptarlo.
“Lo que nos gusta está determinado en función a lo que nuestra mente ha sido entrenada”, continúa Winkielman.
Si esto no es suficiente para sobresaltarlos –me refiero a la idea de que, en las próximas décadas, celebridades omnipresentes como Britney, Jessica Simpson o Brad Pitt serán los únicos avatares de belleza y sensualidad- recordemos que actualmente Marilyn Monroe no podría ser jamás una bomba sexy. Demasiado flácida.
La sensualidad evoluciona de acuerdo a lo que vemos una y otra vez. Este mecanismo, dice Winkielman, “atiende a las diferencias culturales sobre la belleza –igualmente, diferencias históricas sobre la belleza- porque ésta básicamente depende de lo que ha sido expuesto. razón por la cual se ha hecho fácil para su mente”.
¿El sexo realmente vende?
Si usted no es la clase de nerd intelectual que se pregunta el por qué Catherine Keener no fue escogida como la “Mujer viva más sexy”, aquí le explicamos la razón para hacer justicia: Sexualidad y erotismo son muy poderosos estímulos humanos, pero de igual manera no sirven para vender más que sexo. Seguro, el sexo se vende a sí mismo. La industria sexual es prueba de ello. Pero el sexo no parece hacer un buen trabajo vendiendo otros productos como cerveza, carros o préstamos inmobiliarios.
Cuando vemos algo sexy, esto puede compararse a lo que el sicólogo de la Universidad Vanderbilt, David Zald llama “un cuello de botella para el proceso de información”. Si vemos una mujer desnuda u hombre o pareja en una pose sexual, nos “enceguecemos” mentalmente por un corto período. Esto es instintivo. No podemos evitarlo.
Honestamente, amigos.
Esta es la razón por la que, probablemente, un estudio realizado el pasado año en la Universidad de Michigan demostró que las personas que ven programas de TV con imágenes sensuales no puede recordar mucho sobre lo que fue anunciado en los mismos. (En este caso, aquella carencia de memoria ‘retirada’ sostenida aplicó para programas violentos, también.)
Si esto es verdad en la vida cotidiana, usar imágenes sexuales para vendernos carros o cerveza puede incitarnos a querer sexo, pero no nos hará correr por la carretera 7-11 a buscar un 6-pack de cervezas. Recordaremos al equipo de bikini sueco, cierto, pero no la marca… (¡Hey! ¿Cuál era esa marca, por cierto?). Asimismo, Carl’s Jr. pudo haber cometido un grave error poniendo a Paris Hilton en ese traje de baño, enjabonando un carro, para vender hamburguesas.
Por supuesto, existe la posibilidad de que mostrar a Paris Hilton en la TV sea siempre un error, pero en este caso el error podría ser que nuestros cerebros se “apaguen” cuando enfrentamos un escenario erótico. Nos enfocamos como rayos láser en el objeto sexual y no tenemos una mínima idea de lo que se supone que nos está vendiendo.
Como en el estudio de Winkielman sobre el atractivo, ambos, el erotismo y su ineficacia como un instrumento de mercadeo, son prueba de que nuestra recepción de imágenes sexuales es instintiva, según afirman los sicólogos.
Una explicación de los resultados de Winkielman puede ser que los prototipos se convierten en lo “promedio” gracias a la repetición. Existe una larga historia de investigaciones que prueban que lo “promedio” es una clave para el atractivo.
En otro estudio, publicado en la revista Perception el pasado año, científicos evaluaron la atracción que sentían adultos y niños ante ciertos rostros y encontraron que “una cara altamente atractiva facilita la rápida y exacta clasificación sexual”. En otros términos, mientras más común fuera un rostro femenino, se percibía más atractivo.
Con gran parte de nuestro radar sexual innato no razonamos sobre ello. Más o menos cada hombre que conozco puede afirmar que ha detenido la conversación con su esposa o novia –de manera totalmente inconsciente, sepa usted- cuando una mujer agradable pasa frente a él o se desnuda en la pantalla televisiva.
Pero esto también se aplica a las mujeres y puede tener relación con los resultados que Winkielman mostró. Científicos de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington, en San Luis, expusieron a cientos de mujeres a una variedad de imágenes, incluyendo eróticas y violentas, y encontraron que las imágenes eróticas provocaron respuestas más poderosas, incluso más que las imágenes violentas.
El cerebro femenino procesaba las imágenes eróticas cerca de 20 por ciento más rápido que otras y, aparentemente, fueron procesadas por diferentes estructuras de todo el cerebro. Simplemente es demasiado rápido, demasiado innato y demasiado fácil.
Algunas investigaciones pueden ayudar a desmitificar la idea de que las mujeres no son tan “visuales” como los hombres al ver imágenes sexuales. Puede ser, pero también pudieran estar condicionadas por la sociedad de tal manera que cuando se les pide una respuesta subjetiva niegan estar excitadas por lo que han visto.
“Usualmente los hombres califican subjetivamente el material erótico más alto que las mujeres”, aseguró el jefe del estudio, Andrey P. Anokhin, profesor asistente del Departamento de Siquiatría de la Universidad de Washington, luego de que el estudio fue publicado en la revista Brain Research, en mayo de este año. “Así que, basados en los resultados, esperábamos respuestas más bajas en las mujeres, pero ése no fue el caso. Las mujeres tienen respuestas tan intensas como las registradas en los hombres”.
Esta nueva investigación nos indica que los humanos tenemos incorporado un radar para la belleza, el erotismo y el sexo. Viene con nosotros y podría ser el más instintivo y poderoso estímulo que hemos recibido. Nos gusta, pero también podemos ser víctimas de ello.
Después de todo, algunas veces la manera más fácil no es la mejor manera.

5 de octubre de 2006

Vampírica


Divina vampira, exótica belleza, princesa gótica de la noche que ha llevado almas al infinito se ha enamorado. Ha caído en la terrible desesperanza del amor, después de siglos consumiendo cuerpos ha sucumbido en el lésbico amor de sí misma. Presa del más terrible sentimiento ha escapado lejos, donde nadie la conozca. Ama a un adolescente y no puede soportarlo.
La primera noche, hambrienta, se acercó a su cacería. Situando sus firmes y mármoles pechos frente a los ojos de su víctima dejó escapar su hipnótico aliento de muerte, impregnado de menta y opio. En la barra rococó de un olvidado local decidió seducir al quinceañero de cabellos revueltos, sucios y largos. Sinuosa acarició -muy lentamente- los estribos de la vieja guitarra del rockerito, mientras con su cuerpo danzaba plácidamente pegada a su presa.
Un minuto fue suficiente para lograr el efecto deseado en una bomba humana de hormonas. Triunfadora guió al pequeño al fondo del bar, y ahí, bajo las tenues luces de prostíbulo convertido en discoteca, evadidos por las cortinas de terciopelo del lugar, y apoyados en los muebles de madera tallada, lo poseyó. Con parsimonia lamió una y otra vez el frágil cuello adolescente, preparándolo para clavar sus pérfidos colmillos. Disfrutó la sal humana mezclada con colonia barata que le ofrecía el pequeño, se frotó cuanto pudo del miembro erecto -y posiblemente virgen- del quinceañero, quien aún no podía creer la suerte que había tenido esa noche.
Repentinamente, el chico tomó a la vampira por las muñecas y, firme y rápidamente, la atrapó entre su cuerpo y el de la pared forrada del bar. Poderoso y valiente se recreó en su cuerpo frío, palmó cada una de curvas, lamió su cara y cuerpo, olió su piel, la penetró manualmente y, hábil, la masturbó sin titubeos. Pudo usar su fuerza sobrehumana para separarlo de ella, pero prefirió disfrutar los avances del muchacho.
Al rockerito parecía no importarle el frío mortal del cuerpo vampírico, al contrario, lo disfrutaba quizás recordando todas aquellas historias góticas leídas en noches de plenilunio. Salvajemente desnudó su torso, sin reparar en la concurrencia del local, y ávidamente hundió su cara en los senos firmes y transparentes de la inmortal, los mordió con crueldad a la vez que con sus manos penetraba su vulva y ano. Cuando se cansó de este juego, el pequeño batió a la mujer para ponerla ahora de cara al afiche de un viejo poeta parisino.
Reventando de hormonas dominó a su mujer, tomándola por la cadera y jalando sus cabellos. La vampira estaba ahora indefensa, con las piernas abiertas, la cintura doblada y sus manos contra el frío muro al igual que su cara. Su largo cabello negro cubría parte de su encorvada espalda, sus grises ojos -inyectados de sangre- se reflejaban en el cuadro y su aliento, cálido como no había sido en mucho tiempo, empañaba los vidrios cercanos. Un gélido y transparente flujo cubrió sus genitales, y ella se encontró ahora rendida a lo que iba a pasar.
Durante largos minutos el greñúo embistió a la muerta viviente, una y otra vez. Parecía no cansarse, pero segundos antes de dejar escapar su semen, volteó de nuevo a la inmortal y eyaculó, viéndola fijamente, entre sus piernas. Su semen hirviente bañó las trémulas y cansadas piernas de la cazadora cazada. El lechoso líquido bajó lentamente y manchó con pequeñas gotas la gastada alfombra roja de la discoteca.
Rápidamente el adolescente, aún con su guitarra guindada al hombro, guardó su miembro experto dentro de sus pantalones e introdujo sus dedos de nuevo dentro de la vampira para luego lamerlos y darle a ella para lamer también. Con su lengua limpió las piernas y genitales de la princesa gótica. Con gusto la saboréo y delicadamente la vistió.
Luego de este singular rito, el niño - ya convertido en adulto- acopló su cuerpo al de ella y, con un brillo extraño en los ojos, jaló la tela de su camisa y expuso su cuello, rendido a la belleza de la vampira. Así esperó, pacientemente, a que la inmortal saciara su sed. En pocos minutos el cuerpo del joven yacía, exhausto y aún lleno de su sangre, en uno de los sofás del viejo burdel.
La vampírica mujer no pudo morderlo, presa de un extraño sentimiento en muchos siglos no sentido.

3 de octubre de 2006

Propiedad privada


Quiero poner un cartel que prohíba la entrada a tu culo. Esa cueva húmeda y maloliente que custodian tus perfectas nalgas pálidas. Ese estrecho canal que me ha permitido embestirte profunda y salvajemente cada noche de luna llena que puedes escaparte de la custodia de tu sanguinario padre, musulmán de viejas costumbres que cuida aún el himen de su vaquilla virgen.
Tienes himen, pero ya conoces del sexo, anal, pero sexo al fin que te ha permitido disfrutar la mejor de las entregas, la sumisión total en cuatro patas, para dejarme libre el camino a tu caverna oscura cada vez que llegabas a mi cama, pálida y serena, con tu cabello negro mojado en rocío de luna.
Propiedad privada. Es mío. Ningún nuevo e inexperto musulmán de carretera podrá tocarlo jamás, aunque te cases con ese turquito de poca gracia que tu padre ha traído de quién sabe qué tienda del desierto. Te tocará tímida y torpemente, evadirá tus senos, se recreará en tu vientre y tratará de penetrarte con su delgado pene de árabe adolescente, pero yo, tu profesor de español, seré el único hombre que -insaciablemente- habrá podido poseerte vulgarmente como ningún joven, lleno de tabúes religiosos, podrá penetrarte jamás.
Para ustedes es pecado el sexo anal, para mí no, y a través de él recordarás siempre lo que es un hombre, el deseo descarnado y el sabor de lo prohibido. Tu culo, amada mía, es el mejor de los premios que he tenido. Cuando te pones en cuatro para penetrarte, maltratándote sin cuidado alguno, escupo sobre ti y toda tu tradición virginal alrededor del himen. Tu himen, tu virginidad, no me importan, no son nada para mí, porque sé, que cuando te cases y te entregues al turquito, tu estrecho canal latirá, recordando allá atrás, las divinas estocadas que te di, amada mía.

29 de septiembre de 2006

Esto es un artículo publicado en una revista norteamericana (Redbook) que me encantó. Es para que lo lean quienes saben inglés o medio entienden algo. Excelente, de verdad casi ayuda a entender (y perdonar) a los infieles. Disfrútenlo como yo lo hice.
RERC.

Why I Cheated: Inside the Mind of a Male Adulterer
By Christopher Beckett


Kelly and Emma (some names have been changed) were friends. Good friends. But their friendship was destroyed in an emotional and dramatic fashion, by a man. By me. Married to one, I had an affair with the other.

Kelly and I had been together for 12 years, married for eight. We complemented each other in all the important ways. Neither the happiest nor the unhappiest couple we knew, we believed we'd be together forever.
The problems began the day her friend Emma entered our lives. When we met, about seven years ago, I was overwhelmed by a sense of familiarity, as though we already knew each other.
I was drawn in equal measure to Emma's dark-haired beauty and striking style -- two parts British Vogue, one part Frida Kahlo -- and to her wit and intelligence. I thought of her constantly and dreamed of her with alarming frequency. Emma, however, didn't seem overly impressed with me. She was also, apparently, happily married. That I was too, or thought I was, seemed almost irrelevant.
She and Kelly weren't actually that different. They shared an area of study -- both taught literature -- and even looked alike. If someone had told me at the beginning of my marriage that someday I would feel equally drawn to another woman, I would not have believed it. And even now I had not stopped loving Kelly. The problem was simple: I was deeply drawn to both women.
The solution was also simple: I'd cut off all contact with Emma. I avoided situations where we might run into each other. When we did, I'd excuse myself and not return. People assumed I disliked her. I felt I was acting honorably, sacrificing a part of myself for my marriage. But nothing I did alleviated my shame, nor did it enhance the marriage I was trying to protect.
Thinking about Emma made me feel guilty, which, absurdly, made me resent Kelly -- and that made me feel even more guilty. Something was clearly wrong with my marriage. Or was it just me?
I began to look at parts of our life I'd never taken the time to analyze. There were problems in the marriage. When we were first together, we used to fight passionately about the things we disagreed on -- careers, money. Over time, though, we'd stopped arguing. Fights that had lasted hours or days condensed themselves into brutal one-line battles. Instead of facing our conflicts, we chose to ignore them and hope they'd go away.
Fantasy Becomes Reality
Meanwhile, Emma still haunted me. I was sure my attraction was more than simply physical. It was, for whatever reason, deep and profound. I told no one, not even my closest friends.
Finally, after a couple of years, I could no longer suppress my feelings for Emma. I was compelled, despite all logical sense, to reach out to her. How could I reveal myself without hurting Kelly and risking our marriage?
I decided to send Emma secret-admirer emails. At the very least, I'd be able to vent some feelings. I emailed her once a week for a month, rerouting the messages through an anonymous remailer. They were simple notes laden with excerpts from poems and declarations about her beauty. If she kept the letters a secret, I decided, I might be able to confess without fear of exposure.
But she didn't. She told Kelly, and Kelly told me: Emma had a secret admirer. No one could figure out who it was. I stopped sending the emails immediately.
Then, in the spring of 1999, I found a legitimate reason to contact Emma, who had by this time moved with her husband to another town. I had a question about a book I was reviewing, and it was on a subject I knew she'd studied extensively. Soon I managed to turn that single question into an ongoing correspondence. On the surface it seemed innocent, but eventually Emma asked, "I guess I wonder why we're writing like this." I took a breath and wrote back, "I don't know, but I have to confess that I haven't told Kelly." Emma admitted that she hadn't told her husband, either.
Our messages became longer and more philosophical. One day Emma wrote, "Can I ask you an odd question?"
"Go ahead," I replied.
She wrote: "This may sound stupid, but...a few years ago I received a couple of anonymous secret-admirer emails. I never discovered who sent them. Thing is, a phrasing in one of your recent emails was almost exactly the same as in one of the anonymous ones. Was it you who sent them?"
I thought about it all day. Finally, at 2am, I wrote, "Yes. It was me."
Instant infidelity. Done.
Emma was stunned. She asked if the admirer emails were a joke. She couldn't believe I'd sent them; she'd really bought my I-can't-stand-you act.
I countered by cataloging every time we'd seen each other, what she'd worn, what we'd spoken about. I told her I didn't know why but since the day we'd been introduced, I hadn't been able to stop thinking about her. Emma confessed how moved she was, and how surprised she was by her own reaction. After a few days of increasingly fervent exchanges, she hit me again: "Can I see you?"
Kelly was going out of town for a week -- a week when Emma was coming to town to work at the university. The prospect of physical infidelity suddenly became very real. A part of me, albeit a tiny part, hoped that seeing Emma would ruin everything, that if we so much as kissed it'd be terrible.
"Yes," I said, "you can see me whenever you want."
I should have asked myself "What am I doing?" But I didn't. I'd convinced myself that this had nothing to do with Kelly. I know how ridiculous that sounds, but at the time it made sense.
When Emma arrived, we laughed and embraced awkwardly. She pushed into me with such force that I had to brace myself. The chemistry was unimaginable. I could smell the sweetness of her skin and hair, feel the wetness of her breath against my neck and the warmth of her breasts against my chest. She and I had barely even touched before. And now here she was, pressing the length of her beautiful, trembling body against mine. And for a moment that silent embrace was enough.
She stayed into the middle of the night; our ease with each other was profound and immediate. On Monday, Emma asked if she could see me Tuesday. We spent the entire day talking. She rang my bell early Wednesday morning, less than six hours after she'd left. I was overjoyed. By the end of that night it was clear we'd spend every minute possible together.
We finally made love on Friday, and spent the last two days in constant fervor. Being with Emma was unlike anything I'd ever experienced. My attraction to her was absolute, and I realized that my desire for her was inexhaustible.
To this point I had convinced myself that the only reason I'd been able to cheat so easily was that Kelly was out of town. It felt as though Emma and I had created another reality, where only she and I existed. The infidelity, as long as it lasted, would be a physical extension of that. Nothing more.
Deeper into Betrayal
The day Emma left town, I spent a few hours feeling miserable and then readied myself for reimmersion into "real" life. The cheating was over, or so I believed. But I was wrong: The real cheating was about to begin.
Within a week Emma emailed that she was coming to spend the summer in my city. "Don't get excited," she said. "I'm coming to work on my thesis." I got excited anyway. This meant she and I could spend more time together. It also meant that my betrayal was about to take on a whole new dimension: the sneaking-around dimension.
Emma and I tried to see each other every day. I spent hours planning when and how we could meet. Though it sounds crazy, there simply wasn't time to consider the consequences of what we were doing. When I was with Kelly, I thought about Kelly. When I was with Emma, I thought about Emma. When we were all together, I thought about something else: baseball, the novel I should have been working on. This wasn't, as some would suggest, "male compartmentalization." It was survival, pure and simple. To handle it any other way would have driven me insane.
Emma and I would be getting dressed after an afternoon in a hotel. "This is awful," she'd say, fastening her bra. "I know," I'd reply, taking a last swig of champagne. Yet there we were, trying to figure out when we could do it again.
In retrospect it's so clear-cut: Just don't do it. But while it's happening, it seems much more complicated. I never actively thought I was getting away with something. It was as though each betrayal were license for the next: the first embrace, the first kiss, the first hotel-room bed. I told myself I was limiting the scope of these betrayals. I needed to believe this so I wouldn't feel like the personification of evil.
As our relationship became more intimate, it was increasingly difficult for Emma and me to live our real lives. Though neither of us had intended to change everything, that's what we did. After seeing each other on the sly for three months, we left our partners to be together.
Our new life lasted precisely 18 days, at which point we revealed to our spouses why we'd left. All hell broke loose. Emma was stigmatized as a cheating spouse and a disloyal friend. People reacted less violently to my betrayal. The fact that I was a man seemed to make it easier to understand. But the societal condemnation of Emma, the woman, was brutal. It was too much for her. She went back to her husband.
Kelly and I separated.
I tried to explain to Kelly what had happened. In my mind it had virtually nothing to do with the two of us. Nothing she'd done had made me want to be with Emma. Though Kelly and I had avoided conflict in our marriage to the point where we'd seriously undermined our relationship, I hadn't been looking for an Emma to come and turn my life upside down. Not surprisingly, Kelly couldn't comprehend any of this.
I apologized to Kelly until she was sick of hearing it. I moved out of the city, but we're still friendly. Whereas the gravity of my actions took months to register with me, it hit her all at once; consequently, she moved past it faster than I did. We'd had no children. She was able to get on with her new life relatively quickly.
In time, I expect, everyone will get over it. Even me.

Magdalena y José Luis

Magdalena conoció a José Luis una tarde fortuita en que la lluvia los encerró en una cafetería del centro de Caracas.
José Luis descubrió a Magdalena sentada en la última mesa del local, tomando un negro corto. Lo que más le atrajo de ella fue su pequeña figura y sus ojos aguamarina, custodiados por un espeso y continuo arco de cejas negras. Magdalena no notó su presencia hasta que, combatiendo todos sus demonios y timidez característica, José Luis se acercó y le pidió compartir la mesa.
Desde el primer instante Magdalena notó la atracción que el alto y delgado joven sentía hacia ella. No le atrajo, pero se dijo a sí misma que sus lentes y cabello rubio eran llamativos. Definitivamente su tímida sonrisa también le daban un aire agradable. Aceptó. Y esa sería una de las muchas invitaciones o peticiones que Magdalena aceptaría del informático.
Con el tiempo ambos, Magdalena y José Luis, notarían cada uno de los detalles que los separaban y que los hacían irremediablemente diferentes. Aún así, Magdalena -quien en todas sus relaciones ha sido la que más quiere- decidió seguir el juego de amor con José Luis, quien -por su blanda forma de ser- se había constituido en un refugio de curiosidad para la pelinegra. Tal vez cansada de tantos patanes. Tal vez cansada de sí misma. Así que continuó en una relación y con un hombre que poco la llenaban.
Aún a pesar de esta situación, Magdalena quiso aceptar el amor que le daban, la plenitud que le ofrecían, sin importar que José Luis no fuera el hombre de su vida. "Ha llegado la hora -se decía- de que sea yo la más amada, a la que más quieren, por la que se sacrifiquen"; de esta manera pasaron las semanas, meses y años.
Una noche, ya cansada de la debilidad de carácter de José Luis, de las largas noches de insomnio por sus ronquidos o de interminables y aburridas conversaciones en las que el informático hablaba de temas sin sentido o interés para ella, Magdalena decidió terminar con todo de una vez. Le diría que sus diferencias irreconciliables y su forma de ser jamás los dejarían ser felices, por lo que, encerrarse en esa relación era gastar tiempo, juventud y ganas. Estaba aburrida y no continuaría en esa agonía.
Al llegar a su casa, Magdalena percibió el olor del café que José Luis siempre colaba para ella. Cuando la escuchó entrar, el rubio corrió hacia su mujer sonriendo. Servil y delicado la llevó al sofá de la sala, la descalzó y lentamente acarició sus cansadas piernas. José Luis sabía que por su trabajo la pelinegra sufría de calambres.
En pocos minutos, una vez colado el café, el hombre que vivía con ella y que estaba a punto de abandonar, sirvió dos tazas de la negra bebida, una con dos cucharaditas de azúcar para ella y otra con leche para él.
Con el pasar del tiempo, José Luis inició las acostumbradas caricias por el cuerpo de su mujer, primero tocó sus senos, luego sus piernas y después su sexo, pobremente humedecido. De cualquier manera, experta en las rutinarias noches en su casa, Magdalena aceptó las atenciones que su esposo le prodigaba y -una vez más- abrió las piernas, siguiendo el juego apasionado que iniciaba el treintañero. Hicieron el amor en el sofá, callados, cansados y en una sola posición.
Al culminar, José Luis dirigió a su mujer al tálamo matrimonial, la acurrucó en sus brazos y besándola le dijo, como todas las noches: "Te amo". Justo en ese instante, al escuchar esas palabras y sentir el pecho tibio de José Luis, Magdalena supo algo.
No podría vivir sin él.

26 de septiembre de 2006

Literatura inglesa

Eres una puta. Eso es todo lo que tengo que decir sobre ti. Ya no eres la mujer de la que me enamoré, hace meses que no eres la virgen de pueblo que llegó trémula a mis brazos. Te fuiste con él y me la vas a pagar. Eres un amor de compra y venta. Me has dejado gastado y solo, guardando todo lo que para ti tenía. Pero estoy preparando la mejor de mis venganzas. Te vas a arrepentir de todo lo que me has hecho.
Ayer te vi, saliendo de casa de tu profesor, tu nuevo profesor favorito. ¿Y yo?, ¿dónde quedé? Cuando voy a clases espero verte, recién levantada, con el cabello mojado dejando caer gotas frías sobre tus hombros. Ya no veo tus ojos cómplices que me dicen que te has levantado de mi cama, de nuestra cama, después de desvelar la noche leyendo libros y libando flujos. Mi semen ya no cubre tu cara, tus labios ya no cubren mi glande. Ahora es a él a quien tienes en tu boca, en tu ano, en tu ser. Puta. Puta, mil veces puta.
Es fácil dejar de querer cuando se tienen 18 años, como tus 18 diciembres, pero a mis 51 otoños, ¿qué me queda sino tu recuerdo? Todavía saboreo tu vulva húmeda, arenosa de pueblo, aún siento el cosquilleo que tus vellos provocaban en mi barbilla. Ya mi nariz no se hunde en tus cavidades. Ya no me hundo en ti. Ahora es un vórtice. Me hundo en el precipicio que abriste al lado de mi cama.
Soy un pobre viejo, un gastado profesor de literatura que ha perdido a su Circe en los brazos de un mancebo, un vulgar Orfeón de tonadas irresistibles que te ha hipnotizado con palabras de sicología. Ya no quieres mis poemas, ahora quieres sus teorías. La literatura inglesa se quedó lejos, es vieja como yo, pero las teorías freudianas tienen menos de 100 años, para la infinitud de la historia, son jóvenes como él. Me rebatieron en la cama y en el amor, como han rebatido la literatura. James Joyce destrozó la literatura de su país, pero nadie ha podido destrozar las teorías de Freud en su terreno.
¿Qué eres, según él? ¿Una maniaco-depresiva que buscaba desesperada una figura paterna, víctima del Síndrome de Electra? Eso es lo que te dijo. Entonces pasaste de ser mi Margaret Parker para ser su histérica y fría austríaca Emma Eckstein. Dejaste una barba canosa llena de experiencia y amor por un pecho lampiño lleno de fuerza. Me dejaste a por él, quien cínicamente me saluda en los pasillos de la facultad, sabiéndose ganador de tu cuerpo, tus sudores y flujos, de tus gritos y frigidez de virgen de pueblo. Puta.
Pero me vengaré. Mañana al mediodía, cuando tú y tus amigas estén en la entrada de la facultad, riendo las estupideces de tus aún púberes compañeros, mostrando sus teticas a erectos posadolescentes, a esa hora verás el horror de mi venganza. Sentirás el vacío de mi ausencia. A esa hora, frente a ti, sacaré mi pistola y dispararé directo a mi corazón. Te dolerá, lo sé, como a mí me duele en la almohada tu ausencia.
Puta.

25 de septiembre de 2006

Milonga


"Malena es nombre de tango", vio escrito en una marquesina la pequeña pecosa de Buenos Aires. "Tengo nombre de tango", se dijo. Nombre de tango en la ciudad de los arrabales. Las coincidencias no existen cuando son tan certeras.
Como un decreto fatal, como una pasión de milonga, la rubia italiana a la orilla de La Plata supo que sobre las tablas de los bares de Buenos Aires desataría su pasión virginal. Sería como las mujeres que visitan en su barrio de zona roja en busca de sexo. Aquellas flacas con medias de malla y cara de sabihondas que guardan en sus piernas el secreto de la noche.
Malena acostumbraba escapar de las clases de catecismo antes de lo previsto, después de darle excusas tontas al cura Bertotti, para atravesar a las orillas del argentino río, media ciudad hacia la casa de Olga, la vieja arrabalera que le daría las mejores lecciones del mundo.
Luchando contra sus pasiones mundanas estaba su fe de biblia de bolsillo, de inmigrantes italianos, cuyo único tesoro era una niña bonita para casarla "bien". Por eso, y consciente de su atractivo y responsabilidad, Malena descargaba su furia en las tablas de "La Providencia", barcito de Parque Chas.
La rubia pecosa, de escasos senos y carnes apretadas disfrutaba las miradas lascivas que el morocho de la barra le prodigaba. Se lo imaginaba erecto, frotándose contra las cavas frías de cerveza y espumante, mientras no despegaba la vista de su culito tentador, apretado en las mallas grises y el corto vestido rojo que la hija malograda de Olga le había regalado.
Malena disfrutaba el ritual en el que la antigua prostituta la tomaba en sus robustos brazos y la deslizaba lentamente por el gastado suelo de ébano del bar. Las dos mujeres -la cansada y la vigorosa, la experta y la virgen- se fundían en un único costal de carnes y huesos a la vez que practicaban la coreografía que tanto enardece a los hombres.
Las manos de Olga acariciaban la frágil anatomía de Malena, sus labios recorrían -al calor de la milonga- el cuello y hombros de la italianita. Haciendo el papel del hombre, para enseñar a la niña a bailar la pasión que la consumía, la dueña del bar le hacía el amor una y otra vez, tres días a la semana, al ritmo del tango.
Cuando ambas mujeres se dejaban poseer por el lunfardo, y levantaban en tijeras las piernas decoradas con tamangos, ambas vulvas se frotaban húmedas. Ése era el secreto del tango, el sexo cadencioso, callado, lésbico en este caso, de miradas cómplices, de café de barrio, de quilombo de arrabal.
Cada vez que las mujeres culminaban las lecciones bajo los acordes del bandoneón, Carlos, el morocho de la barra, se tocaba rápidamente bajo el delantal para acomodar su verga erecta y esconderla de la vista de la virgen rubia.
Malena lo sabía y lo disfrutaba. Pasaba levantando el culito, pegadita a Carlos, riendo de medio lado, sólo para sentir las palpitaciones del joven y rozar, muy sutilmente, su miembro ardiente. El poder de mandinga la llenaba, poco a poco, hasta hacerla jugar diabólicamente con Carlos, sentándose en la barra para pedirle, con esos labios finos, que sobara sus cansadas piernas.
-"Me duele, morocho"; decía arrugando la frente. Y el morocho, servil, haciéndole honor a sus ancestros, cientos de años esclavizados, se agachaba a acariciar las piernas adoloridas de la virgen húmeda, llena de vida, cuya constelación de pecas lo hacía enervar.
Carlos se agachaba, apretaba su miembro en los pantalones y se castigaba así, sofocando sus pecaminosos impulsos, mientras olía la vulva rosada que se adivinaba sonriente y contenida en las mallas grises. La virgen italiana, "no la toques nunca", "aguantáte negro, que vos sos cojonudo", le decía la puta jefa, que ya conocía el juego de la quinceañera.
Y así obedecía el morocho, tres días a la semana.

22 de septiembre de 2006

Top ten

Desde que perdí la virginidad hace casi ocho años (o a los 16 años, porque casi no llevo la cuenta) he recopilado un top ten de las cosas que más me gustan del sexo, especialmente del sexo la primera vez que estamos con alguien. Aquí, mi cartelera "top":

1-Ese instante en que después de los besos normales, la cosa se pone caliente y empezamos a morder y arañar a nuestra pareja; y después de eso, el momento en que -si tenemos la posibilidad de estar acostados- el hombre se posiciona encima de nosotras a la vez que violentamente abre nuestras piernas para restregar su miembro erecto contra nuestra vagina humedecida y antes de deslizar sus dedos y manos debajo de nuestra ropa interior.

2-Cuando nuestra pareja decide quitarnos el sostén y no puede hacerlo porque simplemente no tiene esa capacidad... O, al contrario, cuando nos sorprendemos de la facilidad con la que el macho de turno nos desabrocha el brassiere.

3-La penetración inicial. Es glorioso, me parece a mí, el momento justo en que -abiertas nuestras piernas al placer (y después de dejar escapar el húmedo y oloroso efluvio femenino)- ese pene erecto nos penetra finalmente. Ese micro segundo que aguantamos la respiración y dejamos escapar un suspiro corto, a la vez que fijamos la mirada en él, y recibimos la estocada como quien salta al recibir un pinchazo de inyectadora.

4-La torpeza inicial en la que descubrimos (con suerte) lo que gusta y no a nuestra pareja de turno. Los golpes, tropezones, mordidas, rasguños, etc..., muchas veces excitantes y otras veces cortantes.

5-Descubrir el tipo de palabras sucias que quiere escuchar quien te penetra. Ésta, definitivamente, es una de las mejores cosas: poder decir y escuchar. Después de esto, los gemidos, el escándalo ahogado, los gritos y peticiones.

6-Oler y lamer una y otra vez, todo lo que queramos saborear y dejar saborear. Sentir y reconocer el aroma único que distingue la boca y partes privadas de cada uno. La invasión total de ese sabor en nuestra boca. La sal que cubre el cuerpo ajeno.

7-Cuando el hombre baja a ofrecer sexo oral. Ver su barbilla y nariz hundida en los montes húmedos a la vez que sentimos su lengua, con algo de suerte sentiremos sus dedos introducirse, tan firmes como estaría su miembro, en nuestra vagina y a veces, en nuestro ano. Las mordidas en el clítoris y sus manos recorriendo nuestro cuerpo. Jalar su cabello o hundir su cabeza aún más. El self touching de nuestros senos. La gloria.

8-Ese momento sublime en que somos trasladadas y manipuladas a otras posiciones, una más incomoda que la otra. El sometimiento y la entrega. Las estocadas profundas y el aumento del ritmo. Estar en cuatro, ser jalada por el cabello, lamida por la espalda o mordida en el cuello. Quizás todo junto.

9-Tocar ligeramente su glande con la lengua al inicio del sexo oral, luego, con delicadeza, tomarlo entre los labios para humedecerlo antes de asirlo con fuerza y llevarlo lo más atrás posible en nuestra boca. Sentirlo quieto muy cerca de nuestra campanilla y dejarlo salir, para volver a introducirlo repetidamente. Besarlo en sus alrededores y tomar cada testículo dentro de nuestra boca como si fueran canicas de chicle bomba. Olerlo. Conocerlo. Disfrutarlo.

10-Finalmente, gritar, suspirar, gemir o simplemente permitir que te acaben dentro. Las contracciones del pene en ese preciso instante de la eyaculación desatan en mí contracciones aún más fuertes. Al bajar la marea, sentir su cuerpo rendido sobre el mío, su corazón acelerado y su pene empequeñeciéndose dentro de mi vagina empapada.

19 de septiembre de 2006

Lluvia

5:15 am, está lloviendo y Pedro sabe que la lluvia es mal presagio. De cualquier manera se levanta de la cama luego de desenredarse de las piernas de su negra, la negra Magaly. Poco después Magaly se levanta y lo sigue a la cocina.
Las gotas de agua fría golpean el techo de cinc mientras una gotera deja caer un insistente chorro de lluvia sobre la mesa de fórmica. Pedro no deja de repetirse que la lluvia siempre anuncia un mal día.
Restándole importancia a su mal augurio se mojó, como todos los días, el espeso bigote en el café, recogió sus llaves, corrió la cortina del cuarto de Yelitza y besó a la pequeña niña en la frente. Las manitos de la nena atraparon, en medio del sopor matutino, la mano de su padre. Una fugaz sonrisa y luego nada. Pedro disfrutaba el breve ritual que tenía con la menor de sus seis hijos.
“Espera” –le dijo Magaly-, “llévatelo, negro” –agregó, a la vez que le extendía un paraguas y se tapaba las canas con el pañuelo de cocinera.
“Negra, ¿para qué quiero un paraguas dentro del taxi?” –preguntó Pedro, mientras entraba a su Fairlane ’77, vinotinto. Cerró la puerta, encendió el carro y le dedicó una lánguida y triste sonrisa de cerro a su negra bendita, quien agitaba su mano despidiéndose.
Otra gotera, esta vez en el oxidado techo del taxi, mojó sus lentes y asiento trasero del carro. “Mañana lo arreglo en ca’ ‘del Cojo’”, se dijo Pedro. Pero no habrá mañana.
Es difícil sobrevivir en una ciudad caótica, llena de carros y taxis de línea que te quitan el pan de las manos. Pero ¿cómo pagar tres millones de bolívares y un taxi nuevo para afiliarse a una línea de taxis? ¿Cómo?
Dos horas en la calle, bajo la lluvia inclemente y ningún cliente aún. Una señora de copete a la salida de un banco levanta la mano, Pedro se acerca y un Neón blanco también. La vieja estudia opciones, escoge el Neón, y se va. A buscar otro cliente.
Luego, tres chamas de universidad llaman la vieja chalana vinotinto, regatean el precio y se montan. Escandalosas piden que le pongan reguetón. La líder, que parece ser la mayor, se sienta adelante y disfruta secándose las teticas operadas mientras habla de la lluvia con Pedro. El negro sabe que la carajita quiere calentarlo porque se seca traviesa con la mano a la vez que se baja el escote. Pedro la ve, siente un pinchazo entre las piernas y se relame el bigote canoso. Llegaron, a lo lejos, el arco universitario se traga a las carajitas de mochilita de Pochacco.
Ya raya el mediodía y sólo van tres carreritas. No llueve, pero el vapor se levanta sofocante de las aceras sucias de Caracas, la autopista se yergue como un gigante gusano preparándose para tragarse a media humanidad. De cualquier manera no hay mejor ruta para llegar a La California. Pedro disfruta los clientes habladores, y éste habla, pero hace rato que se pegó con el tema de las elecciones. ¿Qué coño importa quién gane? ¡Todos lo que queremos es real y comida!
Así transcurre el día, la tarde, y cae la noche. Una lloviznita insistente continúa asediando la sucursal del buhonerismo. Pedro prefiere asegurarse 15 mil bolos antes de torcer hacia Antímano. Total, la ganancia ha sido poca hoy. La lluvia siempre anuncia pocas carreras. Esta vez la ruta lleva a San Bernardino.
Para escapar de la vieja urbanización, Pedro toma la Panteón, luego la Baralt, y un poco más allá se desvía hacia San Martín. Se baja en la venta, juega par de números, recuerda los encargos y le compra los pañalitos baratos a Yelitza. Sube dos cervezas calientes al taxi y emprende rumbo a su cerro.
Una mano flaca y llena de cicatrices alza su dedo llamando el Fairlane, Pedro se acerca. Por la ventana un joven de buen aspecto se asoma. Con aliento acre pregunta el precio de una carrerita hasta Guarenas.
-"¡Coño, pana!, a esta hora y con esta lluvia no lo sé" -remilga cansado Pedro.
-"Compadre, es rapidito, te doy 25 pues" -se defiende el tipo.
Pedro lo piensa, saca cuentas y decide. Quizás una hora o una hora y media y de vuelta a Caracas. 25 mil bolívares por una última carrera no pintaba tan mal. De cualquier manera ya no estaba lloviendo.
Bajando por la intercomunal hacia Guarenas, a la altura del viaducto, el muchacho, sentado en el asiento del copiloto, abre su boca y deja escapar de nuevo un hálito fétido, al preguntar: "¿Tienes sencillo pana?". El negro, instintivamente, lleva la mano a sus bolsillos y responde afirmativamente. Repentinamente, el carajito paraliza a Pedro apuntándolo con una pistola a la sien derecha. Un frío extraño recorre el cuerpo cincuentón del negro que sólo alcanza a pedir "calma y cordura".
-"Deténte" -pide el muchacho. "Bájate aquí" -grita, mientras empuja a Pedro fuera del carro. "¿Cuánto tienes?, ¿qué vaina son estos pañales?, ¿es tuyo el carro?, ¡dáme tu celular, cabrón!" -gritaba una y otra vez el malandro de edificio sin dejar de apuntar a Pedro. Una última orden paralizó a Pedro, quien mirando al cielo notó una fina cortina de gotitas frías cayendo veloces.
-"Párate en el borde del puente", escuchó. Y obedeció.
-"La lluvia es un mal presagio" -se repitió al bajar la mirada y enfrentarse, por primera y última vez con el precipicio que se le presentaba 30 metros abajo. Un lecho húmedo de cal y grama lo esperaba al final de una caída libre de 6 segundos. Una cifra más. Otra víctima de la delincuencia. "Ser taxista es peligroso" recordó que le dijo una vez Elio, su hijo mayor. "Pero hay que comer", respondió Pedro.
La última imagen: la nenita apretando sus manos. Una última sensación: un empujón en mitad de su espalda empapada por la lluvia serena. 6... 5... 4... 3... 2... 1...

16 de agosto de 2006

Imágenes

Hay algo en las imágenes eróticas -o explícitamente sexuales- que me encanta.
Cada vez que veo una imagen sugerente, un miembro enervado, una lengua traviesa, o unas nalgas perfectamente redondeadas, no puedo dejar de recordar mis propias impresiones mentales. En el secreto del sexo que reside en los órganos de cada quien, en nuestras pieles, lenguas, ojos y olores.
El sexo, más allá de su función reproductiva (biológica), de su función integradora (amor) o de su función "circense" (líbido) es un mecanismo respetable de expresión y una perfecta forma de conocernos (a nosotros mismos y a otros).
El poder acercarnos al que nos atrae, y disfrutar de todo el placer que nos da su cuerpo (y disfrutar del placer que nosotros podemos prodigar), es la principal razón de ser de la cópula. Sea animal, romántica, reproductiva, salvaje, violatoria o permisiva. De todas, creo, la mejor tirada es aquella que hacemos cuando "hacemos el amor". Cuando regalamos una parte de nuestra intimidad para demostrarle a nuestra pareja que nos agrada lo suficiente para permitir la mayor -y más profunda- invasión a nuestro espacio personal.
NUESTR@ es la palabra clave. Nuestro cuerpo, lleno de venas y sensaciones, y nuestra mente, llena de tabúes y predilecciones. Y nuestra pareja, dispuesta a ofrecernos un espacio para la interacción plena.
Quien está con nosotros nos cede sus olores y sabores, sus mañas, su figura, sus técnicas, gemidos, perversiones, fantasías y confía plenamente en que sabremos -como él/ella- complacerlo.
Cuando nos masturbamos pensamos en alguien, recreamos escenas, IMAGINAMOS, las efigies nos invaden, nos recorren, nos erizan, cambian y nos descubren lo que verdaderamente somos.
El hechizo que una imagen, una mirada furtiva o un espionaje dedicado a quienes nos convertimos -o se convierten otros cuando sodomizan su cuerpo- es el más potente afrodisíaco. Millones de vergas se paran diligentes ante el paso de un cuerpo cimbreante. Millones de cucas se bañan en sangre y lubricante cuando ven un cuerpo cimbreante.
Nadie es indiferente a la composición de sombra y luz, a la recreación de deseos, a la perversión o pecado que queremos cometer, con nosotros y otros. Una imagen es más que una palabra. Las mujeres vemos furtiva o fijamente a otra hembra en mejores condiciones que nosotras, los hombres ven en los baños a otros hombres, mejor o peor dotados que ellos. Todos vemos y queremos ver. Nadie es indiferente.
Por eso los espejos son protagonistas de las habitaciones oscuras y mal olientes de los cuartos de hotel. Desde las piezas de prostíbulo hasta las suites del Aladino. Cuando los hombres reciben sexo oral levantan ligeramente el cabello de su hembra para verla introducirse el miembro hasta el final. Cuando las mujeres recibimos sexo oral nos gusta observar el rostro del macho imbuido en nuestros labios.
Cuando somos tímidos evadimos la mirada fija de nuestro amante. Cuando no lo somos, nos deleitamos y buscamos sus miradas, invasivas más que el acto en sí, que buscan aprobación o, en otros casos, una guía de si la persona realmente está allí con nosotros o si está con alguien más.
Recreamos nuestro cuerpo y mente observando gente atractiva. Nos gusta la pornografía más de lo que nos gustaría admitir y, sobre todo, nos entretenemos haciéndolo frente a un espejo, sea el de nuestras cómodas, el del ascensor en el que desatamos las pasiones o el espejo manchado de humores y vapores de ese cuarto de hotel.
P.D.: Por lo menos a mí es por eso que me gusta hacerlo frente a un espejo.

14 de agosto de 2006

Velvet revolver

A Hilda le gusta Olivia. Desde la universidad. Desde la salida de su adolescencia. Desde siempre -le parecía.
Hilda se perdía en los labios pequeños y fruncidos de Olivia, pequeños, rosados y pálidos por el cigarrillo. Se hundía en su boca, estrecha y sensual, cada vez que ella le hablaba de lo que quisiera. A Hilda le daba igual, tan sólo quería escucharla, verla, imaginarla.
Fueron años de admiración, de ideas, de fantasías. Fueron cientos de noches de masturbación y ardor. La concha de Hilda se humedecía gruesa y resbalosamente, ácida y ávida, cuando recreaba en su mente las palabras, gestos, olores y leves características que hacían de Olivia la mujer de sus sueños.
Muchas veces, sin que Olivia lo supiera, Hilda se acercaba poco a poco, fantasmagórica e imperceptiblemente, a su nuca y aspiraba, profundamente, el aroma a café y cigarrillo de menta que emanaba la larga, enredada y negra cabellera de Olivia. Cuando tenía suerte percibía el olor a alhelí de su perfume y pocas veces, casi milagrosas, percibía más allá el fuerte olor de la menstruación y cavidades de Olivia.
Eso era lo que más disfrutaba: el olor de su sexo. Del culo custodiado por dos nalgas planas y cuadradas. De sus axilas. El olor de Olivia, precedido por sus licores agrios. Aquéllos que deseaba beber y saborear con sus dedos lubricados. Una o dos veces Hilda logró decantar de tantos olores el aroma inconfundible de sexo de anteanoche que dejaba Diego sobre Olivia. Ése en particular la excitaba aún más.
Fueron años de aspiraciones furtivas. De dedos y manos fríos, ausentes, solitarios sobre su cuerpo. De esperar que fuese Olivia, una y mil veces Olivia, quien la tocara. Así transcurrió la universidad, así la vida. Se separaron.
Lo último que supo Hilda fue que su mujer se casó con un gordo adinerado. Un pobre calvo intelectual de mucha barriga y poco encanto. Seguro que con un pene mínimo, incapaz de complacerla, arroparla, como seguramente ella, desde su altura y hambre sí podía hacerlo. Vio a Olivia envejecer quince años a través de los periódicos hasta que un día, sin planearlo, se tropezó una vez más con la pequeña tetona.
Estaba como la recordaba, sólo que con más pecas en el cuello y sobre sus mejillas, los labios más fruncidos y el cabello más enredado, pero igual de negro. Cuando se sentaron a tomar café, y a recordar viejos tiempos, aspiró imperceptiblemente el efluvio aromático de su cabello y cuerpo. Ya no estaba allí el olor de Diego, ahora era el del gordo calvo. El enano.
En un descuido de Olivia, Hilda tuvo la idea más resuelta e irreversible de su vida. Levantó su bolso de piel de cocodrilo, delicadamente lo abrió, y -con parsimonia- sacó el revólver, mínimo, frío y plateado, de mango negro.
Mientras alzaba el arma, Olivia abría aún más sus grises ojos, horrorizados seguían la marcha macabra de la pistola en el aire. Su habitualmente pequeña y fruncida boca se torció en un gesto de resignación. La muerte estaba cerca. Un certero disparo entre sus tetas 34B acabó con la vida de Olivia.
Una cosa era que Hilda soportara el olor de Diego, el novio joven y vigoroso de la universidad, y otra cosa el olor a semen rancio del gordo calvo. Asqueroso y vil sobre su Olivia.
Ya no más. La liberó para siempre de ese mal.

11 de agosto de 2006

No es sucio, es doloroso

El sexo no es inmoral ni sucio, eso lo descubrí hace poco. Como también descubrí que el dolor puede ser muy, pero muy, excitante.
La primera vez que tuve sexo con José Manuel fue como todos los días, como todas las tiradas que he tenido en mi vida: unos besitos, unas manitas, una sobadita de teta, otra de bolitas, empujoncitos, lamiditas y penetración. Nada fuera de lo normal.
Pero la segunda vez que estuve con José Manuel descubrí nuevas dimensiones físicas, puse la resistencia de mi cuerpo a prueba. No a sus límites, pero sí más allá de lo usual.
Todo empezó como siempre (todos hemos tenido sexo así que recreen el inicio), pero cuando estaba en mis afanes acostumbrados sobre José Manuel, súbitamente me dio una cachetada, una sonora, mal intencionada y descarada cachetada, justo en mi mejilla derecha. No pude reaccionar, tan sólo dejé correr una lágrima, tibia y refrescante, sobre la mejilla adolorida, mientras me preguntaba por qué recibía semejante agresión. José Manuel estaba allí, viéndome, riéndose sarcásticamente, hasta que con delicadeza, alzó mi cara y me preguntó: ¿No me vas a responder? ¡Defiéndete!
Esas palabras activaron algo salvaje y descontrolado en mí.
Con todas las fuerzas que tenía levanté una mano y lo golpeé. El respondió empujándome. Y yo con otro golpe. Así que él me tomó por los hombres y maliciosamente, me mordió el hombro. El dolor punzante subió como un relámpago por el cuello y, de alguna manera que no entiendo aún, bajó corriendo calentando todo a su paso hacia mi vulva. Latente.
En ese momento entendí el juego. Lo golpeé una vez más, secamente en el pecho, para luego dejar caer mis largas uñas a lo largo de su torso. Cuando hice eso sentí una estocada en el vientre: su pene se había inflamado aún más. Estaba más grande y dispuesto que de costumbre.
“Otra vez”, me dijo. “Pero más duro”, añadió poniendo mis manos en su pecho, clavando mis uñas en él. Repetí la operación una y otra vez. Cada repetición era más cruel que la anterior, con más saña. Me excitaba ver su cara retorciéndose y su pene creciendo hasta casi reventar. Quise, justo en ese momento, ver sangre.
Así pasó: un hilo de sangre empezó a brotar, lenta y delicadamente de las heridas. Corría tibia, roja, burbujeante y vigorosa por su torso. Brotaba por debajo de mis uñas y su olor a óxido me llenaba el olfato, y después el gusto. La saboreé sin probarla.
José Manuel se acostó en ese momento y dejó que lo montara. Mientras lo hacía la intensidad y frecuencia de cada estocada aumentaba. La sangre de mi cuerpo hervía y llenaba mejor mis pechos, cara y entrepierna. La percibía intradérmica, cosquilleante, traviesa y correteando por todos los vasos sanguíneos. Por todos los poros. Por todo mi cuerpo.
Mientras José Manuel se dejaba cabalgar, sus manos -ávidas y fieras- palmeaban cruelmente mis piernas y nalgas. Jalaban mi cabello. De tanto en tanto se levantaba y me mordía. O sus dedos descarados tocaban agriamente los pocos espacios libres que quedaban entre nuestros órganos. Eso continuó largos minutos y varias posiciones, una más incómoda que la anterior. Hasta que el orgasmo llegó como una tregua.
Una tregua para seguir con renovadas y más retorcidas ansias…

10 de agosto de 2006

“No eres tú, soy yo”

Muchos sicólogos y biólogos afirman que a través del dolor (controlado algunas veces e infinito otras) se consigue placer sexual. A todos nos gusta padecer. Bien sea física o moralmente.
-¿No?
-¿Están seguros?
-Piénsenlo una vez más…
1
2
3
4
5…
¿Cuántas mujeres no se crean una fantasía estúpida en la que creen que ese hombre que las maltrata, humilla, ignora –o que simplemente, le ha dicho y demostrado que no está interesado- las quiere, pero no se ha dado cuenta?
¿Cuántos hombres no padecen creyendo que muchas son interesadas o putas o estúpidas y no han “realizado” que en realidad no hay chance de tener algo que valga la pena mientras sean quienes se autosabotean?
¿Cuántos de verdad creen en el “No eres tú, soy yo”? ¿De verdad hay que gente que todavía cree en eso? ¡CLARO QUE ERES TÚ, ERES TÚ QUIEN NO LE GUSTA, NO ESA PERSONA LA QUE TIENE PROBLEMAS ENTENDIENDO LA VERDAD TRASCENDENTAL DE SU AMOR NO DESCUBIERTO POR TI!
¿Seguro que no nos gusta sufrir por “amor”? ¿Seguro que no nos gusta el dolor?
Piénsenlo de nuevo.

9 de agosto de 2006

Colaboración

Esta es una reflexión de una amiga experta en ciertas artes amatorias. Yo la quiero mucho y disfruto con sus comentarios e historias, pero definitivamente debo quitarle crédito en algo y es lo siguiente: un pene de 16 centímetros de largo no es, repito, NO ES, de proporciones hercúleas, aunque a ella le parezca grande. Eso es un pene más bien promedio. A continuación la proclama de la amiga... Disfruténla:

Viva el mamerto

¿Cuál es el tabú con el sexo oral? A mí me encanta hacerlo, y me fascina que me lo hagan. A las únicas personas que les da dentera pensar en ello es a las doñas de El Cafetal, que le inculcan a sus hijas la nefasta idea de que si tragan semen se arriesgan a salir embarazadas. ¡Pacatas!. No saben de lo que se pierden. La sensación que produce un señor tolete dentro de la boca es única, y los espasmos de los conductos seminales en el momento de la eyaculación son la verdadera razón de ser de un sublime mamerto.
El sexo oral no se aprende: es innato y se mejora con el tiempo. La primera vez que lo hice fue con "el chico vacilón", un amante muy fogoso que tuve hace tiempo. Estábamos a solas en su oficina y él me regaló una buena dosis de cunningulis que me puso a volar, hasta sentí que perdía contacto con la realidad gracias a los hábiles movimientos de su lengua protráctil. Súbitamente decidí que tenía que devolverle la jugada, y descubrí con mucho asombro que el pana era dueño y propietario de un pene de proporciones hercúleas: 16 centímetros de carne y vigor bien distribuidos en un cuerpazo moreno con mucho punch.
Al principio no supe ni cómo administrar todo aquello dentro de mi boca, pero no podía desperdiciar la oportunidad de deleitarme con ese ejemplar que me hacía recordar el slogan de Lee Hamilton Steak House: "la mejor carne pá mamá en su día". De pronto me dijo que lo estaba haciendo muy tímidamente (claro, no era él quien se estaba ahogando con ese plátano) y me di con furia para que mi mamada fuera de pronóstico. casi inmediatamente el tipo empezó a decir que era riquísimo, que lo estaba haciendo muy bien y hasta profirió quejidos entrecortados. Pronto anunció que estaba a punto de hacerlo acabar y se masturbó para lograrlo... Sentí que su mega patacón se estremecía y ¡zuas! Sin más ni más arrojó su contenido en mi boquita, gimió fuerte y luego se lanzó en el mueble transpirando porque necesitaba recuperarse de eso "tan bueno".
Tragar o no es otro asunto. Depende de la química que tengas con el chico. Lo único cierto es que el semen sabe horrible y adormece la lengua, pero bueno... Cualquier fluido que te tragues durante el sexo tiene un sabor desagradable, así que ¡whatever!. La revista New Scientist publicó recientemente que el líquido seminal es antidepresivo. Ojo, no es para vivir perennemente en una mamadera, pero un shot semanal no le hace daño a nadie. Mi único consejo es que si no conoces bien al tipo, no tragues nada.
Ya que el 31 de julio es el Día Mundial del Orgasmo Femenino yo propongo que el 25 de abril sea el Día Oficial del Mamerto. Y lo institucionalizo en esa fecha porque fue precisamente un 25 de abril cuando conocí al tolete más grande, grueso y provocativo de mi vida. Me gusta el sexo oral y hasta me premiaron con un Becerrito de Diamante por mis habilidades... Ojalá San Genovevo me permita saborear de nuevo los 16 centímetros de hombría del chico vacilón...

8 de agosto de 2006

El cuerpo es tu instrumento, muévelo como se te dé la gana

Ésa es la premisa básica. Cuando quieras bailar, comer, hablar, caminar o tener sexo, úsalo, es tuyo. No existe quien pueda decirte qué hacer ni cómo. No existe ningún ser en la faz de la tierra que tenga el derecho a pedirte, exigirte o insinuarte que de ésta o de aquélla manera estarás –o te verás- mejor. O gustarás más. ¿Eres gord@? ¿Flac@? ¿Atlétic@? ¿Tetona? ¿Piernas largas? ¿Fe@? ¿Bonit@?
¿Dónde está el problema? Sigues siendo tú, ¿o no?
Exprésate, cuida tu individualidad. Déjate de pacaterías. ¿Quieres expresarte? ¡Entonces, hazlo! ¿Eres gay? ¿Lesbiana? ¿Necrofílic@? ¿Vouyerista? ¿Dónde está el problema? Sigues siendo tú, ¿o no?
Impotencia, calentura, frigidez, precocidad, sexualidad, virginidad, sodomía, sadismo, reproducción, religiosidad, tantrismo, nirvana, dharma, karma, amor, pasión. Baja o alta autoestima. Aceptación. Gregarismo. Irreverencia. Individualidad.
Baile, comida, sueño, deporte, trabajo, amor, odio, delincuencia, piedad, todo lo que haces lo haces con tu cuerpo, incompleto, completo, enfermo, funcional, disfuncional, es tu cuerpo, tu instrumento para la vida, para vivir. Ámalo, ódialo, acéptalo, haz lo que quieras con él, pero úsalo, dale lo que pide (con responsabilidad y sin dañarte o dañar a otros), aliméntalo.
Pues encierra tu alma, tu ser, tus pensamientos, lo que piensas y sientes. En resumen: lo que eres. No te va a durar mucho. Puede que no te guste. Pero sigues siendo tú.
Vívete.

7 de agosto de 2006

Sex for dummies

En aras de la educación sexual, siempre tan necesaria para la práctica del "sexo responsable" (y atendiendo los ruegos de mis "¿fans?") les doy, en vivo y directo (y gratiñán, pues) este manual de sexo... Intitulado:

"Sex for dummies"

1-¿Cómo actuar cuando queremos que nuestra pareja nos haga algo?

En esos momentos de pasión, en los que necesitamos una tocadita o servicio determinado (o en otros casos, cuando queremos un cambio de intensidad o de técnica) debemos insinuar lo que esperamos. Explico: si eres mujer y quieres que el amigo te dé un "toque lingual técnico" abajo, debes -con mucha delicadeza- abrir las piernas, levantar la caderita y buscar, de alguna manera, que él empiece a ir rumbo al sur... una vez que tengas encaminado al muchacho di: ¡¡uuummm!!, ¡¡sí!!, ¡¡ah!!, ¡¡sigue!!, ¡¡así!!.. y otros ruidos o monosílabos parecidos, mientras aumentas el volumen de los "quejidos". Si el hombre tiene cierta inteligencia (cuídalo, porque hombre inteligente es un rara avis) entenderá que quieres que vaya ahí. Si no funciona, agárrale la cabeza, levántale la cara y dirígelo padonde tiene que ir ¿Tamos?

2-¿Qué hacer si el "toque técnico" no te convence?
Aquí nos encontramos con otro problema… En este caso, lo que tienes que hacer es –según sea el asunto- levantar la cadera, alejarla, empujarla o moverla circularmente para marcar el ritmo de lo que deseas, u otros detalles como intensidad, velocidad… etc… Si ya de plano es que el procedimiento (o el muy bruto) no te complacen, sin pena debes tomar el toro por los cuernos (literalmente hablando) y empujarle la cabecita hacia donde tiene que ir. O, más sutilmente, poner tu mano sobre la de él y masturbarte o guiarlo –siempre con tu mano encima- mientras le indicas la guisa que te conviene… Recuerda: jamás dejes de decir cosas como “¡¡uuummm!!, ¡¡sí!!, ¡¡ah!!, ¡¡sigue!!, ¡¡así!!”... y otros ruidos o monosílabos parecidos… A los hombres les encantan estos ruidos… Los toman como indicativo de que van por buen camino…

3-Si ya nos cansamos del "toque técnico"...
Debemos pasar a otras lides y explorar otros terrenos... Con incorporar poco a poco tu cuerpo y acomodarte hacia las posiciones que planeas disfrutar tienes... Si el pana no entiende, tranquila, a los hombres, siempre y cuando no te quejes, les gustan las direcciones. OJO: dije: di-rec-cio-nes y no ór-de-nes ¿estamos? Así que mucho cuidado. Guíalo, ilumínalo, no lo maltrates, él quiere complacerte como tú quieres complacerlo a él…

4-Si eres tú la que quiere ofrecer el "toque técnico"
No hay mucho que hacer, decir o explicar. En algún momento del encuentro (o quién sabe si antes siquiera de saber que tendrán algo) el tipo te tomará por las orejitas y te llevará abajo. O se explayará sobre la cama, mueble, asiento, hamaca, escaleras... etc... y pondrá la boquita así, como señalando algo, mientras se ve el pipicito y te dice, si es necesario,"mami, ¿y a mí no me vas a dar nada?" o, el que me parece más ridículo "dale un besito"... Así que, arrodíllate, acuéstate, recuéstate, acomódate, o como puedas ponte, pa que empieces a darle, antes de que el tipo se alebreste... Eso en el caso de que quieras "darle lo suyo", porque si no es así, necesitas saber...

5-¿Qué hacer si no quieres dar una mamadita?
Aquí la cosa se complica un poco... ¡Qué digo un poco! ¡Muchísimo! Porque créeme, si le dices que no y el hombre te gusta lo suficiente como para que le confieses: "ai loviu bulda, papito", no te conviene, repito NO TE CONVIENE, negarle su favorcito. Otra evasión no recomendable es la que se aplicó en cuento vulgar, no puedes mover la cabeza de un lado a otro mientras pones cara de asco, nooo, tienes que manejar el arte erótico del engaño y convencerlo de que estás tan horny que necesitas una penetración instantánea... Así quedarás bien, porque usualmente los machos prefieren una estocada antes que una mamada. De esa manera se aseguran el derecho a decir (algo inmoral, pero ése es otro tema) que estuvieron con esa hembra. Es más proeza que la tipa se la done a que se la mame. ¿O no?

6-¿Y si el tipo está -digamos- algo corto?
¡Ay chama! Te compadezco. En esa situación lo mejor es hacer de "tripas corazón", porque ya estás metida en el problema. Si decides proceder es altamente recomendable que seas tú quien está arriba, porque si no, aparte de sufrir los embates de la decepción también sufrirás los de la escasez. Si quieres variedad, si no te gusta trabajar de más, ni estar cabalgando quién sabe hasta cuándo, otra posición recomendable es en cuatro... Así es, la sabiduría de nuevo tocó a tus puertas. En cuatro, pero levantando ligeramente el culito, con las piernitas bien abiertas y el torso y pecho lo más pegados posible a la cama... Así estrecharás el canal y acortarás distancias, en cuyo caso creerás que tienes un toletón de acompañante. Extra bonus: el tipo estará tan enervado que durará un poquito más y te recordará toda su vida (por lo menos debería hacerlo porque te estás sacrificando)

7-¿Y si -¡Aleluya, hermanos! es largo?
Deja de quejarte, aprovéchalo y ruega que dure y sea tan bueno como parece...

8-Si el tipo no la sabe mover...
En ese caso no vale la pena fingir (casi nunca lo vale), porque lamentablemente los que no la saben mover duran mucho, así que aunque finjas no te lo vas a quitar rápido de encima. ¿Qué hacer entonces? Despréndete como puedas, bájate y dale una mamadita. Ya te cogió así que permitirá la "movida". Extra bonus 2: se va a "correr" rapidísimo, así que saldrás airosa (cuidado y empegostada) de ese trance...

9-Si no te gusta mamar...
Deja de tirar entonces porque el sexo premarital y sin fines reproductivos, sino recreativos, es pecado...

4 de agosto de 2006

Vulgaridad vs. pacatería

Madresolterapregunta:
¿Cuál es el problema con el sexo? ¿Por qué tanto escándalo con los asuntos sexuales? ¿O es que acaso alguno de los lectores no ha tenido sexo o cree es sólo reproductivo? ¿Cuál es el real problema con la vulgaridad?
El meollo del asunto, creo yo, es que las personas no logran definir bien lo que es vulgar. Para eso remitámonos a la definición de wikipedia para vulgar y para vulgo.
Otra cosa: ¿no es vulgar cuando un hombre corteja a una mujer sólo para tener sexo con ella? ¿No es vulgar, según los preceptos católicos, tener sexo premarital o por placer? ¿No es vulgar tener "amigos sexuales"? Díganme, por el amor de Dios, ¿qué cosa no es vulgar?
Ahora, ¿no somos vulgares todos? ¿No hemos visto, la mayoría de nosotros, películas o fotos pornográficas? ¿No hemos dicho, hablado, hecho cosas groseras? ¿No se masturban ustedes? ¿No han masturbado a nadie? ¿No les gustan las fantasías sexuales? ¿No tienen un cuento -sexual claro está- escabroso? Ya veremos...
Si ha respondido afirmativamente (o negativamente) a cada pregunta de cualquier manera sigue siendo usted vulgar, como yo.
Así que siéntese y disfrútelo.

3 de agosto de 2006

Noticias

Una noticia impresionante: http://buscador.eluniversal.com/2006/07/31/til_ava_31A756353.shtml

Y otra(s) aberrante(s):
http://internacional.eluniversal.com/2006/08/03/int_art_03111D.shtml
http://internacional.eluniversal.com/2006/08/03/int_art_03111A.shtml

¡Qué mundo tan triste, la verdad!

Cuento vulgar

Esto es parte de lo que he escrito para MaGA y LAE... Es un cuento, pura ficción alimentada de cosas recogidas por aquí y por allá... Una pizca de imaginación... Y otra de experiencias previas... Digo, explico esto para que no sigan preguntando de dónde salió... A continuación, la transcripción...

El sexo (oral) es racista

De todas las veces que he tenido sexo, de todos los penes que he visto (y que, gracias a Dios, no me han decepcionado) me pregunto: ¿tenía que ser justo la paloma de Felipe la que fuera negra?
Después de mis "escarceos" y coqueteos con Felipe (un hombre alto, fornido, elegante, adinerado, atractivo –evidentemente "bien dotado"- y además blanco), finalmente tuvimos la oportunidad de restregarnos mutuamente y tener el sexo que se avistaba salvaje e irrespetuoso.
El día que pude besar y tocar a ese hombre; el día que pude ser besada y tocada por ese hombre sufrí uno de los mayores, llamemóslo así, "choques sexuales de mi vida": su pene es "oscurito"... ¡qué digo "oscurito", ¡ES NEGRO!
No es que yo sea racista, al contrario, me encanta todo aquello que tiene que ver con el "black power", de hecho, me apego 100 por 100 al dicho que expresa (en inglés claro está) "Once you go black never go back" en clara alusión al sexo con hombres negros... pero, vamos a ser sinceros, ¿no es claramente decepcionante encontrarse con algo "disonante" -por decir lo menos- en un momento de pasión "cochina y desenfrenada"? SÍ, LO ES, y a quien le ha pasado lo sabe.
Es como cuando los hombres van a la cama con una hembra y de repente consiguen un micro pene o, creyendo que la tipa está buenísima, ven que usa faja y le huelen mal los pies (u otros órganos)... Es imaginar miles de cosas, montar una fantasía, formarse una opinión para que, de repente, "pluf" se desvanezca todo.
Ese día que descubrí la duotonalidad, dicromía, bicoloridad pues, de Felipe, todas las ganas se me fueron por el caño. Pero lo peor pasó cuando al hombre se le ocurrió pedirme, como al final muchos tienen que hacerlo, que lo "ayudara", que lo "consintiera"; es decir, que le diera sexo oral.
En ese momento me subieron los apellidos a la cabeza y las náuseas a la boca, debo admitirlo.No sé cuántas vueltas le di, que le dije, pero el hecho es que ahí estaba yo, de rodillas ante ese enorme pene negro, casi obligada a meterme semejante fenómeno en la boca.
Un grandísimo pene negro, erecto, enervado, grueso y de cabeza rosada. En mi boca.
El aparato de Felipe contrastaba desagradablemente con el resto de su cuerpo, blanco y pecoso. ¿Cómo, bajo qué extraño influjo genético ese níveo señor puede tener un pene negro? "Hombre blanco de pene negro", imaginé por un momento que Felipe podría promocionarse en una página erótica. O: "Soy blanco pero tengo la dotación de un negro" (literalmente hablando).
El hecho es que, mientras Felipe estaba allí casi suplicándome que le diera lo que se merecía -extraño caso porque los hombres, en general, no tienen que pedirme que les dé una mamadita- yo evadía con destreza sus intentos de introducírmelo en la boca.
Cuando el lanzaba su vergajón a la derecha, yo movía mi cabeza a la izquierda y cuando lo llevaba hacia la izquierda yo iba hacia la derecha. Ese juego duró hasta que se me ocurrió una de las mejores ideas que he tenido.
Le dije que en realidad yo deseaba tenerlo en mi interior, en las posiciones más salvajes que a él se le pudieran ocurrir, que mi verdadera intención era recibir todo lo que pudiera darme y que, además, no podía esperar a tenerlo "cabalgándome".
¡Bingo! Así evadí mi extraño deber. Me puse de espaldas a Felipe, me dejé tomar con fuerza por la cadera, me preparé a recibir nalgadas y jalones de cabello, mientras levantaba mi culito en clara señal de aceptación.
Cerré mis ojos, olvidé que esa vaina era negra, recordé "ojos que no ven, corazón que no siente", me felicité por haber escapado de mis obligaciones sin tener que decirle que la paloma de la paz es blanca y no negra y aguanté, estoicamente, las más salvajes penetraciones jamás recibidas en mi vida.
En realidad, estoy orgullosa de mi entereza.

Introducción

Madresolterapregunta: ¿es realmente necesario hacer una introducción cada vez que se abre un blog? Espero que no. De cualquier manera ya mi perfil e introducción lo tienen mis amigos a través de la "experiencia" de tratarme y de mi msn space. Por ahora, el motivo para abrir un blog (que espero no abandonar como otras tareas) es publicar en un espacio propio los escritos que haga para LAE y la MaGa, para que no se pierdan en una página que no sea la mía, y el otro motivo es para descargar cualquier idea que tenga y que necesite ser expresada... Esto es todo... Mi introducción...